CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #5
Su madre le lanzó una mirada, pero no pudo evitar que se le suavizara la boca. Durante un segundo, en medio de aquella habitación de observación, los tres parecieron una familia normal atravesando una incomodidad normal. Un hijo enfermo. Una madre pesada. Una hermana haciendo bromas. Algo reconocible, casi cálido.
Luego el móvil de Leo encendió.
Todos miraron la pantalla.
No había llamadas de Marta.
La ausencia apareció allí, limpia, sin adornos.
Había varios mensajes de Iñaki. Uno de Marcos. Dos llamadas perdidas de su madre. Una notificación antigua del banco. Nada más.
Leo abrió WhatsApp.
El chat de Marta estaba arriba, con la última frase de ella todavía visible.
Cinco minutos.
El mensaje de antes de la cena. Antes de la puerta. Antes del beso con los ojos tapados. Antes de la llamada de Iñaki. Antes de Juan. Antes de todo.
Leo escribió despacio.
Estoy bien. Ha habido un accidente. Estoy en el hospital. Llámame cuando veas esto, por favor.
Se quedó mirando la frase.
Le pareció demasiado seca.
Borró “Estoy bien”.
No estaba bien.
Volvió a escribir.
Marta, llámame cuando puedas. Ha pasado algo en el trabajo. Estoy en el hospital, pero estoy consciente. Te necesito.
Tampoco.
Demasiado grave.
Demasiado poco.
Demasiado todo.
Al final envió:
Marta, cuando veas esto llámame, por favor. Estoy bien, necesito hablar contigo.
El mensaje quedó con un solo tic.
Leo lo miró hasta que le dolieron los ojos.
Un tic.
No entregado.
Clara se inclinó un poco.
—Igual tiene el móvil en modo avión.
Leo la miró.
—¿Por qué iba a ponerlo en modo avión?
—Para estudiar. A veces lo hace la gente.
—Ella no.
Pero al decirlo recordó noches en que Marta se quejaba de los grupos del hospital, de las compañeras mandando audios, fotos de apuntes, preguntas a deshora. Recordó verla dar la vuelta al teléfono boca abajo, harta de notificaciones. Recordó que más de una vez había dicho: “Un día lo tiro por la ventana.”
Tal vez Clara tuviera razón.
Tal vez el mundo aún tuviera explicaciones pequeñas.
Se agarró a eso durante un rato.
Por la tarde lo dejaron marcharse. El parte hablaba de accidente eléctrico, contusión, observación sin complicaciones agudas, seguimiento si aparecían síntomas. Leo no leyó la mitad. Firmó donde le indicaron. Su madre quiso llevarlo en taxi. Él aceptó solo hasta la puerta de casa, no más.
Marcos estaba en la salida del hospital, fumando bajo un alero, aunque hacía meses que decía haberlo dejado. Tiró el cigarro al verlo y lo pisó con torpeza.
—No fumes, anda —dijo Leo.
—Ahora mismo me importa bastante poco mi esperanza de vida.
Clara soltó una risa breve, agradecida por cualquier cosa que no fuera silencio.
El trayecto en taxi fue extraño. Bilbao parecía demasiado normal. Las persianas de los comercios estaban a medio subir. Un autobús frenó junto a un paso de cebra. Una mujer con paraguas rojo discutía por teléfono. Un repartidor descargaba cajas de fruta frente a una tienda. La ciudad seguía haciendo sus cosas, ajena a que Juan ya no estuviera en ninguna parte.
Leo apoyó la frente en el cristal.
El frío le alivió un poco el dolor de cabeza.
Pasaron cerca del Teatro Arriaga. Al verlo, una parte de él volvió al día anterior, el aire seguía oliendo a cobre quemado, a lluvia sobre metal caliente y a algo más fino, casi eléctrico, que se le quedó pegado al fondo de la garganta, y una sensación rara bajo los dedos. Todo había empezado allí de alguna manera, aunque no supiera decir cómo. Como si la tormenta no hubiera caído de golpe, sino que lo hubiese estado siguiendo desde la mañana.
—¿Quieres que paremos en la farmacia? —preguntó su madre.
—No.
—El médico ha dicho paracetamol si duele.
—Tengo en casa.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Y comida?
—Sí.
Pensó en los fusilli, en el chuletón, en la burrata, en los tomates confitados. La cena seguía en la casa como una escena abandonada. Tal vez Marta la habría recogido. Tal vez habría guardado las sobras. Tal vez estaría dormida, enfadada, preocupada, sin saber nada. Tal vez al entrar la encontraría en el sofá con el libro abierto y el móvil apagado.
Se aferró a esa imagen.
Al llegar a Santutxu, la lluvia había bajado a una llovizna fina, casi invisible. Las aceras seguían brillando. El taxi se detuvo frente al portal. Su madre pagó antes de que Leo pudiera protestar.
—Subo contigo —dijo.
—No.
—Leo.
—Ama, por favor.
Ella se quedó con la mano en la puerta del taxi.
Clara, sentada al otro lado, lo miró con preocupación.
—Solo quiero entrar en mi casa —dijo Leo—. Ver si está Marta. Cambiarme. Ducharme. Dormir un poco.
—Precisamente por eso no deberías estar solo.
—No voy a estar solo.
Los tres sabían que no lo sabía.
Pero su madre cedió. No porque estuviera convencida, sino porque entendió que insistir podía romper algo más.
—Te llamo en media hora.
—Vale.
—Media hora, Leo.
—Vale.
Clara bajó del taxi y lo abrazó con cuidado. Él sintió su barbilla apoyarse un instante contra su hombro.
—Escríbeme, aunque sea un punto —le susurró—. Para saber que sigues vivo y cabezón.
