Ocho horas CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #6
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CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #6

La pantalla negra reflejaba el salón de forma tenue. Los girasoles, la lámpara, su silueta hundida en el sofá. Por un instante creyó ver otra figura detrás de él, de pie junto al pasillo. Se giró rápido.

No había nadie.

Nerón levantó la cabeza.

—Nada —murmuró Leo—. No es nada.

El perro no pareció convencido.

Sonó el móvil.

Leo lo agarró tan rápido que casi se le cayó.

Era su madre.

La decepción fue inmediata y culpable.

—¿Sí?

—¿Estás en casa?

—Sí.

—¿Está Marta?

Leo cerró los ojos.

—No.

Silencio.

—¿Has podido hablar con ella?

—No.

—Leo, vente a casa.

—No.

—No quiero que estés solo.

—Está Nerón.

—No me hagas esto.

La frase le dolió porque venía de un lugar muy antiguo. De otra noche. De otra llamada. De otra espera.

—Ama, necesito estar aquí por si vuelve.

—Puede volver y encontrarte mal.

—No estoy mal.

—No mientas.

Leo se frotó la frente.

—Estoy cansado. Ya está.

—Voy para allá.

—No.

—Leo.

—Si vienes, no te abro.

Se hizo un silencio frío.

Se arrepintió enseguida.

—Perdona.

Su madre tardó en responder.

—No me importa que estés enfadado. Me importa que estés vivo.

Leo apretó los ojos.

—Lo sé.

—Entonces no me asustes más de lo necesario.

—Te escribo en un rato.

—No. Me llamas.

—Vale.

—Y deja la puerta sin cerrar con pestillo.

—Ama.

—Hazlo.

Leo miró hacia la puerta.

—Vale.

—Te quiero.

—Yo también.

Colgó.

No dejó la puerta sin pestillo enseguida. Se quedó un minuto mirando el pasillo, irritado por obedecer y aliviado de tener algo concreto que hacer. Luego fue hasta la entrada, giró la llave una sola vez y dejó el pestillo sin echar.

Al volver, vio el imán con forma de casita en la nevera.

Debajo seguía la nota de Marta.

Compra pan, cielo. Te quiero. Marta.

Leo la despegó con cuidado. El papel tenía una esquina algo arrugada, quizá por la humedad de sus dedos de la mañana anterior. La leyó varias veces. Te quiero. Marta. Su letra inclinada, directa. La forma en que alargaba la erre. La pequeña presión al final de la palabra “cielo”.

Se apoyó contra la nevera.

Por primera vez desde el accidente, lloró.

No fue un llanto grande. No hubo sollozos. Solo una salida silenciosa, casi física, como si el cuerpo hubiera encontrado por fin una válvula. Las lágrimas le bajaron sin permiso, mezclándose con la suciedad seca de la cara. Se cubrió los ojos con una mano y respiró hondo, pero el aire entró roto.

Nerón se acercó y se sentó junto a él.

Leo bajó la mano y lo miró.

—No sé qué hacer.

El perro apoyó el hocico en su rodilla.

Aquello fue suficiente para que se agachara y lo abrazara otra vez.

El resto de la tarde pasó de forma viscosa.

Se duchó. El agua caliente le cayó sobre los hombros y le hizo descubrir golpes que no sabía que tenía. Un moratón oscuro en la cadera. Una raspadura en la espalda. Una línea roja en el antebrazo donde la manga se había levantado. La marca del pecho seguía allí, irregular, como una sombra rojiza bajo la piel. La tocó con dos dedos y sintió un latido extraño, no exactamente doloroso.

Durante un instante, el baño parpadeó.

No la luz.

El baño.

Fue tan breve que no supo si había ocurrido. El espejo se empañó de golpe y en el vapor creyó ver una línea vertical, como una puerta dibujada desde el otro lado. Parpadeó. Solo era vapor. Agua cayendo. Azulejos viejos. Su cara pálida en el reflejo.

