Ocho horas CAPÍTULO 4 – LA CULPA #4
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CAPÍTULO 4 – LA CULPA #4

No mucho. No de forma limpia. Fue más bien una avería interna, una serie de respiraciones rotas que no llegaban a convertirse del todo en llanto. Su madre se sentó a su lado. No lo abrazó. Solo permaneció allí, cerca, con una mano sobre el lomo de Nerón.

La pared del salón los miraba con todas las Martas impresas.

Pasaron tres semanas antes de que la policía admitiera, sin decirlo, que no tenía nada.

No lo dijeron con esas palabras. Velasco usó otras. Investigación abierta. Líneas de trabajo. Falta de indicios concluyentes. Seguimos revisando. Cualquier novedad.

Leo escuchó todo desde el otro lado de la mesa.

—¿Y qué significa eso?

Velasco suspiró.

—Significa que seguimos.

—No. Significa que no saben.

—Señor Arrieta…

—Significa que, si no aparece un cuerpo, una cámara, una llamada o una puta casualidad, ustedes van a dejar que esto se enfríe.

—Nadie ha dicho eso.

—No hace falta.

Velasco cerró la carpeta.

—Hay casos que requieren tiempo.

Leo se inclinó hacia adelante.

—Ella no tiene tiempo.

El agente sostuvo la mirada.

—No sabemos eso.

—Yo sí.

—No. Usted teme eso.

La diferencia lo golpeó más de lo que esperaba.

Leo se quedó callado.

Velasco bajó un poco la voz.

—Mire, entiendo que necesita hacer algo. Lo entiendo. Pero también necesito que sepa que la mayoría de la información que llega por carteles no sirve. Hay muchos errores. Muchas personas quieren ayudar, pero confunden caras. Otros llaman por llamar. Algunos son crueles. Tiene que protegerse.

Leo soltó una risa sin humor.

—¿Protegerme de qué?

Velasco no respondió.

Leo se levantó.

—Si ustedes no tienen nada, yo seguiré buscando.

—Eso puede entorpecer.

—Entonces hagan algo que pueda entorpecer.

Salió antes de que Velasco pudiera contestar.

En la calle, el dolor de cabeza regresó.

Esta vez más fuerte.

Tuvo que apoyarse contra una pared junto a la comisaría. Cerró los ojos. Durante unos segundos, el ruido del tráfico se transformó en otra cosa: un pitido regular, agudo, médico. Un bip. Luego otro. Luego otro. Cuando abrió los ojos, una ambulancia cruzaba la avenida con las luces encendidas, pero sin sirena.

Leo respiró hondo.

Bip.

No.

Era el semáforo de peatones.

Bip.

Bip.

Caminó sin mirar atrás.

El salón dejó de parecer una habitación al cabo del primer mes.

Ya no había mesa de centro. Leo la arrimó contra la pared para extender mejor los mapas. El sofá quedó cubierto de carpetas, periódicos, libretas, cables de cargadores, fotografías, recibos, notas adhesivas. En el suelo, junto a la manta de Nerón, había una caja con carteles nuevos y otra con carteles arrancados que Leo recogía cuando los encontraba por la calle. No sabía por qué los guardaba. Quizá porque tirarlos le parecía abandonar una versión de Marta.

La pared principal se convirtió en una superficie de investigación. Leo trazó líneas con rotulador, pegó chinchetas, numeró llamadas. Había una columna para avistamientos descartados. Otra para personas contactadas. Otra para lugares pendientes. Escribió fechas con letra cada vez más pequeña. Algunas notas eran legibles.

Hospital Basurto: negativo.

Metro Santutxu: revisar salida secundaria.

Panadería Amparo: última conversación confirmada.

Cámara calle Iturribide: ángulo muerto.

Otras eran casi delirantes.

¿Por qué no llaves?

¿Modo avión?

¿Paraguas?

Lluvia = borra huellas.