Leo cerró los ojos.
—Vale.
Su madre también lo abrazó. Más fuerte de lo que debía. Le dolió un poco el pecho, pero no dijo nada.
—Te quiero —dijo ella.
A Leo le costó responder.
—Yo también.
El taxi se fue.
Leo se quedó solo frente al portal, con la bolsa de ropa seca en una mano y el móvil en la otra. Miró hacia arriba. Su ventana estaba oscura. No completamente. Había una luz tenue, quizá la del pasillo, quizá un reflejo de la calle. No supo interpretarlo.
Metió la llave en la cerradura.
El portal olía a humedad, lejía y correo viejo. Subió las escaleras despacio. Cada peldaño le recordaba que el cuerpo no estaba bien. Le dolían los muslos, la espalda, el cuello. En el segundo piso tuvo que detenerse un momento y apoyar la mano en la barandilla. El metal estaba frío. Sintió un cosquilleo en la palma, una corriente mínima. Retiró la mano de golpe.
No era nada.
Solo nervios.
Siguió subiendo.
Al llegar a su puerta, se quedó quieto.
Escuchó.
Nada.
Sacó las llaves. El llavero golpeó la madera con un sonido pequeño. Abrió.
La casa estaba a oscuras.
—¿Hola?
Su voz sonó demasiado alta en el recibidor.
Nadie respondió.
Entró despacio. Dejó la bolsa junto a la pared. El olor lo golpeó antes de encender la luz: comida fría, vino abierto, humedad de ropa mojada, cera consumida. Un olor de noche interrumpida.
Pulsó el interruptor.
Pulsó el interruptor. El clic sordo de siempre. La bombilla del pasillo parpadeó una vez antes de encenderse. Ese titilar viejo, cansado, familiar. Por un segundo, Leo sintió alivio. La casa seguía siendo la casa. La pintura descascarillada junto al radiador. Los cables detrás del mueble. El bote de crema de manos. La bicicleta estática, junto a la ventana. Las zapatillas de Marta junto a la entrada.
—¿Marta?
Nada.
Nerón apareció desde el salón, lento, con la cola baja. No corrió. No saltó. No hizo esa fiesta exagerada de siempre. Se acercó a Leo con una cautela rara y le olió las botas, luego las manos, luego el borde del pantalón. Al llegar a la manga de la chaqueta, se detuvo. Emitió un quejido breve, casi inaudible, y retrocedió un paso.
—Eh, tonto —murmuró Leo.
Se agachó con dificultad. Nerón se acercó de nuevo y le lamió la muñeca, pero seguía inquieto. Tenía los ojos azules demasiado abiertos, fijos en él, como si reconociera el olor de Leo, pero no terminara de reconocer lo que venía pegado a ese olor.
—Estoy aquí.
El perro apoyó la cabeza contra su pecho. Leo lo abrazó torpemente, hundiendo los dedos en el pelaje aún algo áspero. Aquello fue lo primero que casi lo hizo llorar. No Juan. No el hospital. No la frase del médico. El peso tibio de Nerón contra él, ese animal que no entendía la muerte pero sí sabía detectar una grieta.
—Estoy aquí —repitió.
Se levantó despacio y fue al salón.
La mesa seguía casi igual.
Las copas estaban sobre la encimera, una vacía, otra con un dedo de vino oscuro en el fondo. Los platos habían sido recogidos, pero no fregados. La sartén reposaba en el fregadero con restos de grasa solidificada. El ramo de girasoles seguía en el centro de la mesa, inclinado hacia un lado. Los pétalos, que la noche anterior parecían contener luz, estaban algo vencidos, como si también hubieran esperado demasiado.
El libro de Marta estaba abierto en el sofá.
Bases inmunológicas de las enfermedades autoinmunes.
Un subrayador rojo descansaba sobre una página. Al lado, el cuaderno tenía una frase escrita a medias.
Linfocitos T reguladores…
La línea se cortaba ahí.
Leo tocó el papel con la punta de los dedos.
—Marta.
Fue al dormitorio.
La cama estaba deshecha solo de un lado. El suyo. El lado de Marta seguía relativamente liso, como si no se hubiera acostado o como si hubiera dormido apenas encima. En la silla había una bata. En el suelo, unas medias. En la mesita, un vaso de agua a medio beber.
El móvil de Marta no estaba.
Eso lo tranquilizó y lo inquietó al mismo tiempo.
Si no estaba, lo tenía ella.
Si lo tenía ella, ¿por qué no respondía?
Fue al baño. Nada. A la cocina. Nada. Abrió la puerta del pequeño armario donde guardaban las bolsas. Nada. Como si pudiera encontrarla en cualquier sitio absurdo si buscaba con suficiente insistencia.
Volvió al salón.
—¿Dónde está? —le preguntó a Nerón.
El perro ladeó la cabeza.
Leo sacó su móvil. El mensaje seguía con un solo tic.
Llamó otra vez.
Teléfono no disponible.
Llamó de nuevo.
Teléfono no disponible.
La voz automática empezó a resultarle insoportable. Esa neutralidad perfecta. Esa forma de decirle que no había conexión, no explicación, no persona.
Abrió el chat y escribió:
Estoy en casa. No sé dónde estás. Llámame.
Un tic.
Se sentó en el sofá. El cuerpo le pasó factura de golpe. Todo el cansancio que había mantenido a raya en el hospital cayó sobre él con una densidad nueva. Le dolía la cabeza detrás de los ojos. El pecho le pesaba. Las manos seguían vibrando. No era un temblor visible todo el tiempo, pero él lo sentía, como un zumbido alojado en los huesos.
Miró la televisión apagada.