CAPÍTULO 4 – LA CULPA #2
El agente bajó los ojos al ordenador.
—Un momento.
El momento duró cuarenta y tres minutos.
Leo los contó porque necesitaba contar algo.
Cuarenta y tres minutos sentado en una silla de plástico, con una máquina expendedora zumbando a su izquierda y un cartel sobre violencia de género pegado en la pared de enfrente. Cuarenta y tres minutos mirando cómo entraba gente por problemas concretos, robos, DNI, una discusión en un bar, un hombre con una carpeta de documentos. Cuarenta y tres minutos durante los cuales Marta podía estar en cualquier sitio menos allí.
Cuando por fin los hicieron pasar, el agente que tomó nota tendría unos cincuenta años y cara de no sorprenderse por nada. Se llamaba Velasco. Leo leyó el apellido en una placa pequeña sobre la mesa.
—Nombre completo.
Leo lo dijo.
—Edad.
—Veintisiete.
—Profesión.
—Auxiliar de enfermería. Estudia Medicina.
—¿Relación con usted?
Leo dudó.
Otra vez esa palabra.
—Pareja.
Velasco escribió sin levantar la cabeza.
—¿Conviven?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Tres años.
—¿Última vez que la vio?
Leo apretó los labios.
—Anoche. Sobre las diez y media. Yo tuve que salir por una avería.
Velasco levantó la mirada.
—¿Qué tipo de avería?
—Un transformador. Trabajo en instalaciones eléctricas.
—¿A qué hora volvió?
El cuerpo de Leo se tensó.
—No volví. Tuve un accidente.
Su madre giró la cabeza hacia él. No le había contado todo. No de esa forma.
Velasco dejó el bolígrafo quieto.
—Explíquese.
Leo contó la guardia, Juan, la grúa, el rayo, el hospital. Lo contó mal. Se saltó partes, volvió atrás, confundió horas. Cada vez que pronunciaba el nombre de Juan, algo se le cerraba en la garganta. El agente lo observaba con atención profesional, no necesariamente compasiva. Eso irritó a Leo.
—¿Está usted bajo medicación?
—No.
—¿Ha recibido el alta?
—Sí.
—¿Hay parte médico?
—Sí.
—Lo necesitaremos.
Leo apretó los dientes.
—No he venido a hablar de mí. He venido porque Marta ha desaparecido.
—Todo forma parte del contexto.
—El contexto es que ella no está.
Velasco lo miró por encima de las gafas.
—Señor Azarloza, necesito hacerle preguntas incómodas para valorar la situación.
—Arrieta —corrigió Leo.
—Perdón.
Leo sintió algo raro. Una punzada breve detrás de los ojos.
—¿Qué ha dicho?
—He dicho perdón.
—No. Antes.
Velasco miró la pantalla.
—Señor Arrieta.
Leo se quedó quieto.
Por un instante habría jurado que había dicho Azarloza. El apellido de su padre. No el suyo. No el que aparecía en su DNI. El apellido que a veces los viejos del barrio usaban todavía para nombrarlo, como si él fuera una continuación incompleta.
Su madre le tocó el brazo.
—Leo.
Él respiró hondo.
—Siga.
Velasco apoyó el bolígrafo sobre el formulario.
—¿Discutieron recientemente?
—No.
—¿Problemas de pareja?
—Los normales.
—¿Cuáles son los normales?
Leo soltó una risa seca.
—Cansancio. Trabajo. Dinero. Turnos. El perro. La vida.
—¿Ella había manifestado intención de irse?
—No.
—¿Estaba deprimida?
Leo abrió la boca para decir que no.
Se detuvo.
Marta estaba agotada. Eso sí. A veces lloraba sin hacer ruido en la ducha. A veces se quedaba dormida con los apuntes encima. A veces decía que no sabía si valía la pena tanto esfuerzo. Pero eso no era querer desaparecer. Eso era estar viva en un mundo que pedía demasiado.
