CAPÍTULO 4 – LA CULPA
Durante los primeros minutos, Leo pensó que todo tendría una explicación sencilla.
No una buena explicación. No una que pudiera dejarlo tranquilo. Pero sí algo concreto, algo que pudiera agarrarse con las manos y colocar sobre la mesa como se colocan las piezas de una avería: esto falló aquí, esto se soltó allí, esto dejó de funcionar por esto otro.
Marta no estaba.
Eso era un hecho.
Pero un hecho todavía no era una tragedia.
Se lo repitió mientras caminaba de un lado a otro por el salón, con el móvil en la mano, la frente húmeda y el cuerpo entero ocupado por una electricidad lenta, residual, como si el rayo hubiera dejado dentro de él un cable mal aislado. Nerón lo seguía con la mirada desde la manta. No se levantaba. Solo movía los ojos, azules, extrañamente humanos, cada vez que Leo cruzaba de la cocina al pasillo, del pasillo a la ventana, de la ventana a la mesa donde seguía abierto el cuaderno de Marta.
Leo marcó otra vez.
El tono no llegó.
Teléfono no disponible.
Aquella voz automática ya no sonaba a tecnología. Sonaba a una puerta cerrada con llave desde el otro lado.
—Vamos, Marta —murmuró—. Cógelo.
Volvió a llamar.
Nada.
En la pantalla aparecía su nombre como si todavía fuera una posibilidad.
Marta.
La foto pequeña, recortada en un círculo, la mostraba en una terraza del Casco Viejo, con el pelo suelto y una sonrisa torcida porque Leo la había fotografiado antes de que pudiera posar. Llevaba una bufanda verde y sostenía un café entre las manos. Detrás, fuera de foco, se veía medio escaparate de una librería y la sombra de Nerón colándose en la parte baja de la imagen. Marta se había reído al verla.
—Me sacas siempre como si estuviera a punto de denunciarte.
—Es que tienes cara de médico cabreada.
—Todavía no soy médico.
—Pero la cara ya la tienes.
Leo miró la fotografía hasta que la pantalla se apagó.
El salón volvió a quedar iluminado solo por la luz gris que entraba desde la calle y por el parpadeo cansado de la bombilla del pasillo. La lluvia seguía pegada a los cristales. No caía con violencia, sino con esa insistencia sucia de Bilbao, capaz de convertir cualquier mañana en una prolongación de la noche.
Sobre la mesa baja estaban los restos de ella. No de una desaparición. De una vida.
El libro de inmunología abierto por la mitad. Un subrayador rojo sin tapa. Una taza con un borde seco de café. Una goma del pelo. Un papel doblado con una lista de compra. La letra de Marta aparecía en la última línea, rápida y algo inclinada:
Pomada Nerón.
Leo pasó el dedo por encima de esas dos palabras.
Nerón levantó la cabeza al oír su nombre.
—Ya lo sé —dijo Leo, sin mirarlo—. Tú tampoco entiendes nada.
El perro se incorporó con dificultad y caminó hasta la puerta. Olfateó la rendija inferior, después el marco, después el felpudo. Dio una vuelta sobre sí mismo, inquieto, y se sentó mirando hacia la cerradura.
Esa imagen hizo que Leo sintiera por primera vez un miedo verdadero.
No el miedo abstracto de una llamada que no entra. No la inquietud confusa de una casa vacía. Algo más antiguo. Más físico. El miedo de los animales cuando presienten que una ausencia no es normal.
—No —dijo Leo.
La palabra salió sola.
Nerón giró la cabeza hacia él.
—No empieces tú también.
El perro no se movió.
Leo fue al dormitorio.
Abrió los armarios, no porque esperara encontrar a Marta dentro, sino porque necesitaba comprobar que sus cosas seguían allí. La ropa colgaba igual, apretada en poco espacio. Sus vaqueros doblados, sus camisetas de hospital, un abrigo oscuro que siempre decía que la hacía parecer más seria de lo que era. En la silla había una bata limpia. En el suelo, junto a la cama, unas zapatillas. Sobre la cómoda, un frasco de perfume casi vacío y un pequeño bote de crema de manos.
Marta no se había llevado nada.
Ni ropa.
Ni documentación.
Ni cargador.
Leo abrió el cajón de la mesilla.
El pasaporte estaba allí.
También la cartera vieja con la tarjeta sanitaria caducada que nunca tiraba porque decía que algún día le serviría para comparar cuánto había envejecido en las fotos.
Leo cerró el cajón demasiado rápido.
La explicación sencilla empezó a deshacerse.
Volvió al salón. Marcó a su madre. Le contestó al tercer tono, con voz de sueño y de alarma contenida, como si en su oficio hubiera aprendido a distinguir la gravedad de las llamadas antes de oír la primera frase.
—Leo.
—Ama.
—¿Qué pasa?
Él abrió la boca.
No supo ordenar las palabras.
—Marta no está.
Hubo un silencio breve.
—¿Cómo que no está?
—No está en casa. No contesta. Su móvil está apagado o sin cobertura. Sus cosas están aquí.
—¿Habéis discutido?
—No.
La respuesta salió seca.
—Leo, pregunto porque…
—No hemos discutido.
Su madre no insistió.
—¿Cuándo la viste por última vez?
Leo miró hacia la puerta, como si la noche anterior pudiera reconstruirse allí, sobre la madera.
La cena.
El vino.
Los girasoles.
La llamada.
Ella frente a la ventana.
Cuidado con la lluvia.
El abrazo corto en el recibidor.
—Antes de irme al trabajo —dijo—. Anoche.
—¿Y después?
—No lo sé.
—¿Has llamado al hospital?
Leo cerró los ojos.
No.