—Estás fatal —se dijo.

Salió de la ducha, se vistió con ropa limpia y volvió al salón. Calentó un poco de pasta en el microondas, pero al primer bocado se le cerró el estómago. La dejó sobre la mesa. Le puso comida a Nerón. El sonido del pienso cayendo en el cuenco le recordó la noche anterior, cuando había mezclado los trozos de pollo como un premio pequeño, sin saber que unas horas después estaría midiendo el mundo entre vivos y muertos.

Revisó el móvil.

Nada.

Llamó al hospital donde trabajaba Marta. Al menos al número que tenía guardado de centralita. Le contestó una voz cansada. Leo preguntó por ella, dio nombre y apellidos, explicó que era urgente. Lo pusieron en espera. Una música baja, cortada por interferencias, ocupó la línea durante casi tres minutos.

—No consta en el turno actual —dijo la voz al volver.

—¿Puede comprobar urgencias?

—¿En qué servicio trabaja?

Leo dudó. Marta rotaba, hacía refuerzos, turnos, guardias, cambios. De pronto, algo que debería saber con precisión se volvió borroso.

—Urgencias. A veces medicina interna. Está preparando…

Se detuvo. No tenía sentido explicar su vida.

—Mire, soy su pareja. Ha habido un accidente. Necesito localizarla.

—Lo siento, señor, no puedo facilitar información personal. Si quiere, deje un aviso.

—Déjelo.

—Nombre y teléfono.

Leo los dio.

—¿Mensaje?

Miró los girasoles.

—Que llame a Leo. Urgente.

—De acuerdo.

Colgó con la sensación de haber lanzado una piedra a un pozo.

Luego llamó a una compañera de Marta cuyo nombre tenía guardado de una cena de hacía meses. Ane. O Ana. No estaba seguro. El teléfono dio tono hasta cortarse. No dejó mensaje.

Buscó en la agenda otros nombres relacionados con ella. Laura hospital. Nerea guardia. Compi Marta. Probó con dos. Nadie contestó. Uno saltó a buzón. Otro estaba apagado.

El mundo entero parecía no disponible.

A las siete, llamó Iñaki.

Leo contestó sin ganas.

—¿Cómo estás?

—En casa.

—No te he preguntado dónde.

—Igual.

Iñaki respiró al otro lado.

—Mañana vendrá alguien de prevención a hablar contigo. También la policía puede necesitar ampliar declaración.

Leo cerró los ojos.

—No voy mañana a ningún sitio.

—No. Irán ellos. O cuando puedas.

—Vale.

—La empresa se hará cargo de…

—No sigas.

Iñaki calló.

—No me hables ahora de la empresa.

—Tienes razón.

Otra frase rara en boca de Iñaki.

Leo se levantó del sofá y fue hasta la ventana. La calle brillaba bajo las farolas. Gutiérrez cruzaba despacio con una bolsa de basura en la mano, protegido por un paraguas oscuro. Todo el barrio seguía en su sitio. Las fachadas gastadas. Las persianas. Los charcos. La tienda de Amparo cerrada ya, con la reja bajada.

—¿Has hablado con la familia de Juan? —preguntó Leo.

—Sí.

La respuesta fue seca.

—¿Quién tiene?

—Mujer. Un hijo mayor. Una hija que vive fuera.

Leo apoyó la frente en el cristal.

—Quiero verlos.

—Ahora no.

—Tengo que decirles…

—No tienes que decirles nada ahora.

—Estaba conmigo.

—Precisamente.

Leo oyó un ruido al otro lado. Como papeles. O una puerta.

—Su mujer ha preguntado por ti —dijo Iñaki.

El estómago de Leo se encogió.

—¿Qué ha dicho?

Iñaki tardó demasiado.

—Quería saber si estabas vivo.

Leo cerró los ojos.

Aquello fue peor que un reproche.

—¿Y ya está?

