Ocho horas CAPÍTULO 4 – LA CULPA #15
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CAPÍTULO 4 – LA CULPA #15

No goteaba el fregadero. Gutiérrez lo había arreglado meses atrás, una tarde en que Leo no estaba, cansado de escuchar la pérdida caer de una tubería. Al principio Leo se enfadó al descubrirlo. Luego no dijo nada. A veces, por la noche, seguía creyendo oír el ploc antiguo, pero ya no era el grifo. Era su cabeza buscando un ritmo donde colocar el miedo.

Aquella noche volvió a oírlo.

Ploc.

Levantó la vista.

La cocina estaba oscura.

Ploc.

Nerón abrió los ojos.

Leo se puso de pie despacio.

Fue hasta la cocina y encendió la luz.

El fregadero estaba seco.

El grifo quieto.

Ploc.

El sonido no venía de allí.

Leo se quedó inmóvil.

Entonces escuchó otra cosa, muy leve, casi cubierta por el zumbido de la bombilla.

Bip.

Un pitido.

Breve.

Regular.

Bip.

Se llevó una mano a la sien.

El dolor de cabeza apareció detrás del ojo izquierdo, como una presión blanca, no muy fuerte pero exacta. Se apoyó en la encimera. Durante un segundo, la cocina se desdibujó: los azulejos parecieron más claros, la luz más fría, el aire más limpio. Olió desinfectante. No el de su madre, ni el del hospital de Marta recordado en la ropa. Desinfectante real, intenso, pegado a la garganta.

Bip.

Leo cerró los ojos.

Una mano.

Alguien le sujetaba la mano.

Una voz.

Leo.

Abrió los ojos.

La cocina volvió.

La bombilla amarilla.

La nevera.

El imán en forma de casita, ahora sin nota.

Nerón estaba en el umbral, mirándolo con preocupación.

Leo respiró hondo.

—Estoy bien.

No sonó convincente.

El perro se acercó y le olfateó la mano.

Leo dejó correr el agua del grifo aunque no tenía sed. Bebió directamente de la palma, como hacía de niño, inclinándose sobre el fregadero. El agua estaba fría. Le devolvió el cuerpo. Se mojó la nuca. Después apagó la luz y volvió al salón.

No miró el reloj.

No quería ver la hora.

Pero al pasar junto al móvil, la pantalla se iluminó con una notificación cualquiera.

Leo se quedó quieto.

La habitación entera pareció contener el aire.

05:37.

La misma hora de demasiadas cosas.

La misma cifra apareciendo como una grieta mal disimulada en paredes distintas de la realidad.

Miró a Nerón.

—No —dijo en voz baja—. Esta noche no.

Cogió el móvil y lo puso boca abajo.

Después fue hacia la pared.

Sin pensarlo demasiado, empezó a retirar algunos papeles.

No todos.

Solo los que ya sabía muertos.

Una pista falsa en Santander.

Una captura de una mujer que no era Marta.

Un correo automático.

Un mapa duplicado.

Una nota donde había escrito ¿y si se fue? una noche de rabia y vergüenza.

Los fue dejando en una pila sobre el suelo.

No era limpieza.

No era renuncia.

Era otra cosa.

Como abrir una ventana en una habitación donde alguien había respirado miedo durante demasiado tiempo.

Nerón lo observaba desde la manta.

Leo retiró también un cartel arrugado por la lluvia. La cara de Marta estaba deformada por el agua. Lo sostuvo unos segundos antes de bajarlo.

—Ya no eres esto —susurró.

Dejó el cartel sobre la pila.

Luego tomó la fotografía grande, la de Marta estudiando, la que había presidido la pared durante tanto tiempo. No la quitó. Solo la enderezó. Pasó el pulgar por una esquina levantada y presionó la cinta con cuidado.

Después cogió el papel del Café Lur y lo colocó debajo.

No clavado con chincheta.

No atravesado.

Lo pegó con una tira pequeña de cinta en la parte superior, de forma que pudiera retirarse sin romperse.

Marta viva.

Marta mañana.

Marta no como caso.

Marta como persona.

Al lado, dejó la nota de Londres.

Sigo.

La palabra quedó visible.

Leo la miró durante mucho rato.

Pensó en cambiarla.

Pensó en escribir: perdón.

Pensó en escribir: te esperé.

Pensó en escribir: no sé quién eres ahora, pero sigo aquí.

No escribió nada.

A veces las palabras correctas no llegaban porque todavía no existían.