—Estaba cansada —dijo—. No deprimida.
—¿Familia?
—No tiene mucha relación. Padres separados. Una tía en Vitoria, creo. Algunas compañeras.
—¿Amistades? ¿Alguien especial? ¿Una relación anterior?
Leo miró al agente.
—¿Está insinuando que se ha ido con alguien?
—Estoy preguntando.
—No.
—¿Tiene usted certeza?
Leo sintió calor en la nuca.
—Tengo certeza de que no habría dejado a Nerón.
Velasco parpadeó.
—¿Nerón?
—Nuestro perro.
El agente escribió algo.
Leo miró la línea que formaban sus dedos alrededor del bolígrafo. Pensó en arrancárselo. Pensó en golpear la mesa. Pensó en gritar. No hizo nada.
Su madre habló por primera vez desde que habían entrado.
—Mi hijo tiene razón. Marta no se habría ido así.
Velasco la miró.
—¿Usted la conoce bien?
—Lo suficiente.
—¿Cuánto es suficiente?
La madre de Leo se inclinó apenas hacia adelante.
—Lo suficiente para saber cuándo una persona sostiene una casa incluso cuando ya no puede sostenerse a sí misma. Esa chica no abandona sin cerrar la puerta.
Velasco no respondió enseguida.
Luego siguió escribiendo.
La denuncia quedó registrada a las 10:38.
El número de expediente apareció impreso en una hoja blanca que Leo dobló con demasiado cuidado y guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Velasco les dijo que revisarían comunicaciones, hospitales, cámaras si procedía, movimientos bancarios, llamadas. Que las primeras horas eran importantes, pero también que había protocolos. Que muchas personas adultas aparecían por su cuenta. Que mantuvieran el teléfono disponible.
—¿Y mientras tanto? —preguntó Leo.
Velasco se quitó las gafas.
—Mientras tanto, si recuerda cualquier detalle, nos llama.
—¿Cualquier detalle?
—Cualquiera.
Leo pensó en el libro abierto. En la taza. En la goma del pelo. En el grifo. En Nerón mirando la puerta. En la frase “cuidado con la lluvia”. En su propio cuerpo saliendo de la casa como si volver fuera algo garantizado.
—Todo son detalles —dijo.
Velasco no supo qué contestar.
Salieron a la calle.
La lluvia había vuelto a caer con fuerza. Su madre abrió un paraguas negro. Leo no se cubrió. El agua le golpeó el pelo, la frente, la nuca, y durante unos segundos agradeció la sensación. Era real. Fría. Directa. No preguntaba nada.
—Vamos a casa —dijo ella.
—No.
—Leo.
—Voy al hospital.
—Ya has llamado.
—Voy a ir.
Su madre cerró los ojos un instante.
—Entonces voy contigo.
—No hace falta.
—No estoy pidiendo permiso.
Caminaron hasta la parada de taxi sin hablar. En el cristal de una farmacia, Leo vio su reflejo deformado por la lluvia. Tenía los ojos hundidos, la barba mal afeitada, una pequeña herida seca cerca de la ceja. Por un segundo no se reconoció. Luego el reflejo cambió con el paso de un autobús y, durante una fracción mínima, le pareció ver a Marta detrás de él, con la bufanda verde, mirándolo desde el interior de la farmacia.
Se volvió.
No había nadie.
Solo una mujer mayor comprando pastillas y un niño señalando una caja de caramelos.
Leo se quedó inmóvil.
—¿Qué pasa? —preguntó su madre.
—Nada.
Pero el dolor de cabeza volvió, breve y punzante, justo detrás del ojo izquierdo.
Como una chispa buscando salida.
El hospital le pareció más grande que nunca.
No por el edificio, sino por la cantidad de lugares donde Marta podía no estar.
