Ocho horas CAPÍTULO 4 – LA CULPA #6
30%

CAPÍTULO 4 – LA CULPA #6

Trabajaron esa mañana en una instalación menor, un cuadro eléctrico de una biblioteca municipal. Marcos habló poco. Leo agradeció el silencio. Los cables, los tornillos, las mediciones le ofrecieron una forma de calma que había olvidado. Una avería tenía límites. Un sistema eléctrico podía estar mal diseñado, viejo, húmedo o quemado, pero al menos respondía a leyes. Si algo no funcionaba, había una causa. Si se buscaba lo suficiente, aparecía.

Marta no aparecía.

A media mañana, mientras revisaba una línea, Leo encontró una derivación extraña. No grave, pero sí absurda. Un cable conectado donde no debía. Lo señaló con la linterna.

—Esto no estaba así.

Marcos se acercó.

—¿Cómo sabes?

—Porque no tiene sentido.

—Las instalaciones viejas no tienen sentido.

—No. Esto está cambiado.

Marcos lo miró.

—¿Cambiado desde cuándo?

Leo no respondió.

En la tapa interior del cuadro, alguien había escrito con rotulador negro una fecha: 05/37.

No podía ser una fecha.

No existía un mes 37.

Leo tocó los números con el guante.

—¿Ves esto?

Marcos se inclinó.

—¿El qué?

—Aquí.

—No hay nada.

Leo retiró la mano.

La tapa estaba limpia.

Sin rotulador.

Sin números.

El dolor de cabeza llegó como un golpe blanco.

Marcos lo agarró del brazo.

—Eh.

—Estoy bien.

—No estás bien.

—He dicho que estoy bien.

Marcos no lo soltó.

—Y yo he oído que mientes igual de mal que siempre.

Leo respiró hondo.

La biblioteca olía a polvo, madera vieja y calefacción apagada. Una mujer ordenaba libros al fondo. Alguien tosió en una sala de lectura. Todo era normal. Demasiado normal.

—Necesito aire.

Salió a la calle y se apoyó contra la pared.

Marcos salió detrás.

—¿Te pasa desde el accidente?

Leo cerró los ojos.

—No quiero hablar del accidente.

—Ya. Pues el accidente parece que quiere hablar contigo.

Leo lo miró.

—¿Qué coño significa eso?

Marcos levantó las manos.

—Nada. Joder. Nada. Solo digo que te pasan cosas raras.

—Lo raro es que Marta no esté.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Marcos bajó la mirada.

—No. No lo sé.

Esa aceptación lo desarmó más que una discusión.

Volvieron al trabajo.

Leo no mencionó los números.

Esa noche, al llegar a casa, buscó en la pared cualquier nota con 05:37. Había una, tachada. La arrancó y la tiró a la basura. Después volvió a sacarla. La alisó. La dejó sobre la mesa.

Nerón lo miraba desde la manta.

—No estoy loco —dijo Leo.

El perro apoyó la cabeza entre las patas.

Leo se sentó en el suelo junto a él.

—Todavía no.

El verano pasó sin verano.

Bilbao tuvo días claros, terrazas llenas, ropa tendida en balcones, niños corriendo con helados, turistas fotografiando fachadas que Leo ya no veía. Para él, la ciudad seguía bajo la tormenta. Cada vez que el cielo se despejaba, le parecía una falta de respeto.

Trabajaba por la mañana.

Buscaba por la tarde.

Dormía poco.

Soñaba peor.

En los sueños, Marta no estaba secuestrada ni muerta ni viva. Estaba siempre a punto de aparecer. En un andén, detrás de una puerta, al fondo de un pasillo, en la otra acera. Leo corría hacia ella y el espacio se alargaba. Cuando despertaba, tenía la sensación de haber perdido otra oportunidad real.

Una noche soñó con una habitación blanca.

No era hospital, no exactamente. Había una cama, pero no podía verla bien. Alguien le sujetaba la mano. Una voz de mujer decía:

Estoy aquí.

