Ocho horas CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #7
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CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #7

No podía dejar que la noche le robara también eso. No después de Juan. No después del rayo. No después de haber salido de casa con la promesa sencilla de volver.

Se levantó.

El mareo llegó sin aviso. La plaza se inclinó. El árbol, la farola, los bancos, todo se desplazó hacia un lado. Leo apoyó una mano en el respaldo para no caer. Sintió el corazón golpearle fuerte, irregular, o tal vez solo demasiado presente. Respiró despacio, como le había dicho la enfermera. Una vez. Dos. Tres.

Cuando el mundo volvió a estabilizarse, decidió regresar.

Subió las escaleras hasta el piso con lentitud. Al abrir la puerta, Nerón lo recibió esta vez con más energía, como si hubiese pasado mucho más tiempo. Leo dejó las llaves en el recibidor y cerró.

—Hola, ¿alguien en casa? —dijo, sin pensar.

La frase se quedó flotando en el pasillo.

Era una broma vieja. Una frase que decía al entrar cuando sabía que Marta estaba estudiando y no contestaría hasta terminar una línea. A veces ella respondía desde el sofá: “No. Vuelva usted mañana.” Otras veces Nerón ladraba y ella se reía. Esa noche no respondió nadie.

Leo se apoyó en la pared.

—Claro que no —murmuró.

Fue a la cocina y bebió agua directamente del grifo. El eco de la gota persistente seguía ahí. Una gota cayendo a intervalos regulares, como un reloj pequeño y terco. Ploc. Ploc. Ploc. Pensó en arreglarlo. Lo había pensado muchas veces. Siempre después. Siempre mañana. Siempre cuando hubiera tiempo.

El tiempo.

Se quedó mirando el fregadero.

La gota caía.

Ocho segundos entre una y otra.

No sabía por qué lo contó.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Siete.

Ocho.

Ploc.

Sintió un escalofrío.

Apagó la luz de la cocina.

En el salón, el viejo reloj de pared marcaba las 05:37.

Leo frunció el ceño.

No podía ser. Eran más de las diez. Miró el móvil. 22:14. Volvió a mirar el reloj. 05:37. La aguja de los segundos no se movía.

Se acercó y le dio un golpecito con los nudillos.

Nada.

—Genial —murmuró—. También tú.

El reloj llevaba años funcionando con una pila que nadie recordaba haber cambiado. Que se detuviera justo esa noche no tenía nada de extraordinario. Las cosas se estropean. Las pilas mueren. Los grifos gotean. Los hombres salen a trabajar y no vuelven.

Se sentó en el sofá.

Nerón se subió a medias, aunque no solía hacerlo sin permiso. Leo no lo bajó. El perro apoyó el lomo contra su pierna y se quedó allí, caliente, pesado, vivo.

El móvil vibró.

Leo casi se atragantó al desbloquearlo.

Clara.

Un punto.

Solo un punto, como él le había prometido enviarle a ella.

Después otro mensaje.

¿Estás bien?

Leo escribió:

Sí.

Borró.

No.

Borró.

Estoy en casa. No he localizado a Marta. Estoy cansado.

Clara respondió enseguida.

Voy.

Leo escribió rápido.

No vengas.

Ella tardó unos segundos.

No me gusta esto.

A mí tampoco.

¿Quieres que llame a sus compañeras?

Ya he llamado.

¿Y?

Nada.

Igual tiene el móvil apagado para estudiar. Me dijiste que estaba a tope con el examen.

Leo miró el libro abierto.

Sí.

Pues espera un poco. Pero no te duermas sin avisar a ama.

Leo no contestó.

Clara escribió otra vez.

Leo.

Él dejó el móvil boca abajo.

No quería hablar más. Cada conversación abría puertas que no podía cruzar. Cada persona que se preocupaba por él añadía una cuerda más tirando de su cuerpo en direcciones distintas. Su madre. Clara. Marcos. Iñaki. La familia de Juan. Marta, ausente, tirando más que nadie precisamente porque no estaba.

La televisión seguía apagada. Leo cogió el mando y la encendió sin saber por qué. Apareció un informativo local. Bajó el volumen hasta que las voces fueron apenas un murmullo. Imágenes de lluvia, carreteras, ramas caídas. Un rótulo sobre incidencias por la tormenta. Durante un segundo temió ver el camión, la grúa, la calle del transformador. Cambió de canal antes de comprobarlo.

Un programa cualquiera. Risas grabadas. Colores calientes. Gente hablando de cosas sin importancia. Lo apagó.

El silencio volvió más grande.

Se levantó y recogió los platos del fregadero. No porque tuviera fuerzas, sino porque la escena de la cena le resultaba insoportable. Lavó la sartén con movimientos lentos. El agua caliente soltó la grasa pegada. El olor a carne volvió por un instante, mezclado con jabón. Recordó la cara de Marta al ver la mesa. “Te acordaste.” Recordó el beso. La manera en que ella había probado el primer bocado. La normalidad de aquel minuto. Qué cruel es la felicidad cuando se mira desde después.

Secó las copas. Tiró el vino que quedaba. Guardó la pasta en un táper. Colocó los girasoles en un jarrón con agua limpia, aunque ya no parecían recuperables. Al hacerlo, uno de los pétalos cayó sobre la mesa. Leo lo recogió con cuidado y lo dejó junto al imán de la nevera.

Luego fue al dormitorio.

Abrió el armario de Marta. Su ropa estaba allí. Sus jerseys doblados con ese orden flexible que solo ella entendía. Su perfume sobre la cómoda. Un pendiente suelto en una bandejita. Una goma de pelo en la manilla del cajón. Nada indicaba una desaparición. Todo decía que volvería.

Eso lo calmó un poco.