Ocho horas CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #3
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CAPÍTULO 7 – LA CASA POSIBLE #3

La luz del salón cambió de color. Dejó de ser gris y se volvió más baja, más amarilla, tocando los bordes de los muebles con una suavidad que hacía daño. Marta no se levantaba. Leo no quería que se levantara. Pero los dos sabían que lo haría.

A las 19:26, el móvil de Marta vibró.

Ella no lo sacó enseguida.

Leo supo quién era antes de verlo.

Marta miró la pantalla.

David.

No dijo el nombre.

No hizo falta.

—Tengo que irme —dijo.

Leo asintió.

—Sí.

Nerón levantó la cabeza, como si lo entendiera.

Marta se inclinó y lo abrazó otra vez. Esta vez más despacio. Más consciente. Apoyó la frente contra la suya y cerró los ojos.

—No voy a desaparecer otra vez —susurró.

Leo no supo si se lo decía al perro, a él o a sí misma.

Nerón le lamió la barbilla.

Marta se levantó con esfuerzo. Las piernas le temblaron un poco después de tanto tiempo en el suelo. Leo hizo un gesto instintivo para ayudarla, pero se detuvo. Ella lo vio.

—Gracias —dijo, aunque él no hubiera llegado a tocarla.

En el recibidor, la distancia volvió a hacerse extraña.

Antes de abrir la puerta, Marta miró hacia la mesa del salón.

—Lara —dijo.

Leo se quedó quieto.

No era una pregunta.

Él siguió la dirección de su mirada hasta la tarjeta de taxi.

—Una arquitecta.

—La de la barandilla.

Leo la miró.

—Te lo conté?

Marta negó.

—Lo has escrito en la cara.

La frase habría podido ser ligera.

No lo fue.

Leo no negó.

—Me mandaron a su estudio por una avería.

—Ya.

Marta bajó la vista.

—No tienes que explicarme nada.

—No estaba explicando.

—Sí.

Leo cerró los ojos un segundo.

—No hay nada.

Marta lo miró con una tristeza serena.

—Eso no siempre significa que no vaya a haberlo.

La frase se quedó entre ellos como una verdad que ninguno había pedido.

Leo quiso decirle que no. Que no podía. Que ella seguía allí. Que él no estaba disponible para una vida nueva. Que Lara era solo una persona que le había dado agua y una nota ridícula sobre la cabeza. Que Marta no tenía derecho a verlo antes que él. Que quizá sí lo tenía. Que nada estaba en orden.

No dijo nada.

Marta abrió la puerta.

—Gracias por dejarme verlo.

—Puedes volver.

Ella se giró.

Durante un instante, sus ojos buscaron los de Leo con una intensidad que no pertenecía a una despedida normal.

—No sé si eso me hace bien.

Leo tragó saliva.

—A él sí.

Marta miró a Nerón, que estaba en medio del pasillo, cansado pero atento.

—Entonces volveré por él.

Por él.

La precisión fue necesaria.

Y devastadora.

Marta salió.

Leo cerró la puerta.

Nerón se quedó mirando el lugar por donde ella se había ido. No lloró. No ladró. Solo miró.

Leo se sentó en el suelo a su lado.

—Ha vuelto —dijo.

Nerón no se movió.

—Y se ha ido.

El perro suspiró.

Leo apoyó la espalda contra la pared del recibidor.

La casa ya no era la misma que por la mañana.

Tampoco era la de antes.

Durante un rato, el piso contuvo el olor de Marta: un rastro leve en el aire, en el pelaje de Nerón, en el vaso de agua que no había terminado, en la zona del suelo donde se había sentado. Leo no recogió nada. No tocó el vaso. No guardó la bolsa. No movió los premios.

Dejó que la casa recordara.

A la mañana siguiente volvió al estudio Hiru para terminar el informe de la instalación.

No era imprescindible que fuera él. Iñaki se lo había pedido, sí, pero habría bastado con enviar el documento por correo, adjuntar las mediciones, marcar las cargas recomendadas y dejar que otro rematara la parte administrativa. Lo sabía.

También sabía que no era solo eso.

Después de ver a Marta arrodillada junto a Nerón, después de verla guardar el móvil de David con ese cuidado que dolía más que una mentira, necesitaba entrar en un lugar donde las cosas todavía obedecieran a alguna lógica. Un cable mal repartido tenía causa. Una derivación peligrosa se localizaba. Una sobrecarga podía medirse. Incluso una avería absurda tenía un recorrido, una explicación, un antes y un después.

Lo demás no.

Ane le abrió con una manzana en la mano y un lápiz detrás de la oreja.

—Qué formal. En papel.

Leo levantó la carpeta.

—A algunos todavía nos gusta matar árboles por orden.

—Lara está dentro. Peleándose con una cubierta.

—¿Va ganando?

Ane mordió la manzana y ladeó la cabeza hacia la sala de maquetas.

—Depende de a quién preguntes.

Leo entró.

El estudio estaba casi vacío. Eran las siete y media, pero en aquella sala el tiempo parecía medirse de otra manera: por lámparas encendidas, tazas olvidadas, restos de cartón junto a las papeleras y el zumbido lejano de un plotter que alguien no había apagado del todo. La lluvia del día anterior había dejado un olor leve a piedra húmeda en la escalera, mezclado ahora con cola blanca, café recalentado y polvo de madera.

Lara estaba inclinada sobre la maqueta de la residencia temporal.

