CAPÍTULO 4 – LA CULPA #11
—La operación es internacional. Hay colaboración con unidades francesas y de otros países. En una intervención reciente se recuperaron varias comunicaciones. Una de ellas menciona a una mujer española, inicial M, trasladada desde el norte de España. En otra conversación aparece Bilbao. No hay apellido. No hay fotografía. No hay confirmación.
Clara estaba pálida.
—¿Hace cuánto?
Velasco miró una hoja.
—La conversación es antigua. De hace aproximadamente un año y medio.
Leo sintió que el aire desaparecía.
Un año y medio.
El inicio.
—¿Y la mujer? —preguntó.
Velasco juntó las manos.
—No se la ha localizado.
Leo se levantó.
—Entonces no tienen nada.
—Tenemos algo.
—No. Tienen una letra y una ciudad.
—A veces eso abre puertas.
—¿Qué puertas? Dígame una.
Velasco sostuvo la mirada.
—Europa del Este.
Leo sintió que la frase del correo anónimo regresaba.
No busques solo en España.
—¿Qué país?
—No puedo concretar.
—¿No puede o no sabe?
—Ambas cosas.
Clara tocó el brazo de Leo.
—Por favor.
Él se apartó.
—¿Por qué ahora?
Velasco no respondió de inmediato.
—Porque antes no estaba conectado.
—¿Y quién lo conectó?
El agente lo miró.
—Usted.
Leo se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Velasco sacó una copia de algunos correos que Leo había enviado meses atrás, llenos de enlaces, nombres, hipótesis, traducciones, fotografías borrosas. Leo los reconoció. Le dio vergüenza verlos impresos, como si alguien hubiera sacado de su cabeza una fiebre y la hubiera ordenado en folios.
—Mandó información sobre varias rutas y casos similares. La mayoría no era útil. Pero una coincidencia de nombres y fechas volvió a revisarse. No digo que haya resuelto nada. Pero ayudó a mirar otra vez.
Leo se sentó despacio.
Clara tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Entonces puede estar viva —dijo ella.
Velasco no contestó con esperanza barata.
—Puede.
La palabra quedó en la sala.
No era sí.
No era no.
Era una rendija.
Leo salió de la comisaría con esa rendija metida en el pecho.
Durante los días siguientes, Bilbao volvió a ser mapa.
Pero distinto.
Ya no buscaban solo a una mujer perdida en una ciudad. Buscaban una línea invisible que salía de Bilbao y se perdía hacia otros países. Velasco no podía darle todo. Leo lo sabía. Aun así, volvió a su salón, abrió cajas, recuperó carpetas, revisó fechas. Clara trabajó con él. Su madre llevó comida sin decir que comieran. Laura llamó desde el hospital. Marcos apareció con cerveza sin alcohol y cara de no saber si aquello era una buena noticia o una forma nueva de tortura.
—Una M —dijo Marcos, mirando la pared—. Joder.
—Y Bilbao —añadió Clara.
—Ya.
—Y fechas.
—Sí.
Marcos miró a Leo.
—¿Qué dice tu cabeza?
Leo no apartó la vista de los papeles.
—Que no pare.
Marcos asintió.
—¿Y tu cuerpo?
Leo no respondió.
La nueva pista no resolvió nada.
Solo reabrió todo.
Durante tres semanas, Leo se quedó en Bilbao. Llamó a traductores, organizaciones, contactos, foros. Escribió a asociaciones de víctimas. Envió fotos. Recibió respuestas prudentes, respuestas inútiles, respuestas amables, respuestas automáticas. Algunas decían: “No podemos confirmar.” Otras: “Lo sentimos, no tenemos información.” Una, desde una organización en Viena, decía:
A veces las supervivientes no pueden contactar aunque estén vivas.
Leo leyó esa frase hasta que la pantalla se le nubló.
Supervivientes.
La palabra cambió la forma de Marta en su cabeza.
Hasta entonces Marta había sido desaparecida.
Desde ese día empezó a ser, también, alguien que podía estar sobreviviendo.
Y eso dolía de otro modo.
El regreso a Londres se aplazó una semana.
Luego otra.
Tom escribió con paciencia al principio. Después con urgencia. Finalmente llamó.
—Leo, necesito saber si vas a volver.
Leo estaba en el salón de Santutxu, frente al mapa.
—No lo sé.
Tom respiró al otro lado.
—Eso no es una respuesta que pueda darle a nóminas.
—Entonces di que no.
Hubo silencio.
—¿Estás dejando el trabajo?
Leo miró la foto de Marta.
—No. Puede. No lo sé.
Tom no dijo nada durante un momento.
—Escucha. No puedo mantener tu puesto para siempre. Pero puedo aguantar dos semanas más.
—¿Por qué?
—Porque eres bueno. Y porque Amir me haría la vida imposible si te sustituyera.
Leo cerró los ojos.
—Gracias.
—Haz lo que tengas que hacer. Pero haz algo, Leo. Quedarse parado en medio de la carretera es como te atropellan.
La frase lo dejó helado.
Quedarse parado en medio de la carretera.
En medio de la carretera.
El rayo.
La grúa.
La luz.
—¿Leo?
—Sí.
—¿Me has oído?
—Sí.
—Dos semanas.
Colgó.
Al día siguiente, Velasco lo llamó.
—Necesito que venga.
Leo llegó en menos de media hora.
Esta vez el agente no lo hizo pasar a la sala pequeña. Lo recibió en un despacho más interno, con persianas grises y una impresora que emitía un ruido de esfuerzo cada pocos minutos.
Había una mujer sentada junto a él. No llevaba uniforme. Tenía el pelo corto, gafas finas y una carpeta cerrada sobre las piernas. Se presentó como inspectora Ruiz, de una unidad especializada.