—Ya está.

—¿No ha preguntado qué pasó?

—No en ese momento.

Leo imaginó a una mujer en algún pasillo del hospital o en una cocina cualquiera, recibiendo la noticia de que su marido no volvería. Imaginó que alguien le decía “lo sentimos”, que otro le ofrecía agua, que un tercero pronunciaba palabras como descarga, grúa, tormenta. Y en medio de todo, ella preguntando si el otro trabajador había sobrevivido. No por generosidad quizá. Tal vez por necesidad de entender. Tal vez porque, si Leo estaba vivo, alguien podía contarle los últimos segundos de Juan.

—No sé qué decirle —murmuró.

—No tienes que saberlo hoy.

—¿Cuándo se supone que se sabe algo así?

Iñaki no respondió.

Leo se quedó mirando el reflejo de su cara en el cristal. Detrás de su propia imagen, por un segundo, creyó ver las luces azules de la ambulancia reflejadas en la calle. Se giró hacia el salón. Nada. Solo la lámpara encendida, Nerón tumbado sobre la manta y el microondas marcando una hora incorrecta.

—¿Has localizado a Marta? —preguntó Iñaki.

—No.

—¿Quieres que mande a alguien?

—No.

—Leo…

—No.

—Vale.

Pero no sonó convencido.

Después de colgar, Leo se puso la chaqueta. No pensó demasiado. Cogió las llaves, el móvil, una bufanda. Nerón lo miró desde la manta.

—Vuelvo enseguida.

El perro se levantó como si quisiera acompañarlo, pero Leo negó con la cabeza.

—No. Tú no.

Bajó a la calle.

La noche había vuelto a asentarse sobre Bilbao, aunque la tormenta ya no era la misma. Ahora era una lluvia fina, persistente, sin furia. Una lluvia de después. Leo caminó hacia la parada del metro con la sensación de estar repitiendo el inicio de otro día, pero desordenado. Las luces de los portales estaban encendidas. Se oía una televisión detrás de una ventana. Alguien reía en un piso bajo. Olor a tortilla, a humedad, a tabaco.

Todo le parecía ofensivamente vivo.

Pensó en ir al hospital de Marta. Pensó en presentarse allí, preguntar, buscarla en cada pasillo hasta encontrarla. Pero no sabía si estaba allí. No sabía si estaba en casa de una compañera, en otro turno, en la biblioteca del hospital, en cualquier sitio. La ciudad se había vuelto demasiado grande de pronto.

Terminó caminando sin dirección clara.

Pasó por la panadería donde había comprado el pan. Cerrada. El escaparate aún tenía bandejas vacías y migas sobre el mostrador. Pasó por la floristería de los girasoles. La persiana estaba bajada. En el cristal quedaba un cartel pegado con cinta transparente: “Ramos por encargo.”

Leo apoyó la mano en el bolsillo donde seguía la nota de Marta. La había guardado sin darse cuenta.

Siguió andando.

En una esquina, un coche salpicó un charco y le mojó el bajo del pantalón. No reaccionó. Al llegar a una plaza pequeña, se sentó en un banco empapado bajo un árbol. La humedad le atravesó la ropa enseguida, pero no se levantó. Sacó el móvil.

Nada.

Llamó a Marta.

No disponible.

Esta vez no colgó enseguida. Esperó hasta que la voz automática terminó. Luego se quedó con el teléfono pegado al oído incluso después de que la llamada se cortara.

—Cógelo —susurró.

El móvil no hizo nada.

Durante un momento, Leo tuvo una sensación absurda y aterradora, que a Marta también le hubiera ocurrido algo.

No sabía qué. Un accidente volviendo del hospital. Un desmayo después de tantas noches sin dormir. Una caída en cualquier portal, en cualquier calle mojada, en cualquier esquina de Bilbao donde nadie supiera que tenía que llamarlo a él.

Sacudió la cabeza.

—No.