Había llamado a Marta más de veinte veces. Había mirado armarios, cajones, la mochila, el baño, la calle. Había hablado solo. Había discutido con una voz automática. Pero no había llamado al hospital.
Porque si llamaba al hospital y tampoco estaba allí, el mundo se estrechaba.
—Voy a llamar ahora.
—Yo voy para allá.
—No hace falta.
—Ya voy para allá.
Colgó antes de que pudiera responder.
Leo llamó al hospital.
Pasó por centralita, luego por urgencias, luego por planta. Repitió el nombre completo de Marta varias veces. La primera persona no la conocía. La segunda le dijo que esperara. La tercera preguntó si era familiar. Leo dudó una fracción de segundo.
—Soy su pareja.
La palabra pareja pareció insuficiente, como si no alcanzara a explicar el derecho al miedo.
Le dijeron que Marta no estaba de turno. Que no figuraba en urgencias. Que no había ingresado nadie con ese nombre. Que podía ser un error, que quizá estuviera en otra unidad, que llamara más tarde.
—No, escuche —dijo Leo, apretando el móvil—. Ella trabaja ahí. Estudia ahí. La conocen.
—Señor, le estoy diciendo que ahora mismo no consta aquí.
—No me diga señor.
—Disculpe.
—No me sirve que no conste. Necesito saber si alguien la ha visto.
—Tendrá que hablar con personal o con su supervisora cuando estén disponibles.
—¿Y cuándo estarán disponibles?
Silencio administrativo.
Un silencio sin cuerpo.
—A partir de las ocho.
Leo miró el reloj.
Faltaban veinte minutos.
Colgó.
La espera de veinte minutos fue más larga que la noche entera.
Se sentó en el sofá. Se levantó. Fue a la cocina. Abrió la nevera. La cerró. Volvió a mirar el móvil. Marcó de nuevo. No disponible. Escribió otro mensaje.
Marta, dime algo.
Lo borró.
Escribió:
Marta, estoy preocupado. Llámame en cuanto puedas.
Lo envió.
Un solo tic gris.
Leo se quedó mirando aquel tic con una concentración absurda, como si pudiera obligarlo a multiplicarse. Nerón se acercó y apoyó la cabeza en su rodilla. Leo le pasó la mano por el lomo sin mirar.
—Está bien —murmuró.
El perro no le creyó.
A las ocho y cuatro volvió a llamar al hospital.
Esta vez logró hablar con una compañera de Marta. Se llamaba Laura, o al menos eso creyó entender. La voz sonaba cansada y rápida, con ruido de fondo. Leo tuvo que repetir su nombre.
—Soy Leo. La pareja de Marta.
—Sí, sí. Dime.
—¿La has visto?
—¿Hoy?
—Desde anoche.
La mujer tardó un segundo de más.
—No. Ayer no coincidí con ella. Creo que libraba unas horas después de la tarde, no sé. ¿Pasa algo?
—No está en casa.
El ruido de fondo pareció alejarse.
—¿Cómo que no está?
—No contesta. Sus cosas están aquí.
—¿Habéis…?
—No hemos discutido.
Leo se oyó a sí mismo responder otra vez con brusquedad. Se pasó una mano por la cara.
—Perdona. Es que todo el mundo pregunta lo mismo.
Laura bajó la voz.
—Voy a preguntar por aquí. Dame cinco minutos.
—No cuelgues.
—Leo, tengo que preguntar.
—Por favor.
Ella no respondió enseguida.
—Te llamo yo. De verdad.
Colgó.
Los cinco minutos fueron otra habitación sin puertas.
Cuando Laura llamó, Leo contestó antes del primer tono completo.
—Nadie la ha visto desde ayer —dijo ella—. Al menos nadie de los que están ahora. Estoy intentando localizar a Ane y a Nerea.
—¿Tenía turno?
—No esta noche. Creo que tenía que estudiar. Me dijo algo de que estaba agotada.
Leo miró el libro abierto sobre la mesa.
Estudiar.
La palabra parecía limpia. Ordinaria. Incompatible con la desaparición.
—¿Puede haberse ido con alguien? —preguntó Laura.
Leo cerró los ojos.
—No.
—No lo digo por…
—Ya sé lo que dices.
—Leo, llama a la policía.
La frase entró en la casa como un objeto frío.
Llama a la policía.
Hasta entonces todo había sido todavía íntimo, doméstico, una preocupación dentro de las paredes del piso. Esa frase lo sacó fuera. Lo colocó en un mundo de formularios, preguntas, desconocidos, sospechas.
—Sí —dijo.
Pero no colgó.
Laura tampoco.
Durante unos segundos, ambos respiraron al teléfono sin saber qué más hacer.
—Avísame —dijo ella.
—Sí.
—Y Leo.
—Dime.
—Marta no se iría así.
Él no respondió.
No porque no estuviera de acuerdo.
Sino porque oírlo en boca de otra persona hizo que la verdad se volviera más pesada.
La comisaría olía a café recalentado, papel húmedo y cansancio antiguo.
Leo llegó con su madre poco después de las nueve. Ella no había hecho preguntas inútiles en el camino. Se había sentado a su lado en el taxi, con el abrigo bien cerrado, mirando al frente, las manos juntas sobre el bolso. De vez en cuando lo observaba de reojo, pero no intentaba consolarlo. Leo se lo agradeció en silencio. Había consuelos que sonaban como una falta de respeto cuando el miedo todavía no tenía forma.
En recepción, un agente joven les pidió que esperaran.
—Es una desaparición —dijo Leo.
El agente levantó la vista.
—Sí. Ahora les atienden.
—No podemos esperar.
El joven miró a su madre, quizá buscando una versión más razonable de la misma angustia. Ella sostuvo la mirada sin suavizarla.
—Mi hijo dice que no podemos esperar.