CAPÍTULO 4 – LA CULPA #7
—Pero no por irte. Por no haberme dejado ayudarte más.
Leo bajó la mirada.
—No sabía cómo.
—Ya. Tú eres muy de sufrir en alta definición y pedir ayuda en baja cobertura.
Esta vez Leo sí sonrió.
Poco.
Pero sonrió.
Marcos se detuvo frente a un paso de peatones.
—Marta sabría que no te fuiste de ella.
Leo no contestó.
—Lo sabría —repitió Marcos.
—¿Y si no?
El semáforo cambió a verde.
Marcos empezó a cruzar.
—Entonces se lo explicas cuando vuelva.
Cuando vuelva.
No dijo sí.
Leo agradeció esa delicadeza en silencio.
La víspera de marcharse a Londres, Leo dejó la casa casi igual.
No desmontó la pared entera. No pudo. Quitó algunos papeles dañados, guardó carpetas en cajas, limpió la mesa, tiró cafés viejos, lavó la manta de Nerón. Pero dejó el mapa principal. Dejó la foto grande de Marta. Dejó la nota protegida. Dejó el girasol seco colgado junto a la ventana.
En la puerta de la nevera escribió una nota nueva.
Marta:
Si vuelves y no estoy, no es porque haya dejado de buscarte.
Estoy en Londres. Clara, mi madre, Marcos y Laura saben cómo localizarme.
Nerón está conmigo.
Sigo.
Leo.
La leyó muchas veces.
Demasiadas.
Cambió una palabra.
Quitó “sigo” y escribió “te espero”.
Luego lo tachó.
Volvió a poner “sigo”.
No porque la esperara menos.
Sino porque entendió, sin querer entenderlo, que esperar y seguir no podían ser siempre lo mismo.
Pegó la nota con el imán en forma de casita.
El mismo que había sostenido la última nota de Marta.
Nerón lo observaba desde el pasillo.
—Nos vamos unos días —le dijo.
El perro movió la cola, sin entender.
Leo se agachó y le acarició la cabeza.
—O unos años.
La palabra años quedó en la casa como una corriente de aire.
Esa noche durmió en el sofá.
No en la cama.
La cama seguía siendo demasiado grande sin Marta.
Antes de cerrar los ojos, miró la pared. Las sombras de los carteles se movían con la luz de la calle. Durante un instante, todas las fotografías parecieron mirar hacia otro lugar, no hacia él. Como si Marta, multiplicada en papel, hubiera oído algo que Leo no alcanzaba a escuchar.
El dolor de cabeza llegó suave.
No como otras veces.
Más bien como una presión detrás de la frente.
Un olor extraño le llegó un segundo —plástico frío, algo líquido y neutro, como un pasillo cerrado— y desapareció antes de que pudiera buscarlo.
En el silencio del piso, creyó oír un pitido lejano.
Bip.
Luego otro.
Bip.
Nerón levantó la cabeza.
—¿Lo oyes? —susurró Leo.
El perro lo miró.
El sonido desapareció.
Solo quedó el grifo.
Ploc.
Leo cerró los ojos.
Soñó con una ciudad que no conocía.
Una ciudad de ladrillo oscuro, lluvia oblicua y trenes elevados. En el sueño caminaba con una maleta en una mano y la correa de Nerón en la otra. Al otro lado de una calle, Marta lo esperaba bajo un paraguas verde. Leo intentaba cruzar, pero los coches no dejaban de pasar. Cuando por fin el semáforo cambiaba, ella ya no estaba.
En su lugar había una señal blanca con una palabra escrita en letras negras.
LONDON.
Despertó antes del amanecer.
El reloj roto seguía en el suelo, dentro de una bolsa de basura transparente.
Aun así, Leo supo que eran las 05:37.
No miró la hora.
No quiso comprobarlo.
El aeropuerto olía a café caro, ruedas de maleta y despedidas mal disimuladas.
