Ocho horas CAPÍTULO 4 – LA CULPA #5
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CAPÍTULO 4 – LA CULPA #5

—Porque necesito recordarla en algún lugar que no sea una denuncia.

Aquella frase hizo más daño que una acusación. Leo miró la pared: mapas, fechas, teléfonos, rutas, zonas marcadas en rojo. Su amor tenía la forma de una investigación policial. La madre de Marta le dejó una fotografía de adolescente, con aparato dental, coleta alta y gesto furioso ante la cámara.

—Para que recuerdes que también fue otras cosas.

Esa noche Leo la colocó lejos de las pistas. Sola. Como una persona.

En enero nevó apenas. Lo suficiente para que Bilbao pareciera una versión mal traducida de sí misma. Leo intentó pegar un cartel en una marquesina, pero la cinta no agarraba por la humedad. Un chico de unos dieciséis años, con capucha y mochila, se detuvo detrás de él.

—Con esa no va a pegar.

Leo se volvió.

—¿La conocías?

—La he visto en los carteles.

—Entonces la conoces un poco.

El chico no supo qué hacer con la frase. Sacó de la mochila un rollo de cinta americana y le ayudó a fijar el papel contra el cristal. La cara de Marta quedó protegida bajo una capa torpe, brillante, casi infantil.

—Mi ama dice que igual se fue —murmuró el chico.

Leo notó el golpe en la mandíbula.

—¿Y tú qué dices?

El chico se encogió de hombros.

—Que si se fue, alguien debería encontrarla igual.

Se marchó sin esperar gracias. Leo se quedó mirando el cartel bajo la nieve fina. Por primera vez en semanas, sintió gratitud sin que la culpa la arruinara del todo.

Esa misma mañana recibió una llamada de Londres.

No contestó.

Volvieron a llamar por la tarde.

Tampoco contestó.

La tercera vez, escuchó el mensaje de voz.

Era de una empresa de mantenimiento técnico con la que había hecho una entrevista meses antes, antes del accidente, antes de Marta. Ofrecían un puesto en un proyecto de rehabilitación de edificios industriales al este de Londres. Buen salario. Incorporación flexible. Necesitaban a alguien con experiencia en instalaciones antiguas, resolución de fallos, lectura de planos, trabajo bajo presión.

Leo escuchó el mensaje dos veces.

Luego lo borró.

Pero esa noche volvió a recuperarlo de la papelera.

No supo por qué.

Febrero trajo una calma peor.

No había menos dolor. Había menos movimiento.

Las llamadas falsas disminuyeron. La policía ya no pedía documentación nueva. Los carteles antiguos eran parte del paisaje, tan integrados que la gente pasaba junto a ellos sin verlos. Leo empezó a reconocer su propio deterioro en los reflejos: la barba más larga, los ojos hundidos, la ropa siempre parecida, las manos agrietadas de frío y cinta adhesiva.

Nerón engordó un poco porque paseaban menos.

Eso le dio vergüenza.

Volvió a sacarlo por rutas largas, no por el perro solamente, sino porque la calle era el único lugar donde la búsqueda todavía parecía posible. Caminaban por parques, avenidas, estaciones. Leo llevaba siempre carteles doblados en el bolsillo. A veces pegaba uno. A veces solo miraba esquinas, cámaras, portales.

Un día, en el parque, Nerón se detuvo de golpe.

Levantó el hocico.

Tiró de la correa hacia una mujer rubia que caminaba de espaldas con un abrigo oscuro.

Leo sintió que el cuerpo se le vaciaba.

—¿Marta?

La mujer se volvió.

No era ella.

Tenía otros ojos, otra boca, otra vida.

—Perdón —dijo Leo.

La mujer lo miró con miedo y aceleró el paso.

Nerón siguió olfateando el aire, confuso, como si también hubiera cometido un error.

Leo se agachó junto a él.

—No pasa nada.

Pero sí pasaba.

Cada error era una pérdida pequeña añadida a la grande.

En marzo, Clara volvió a casa con una caja.

La dejó sobre la mesa sin pedir permiso.

—He traído carpetas.

Leo miró el contenido: separadores, fundas transparentes, etiquetas.

—Ya tengo sistema.

—No. Tienes un incendio.

—Clara.

—Déjame ayudarte a ordenarlo o me voy.

Leo estuvo a punto de negarse.

Pero Clara tenía la mandíbula apretada de su madre y los ojos hinchados de quien había llorado antes de subir. Así que no dijo nada.

Ordenaron durante horas.

No quitaron nada de la pared. Solo pasaron papeles sueltos a carpetas, separaron llamadas, fechas, testigos, descartes. Clara escribió etiquetas con letra clara. Leo corregía alguna palabra. Ella no discutía. Nerón dormía bajo la mesa, soltando de vez en cuando un suspiro profundo.

En una de las carpetas encontraron la nota de la nevera.

Compra pan, cielo. Te quiero. Marta.

Leo se quedó inmóvil.

Clara la sostuvo entre los dedos como si fuera algo frágil.

—No sabía que la guardabas aquí.

—La puse en la pared al principio.

—¿Y luego?

—Me daba miedo que se estropeara.

Clara se quedó quieta.

—¿Quieres que la guardemos aparte?

Leo asintió.

Ella buscó una funda transparente pequeña y metió la nota dentro con cuidado. Luego escribió en una etiqueta:

Última nota en casa.

Leo la miró.

—No.

Clara levantó la vista.

—¿Qué?

—Quita última.

—Leo…

—Quita última.

Clara obedeció.

La etiqueta quedó:

Nota en casa.