Leo intentaba abrir los ojos, pero pesaban demasiado.

Cuando despertó, estaba en el sofá, con la televisión encendida sin sonido. En la pantalla, un concurso nocturno mostraba números absurdos. El reloj de pared marcaba las 05:37.

Lo arrancó de la pared y lo tiró al suelo.

El cristal se rompió.

Nerón ladró una sola vez.

Leo se quedó mirando los pedazos.

El tictac siguió sonando unos segundos más, aunque las agujas ya no se movían.

En septiembre, un año después de la desaparición, organizaron una concentración pequeña.

No fue idea de Leo. Fue Laura quien la movió desde el hospital, Clara quien hizo el diseño, Amparo quien avisó a la asociación de vecinos, la madre de Marta quien apareció con una entereza que parecía ensayada en noches sin sueño.

Se reunieron en una plaza de Santutxu al atardecer. No mucha gente. Treinta, quizá cuarenta personas. Algunas con velas. Otras con carteles plastificados. Marta sonreía desde muchas manos. Había una pancarta sencilla:

UN AÑO SIN MARTA

Leo se quedó al borde, incapaz de mezclarse.

No quería una concentración.

Quería una llamada.

No quería velas.

Quería una dirección.

No quería que la gente dijera su nombre en voz alta como si rezara.

Quería oírla decir: “Leo, ven.”

Laura se acercó.

—No tienes que hablar si no quieres.

—No quiero estar aquí.

—Ya lo sé.

—Entonces ¿por qué lo habéis hecho?

Laura miró la plaza.

—Porque ella no puede ser solo tu pared.

La frase le dolió.

—No es solo mi pared.

—A veces sí.

Leo miró a la madre de Marta. Estaba hablando con una periodista local. No lloraba. Sostenía una foto de su hija con ambas manos.

—No sé compartirla —dijo Leo.

Laura lo miró con tristeza.

—Nadie te pidió que fueras el único que la quería.

Él bajó la cabeza.

La concentración duró menos de una hora. Alguien leyó unas palabras. Clara lloró. Amparo repartió pañuelos. Gutiérrez permaneció al fondo, serio, con las manos cruzadas sobre el bastón aunque todavía no necesitaba bastón. La madre de Leo asistió en silencio, junto a la madre de Marta. Dos mujeres unidas por una pérdida distinta.

Cuando todo terminó, Leo recogió una vela apagada del suelo.

La cera se había derramado en forma irregular sobre el cartón que la sostenía. Durante un segundo le pareció ver allí una línea vertical atravesada por otra más fina. El mismo símbolo del vaho. El mismo que había borrado de la ventana. Parpadeó.

Solo era cera.

La guardó en el bolsillo.

Esa noche, al volver a casa, encontró a Nerón dormido junto a la puerta.

No en su manta.

Junto a la puerta.

Como siempre.

Leo se sentó a su lado y le quitó con cuidado una legaña del ojo.

—No va a entrar hoy, chico.

El perro abrió los ojos.

Leo apoyó la espalda contra la pared.

—Pero mañana seguimos.

Año y medio.

Nadie sabe cómo se mide un año y medio cuando falta alguien.

No se mide en meses.

Se mide en cosas que cambian sin permiso.

La pintura de la pared junto al radiador se descascarilló un poco más. El sofá perdió firmeza en un lado. El saco de pienso cambió de diseño. La panadería de Amparo puso una máquina nueva de café. Clara terminó unas prácticas. La madre de Leo se cortó el pelo más corto. Marcos dejó de bromear sobre su exmujer. Iñaki se jubiló de una bronca pequeña y empezó a hablar menos. Algunas tiendas cerraron. Otras abrieron. El cartel de Marta pasó de urgente a viejo.

Leo también cambió.

Al principio la gente lo miraba con pena.

Después con preocupación.

Más tarde con incomodidad.