Clara lo acompañó hasta seguridad. Su madre no pudo. O no quiso. Habían discutido la noche anterior porque ella insistía en ir y Leo le pidió que se despidieran en casa. No quería verla llorar bajo luces de aeropuerto. No quería que el último gesto fuera una mano levantada entre filas de pasajeros. Su madre aceptó con demasiada facilidad, lo que le hizo sospechar que también ella necesitaba protegerse.
Clara llevaba una mochila pequeña y el pelo recogido en una coleta alta. Había dormido poco.
—¿Tienes el pasaporte?
—Sí.
—¿Los papeles de Nerón?
—Sí.
—¿El cargador?
—Sí, Clara.
—Vale. Perdón.
Leo miró al perro dentro del transportín homologado, incómodo pero tranquilo. Nerón tenía la nariz pegada a una rendija, oliendo un mundo que no entendía.
—Cuida de ama —dijo Leo.
Clara lo miró.
—No me hables como si te fueras a la guerra.
—No sé cómo se habla cuando uno se va.
Ella apretó las manos.
—Se dice que llamará.
—Llamaré.
—Y que comerá.
—Comeré.
—Y que no se convertirá en un fantasma con acento inglés.
Leo sonrió apenas.
—Eso no lo prometo.
Clara lo abrazó de golpe.
Él tardó medio segundo en responder. Luego la rodeó con los brazos y sintió lo pequeña que seguía siendo en algún lugar de su memoria, aunque ya no lo fuera. Su hermana, la niña a la que preparaba mochilas después de la muerte de su padre, la adolescente que se enfadaba porque él hacía de padre sin saber ser hermano, la mujer joven que había pasado año y medio ayudándolo a sostener una pared imposible.
—Si aparece… —empezó Leo.
—Te llamo.
—No importa la hora.
—Te llamo.
—Aunque sea solo una pista.
—Leo.
—Dime que me llamas.
Clara se apartó lo justo para mirarlo.
—Te llamo aunque sueñe con ella.
Él asintió.
No era una broma.
No del todo.
Antes de cruzar seguridad, Leo miró el móvil.
Ninguna llamada.
Ningún mensaje.
La pantalla reflejó su cara un segundo.
Detrás de su reflejo, en el cristal oscuro, le pareció ver a Marta entre la gente. No de forma clara. Solo un abrigo, una bufanda verde, una cabeza girando.
Se volvió.
Nada.
Pasajeros.
Maletas.
Una niña llorando.
Un hombre quitándose el cinturón antes del control.
Clara le tocó el brazo.
—¿Otra vez?
Leo no preguntó a qué se refería.
—Sí.
—¿Quieres no ir?
La pregunta era honesta.
Y cruel.
Leo miró hacia la zona de embarque.
Luego hacia la salida.
Por un momento, las dos direcciones parecieron igual de imposibles.
—No —dijo.
Besó a su hermana en la frente, algo que no hacía desde que ella era pequeña. Clara cerró los ojos al recibir el beso y luego le dio un golpe suave en el pecho.
—Vete antes de que me arrepienta de dejarte.
Leo tomó el asa del transportín de Nerón.
Cruzó el control.
Al otro lado, cuando volvió la vista, Clara seguía allí.
Levantó la mano.
Él hizo lo mismo.
Después la gente pasó entre los dos y la tapó.
Leo siguió caminando.
El avión despegó bajo un cielo bajo y gris.
Bilbao quedó debajo, cubierto de nubes, como si la ciudad se escondiera de sí misma. Leo apoyó la frente en la ventanilla. Nerón viajaba en la bodega; aquella idea le producía una ansiedad absurda. Había preguntado tres veces si estaría bien. Tres empleados distintos le habían dicho que sí. Ninguno lo había tranquilizado.
Cuando el avión atravesó la capa de nubes, apareció una luz limpia, violenta.
Blanca.
Leo cerró los ojos.
Durante un segundo, la luz no fue sol.
Fue otra cosa.