05:37?

Esta última nota la escribió una noche sin darse cuenta.

Cuando la vio por la mañana, se quedó mirándola un buen rato.

05:37.

No sabía por qué había puesto esa hora. Marta había llegado a casa a esa hora otras veces. El reloj de pared la había marcado una mañana cualquiera. También aparecía en sus sueños. También en la estación. También en la pantalla del microondas una noche en que se despertó en el sofá sin recordar haberse dormido.

La tachó.

Pero la tinta quedó debajo, visible.

05:37.

Clara entró ese mismo día con bolsas de supermercado. Se detuvo al ver la pared.

—Joder, Leo.

—No toques nada.

—No iba a tocar.

—Ahí hay un orden.

Clara dejó las bolsas en la cocina.

—No hay un orden. Hay una herida ocupando toda la casa.

Leo se volvió.

—No empieces.

—Alguien tiene que empezar.

—¿A qué?

—A decirte que esto no es normal.

Leo señaló la pared.

—¿Y qué es normal, Clara? ¿Hacer como si nada? ¿Ir al trabajo, comer, sacar al perro y esperar a que un policía me llame dentro de seis meses para decirme que han encontrado un hueso?

—No digas eso.

—¿Qué quieres que diga?

—Que necesitas ayuda.

—Necesito encontrarla.

—Necesitas dormir.

—Dormir no la trae.

—No dormir tampoco.

Leo se pasó una mano por el pelo.

—No me hagas esto.

Clara bajó la voz.

—Te lo haces tú solo.

Nerón, inquieto, se levantó y fue hacia la puerta. Rasgó la madera con una pata.

Leo lo miró.

—¿Ves?

—¿Qué?

—La espera.

Clara cerró los ojos.

—Es un perro, Leo.

Él la miró como si acabara de decir algo imperdonable.

—No vuelvas a decir eso.

—No quería…

—No vuelvas a decirlo.

Clara apretó los labios. Durante un segundo pareció la niña que él había llevado al colegio después de morir su padre, con la mochila torcida y los ojos demasiado grandes para entender tanta ausencia.

—Yo también la echo de menos —dijo—. No como tú, ya lo sé. Pero también. Y no puedo competir con una pared, Leo. No puedo competir con mapas, ni con llamadas, ni con un perro mirando la puerta. Estoy intentando no perderte a ti también.

Leo bajó la vista.

—No estoy perdido.

Clara miró alrededor: los papeles, las fotos, las tazas frías, el reloj detenido por falta de pila.

—Entonces vuelve un poco.

Clara recogió su abrigo.

—Me llamas cuando quieras que vuelva tu hermana. No una ayudante de investigación. Tu hermana.

Se fue.

Leo no la siguió.

Esa noche pegó en la pared una nueva fotografía de Marta, más grande que las demás. La imprimió en una copistería del centro, en blanco y negro, porque la máquina de color estaba estropeada. En la imagen, Marta miraba hacia un lado, con el pelo recogido y una expresión de concentración. Era una foto tomada por él mientras ella estudiaba. No sonreía. No posaba. Era Marta dentro de sí misma.

Leo la colocó sobre el mapa, justo encima de la zona de Santutxu.

Luego se sentó frente a ella.

—Dime dónde estás —susurró.

La casa no respondió.

Solo el grifo.

Ploc.

Ploc.

Ploc.

A los dos meses, dejó de volver al trabajo.

No de golpe. Primero pidió una semana más. Luego otra. Luego dijo que no estaba preparado. Iñaki dejó mensajes cada vez menos seguros. Al principio sonaban a jefe incómodo: “Cuando puedas, hablamos.” Después a hombre preocupado: “Leo, llámame, por favor.” Finalmente, un día apareció en el portal.

Leo lo vio por la mirilla y no abrió.

Iñaki llamó otra vez.

—Sé que estás ahí.

Leo apoyó la frente en la puerta.

