Ocho horas CAPÍTULO 4 – LA CULPA #3
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CAPÍTULO 4 – LA CULPA #3

Imprimieron cincuenta copias en una papelería cercana. El dependiente, un hombre con bigote fino y jersey de lana, no preguntó nada al ver el archivo. Solo ajustó la impresora, contó los folios y los dejó sobre el mostrador. Cuando Leo fue a pagar, el hombre negó con la cabeza.

—Déjalo.

—No.

—Déjalo.

Leo no tenía fuerzas para insistir.

Salieron con los carteles dentro de una bolsa de plástico.

La lluvia había aflojado, pero las paredes seguían húmedas. Empezaron por la calle de casa. Clara pegaba la cinta. Leo sostenía los carteles. Su madre llamaba a hospitales desde el portal, resguardada bajo el paraguas. Nerón ladraba arriba, detrás de la ventana, cada vez que escuchaba voces en la calle.

El primer cartel quedó torcido.

Leo lo despegó y lo volvió a poner.

—Da igual —dijo Clara.

—No da igual.

—Leo, la gente va a leerlo igual.

—Tiene que estar recto.

Clara lo miró.

No con enfado. Con miedo.

Él bajó los brazos.

—Perdón.

—No pasa nada.

Siguieron.

Pegaron carteles en farolas, marquesinas, entradas de metro, escaparates donde les dieron permiso, portales donde nadie salió a protestar. En una panadería, la señora Amparo dejó de colocar barras para mirar la foto.

—Ay, Marta —dijo.

Como si Marta estuviera enferma y pudiera oírla desde algún sitio.

—¿La vio ayer? —preguntó Leo.

Amparo negó despacio.

—No, hijo. Ayer no. Pero antes de ayer compró pan de centeno. Me preguntó si quedaba de semillas para ti.

Leo sintió que algo se le partía en un lugar pequeño.

—Sí.

—Dijo que estabas con la tontería de comer mejor.

Clara miró hacia otro lado.

Leo tragó saliva.

—Si recuerda algo…

—Claro.

La mujer tomó un cartel y lo pegó junto a la caja, al lado de una oferta de magdalenas.

Marta sonreía desde la pared de la panadería.

Marta sonreía desde la marquesina.

Marta sonreía desde una farola mojada.

Marta sonreía bajo la lluvia, multiplicada en papeles que empezaban a arrugarse por los bordes.

Al anochecer, Leo volvió a casa con las manos pegajosas de cinta y los hombros empapados. Habían cubierto apenas unas calles, pero él se sentía como si hubiera caminado toda la ciudad. Nerón lo recibió con una ansiedad casi dolorosa. Olfateó sus pantalones, sus manos, la bolsa vacía de los carteles. Después fue hacia la puerta, esperando quizá que Marta entrara detrás.

—No, chico —dijo Leo.

El perro se quedó mirando el rellano.

Leo no cerró la puerta enseguida.

Miró las escaleras.

El hueco del edificio descendía en espiral, con el olor de siempre: humedad, lejía, comida de algún vecino, madera vieja. Cualquier segundo podía sonar una llave abajo. Cualquier segundo podía aparecer Marta, enfadada, temblando, con una historia absurda pero verdadera. Leo habría aceptado cualquier explicación. Cualquier mentira incluso. Habría perdonado todo antes de seguir en aquella espera.

La puerta del tercero se abrió.

Gutiérrez asomó la cabeza.

—Leo.

—Perdón. Ya cierro.

El vecino bajó un escalón. Llevaba bata, como siempre, pero no zapatillas; se había puesto unos zapatos viejos, quizá porque también había salido a mirar los carteles.

—He visto los papeles.

Leo asintió.

—Si necesitas que saque al perro…

—Gracias.

—Lo digo en serio.

—Ya.

Gutiérrez miró hacia el interior del piso. Vio la mesa, los papeles, la madre de Leo hablando por teléfono junto a la ventana, Clara recortando tiras de cinta sobre la encimera.

—A veces la gente aparece —dijo.

Leo no supo si agradecer la frase u odiarla.

—Sí.

—Y a veces no aparece porque nadie la busca bien.

Leo levantó la mirada.

Gutiérrez se encogió de hombros, casi avergonzado de haber dicho algo tan directo.

—Tú busca bien.

Después subió despacio, apoyándose en la barandilla.

Leo cerró la puerta.

Aquella noche no durmió.

Tampoco la siguiente.

Durante los primeros días, la desaparición de Marta ocupó el tiempo de todos. Las llamadas entraban y salían como respiraciones de una máquina enferma. La policía pidió datos. El hospital colaboró. Las compañeras compartieron el cartel. Amparo lo puso en la panadería. Gutiérrez habló con vecinos. Clara abrió una cuenta de correo. La madre de Leo hizo una lista de familiares lejanos. Iñaki llamó una vez, torpe, incómodo, para decir que no se preocupara por el trabajo y que se tomara unos días.

—Lo siento mucho, Leo.

Leo escuchó su voz y vio otra vez la grúa, la lluvia, el transformador, Juan.

—No me llames.

—Solo quería…

—No me llames.

Colgó.

Luego se arrepintió, pero no devolvió la llamada.

La policía revisó cámaras cercanas.

Nada claro.

Marta aparecía en una grabación antigua saliendo del portal el día anterior, pero no en la franja que importaba. En otra cámara, una figura con abrigo oscuro cruzaba una esquina bajo la lluvia, pero podía ser ella o cualquiera. Un autobús tapaba la acera justo cuando habría sido necesario ver. Una cámara de una tienda estaba rota desde hacía dos semanas. Otra grababa solo el interior. Otra había borrado las imágenes por falta de memoria.

