Ocho horas CAPÍTULO 4 – LA CULPA #9
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CAPÍTULO 4 – LA CULPA #9

El remitente era una dirección absurda, una combinación de números y letras. La copió, la guardó, hizo captura, la envió a Velasco.

La respuesta del agente llegó al día siguiente:

Lo miramos. No interactúes.

Leo rió solo en la habitación.

No interactúes.

Como si su vida entera no se hubiera convertido en una interacción desesperada con sombras.

El trabajo empezó a ocuparle las manos.

Eso fue lo primero que Londres le dio: cansancio físico sin memoria inmediata. Durante las jornadas en la nave, Leo podía desaparecer dentro de una tarea. Medir, desmontar, ordenar, interpretar, anticipar. El inglés técnico, al principio, le exigía una concentración que lo protegía. Tenía que pensar cada frase antes de decirla. Tenía que escuchar con atención para no perder una instrucción. Tenía que traducir dentro de la cabeza palabras que en español le salían con la naturalidad de respirar.

Containment.

Earthing.

Distribution board.

Residual current.

Load.

Fault.

Fault.

La palabra le gustaba menos que avería.

Fault tenía culpa dentro.

Quizá por eso le resultaba más exacta.

A las dos semanas, Tom empezó a confiarle problemas que otros no querían tocar. Una línea que saltaba sin patrón aparente. Un circuito que figuraba desconectado, pero seguía recibiendo tensión. Un cuadro secundario con etiquetas mal hechas. Leo entraba en esos cuartos con una concentración silenciosa que los demás aprendieron a respetar. No escuchaba música. No hablaba si no era necesario. Ordenaba herramientas en paralelo. Tom decía que tenía “the face of a surgeon and the social skills of a wet brick”.

Amir lo tradujo riéndose.

—Dice que tienes cara de cirujano y habilidades sociales de ladrillo mojado.

Leo apretó un tornillo sin levantar la vista.

—Dile que gracias.

—No era un cumplido.

—Ya.

Amir se quedó observándolo.

—¿Siempre eras así o es Londres?

Leo giró apenas la cabeza.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras arreglando algo que no está en la pared.

Leo volvió al cuadro.

—Eso ha sonado muy profundo para alguien que desayuna patatas fritas.

Amir soltó una carcajada.

—Sí entiendes los chistes.

—Algunas.

Ese fue el inicio de algo parecido a una amistad.

Amir no preguntaba demasiado. Tenía una esposa en Manchester, dos hijos y una madre enferma en Lahore a la que llamaba todos los domingos con una paciencia infinita. Hablaba de fútbol, de comida, de alquileres imposibles y de la estupidez británica de poner moqueta en baños antiguos. A veces, cuando Leo se quedaba trabajando más tarde de lo razonable, Amir le dejaba un té sobre la mesa sin decir nada.

Una tarde, al encontrarlo revisando planos después de la hora, dijo:

—Ya sabes, los fantasmas no cobran horas extra.

Leo levantó la vista.

—¿Cómo?

—Los fantasmas no pagan horas extra.

Leo miró los planos.

—No estoy haciendo horas por fantasmas.

Amir señaló el móvil de Leo, abierto sobre la mesa, donde se veía la foto de Marta en una carpeta.

—Claro que no.

Leo cerró el portátil.

—No hables de lo que no sabes.

Amir no se ofendió.

—Entonces cuéntamelo algún día.

—No.

—Vale.

Cogió su chaqueta.

—Pero si no me lo cuentas, haré teorías. Y soy muy malo haciendo teorías.

Leo no quería sonreír.

Sonrió.

Poco.

Pero sonrió.

Esa noche, al llegar a casa, encontró la nota de Marta en el suelo. La cinta se había despegado por la humedad. Compra pan, cielo. Te quiero. Marta. El papel estaba doblado por una esquina.

Leo se quedó mirándolo como si acabara de encontrar un animal herido.

Lo recogió, lo alisó, buscó otra cinta.

No había.

Bajó a una tienda abierta veinticuatro horas y compró un rollo demasiado grande de cinta transparente, leche, comida para Nerón y una barra de pan blando que no se parecía a nada que Marta hubiera pedido. Al volver, pegó la nota con cuatro tiras, una en cada esquina.

Después dejó el pan sobre la mesa.

Lo miró.

Compra pan, cielo.

Había comprado pan.

Con año y medio de retraso.

Se sentó en la cama y se echó a llorar sin hacer ruido.

Nerón se acercó despacio y apoyó la cabeza en su muslo.

Leo le puso una mano encima.

—No se lo digas a nadie.

El perro cerró los ojos.

Las semanas se ordenaron en una rutina áspera.

Trabajo.

Paseo.

Búsqueda.

Llamadas.

Sueño interrumpido.

Trabajo.

Paseo.

Búsqueda.

Los domingos eran peores. En Londres, los domingos parecían empezar tarde y morir pronto. Las calles se llenaban de familias, mercados, parejas con bolsas de tela, niños en patinete, perros con abrigos ridículos. Leo llevaba a Nerón al canal y caminaba hasta que el cuerpo pedía volver. A veces entraba en cafeterías donde nadie lo conocía y pedía cosas que no sabía pronunciar bien. Se sentaba junto a ventanas empañadas y abría el portátil.

Un domingo de octubre, casi dos años después de la desaparición de Marta, encontró una fotografía que le robó el aire.

No era una pista oficial.

No era nada.

