Ocho horas CAPÍTULO 4 – LA CULPA #10
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CAPÍTULO 4 – LA CULPA #10

El avión descendió entre nubes bajas y, al ver las montañas húmedas, sintió que el cuerpo se le cerraba desde dentro. Nerón viajaba con él. Ya no era tan joven como antes, aunque todavía no estaba enfermo de verdad. Tenía el hocico algo más claro, una mancha gris pequeña bajo la boca, y se cansaba antes en los paseos largos. Leo lo notaba y fingía no notarlo.

Clara los esperaba en el aeropuerto.

Al ver a Nerón, se agachó antes de abrazar a Leo.

—Hola, mi amor —dijo, hundiendo las manos en el cuello del perro—. Tú sí que me has echado de menos, ¿eh?

Nerón movió la cola con una alegría torpe.

Leo observó a su hermana acariciarlo.

—Yo también, gracias.

Clara levantó la vista.

—A ti ya te saludé por WhatsApp.

Luego se incorporó y lo abrazó.

El olor de Clara, una mezcla de champú, tabaco ajeno y la colonia barata que seguía usando desde hacía años, le devolvió algo que Londres había ido borrando: la sensación de pertenecer a una historia anterior a la tragedia.

En el taxi hacia Santutxu, Clara habló demasiado. De su trabajo, de la vecina nueva, de Gutiérrez, de Amparo, de su madre, de Marcos, de una avería absurda en el portal. Leo la dejó hablar. Miraba por la ventana las calles mojadas, las fachadas conocidas, los semáforos, los bares, las tiendas. Todo seguía allí con una crueldad casi perfecta. La ciudad no se había detenido para esperarlo. Tampoco había cambiado lo suficiente como para permitirle fingir que volvía a otro lugar.

Al subir al piso, se detuvo frente a la puerta.

La madera tenía una marca nueva cerca de la cerradura.

—¿Qué es eso?

Clara miró.

—Nada. Una bolsa de Gutiérrez, creo. Subió con la compra y le dio un golpe.

Leo pasó un dedo por la marca.

El piso olía a cerrado, aunque Clara lo había ventilado. También olía a papel viejo, polvo y una humedad que venía de las paredes. La nota seguía en la nevera. El mapa seguía en el salón. La foto grande de Marta seguía mirando desde la pared.

Pero algo había cambiado.

Leo tardó unos segundos en entenderlo.

La casa ya no parecía esperar.

Parecía conservar.

Era distinto.

Nerón entró despacio, olfateó cada rincón y fue directo a la puerta del dormitorio. Después volvió al salón, buscó su antigua manta, que Clara había guardado limpia en una esquina, y se tumbó encima con un suspiro largo.

—Él sí sabe volver —dijo Clara.

Leo dejó la maleta junto a la pared.

—Yo no.

Pasaron la Nochebuena en casa de su madre.

No hubo grandes conversaciones. Su madre cocinó demasiado. Clara puso música baja. Nerón durmió bajo la mesa y recibió trozos de pavo con una discreción que nadie creyó. Marcos pasó después de cenar con una botella de sidra y un abrazo torpe. Iñaki llamó y Leo no contestó. Luego escuchó el mensaje en el baño.

“Solo quería desearte… bueno. Eso. Cuídate.”

Lo borró.

Después lo recuperó.

No supo por qué.

A medianoche, su madre salió al balcón a fumar, aunque ella no fumaba casi nunca. Leo la siguió. El frío les mordió la cara. Desde allí se veían varias ventanas encendidas, algunas con luces navideñas, otras con sombras moviéndose alrededor de mesas.

—Estás más delgado —dijo ella.

—Tú también.

—Yo no estoy más delgada. Estoy más vieja.

Leo apoyó los brazos en la barandilla.

—No digas eso.

—¿Por qué? Es verdad.

Él miró hacia la calle.

—No me gusta que las cosas cambien cuando no estoy.

Su madre expulsó el humo despacio.

—Cambian también cuando estás.

Leo no respondió.

—¿Vas a volver a Londres?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Después de Reyes.

Ella asintió.

No le pidió que se quedara.

Eso le dolió de un modo injusto.

—¿Quieres que me quede?

—Quiero que vivas.

Leo cerró los ojos.

—Todo el mundo dice eso.

—Porque todos te vemos desde fuera.

—Desde fuera es fácil.

Su madre apagó el cigarrillo en un cenicero pequeño.

—Desde dentro también lo era para ti cuando mirabas a Marta matarse estudiando y le decías que tenía que dormir.

Leo la miró.

El golpe fue limpio.

Ella no se disculpó.

—A veces amar a alguien consiste en decirle lo que no quiere oír.

Leo bajó la mirada.

En la calle, un coche pasó despacio sobre el asfalto mojado.

—No sé qué soy sin buscarla —dijo.

Su madre se apoyó a su lado.

—Entonces tendrás que averiguarlo sin dejar de quererla.

Esa noche, Leo durmió en su antigua habitación, en la casa de su madre. Soñó con Marta en Londres. Caminaba por la nave de ladrillo oscuro, vestida con la bata del hospital, mirando los cables del techo. Leo intentaba decirle que no tocara nada, que había tensión, pero ella no lo oía. Al girarse, llevaba un anillo en la mano. No puesto. Sostenido entre dos dedos, como si no supiera qué hacer con él.

—Llegas tarde —le decía.

—No sabía dónde estabas.

Marta sonreía con tristeza.

—Yo tampoco.

Al despertar, escuchó durante unos segundos el pitido del monitor.

Pero era el microondas de su madre, avisando de que el café estaba caliente.

Volvió a Londres después de Reyes.

Y algo en él se cerró mejor.

No sanó.

No se iluminó.

No aceptó nada.