Leo recorrió pasillos con una fotografía abierta en el móvil. Preguntó en admisión, en urgencias, en cafetería, en vestuarios hasta donde le permitieron, en la entrada de personal. Laura bajó a encontrarse con él cerca de las máquinas expendedoras. Era más baja de lo que había imaginado por teléfono, con el pelo recogido en un moño apresurado y unas ojeras que parecían parte del uniforme.
Lo abrazó sin pedir permiso.
Leo se quedó rígido al principio.
Luego la abrazó también.
—No sabemos nada —dijo ella.
—¿Ane? ¿Nerea?
—Nadie.
—¿Pudo venir y no fichar?
—No tiene sentido.
—Nada tiene sentido.
Laura miró a la madre de Leo, luego otra vez a él.
—He hablado con supervisión. No la han visto. Su taquilla está igual.
—¿La has abierto?
—No puedo abrirla sin autorización.
—Pues que la abran.
—Leo…
—Que la abran.
Laura bajó la voz.
—Ya lo he pedido.
Esa frase lo desarmó un poco.
—Perdona.
—No me pidas perdón. Solo no te rompas aquí, porque si te rompes aquí voy a tener que sentarte y darte azúcar como a los familiares difíciles.
Leo soltó algo parecido a una risa.
Duró menos de un segundo.
Laura lo condujo hasta una zona menos transitada. Le contó lo poco que sabía. Marta había enviado un mensaje la tarde anterior a una compañera sobre unos apuntes. Nada raro. Había estado cansada, sí. Había hablado de estudiar. No había mencionado planes. No había pedido cambio de turno. No había dicho nada extraño.
—¿Y si alguien la siguió? —preguntó Leo.
Laura no respondió enseguida.
—¿Por qué dices eso?
—No lo sé.
—¿Tenía miedo de alguien?
—No.
—¿Estás seguro?
Leo quiso decir que sí.
Pero ¿qué significa estar seguro de la vida secreta del miedo de otra persona?
Marta volvía a casa de madrugada muchas veces. Caminaba sola desde el metro. Había contado alguna vez que un hombre la siguió dos calles. Otra vez dijo que un paciente le había dejado mensajes raros en recepción. Leo se enfadó, ella le restó importancia, después cambiaron de tema porque la nevera hacía un ruido extraño y Nerón había vomitado en la alfombra.
Detalles.
Todo eran detalles cuando ya era tarde.
—No lo sé —dijo.
Laura lo miró con compasión, pero también con algo más incómodo: la conciencia de que ninguno de los dos había sabido mirar suficiente.
Esa tarde imprimieron los primeros carteles.
Fue Clara quien tuvo la idea práctica. Apareció en casa a media tarde con una carpeta azul, una caja de chinchetas, cinta adhesiva y la cara de quien había llorado antes de tocar el timbre. Clara tenía veinte años, pero en ciertas circunstancias se volvía mayor de golpe, como si la infancia que Leo había intentado protegerle regresara convertida en una herramienta.
—He hecho varios modelos —dijo.
Leo miró los folios sobre la mesa.
La foto de Marta ocupaba el centro.
DESAPARECIDA
MARTA SALAZAR
27 AÑOS
VISTA POR ÚLTIMA VEZ EN SANTUTXU
Clara había dejado espacio para teléfonos de contacto y una dirección de correo. Leo observó la palabra desaparecida hasta que dejó de significar algo. Desaparecida. No muerta. No viva. No aquí. Una palabra suspendida entre mundos.
—Esa foto no —dijo.
Clara bajó la mirada al papel.
—Es clara.
—No le gustaba.
—Leo…
—No le gustaba esa foto.
Era una imagen del cumpleaños de Laura, tomada con flash. Marta salía bonita, pero forzada. Sonrisa rígida, ojos cansados. Leo fue al móvil, buscó la foto de la terraza, la de la bufanda verde.
—Esta.
Clara la miró.
—Se ve menos frontal.
—Es ella.
No hubo discusión.