Una claridad sin forma.
Una cama.
Una mano.
Una voz diciendo su nombre.
Leo.
Abrió los ojos de golpe.
La azafata pasaba con el carrito.
—¿Se encuentra bien?
Leo tardó en responder.
—Sí.
—¿Agua?
—Sí, por favor.
Tomó el vaso con las dos manos.
El agua temblaba.
Miró por la ventanilla. Sobre las nubes, el mundo parecía inmóvil. No había lluvia, ni carteles, ni policía, ni mapas. Solo una extensión blanca, continua, casi perfecta.
Por primera vez en año y medio, Leo no tenía una calle que recorrer.
Eso no lo alivió.
Lo dejó sin función.
Sacó del bolsillo interior la nota de Marta, protegida en su funda.
Compra pan, cielo. Te quiero. Marta.
La leyó una vez.
Luego otra.
Después la guardó.
Debajo de ellos, invisible, quedaba una ciudad llena de carteles mojados con la cara de una mujer que no aparecía.
Delante, una ciudad nueva esperaba sin saber que Leo no llegaba entero.
Londres lo recibió con lluvia.
No la lluvia de Bilbao. Era otra. Más fría, más oblicua, menos íntima. Una lluvia que no parecía caer del cielo, sino cruzar la ciudad de lado, empujada por un viento que doblaba paraguas y llenaba los bordes de las aceras de hojas negras.
En el aeropuerto, Leo esperó a Nerón con el corazón apretado. Cuando el transportín apareció, el perro estaba despierto, nervioso, pero vivo. Al verlo, empezó a mover la cola dentro del espacio reducido, golpeando el plástico con un sonido torpe.
—Ya está, chico —dijo Leo, agachándose—. Ya estamos.
Nerón le lamió los dedos a través de la rejilla.
Leo apoyó la frente contra el transportín.
—Ya estamos —repitió.
Pero no era verdad.
Llegar no era estar.
El primer piso en Londres era una habitación alquilada en una casa compartida al este, cerca de una estación de tren que temblaba cada pocos minutos con el paso de convoyes elevados. La habitación olía a pintura reciente, humedad vieja y detergente barato. Había una cama estrecha, una mesa pequeña, un armario de tela y una ventana que daba a una pared de ladrillo. El casero había aceptado a Nerón solo porque Leo pagó más depósito y prometió que el perro era tranquilo.
Nerón olfateó la habitación con cautela.
Luego se tumbó junto a la puerta.
Como en casa.
Leo dejó la maleta sin abrir.
Colocó sobre la mesa la foto de Marta.
No la grande.
La de la terraza, con la bufanda verde.
Después pegó la nota de la nevera en la pared, junto al enchufe.
No tenía imán.
Usó cinta.
La cinta se despegó por una esquina al cabo de una hora.
Leo la volvió a presionar.
Esa noche no salió a comprar comida. Pidió algo por una aplicación que no entendía del todo y cenó sentado en la cama, con Nerón mirando cada bocado. Afuera, el tren pasó sobre los raíles elevados. La habitación vibró apenas.
Leo miró la nota.
Compra pan, cielo.
En Londres no sabía dónde se compraba pan.
No del pan de verdad.
No del que Marta habría elegido.
Apagó la luz.
La oscuridad no fue completa. Entraba un resplandor naranja desde la calle, cortado por las sombras de la ventana. Nerón respiraba junto a la puerta. En la casa, alguien reía en otra habitación. Una tubería golpeaba dentro de la pared. El tren volvió a pasar.
Leo cerró los ojos.
Por primera vez desde la desaparición, no soñó con Marta.
Soñó con un hospital.
Un monitor.
Un pitido.
Una mano que apretaba la suya.
Al despertar, no recordó la mano.
Solo el sonido.
Bip.
Bip.
Bip.
Lo confundió con el tren.
Y empezó el primer día de su nueva vida como quien entra en una habitación sin encender la luz.