Pero empezó a entender que la búsqueda tenía que convivir con otras cosas si no quería convertirse en una tumba habitable. Londres le ofrecía una disciplina seca. Trabajo. Tren. Perro. Lluvia. Idioma. Paredes nuevas. El dolor seguía allí, pero a veces llegaba tarde a la jornada y encontraba las manos de Leo ocupadas.

Durante los meses siguientes, avanzó en la empresa.

Tom lo recomendó para tareas de mayor responsabilidad. Siobhán le pidió ayuda con informes técnicos. Amir empezó a llamarlo “the Spanish ghost” y luego, cuando vio que a Leo no le molestaba, simplemente “Ghost”. Leo mejoró su inglés, aprendió a discutir presupuestos, a defender decisiones, a decir no con frases educadas que sonaban menos agresivas de lo que se sentía por dentro. Ganó dinero. Compró herramientas mejores. Se mudó a un pequeño estudio donde Nerón tenía más espacio y una ventana desde la que podía mirar la calle.

En la nueva casa, Leo no llenó una pared entera.

Solo una esquina.

La foto de Marta.

La nota.

Un mapa pequeño.

El girasol seco, que había llevado dentro de una caja y que llegó a Londres parcialmente deshecho.

Un papel con una frase de Clara:

Todo sigue ahí.

La pegó debajo de la foto.

No sabía si era consuelo o condena.

Un sábado de primavera, mientras arreglaba una lámpara en el estudio, recibió una llamada de Velasco.

No era habitual.

La policía solía escribir, no llamar, salvo cuando había algo que no querían dejar por escrito o cuando no había nada y querían decirlo con voz humana.

Leo contestó de pie, con el destornillador en una mano.

—Dígame.

—Leo.

El uso del nombre lo puso en alerta.

—¿Qué pasa?

—Necesito que esté tranquilo.

—No empiece así.

Velasco respiró.

—Ha aparecido una mujer en Francia con documentación falsa. Al principio pensamos que podía haber relación, por edad y características físicas. Ya se ha descartado.

Leo cerró los ojos.

—¿Entonces para qué me llama?

—Porque su nombre apareció en una conversación.

Leo abrió los ojos.

—¿Qué conversación?

—Una investigación paralela sobre una red de traslado de mujeres. No puedo darle muchos detalles.

—Démelos.

—No puedo.

Leo apoyó el destornillador en la mesa.

—¿Apareció el nombre de Marta?

Silencio.

—Apareció una referencia a una española llamada M.

El mundo se estrechó.

—¿M?

—Sí.

—Eso puede ser cualquiera.

—Lo sé.

—¿Y por qué me llama?

Velasco tardó demasiado.

—Porque también mencionaban Bilbao.

Leo se sentó.

Nerón levantó la cabeza desde su manta.

—¿Dónde?

—No puedo…

—Velasco.

—No puedo darle más. Todavía no.

Leo respiraba por la boca.

—¿Está viva?

—No lo sabemos.

—¿Cree que es ella?

El agente no respondió.

Y esa ausencia de respuesta fue suficiente para que Leo supiera que, por primera vez en mucho tiempo, Velasco no estaba llamando solo por protocolo.

—Voy a España.

—No le he pedido eso.

—Me da igual.

—Leo, escúcheme. Es una línea muy débil. Puede no ser nada.

—Todo puede no ser nada.

—Precisamente.

—No. Precisamente por eso voy.

Colgó.

Compró un vuelo para el día siguiente.

No durmió.

Caminó por el estudio hasta que Nerón empezó a ponerse nervioso. Revisó la misma maleta tres veces. Metió ropa, documentos, el pasaporte, la carpeta con copias de Marta, informes, fechas. Al amanecer sacó al perro al parque. Londres estaba cubierto por una niebla baja que hacía desaparecer las fachadas a media altura. Nerón caminaba despacio, con el hocico pegado al suelo.

Leo pensó en dejarlo con Amir.

Luego pensó en llevarlo.

Luego recordó la fatiga del viaje anterior, el estrés del animal, el poco tiempo.

Llamó a Amir.

—¿Puedes quedarte con Nerón dos días?

Amir no preguntó nada al principio.

—Claro.

Después, cuando llegó a recogerlo, miró la maleta de Leo y la cara sin dormir.

—¿Una pista?

Leo cerró los ojos un momento.

—Maybe.

Amir se agachó para saludar al perro.

—Maybe is a dangerous country.

—Worse than Spain?

—Much worse. Spain has food.

Leo intentó sonreír.

No pudo.

Amir se levantó.

—Go. I will take care of him.

Leo miró a Nerón. El perro parecía entender otra despedida. Se acercó a él, apoyó el cuerpo contra sus piernas y soltó un quejido bajo.

—Vuelvo en dos días —dijo Leo.

La frase le sonó horrible.

No tardo.

Cuidado con la lluvia.

Vuelvo en dos días.

Todas las promesas pequeñas tenían dentro un precipicio.

Se arrodilló y abrazó al perro.

—Esta vez vuelvo.

Nerón le lamió la barbilla.

En el avión, la luz blanca sobre las nubes volvió a producirle dolor de cabeza. Leo cerró los ojos, apretó los dedos contra los reposabrazos y contó respiraciones.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Siete.

Ocho.

Al llegar a Bilbao, Clara lo esperaba con el coche de Marcos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó antes de abrazarlo.

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Fueron directos a la comisaría.

Velasco parecía más cansado que la última vez. Había adelgazado. O quizá todos adelgazaban dentro de la historia de Marta. Los recibió en una sala pequeña, sin café, sin formalidades.

—Antes de nada —dijo—, no quiero que se hagan expectativas.

Leo lo miró.

—Ya llegamos tarde para eso.

Velasco abrió una carpeta.