—Vete.

—No.

—No quiero verte.

—Ya lo sé.

—Entonces vete.

Iñaki permaneció al otro lado.

—Juan pregunta por ti.

El nombre atravesó la puerta como un golpe.

Leo cerró los ojos.

En su realidad, Juan estaba muerto. Lo había visto en el hospital, lo había sentido en la frase del paramédico, en el silencio de los compañeros, en la culpa. Y, sin embargo, a veces las versiones se movían. A veces alguien hablaba de Juan como si hubiera sobrevivido. A veces Leo encontraba en el móvil un contacto reciente que no recordaba. A veces, en sueños, Juan lo llamaba desde la cabina de la grúa. Solo lo miraba. Y levantaba una mano despacio, sin que Leo pudiera saber si era un saludo o una negación.

—No digas su nombre.

—Leo.

—He dicho que no lo digas.

Hubo un silencio largo.

—No fue culpa tuya.

Leo abrió los ojos.

La madera de la puerta estaba cerca, demasiado cerca. Vio las vetas, las pequeñas marcas junto a la cerradura, una zona más clara donde Marta había golpeado una vez con una bolsa de la compra.

—Eso no lo sabes.

—Lo sé.

—No estabas allí.

—Juan sí.

Leo sintió que el suelo se inclinaba.

—Juan está muerto.

Al otro lado de la puerta, Iñaki no respondió.

El silencio duró lo suficiente para volverse extraño.

—Baja cuando puedas —dijo Iñaki al fin. La voz había cambiado de tono.

Leo se apartó de la puerta.

El dolor de cabeza volvió con una violencia súbita. Una línea blanca le cruzó la visión. Se llevó una mano a la sien. Durante un segundo oyó lluvia sobre metal, una voz lejana, alguien diciendo su nombre desde una habitación llena de luz.

Leo.

No era Iñaki.

No era su madre.

No era Clara.

Era Marta.

—Vete —dijo.

Su voz sonó débil.

—Leo, abre.

—Vete.

Iñaki golpeó la puerta una vez, no con fuerza, sino con impotencia.

—No puedo ayudarte si no abres.

Leo se deslizó hasta el suelo, con la espalda contra la puerta.

—Nadie puede.

Escuchó a Iñaki quedarse allí unos segundos más.

Luego los pasos bajaron por la escalera.

Nerón se acercó y se tumbó junto a él.

El perro respiraba despacio.

Leo apoyó una mano sobre su lomo.

—Tú sí —dijo.

Y se quedó allí hasta que la luz del rellano se apagó sola.

La ciudad empezó a olvidarla antes que él. No de golpe. Primero desapareció un cartel de una marquesina y nadie supo decir quién lo había quitado. Después una publicación dejó de compartirse. Las llamadas de la policía pasaron de semanales a mensuales, y las preguntas de los vecinos se redujeron a una mirada rápida al suelo, como si el dolor de Leo fuera una humedad que pudiera pegarse a los zapatos.

Por eso siguió pegando carteles. No porque creyera siempre en ellos. A veces los pegaba precisamente porque ya no creía. Porque abandonar ese gesto habría sido aceptar una segunda desaparición: no la del cuerpo de Marta, sino la de su nombre en la memoria de los demás.

En diciembre, la madre de Marta vino al piso. Entró con un abrigo caro, el pelo recogido y una dignidad tan cansada que parecía sostenida con alfileres. No dijo nada al ver la pared. Eso, al principio, le dio a Leo una esperanza absurda.

—De niña se escondía en los armarios —dijo ella al fin.

Leo no entendió.

—Cuando tenía miedo. Se metía dentro y escuchaba cómo la buscábamos. No salía hasta que quería.

—Marta no está dentro de un armario.

—Ya lo sé.

—Entonces no entiendo por qué me cuenta eso.

La mujer miró la fotografía grande, la de Marta estudiando sin posar.