La noche avanzó sin que él se moviera demasiado. Preparó café y no lo bebió. Abrió una ventana y la cerró al sentir el frío. Se sentó en el sofá y volvió a levantarse. Sacó una camisa del armario, la dejó sobre la cama y luego eligió otra. Se lavó la cara. Se miró en el espejo del baño.

Tenía ojeras profundas.

La barba de dos días.

Una línea pequeña junto a la ceja, recuerdo del accidente que, en su mente, pertenecía a una vida anterior a todas las vidas.

Se preguntó qué vería Marta al mirarlo.

No al chico de la cena.

No al hombre de los carteles.

No al técnico que se fue a Londres.

A este.

Al que estaba entre todos ellos.

Se cepilló los dientes aunque faltaban horas para salir. Volvió al salón. Se tumbó en el sofá sin desvestirse. Nerón, después de dudar un poco, se acomodó en el suelo junto a él, no en la manta. Leo bajó una mano y le tocó la cabeza.

—Mañana no hagas el ridículo —murmuró.

Nerón soltó un suspiro.

—Sí, ya sé. Yo tampoco.

Cerró los ojos.

No durmió enseguida.

Escuchó la ciudad apagándose poco a poco. Una moto lejana. Un vecino cerrando una persiana. Un ascensor. Una tubería. La lluvia empezando otra vez, suave, casi tímida, contra los cristales. Cada sonido parecía tener una memoria pegada. La casa no era una casa. Era un cuerpo lleno de cicatrices.

En algún momento, quizá cerca del amanecer, Leo cayó en un sueño breve.

Soñó con el Café Lur.

Pero no estaba en la calle donde debía estar. Estaba dentro del hospital. Las mesas ocupaban un pasillo blanco. Los camareros llevaban mascarillas. Marta lo esperaba junto a una ventana, con la bufanda verde y el anillo en la mano. Nerón estaba sentado a sus pies, joven otra vez, sin canas en el hocico. Al fondo, Juan bebía café en silencio, vivo, con el uniforme mojado por la lluvia.

Leo intentaba caminar hacia Marta.

Pero cada paso hacía sonar un monitor.

Bip.

Bip.

Bip.

Marta levantaba la vista.

—No llegues tarde esta vez —decía.

Leo despertó con el corazón golpeándole el pecho.

La luz del amanecer entraba por la ventana.

Nerón seguía dormido junto al sofá.

La pared estaba allí, incompleta por primera vez en mucho tiempo. Menos llena. Más desnuda. Más verdadera.

Sobre la mesa, el papel del Café Lur esperaba.

A las cinco.

Leo se incorporó despacio.

No había dormido apenas, pero algo dentro de él estaba despierto de una forma distinta.

Se acercó a la ventana.

La calle todavía estaba húmeda. Un coche bajaba despacio, deformando la luz en los charcos. En el edificio de enfrente, una cocina pequeña permanecía apagada. Nadie guardaba platos. Nadie apagaba lámparas. Nadie terminaba una noche cualquiera.

El día empezaba.

Leo apoyó la frente en el cristal.

No dijo el nombre de Marta.

No todavía.

Solo respiró, y el vaho dibujó por un instante una mancha sin forma sobre la ventana. Leo la observó con atención, esperando quizá que apareciera aquel símbolo extraño, aquella línea vertical atravesada por otra más fina, la grieta mínima que la realidad le había mostrado otras veces.

Pero no apareció nada.

Solo su aliento.

Solo el cristal.

Solo la mañana.

Leo pasó la mano y lo borró.

Después se apartó de la ventana, dobló con cuidado el papel del café y lo guardó en el bolsillo de la camisa.

Nerón levantó la cabeza.

—Hoy no vienes —dijo Leo.

El perro lo miró, ofendido y triste.

Leo se agachó y le acarició el hocico.

—Tengo que verla primero yo.

Nerón apoyó la cabeza contra su mano.

Leo sonrió apenas.

—Luego, si ella quiere, vienes tú.

La frase quedó suspendida.

Si ella quiere.

Era la primera vez que Leo lo decía de verdad.

No si aparece.

No si vuelve.

No si la encuentro.

Si ella quiere.

Se puso de pie.

La pared de pistas quedó a su espalda, más silenciosa que nunca. Ya no parecía una investigación. Tampoco una tumba. Parecía el lugar donde alguien había intentado sostener una ausencia hasta que la ausencia, de pronto, había respirado.

Leo apagó la luz del salón, aunque ya era de día.

La casa quedó en una claridad suave.

En la nevera, el imán en forma de casita seguía solo.

Sin nota.

Como esperando otra.