Ocho horas CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #8
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CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #8

Se cambió de camiseta. Se puso un pantalón cómodo. Al agacharse para quitarse los calcetines, el pecho le dio una punzada. Se quedó quieto hasta que pasó. Luego se sentó en el borde de la cama y miró el lado de Marta.

No quería acostarse.

Acostarse significaba aceptar que el día había terminado sin ella.

Volvió al salón.

El móvil seguía sin noticias.

Escribió un mensaje más.

Marta, por favor. Solo dime que estás bien.

Un tic.

El mismo tic solitario, ridículo, cruel.

A las once y media, llamó su madre otra vez. Leo contestó. Mintió mejor. Dijo que estaba tranquilo, que Marta seguramente estaría de guardia, que iba a descansar. Prometió llamarla por la mañana. Prometió no cerrar con pestillo. Prometió tener el móvil con sonido. Cada promesa era una pequeña rendición.

Marcos escribió a medianoche.

¿Cómo vas?

Leo no contestó.

Iñaki escribió después.

Mañana hablamos. Intenta dormir.

Leo dejó el móvil sobre la mesa.

Intentar dormir.

Como si dormir fuera una tarea. Como si bastara con apagar la luz y meterse bajo una manta para que el cuerpo olvidara la cabina de Juan, la voz del médico, el rostro de su madre, la ausencia de Marta.

Se tumbó en el sofá porque la cama le pareció demasiado grande. Nerón se acomodó en el suelo, justo debajo. La lámpara del rincón quedó encendida. Leo no quiso apagarla. La casa en penumbra tenía una textura insegura, como si los muebles pudieran moverse cuando no los miraba.

Cerró los ojos.

Los abrió enseguida.

La luz blanca seguía allí detrás.

No la del salón.

Otra.

Se incorporó, respirando rápido.

Nerón levantó la cabeza.

—Perdón —murmuró Leo—. Perdón.

No sabía a quién se lo decía.

Se levantó y fue hasta la ventana. La calle estaba casi vacía. Solo quedaba el brillo de la lluvia y algún coche aislado bajando despacio, con los faros abiertos sobre el asfalto como dos manchas pálidas que se estiraban en los charcos antes de desaparecer.

En el edificio de enfrente, una ventana encendida dejaba ver una cocina pequeña, iluminada por una luz amarilla y tranquila. Una silueta se movía al otro lado del cristal. No podía distinguir si era un hombre o una mujer, solo el contorno de unos hombros, un brazo que se alzaba hacia un armario, una mano que dejaba algo junto al fregadero. Después la figura pasó un trapo por la encimera con movimientos lentos, casi cansados.

Leo se quedó mirando sin querer.

No había nada especial en aquella escena. Solo alguien recogiendo los restos de una cena, cerrando un cajón, apartando una silla con cuidado para no hacer ruido. Luego apareció otra sombra al fondo, más pequeña o más lejana, cruzando apenas por el marco de una puerta. La primera figura giró la cabeza, pareció responder algo, y durante unos segundos ambas quedaron quietas, unidas por una conversación que no llegaba hasta la calle.

Aquello le dolió de una forma extraña.

No era envidia, exactamente. Era la conciencia repentina de que, al otro lado del cristal, la vida seguía teniendo gestos sencillos: guardar un vaso, apagar una lámpara, decir algo antes de irse a dormir. Cosas mínimas, casi invisibles, que solo parecen importantes cuando uno siente que ya no puede volver a ellas.

Leo apoyó la frente en el cristal.

—Marta, ¿dónde estás?

Su aliento empañó la ventana. Durante un instante, sobre el vaho, apareció una forma. No escrita. No dibujada. Una línea vertical, atravesada por otra más fina. Como un símbolo hecho por el azar de la respiración.

Leo pasó la mano y lo borró.

Volvió al sofá.

El cuerpo ya no pedía descanso. Lo exigía. El dolor de cabeza se había convertido en una presión constante. Las manos le pesaban. Los párpados también. Se tumbó de lado, mirando hacia la mesa. Desde allí veía los girasoles, la nota bajo el imán, el móvil en silencio, la luz del pasillo y una parte del reloj detenido.

05:37.

Pensó en Juan.

Pensó en su mujer preguntando si él estaba vivo.

Pensó en Marcos llegando sin termo.

Pensó en su madre diciendo que su padre tampoco tuvo la culpa de morirse.

Pensó en Marta poniendo quizá el móvil en modo avión, cansada de audios, sin imaginar que el mundo estaba partiéndose al otro lado de la ciudad.

Esa posibilidad lo sostuvo durante unos segundos.

Marta no respondía porque no sabía.

No sabía porque estaba estudiando.

Estaba estudiando porque la vida seguía.

Y si la vida seguía, entonces todavía podía volver.

Leo cerró los ojos.

El zumbido apareció de nuevo, muy bajo. No venía de la nevera ni de la bombilla ni del viejo cableado del piso. Venía de dentro. Un sonido eléctrico, profundo, enterrado detrás de los oídos. Intentó ignorarlo. Se concentró en la respiración de Nerón. En la lluvia. En el goteo del fregadero.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Siete.

Ocho.

Ploc.

El cuerpo se le aflojó.

Durante un instante, justo antes de dormirse, creyó oír una voz.

No era la de Marta.

Tampoco la de Juan.

Venía de muy lejos, como a través de una pared gruesa.

—Hola… ¿alguien en casa?

Leo quiso responder.

Quiso abrir los ojos.

Quiso levantarse.

Pero el sofá desapareció bajo su cuerpo.

La casa se hizo larga, blanca, imposible.

Y el sueño no llegó como descanso.

Llegó como caída.