Una imagen subida a un blog de viajes de hacía meses. Una calle de Praga, o quizá de Bratislava, no estaba seguro al principio porque el artículo mezclaba ciudades con una alegría irresponsable. En el fondo, detrás de una mesa exterior, aparecía una mujer de pelo rubio recogido, abrigo oscuro, perfil inclinado. No se le veía bien la cara. Podía ser cualquiera.

Pero Leo dejó de respirar.

Amplió la imagen hasta que se convirtió en manchas.

La descargó.

La pasó por un programa de mejora.

La imprimió en la oficina al día siguiente sin pedir permiso.

La puso junto a otras fotos.

Amir la vio.

—¿She?

Leo no contestó.

Amir se acercó un poco, pero no demasiado.

—Is it her?

Leo miró la imagen.

Quiso decir que sí.

Quiso decir que no.

—No lo sé.

Amir se quedó a su lado.

—That is worse.

Sí.

Era peor.

Durante tres días, Leo vivió dentro de esa foto. Buscó el blog, escribió al autor, rastreó la fecha, el restaurante, la calle, los metadatos de la imagen. El autor respondió desde Australia diciendo que no recordaba nada, que había tomado cientos de fotos, que lo sentía mucho, que esperaba que encontrara a quien buscaba.

Leo estudió la frase.

Espero que encuentres a quien buscas.

Era una frase amable.

También era una forma de despedirse sin implicarse.

Envió la foto a Velasco.

El agente tardó dos días.

No podemos confirmar identidad.

Leo imprimió la respuesta y la pegó en la pared de su habitación, debajo de la foto borrosa.

No podemos confirmar identidad.

No significaba no.

Eso fue suficiente para mantenerlo otra semana sin dormir.

En noviembre, la empresa lo trasladó temporalmente a otro proyecto en Southwark. Un edificio de oficinas antiguo, cerca de una calle donde los pubs se llenaban al salir del trabajo y la gente bebía de pie en la acera aunque hiciera frío. Leo empezó a quedarse alguna noche con compañeros. Al principio solo una cerveza. Luego dos. No por alegría. Por cansancio. Porque en un pub lleno, con voces en inglés mezclándose hasta convertirse en ruido, Marta dolía de otra manera. Menos afilada. Más lejos.

Tom bebía poco. Amir no bebía alcohol. Pavel bebía vodka como si estuviera cumpliendo una obligación patriótica. Siobhán era capaz de desmontar a cualquiera con una frase y luego pagar una ronda como si nada hubiera pasado.

Una noche, después de tres cervezas, Siobhán se sentó frente a Leo en una mesa pegajosa.

—O eres viudo, o eres culpable, o eres español.

Leo la miró.

—¿Cómo?

—Esa cara. Esas son las opciones.

—Con español basta.

—No. Los españoles hacen más ruido cuando están tristes.

Leo casi se rió.

—¿Conoces a muchos españoles?

—Suficientes como para desconfiar del silencio.

Leo bebió un sorbo.

—Alguien desapareció.

Siobhán no cambió la expresión.

—¿Tuya?

Leo entendió la pregunta.

Tuya.

No “tu novia”, no “tu pareja”, no “tu mujer”.

Tuya.

—Nadie es tuyo.

—Eso no era lo que te preguntaba.

Leo miró el vaso.

—Sí.

Siobhán asintió despacio.

No dijo que lo sentía.

Se lo agradeció.

—¿Quieres encontrarla o quieres seguir siendo el hombre que la busca?

Leo levantó la vista.

La pregunta llegó sin aviso, como ciertas averías ocultas que solo saltan cuando todo parece estable.

—No me conoces.

—No. Por eso puedo preguntarlo.

Leo dejó el vaso sobre la mesa.

—Necesito aire.

Salió a la calle.

El frío le golpeó la cara. Afuera, varias personas fumaban bajo un toldo. Un taxi pasó levantando agua del bordillo. Las luces del pub se reflejaban en el asfalto, amarillas, rojas, verdes, deformadas. Leo caminó hasta la esquina y se apoyó contra una pared.

¿Quería encontrarla?

Sí.

La respuesta era obvia.

¿O quería seguir siendo el hombre que la buscaba?

La segunda pregunta no debía existir.

Por eso le dolió.

Sacó el móvil y llamó a Clara.

En España era una hora más. Contestó con voz dormida.

—¿Leo?

—Perdón.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Leo.

Él cerró los ojos.

—¿Sigo siendo yo?

Clara tardó en responder.

—¿Has bebido?

—Un poco.

—Entonces eres tú, pero más pesado.

Leo soltó una risa breve.

Luego se quedó callado.

Clara también.

—Sigues siendo tú —dijo ella al fin—. Pero te estás quedando muy lejos.

—Estoy en Londres.

—No hablo de Londres.

Leo miró el tráfico.

—¿Hay algo nuevo?

Clara respiró al otro lado.

—No.

La palabra viajó entre países con la misma brutalidad de siempre.

—Vale.

—Ven en Navidad.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No sé si quiero.

—Pues ven por eso.

Leo no respondió.

—Ama te echa de menos —añadió Clara—. Y yo también, aunque me caigas fatal a ratos.

—¿Y el piso?

—Está bien.

—¿La nota sigue en la nevera?

—Sí.

—¿El mapa?

—Sí.

—¿Los carteles?

—Leo.

—Dime.

—Todo sigue ahí.

Todo sigue ahí.

La frase lo tranquilizó y lo condenó al mismo tiempo.

Volvió al pub, pero no entró.

Esperó bajo la lluvia hasta que Amir salió con su abrigo.

—You okay?

Leo negó con la cabeza.

Amir asintió como si esa respuesta fuera más cómoda que una mentira.

—Good. Let us go home then.

En diciembre, Leo volvió a Bilbao por primera vez.