La ciudad, que siempre parecía mirarlo todo, de pronto no había visto nada.

Leo empezó a dibujar rutas.

Primero en un cuaderno. Luego en hojas sueltas. Después en un mapa grande de Bilbao que compró en una librería técnica. Lo extendió sobre la pared del salón, apartando un cuadro pequeño que Marta había comprado en un mercadillo y que nunca habían llegado a colgar bien. Marcó la casa con un círculo rojo. El hospital con otro. La estación de metro. La panadería. Las calles posibles. Los puntos ciegos. Las cámaras. Las horas.

Clara lo ayudó al principio.

—Si salió de casa, pudo ir hacia aquí.

—No salió sin llaves.

—Quizá alguien la llamó.

—¿Quién?

—No sé.

—Pues no pongas una línea si no sabes.

Clara dejó el rotulador.

—Estoy intentando ayudarte.

Leo se quedó mirando el mapa.

—Lo sé.

—No parece.

Él cerró los ojos.

—Perdona.

La palabra perdona empezó a salirle demasiado a menudo y a servir cada vez menos.

Su madre apareció con comida en táperes que Leo apenas tocaba. Lentejas, pollo, tortilla, arroz. Ponía etiquetas con fechas, como si la organización pudiera defenderlos del caos. Cada vez que abría la nevera, Leo veía una hilera de recipientes llenos de una vida práctica que él no sabía consumir.

—Tienes que comer.

—Ahora no.

—Siempre dices ahora no.

—Ama.

—No la vas a encontrar antes por desmayarte.

Leo golpeó la mesa con la palma.

—No me hables como si estuviera haciendo una tontería.

El silencio posterior fue inmediato.

Nerón levantó la cabeza.

Su madre no se movió.

—No he dicho eso.

Leo miró la mano que aún tenía apoyada sobre la mesa. Estaba temblando.

—Perdón.

Ella recogió despacio una servilleta que se había caído al suelo.

—Tu padre hacía lo mismo cuando algo se le iba de las manos.

Leo endureció la mandíbula.

—No metas a aita.

—No lo meto. Ya está metido.

Él se levantó y fue hasta la ventana.

La calle seguía mojada, aunque ya no llovía. En la farola de enfrente, el cartel de Marta tenía una esquina levantada. El viento la movía apenas. Parecía que Marta respiraba en el papel.

—No sé parar —dijo Leo.

Su madre se acercó, pero no lo tocó.

—No te estoy pidiendo que pares.

—Todo el mundo me lo va a pedir.

—Yo no.

Leo giró la cabeza.

Su madre tenía los ojos cansados. No llorosos. Cansados. Como si hubiera envejecido varios años desde la comisaría.

—Te estoy pidiendo que sigas vivo mientras buscas.

Esa frase se quedó en el salón.

Durante un momento, Leo pensó que ya la había escuchado antes.

No parecida. Exacta.

Te estoy pidiendo que sigas vivo mientras buscas.

La vio en otro lugar, en otra luz. Su madre sentada en una silla de hospital, más delgada, con un pañuelo cubriéndole la cabeza, diciéndole algo desde una habitación blanca. La imagen fue tan rápida que Leo se agarró al marco de la ventana.

—¿Leo?

Él parpadeó.

La habitación volvió.

El mapa.

Los carteles.

La mesa.

Nerón.

Su madre de pie, con el abrigo puesto, sana, entera.

—Nada.

—Te has puesto pálido.

—Es la cabeza.

—Tienes que revisarte.

—Estoy bien.

No estaba bien.

Pero todavía podía caminar.

Y mientras pudiera caminar, buscaría.

Las primeras llamadas falsas llegaron al octavo día.

Un hombre dijo haber visto a Marta en una estación de autobuses en Santander. Leo tomó un bus esa misma tarde. Clara quiso acompañarlo; él se negó. Llegó de noche, con el estómago vacío y la fotografía de Marta impresa en el bolsillo. Recorrió la estación, habló con seguridad, enseñó la imagen en cafeterías, preguntó a un conductor que no recordaba caras. Nadie sabía nada. Una mujer de limpieza le dijo que sí, que quizá, que una chica rubia había estado sentada junto a las máquinas.

—¿Cuándo?

—Hace unos días.

—¿Cuántos?

—No sé. Dos. Tres. O la semana pasada.

—¿Iba sola?

—Creo que sí.

—¿Llevaba una bufanda verde?

La mujer dudó.

—Puede ser.

Leo esperó allí hasta la madrugada.

Cada mujer rubia que entraba le rompía y le rehacía el corazón en menos de un segundo. A las cinco de la mañana volvió a Bilbao sin nada. En el autobús, apoyó la cabeza contra el cristal y se quedó dormido a ratos, soñando con una estación sin salidas donde todos los relojes marcaban 05:37.

Al despertar, tenía un mensaje de Clara.

No era ella, ¿verdad?

Leo no respondió hasta llegar a casa.

No.

La segunda llamada fue peor.

Un chico joven aseguró que Marta estaba en un piso de Barakaldo. Pedía dinero por la dirección. Leo, que en otro momento habría reconocido la estafa al instante, estuvo a punto de pagar. Fue su madre quien le quitó el móvil de la mano.

—No.

—¿Y si es verdad?

—No lo es.

—¿Y si lo es?

—Entonces iremos con la policía.

—Para cuando vayamos ya no estará.

—Leo.

—Dame el móvil.

—No.

Él la miró con una furia que no iba dirigida a ella.

Durante un segundo pareció que iba a gritar.

Después se sentó en el suelo, de golpe, como si el cuerpo hubiera perdido la tensión que lo mantenía de pie. Nerón se acercó despacio y apoyó el hocico en su hombro.

Leo lloró por primera vez desde la desaparición.