Finalmente, con una especie de respeto triste, como se mira a quien ha elegido vivir junto a un incendio que nadie más puede apagar.

Una tarde de febrero, después de otra reunión inútil con Velasco, Leo volvió a casa y encontró a su madre desmontando parte de la pared.

No mucho.

Solo una esquina.

Había quitado tres mapas antiguos, varios post-it caídos y una fila de carteles dañados. Los había colocado con cuidado sobre la mesa.

Leo se quedó en la puerta.

—¿Qué haces?

Ella no se volvió enseguida.

—Limpiar.

—No.

—Sí.

—He dicho que no.

Su madre dejó un papel sobre la mesa.

—Hay moho detrás de los carteles. La pared está húmeda.

—Me da igual.

—A mí no.

Leo cruzó el salón y agarró uno de los mapas.

—No toques esto.

Su madre lo miró entonces.

Tenía una expresión que él no le conocía. No era dureza. No era miedo. Era cansancio final.

—Leo, llevas dieciocho meses viviendo dentro de una desaparición.

—Porque ella sigue desaparecida.

—Sí.

La aceptación lo detuvo.

—Sí —repitió ella—. Marta sigue desaparecida. No voy a fingir otra cosa. No voy a decirte que pases página, ni que aceptes, ni que rehagas tu vida como si eso fuera una orden médica. Pero esta casa está enferma.

Leo miró alrededor.

La pared.

Los papeles.

Las manchas de humedad.

El vaso con el girasol seco.

La manta de Nerón llena de pelo.

La taza de café de hacía dos días.

—No puedo quitarlo.

—No te estoy pidiendo que lo tires.

—Entonces ¿qué quieres?

Su madre tomó la nota de la nevera, protegida en su funda.

—Que distingas entre buscarla y enterrarte con su ausencia.

Leo cerró los ojos.

Le dolía la cabeza.

Siempre le dolía cuando alguien decía algo demasiado cerca de la verdad.

—Me han ofrecido un trabajo en Londres —dijo.

No sabía que iba a decirlo.

Su madre tampoco pareció sorprendida.

—Lo sé.

Leo abrió los ojos.

—¿Cómo?

—Clara me lo contó.

—Clara no tenía que…

—Clara está preocupada por ti. Todos lo estamos.

Leo miró hacia la ventana.

Fuera llovía otra vez.

No fuerte.

Nunca hacía falta que fuera fuerte.

—Si me voy, parece que la abandono.

Su madre se acercó despacio.

—No. Si te vas, parece que sigues vivo.

—¿Y si aparece?

—Entonces vuelves.

—¿Y si aparece y cree que me fui?

Su madre no respondió enseguida.

Ahí estaba la herida exacta.

No la búsqueda.

No la policía.

No los mapas.

La posibilidad de que Marta regresara y encontrara una casa vacía.

—Déjale una forma de encontrarte —dijo ella.

Leo soltó una risa amarga.

—¿Una nota en la nevera?

Su madre no sonrió.

—Sí.

La respuesta era tan sencilla que dolía.

Durante los días siguientes, Leo no decidió irse.

La decisión lo fue ocupando.

Primero respondió al correo de Londres con una frase neutra. Después atendió una videollamada. Luego buscó habitaciones sin terminar ninguna solicitud. Más tarde pidió a Marcos que le ayudara a traducir unas referencias técnicas. Después acompañó a Nerón al veterinario para ponerle vacunas y preguntar, con una vergüenza absurda, si un perro podía viajar bien en avión o si era mejor llevarlo más adelante.

—¿Te vas? —preguntó Marcos cuando salieron.

Leo guardó la cartilla de Nerón en el bolsillo.

—No lo sé.

Marcos asintió.

—Eso suele significar que sí.

Caminaron por la acera. Nerón olfateaba cada esquina con concentración.

—Si me voy, ¿me odiarás?

Marcos lo miró.

—Un poco.

Leo casi sonrió.

—Gracias.