Nada más.

Esa noche, después de que Clara se fuera, Leo colocó la funda junto a la foto de Marta adolescente. No en la zona de pistas. En la otra.

La parte que ya no buscaba pruebas.

La parte que recordaba.

Abril llegó con una luz más larga y una crueldad nueva.

La primavera hacía que la desaparición pareciera todavía más injusta. La ciudad empezaba a abrir terrazas, los niños salían más tarde del colegio, las floristerías llenaban los cubos de colores, y en una esquina del centro Leo vio los primeros girasoles de la temporada.

Se detuvo frente al escaparate.

Los tallos estaban dentro de un cubo metálico. Las cabezas grandes, amarillas, todavía algo cerradas. Como los de aquella noche.

Entró.

La florista no era la misma. O quizá sí. Leo ya no confiaba en su memoria para esas cosas.

—¿Cuántos? —preguntó ella.

La pregunta lo atravesó.

Cinco.

Había pedido cinco.

¿Por qué cinco?

No lo recordaba. O sí. Quizá porque no quiso parecer exagerado. Quizá porque era el número que había en el cubo. Quizá porque Marta habría bromeado diciendo que cinco flores eran una declaración de amor con presupuesto ajustado.

—Uno —dijo Leo.

La florista envolvió un solo girasol en papel kraft.

Leo lo llevó a casa bajo el brazo.

Lo puso en un vaso junto a la foto de Marta.

Nerón lo olfateó, luego se tumbó.

El girasol duró seis días.

Cuando empezó a inclinarse, Leo no lo tiró. Lo colgó boca abajo junto a la ventana para secarlo. La flor, al perder agua, se volvió más oscura, más dura, casi mineral. Leo la observaba a veces con una incomodidad que no sabía nombrar. Había belleza en la resistencia, pero también algo obsceno en conservar lo que ya no estaba vivo.

En mayo, Velasco lo llamó para decirle que querían revisar una pista en una empresa de transportes.

Leo llegó antes que ellos.

La nave estaba en las afueras, junto a una carretera secundaria. Olía a gasoil, palés mojados y café de máquina. Un trabajador había reconocido a Marta en un cartel y aseguraba haber visto a una mujer parecida subiendo a una furgoneta blanca meses atrás. No recordaba la matrícula. No recordaba el día exacto. No recordaba si iba sola. Pero dijo una frase que mantuvo a Leo despierto durante diez noches:

—Parecía asustada, eso sí.

La policía interrogó.

Revisó.

Pidió registros.

Nada.

La furgoneta podía pertenecer a cualquiera.

La fecha no coincidía bien.

La descripción era vaga.

El trabajador, al verse rodeado de preguntas, empezó a dudar.

—Igual no era ella.

Leo lo miró con un odio injusto.

—¿Entonces para qué llamaste?

El hombre bajó la vista.

—Pensé que ayudaba.

Leo salió de la nave antes de decir algo peor.

Afuera, junto a una fila de camiones, vomitó café y bilis detrás de un contenedor.

Velasco lo encontró allí.

No dijo nada durante unos segundos.

Luego le ofreció un pañuelo.

Leo lo rechazó.

—No era ella —dijo el agente.

—No lo sabe.

—No era ella.

—No lo sabe.

Velasco guardó el pañuelo.

—No puedo hacer mi trabajo si usted necesita que cada error sea una posibilidad.

Leo se limpió la boca con la manga.

—Y yo no puedo vivir si cada posibilidad la convierten en error.

Velasco lo miró mucho rato.

—¿Está trabajando?

—No.

—¿Está durmiendo?

Leo soltó una risa rota.

—¿Eso forma parte del expediente?

—No.

—Entonces no le importa.

—Me importa porque si un día aparece algo útil, necesito que usted siga siendo capaz de entenderlo.

Leo quiso responder.

No pudo.

El agente señaló la nave con la cabeza.

—Váyase a casa.

—No.

—No era una sugerencia.

—¿Me va a detener?

—No. Pero me gustaría no tener que llamar a una ambulancia.

La palabra ambulancia le produjo una punzada.

Otra vez el pitido.

Bip.

Bip.

Bip.

Leo se tapó los oídos.

Velasco dio un paso hacia él.

—¿Qué le pasa?

—Nada.

—Leo.

Era la primera vez que el agente lo llamaba por su nombre.

Leo abrió los ojos.

—No me llame así.

Velasco retrocedió apenas.

—De acuerdo.

Leo se marchó caminando por el arcén hasta que un taxi aceptó detenerse.

En junio, aceptó volver a trabajar a media jornada.

No por convicción. Por dinero. Por presión. Porque la baja no podía estirarse eternamente. Porque su madre lo miraba con miedo. Porque Clara había dejado de pedirle ayuda y eso era peor que cualquier discusión. Porque Nerón necesitaba veterinario. Porque el alquiler no entendía de desapariciones.

Iñaki lo recibió sin reproches.

Eso le molestó.

—Empiezas con revisiones simples —dijo—. Nada de guardias. Nada de altura. Nada de tormentas.

Leo firmó unos papeles.

—Puedo hacer mi trabajo.

—Irás con Marcos.

—No necesito niñera.

—No he preguntado.

Marcos apareció en el depósito con dos cafés y una bolsa de bollos.

Había envejecido también, o quizá Leo lo veía desde otro lugar. Menos bromas. Más cuidado en los ojos. Le dio un café sin decir nada.

—Tiene azúcar.

—No tomo azúcar.

—Ya. Pero estás hecho una mierda.

Leo aceptó el vaso.