Leo se sentó.
No le ofrecieron café.
Eso le dio miedo.
Ruiz habló con cuidado.
—Hemos recibido una información no confirmada. Quiero insistir en eso. No confirmada.
Leo miró sus manos.
—Dígalo.
La inspectora abrió la carpeta y sacó una fotografía impresa.
No se la entregó enseguida.
La dejó boca abajo sobre la mesa.
—Esta imagen procede de una investigación fuera de España. No podemos decirle mucho más ahora mismo. La calidad es baja. No hay identificación oficial.
Leo dejó de respirar.
Ruiz giró la fotografía.
El mundo no se detuvo.
Eso fue lo terrible.
La impresora siguió haciendo ruido. En el pasillo alguien habló por teléfono. Un coche pasó fuera. Una silla crujió.
Pero dentro de Leo algo se abrió con tanta violencia que durante unos segundos no oyó nada.
La imagen era mala. Tomada desde lejos, quizá con zoom. Una mujer salía de un edificio acompañada por dos hombres. Llevaba un abrigo largo, el pelo más oscuro de lo que Marta lo había llevado nunca, el rostro girado a medias. Se veía poco.
Pero era ella.
O su fantasma exacto.
Leo tocó la fotografía con dos dedos.
—Es Marta.
Velasco bajó la mirada.
Ruiz dijo:
—No podemos confirmarlo.
—Es Marta.
—Necesitamos ser prudentes.
Leo levantó la vista.
—Llevo casi dos años siendo prudente para no volverme loco. Es ella.
Clara, a quien Leo había llamado antes de entrar y que esperaba fuera, apareció en su cabeza. Su madre. Nerón. Los carteles. La nota. Londres. Todo convergió en esa cara borrosa.
Ruiz mantuvo la voz serena.
—Si fuera ella, esta imagen tendría varios meses.
—¿Dónde?
—No puedo darle la localización exacta.
—¿Está viva en la foto?
La inspectora no se permitió emoción.
—En la fotografía, sí.
Leo se llevó una mano a la boca.
En la fotografía, sí.
Era una frase absurda.
Y, sin embargo, fue la primera forma de vida que el caso le daba desde la desaparición.
—¿Y ahora?
Ruiz guardó silencio.
Leo comprendió que nadie podía responderle.
Salió de la comisaría con una copia autorizada de la imagen, bajo condiciones que apenas escuchó. Clara lo esperaba en la puerta. Al verlo, supo que algo había cambiado.
—¿Qué?
Leo le enseñó la fotografía.
Clara se tapó la boca.
No dijo “puede ser”.
No dijo “se parece”.
Dijo:
—Marta.
Y entonces Leo, por primera vez desde aquella noche, creyó que no estaba solo en su certeza.
La noticia no podía hacerse pública.
Eso les dijeron.
No todavía. No así. Podía entorpecer. Podía poner en riesgo. Podía no ser ella. Podía ser una línea de investigación sensible. Podía. Podía. Podía.
La palabra podía se convirtió en el nuevo idioma de la casa.
Podía estar viva.
Podía estar lejos.
Podía no recordar.
Podía no poder llamar.
Podía volver.
Podía no volver nunca.
Leo decidió quedarse en Bilbao hasta saber más.
Tom no pudo mantener el puesto.
Le escribió un mensaje largo, humano, lleno de disculpas innecesarias. Leo lo leyó sentado en la cocina, con la fotografía borrosa de Marta sobre la mesa.
Amir llamó esa noche.
—No vas a volver.
No era pregunta.
—Ahora no.
—Nerón te echa de menos.
Leo cerró los ojos.
—¿Cómo está?
—Le robó las tostadas a mi hija por videollamada. Ahora mi familia lo quiere más a él que a mí.
Leo sonrió débilmente.
—Ya arreglaré algo.
—No te compliques demasiado. Ven a buscarlo cuando puedas. Es familia, no equipaje.
—Gracias.
Amir guardó silencio un momento.
—¿Está viva?
Leo miró la fotografía.
—Puede.
Amir soltó aire.
—País peligroso.
—Sí.
—Pero mejor que no.
Leo no supo qué decir.
—Sí.
Volvió a Londres una semana después solo para cerrar cosas y recoger a Nerón.
El estudio le pareció ajeno. La esquina de Marta seguía allí, pero ya no era la misma. La foto de la comisaría lo había cambiado todo. La ausencia tenía ahora un cuerpo borroso, una prueba imperfecta, una vida posible.
Amir lo ayudó a embalar.
Nerón no se separaba de Leo. Lo seguía de una habitación a otra con ansiedad, como si temiera otra bodega, otra frontera, otra promesa pequeña. Leo intentaba acariciarlo cada vez que pasaba junto a él.
—Espero que ya no haya más vuelos para él —dijo Amir.
—Iremos en tren y ferri puede que. O conduzco yo.
—Conducir de Londres a Bilbao con un perro viejo y enorme y tus fantasmas. Suena saludable.
Leo miró las cajas.
—Nada es saludable.
Amir cerró una caja con cinta.
—Eso no es verdad. La comida es saludable. El sueño. La amistad. Los perros. Algunos fantasmas, puede, si te dicen por dónde ir.
Leo lo miró.
—Deberías escribir galletas de la suerte.
—Demasiada sabiduría, poca galleta.
Se despidieron al día siguiente.
Amir abrazó a Leo con fuerza, sin la torpeza británica ni la distancia que a Leo le habría resultado más cómoda.
—Encuéntrala si puedes —dijo—. Pero no desaparezcas tú también.
Leo asintió.
No prometió nada.
El regreso a Bilbao por carretera fue lento, casi ceremonial.