No levantó la vista enseguida. Tenía el pelo recogido con un lápiz y varias hebras sueltas le caían junto al cuello. La luz blanca de la lámpara le iluminaba las manos: dedos finos, uñas cortas, una pequeña línea de grafito en el lateral del índice. Cortaba una pieza diminuta de cartón pluma con una precisión casi quirúrgica. No parecía delicadeza. Parecía concentración.

La maqueta había cambiado.

Ya no era solo un volumen blanco con patios interiores. Había pequeños espacios laterales, recorridos que evitaban obligar a pasar siempre por el centro, huecos donde una figura humana de escala podía detenerse sin quedar expuesta. Las zonas comunes no parecían vitrinas. Las habitaciones tampoco parecían celdas. Algo en la distribución permitía entrar, salir, volver atrás, decidir.

Leo lo vio antes de pensar en ello.

—Has cambiado el patio.

Lara terminó el corte antes de responder. Separó la pieza con la punta del cúter y la dejó a un lado.

—Un poco.

—¿Por lo que dije?

Ella alzó la vista entonces.

—No te emociones. Por varias razones.

Leo entró del todo y dejó la carpeta sobre una mesa despejada.

—Está mejor.

—¿Porque ahora la gente puede desaparecer?

—Porque ahora puede elegir.

Lara bajó la vista a la maqueta.

La frase no pareció sorprenderla, pero sí detenerla. Tomó el lápiz del pelo, se soltó un mechón y apuntó algo en el margen de un plano. La palabra quedó torcida porque escribió demasiado deprisa.

—Eso sí lo voy a usar.

—No era una frase.

—Las mejores nunca avisan.

Ane apareció desde la sala principal con una carpeta.

—Leo, te dejo aquí las facturas antiguas de consumo. Hay algunas que parecen escritas por alguien que odiaba a la humanidad, pero igual sirven.

—Gracias.

—Y Lara, no pegues todavía esa pieza. La última vez dijiste “solo pruebo” y luego hubo que despegar medio edificio.

—Eso fue una decisión de proyecto.

—Fue pegamento.

Ane se fue con la misma tranquilidad con la que había entrado.

Lara esperó a que sus pasos se perdieran al fondo antes de volver a la maqueta.

—¿Cómo está tu madre?

La pregunta fue sencilla. No venía envuelta en lástima ni en optimismo obligatorio.

Leo apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—Esperando biopsia.

—Qué horror.

—Sí.

Lara no añadió nada. No lo obligó a tranquilizarla. No llenó el hueco con una frase útil. Solo apartó el cúter, como si un objeto afilado no debiera estar tan cerca de una conversación así.

—¿Y tú?

—Funcional.

Lara hizo una mueca.

—Odio esa respuesta.

—Es la que tengo.

—No. Es la que usas para que no te pregunten más.

Leo casi sonrió.

—¿Y funciona?

—Con gente educada, quizá.

—¿Tú no eres educada?

—No siempre. Pero intento parecerlo en reuniones con promotores.

—Una habilidad respetable.

—Una condena.

Esta vez sí sonrieron los dos, apenas.

No era coqueteo todavía. O no solo. Era algo más lento, más incómodo por su discreción: una zona en la que las respuestas no tenían que ir vestidas de normalidad. Lara no sabía la mitad de su historia. No sabía lo suficiente de Marta, ni de David, ni de los mapas, ni de la pared que había convertido su salón en una investigación sin final. Pero había visto lo necesario para entender que Leo no era un hombre triste de forma decorativa.

Y, a diferencia de otros, no parecía necesitar que él resumiera el dolor para poder respetarlo.

Leo abrió la carpeta y empezó a explicarle el informe. Lo provisional, lo definitivo, el reparto de cargas, la derivación que había anulado, la línea que tendrían que corregir si no querían vivir a base de parches. Mientras hablaba, Lara escuchaba con atención. No fingía entender más de lo que entendía. Preguntaba cuando algo no le cuadraba y anotaba en el plano con una letra limpia, inclinada, demasiado rápida para ser bonita.

—Si seguís enchufando los plotters ahí, volverá a saltar.

—Los plotters son animales de costumbres.

—Los cables no respetan costumbres.

—Los arquitectos tampoco, pero los clientes insisten.

Leo señaló una línea del informe.

—Esta reparación es la buena. La otra sirve para salir del paso.

—Aquí todo sirve para salir del paso.

Lara dijo aquello sin dramatismo, pero Leo notó que la frase tenía más de una capa.

Al terminar, se acercó otra vez a la maqueta.

—¿Residencia temporal?

Lara asintió.

—Para mujeres que salen de situaciones violentas o de trata. No es definitivo. Es un lugar de paso.

Algo dentro de Leo se tensó.

Marta.

Siempre Marta, apareciendo donde nadie la había invitado.

—¿Y cómo se diseña un lugar de paso?

Lara tardó un momento en contestar. No porque no supiera la respuesta, sino porque parecía desconfiar de las respuestas demasiado limpias.

—Con cuidado —dijo al fin—. Y aceptando que vas a equivocarte en algo.

Leo la miró.

—Eso no suele ponerse en las memorias de proyecto.

—Debería. “Este edificio intentará no hacer daño, pero no garantiza acertar siempre”.

—No vendería mucho.

—No. Pero sería honesto.

Lara colocó una figura diminuta en uno de los patios. Luego la movió unos milímetros hacia la sombra.

—Sí parece demasiado institucional, nadie respira. Si parece demasiado doméstico, puede dar miedo. Una casa también puede ser un lugar peligroso. Si obligas a compartirlo todo, invades. Si aíslas demasiado, abandonas. La línea es incómoda.