Ocho horas CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #4
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CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #4

—Eso fue lo primero que pensé. Que me iban a joder la noche.

—No podías saberlo.

—Ya.

—No podías.

—Ya lo sé, coño. Pero lo pensé.

El dolor tiene sus propias supersticiones. Leo lo entendió al verlo. Marcos no había estado allí y, aun así, buscaba una manera de culparse. Como si la culpa fuera una forma de pertenecer al accidente. Como si quedarse fuera lo hiciera todavía peor.

—Juan murió porque cayó un rayo —dijo Leo.

Marcos lo miró con una dureza triste.

—Y tú me dices eso a mí.

Leo no respondió.

—¿Qué pasó?

La pregunta era sencilla, pero Leo no tenía una versión completa. Tenía fragmentos. La lluvia. El perno. El peso del transformador. La mano levantada. La luz. El golpe. La puerta cerrada.

Se lo contó igual.

Marcos escuchó sin interrumpir. Solo apretaba los dedos cada vez más. Cuando Leo terminó, se quedó mirando el suelo.

—Juan era un cabezón —dijo al fin.

Leo frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que era un cabezón. Siempre decía que con tormenta no se tocaba grúa si no hacía falta. Siempre. ¿Te acuerdas de una vez en Rekalde? Se plantó y dijo que no levantaba nada hasta que pasara el frente.

—Anoche no dijo nada.

—Ya.

—Pudo decirlo.

Marcos levantó la cabeza.

—No empieces.

—Pudo decirlo. Yo pude decirlo. Juan pudo decirlo. Iñaki pudo no llamar. Tú pudiste venir. El de guardia pudo no enfermar. Hay demasiadas cosas que pudieron ser distintas.

—Y ninguna sirve.

Leo se quedó callado.

Marcos se frotó los ojos con fuerza.

—La cría se quedó dormida con la muñeca en la mano —dijo después, como si hablara desde otro lugar—. Amaya Raine. La de las mechas arcoíris. Me hizo abrirla antes de soplar las velas. Estaba feliz. Yo estaba allí, sentado en el sofá, con la familia de mi ex, fingiendo que no me sentía fuera de sitio. Y entonces llamó Iñaki.

Leo cerró los ojos.

—No quiero saber eso.

—Pues lo siento, pero lo vas a saber. Porque yo también voy a cargar con esta mierda. No estabas solo en el mundo anoche.

—Juan sí.

Marcos golpeó la silla con la palma de la mano, no muy fuerte, pero el sonido hizo vibrar la bandeja metálica.

—Juan no estaba solo. Estaba trabajando. Contigo. Con una empresa detrás que os mandó. Con una tormenta encima. Con un puto sistema que siempre espera a que algo reviente para cambiar lo que estaba mal desde hace años.

Leo lo miró. Marcos respiraba fuerte.

—No me conviertas esto en una cosa tuya —añadió, más bajo—. No hagas eso.

La frase le dolió porque era cierta.

Leo bajó la mirada hacia sus manos. Seguían temblando. Menos, pero seguían. Bajo las uñas tenía una línea oscura de barro que nadie había limpiado. Se quedó observándola con una atención absurda. Barro de la calle. Barro de antes. Una prueba mínima de que todo había ocurrido fuera, bajo la lluvia, y no dentro de su cabeza.

—No consigo hablar con Marta —dijo.

Marcos cambió el gesto.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Móvil apagado?

—No disponible.

—Igual está sin batería.

—Marta carga el móvil siempre.

—Igual se quedó dormida.

—Con el móvil al lado.

—Leo…

—No la defiendas como si yo no la conociera.

Marcos levantó las manos.

—Vale.

Leo se arrepintió enseguida del tono.

—Perdona.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

Marcos se recostó en la silla. Durante un rato ninguno habló. Al otro lado de la cortina se oían pasos, ruedas, murmullos. El hospital seguía trabajando alrededor de ellos, indiferente y necesario.

—¿Quieres que vaya a tu casa? —preguntó Marcos.

Leo lo miró.

—No.

—Puedo ir. Toco el timbre. Veo si está.

—No.

—Leo.

—He dicho que no.

No quería que Marcos entrara en su casa antes que él. No quería imaginarlo subiendo las escaleras, llamando a la puerta, viendo los girasoles, la cena, las copas. No quería que nadie tocara aquella escena suspendida. La última escena de una noche que todavía le pertenecía a él y a Marta, aunque estuviera rota.

—Cuando me den el alta voy yo.

—Igual no te la dan hoy.

—Me la darán.

—Te ha pegado una descarga, cabezón.

—No fue directa.

Marcos lo miró con una mezcla de incredulidad y ternura agotada.

—Mírate. Estás en una cama de hospital defendiendo la calidad técnica del rayo.

Por primera vez, Leo casi sonrió.

Casi.

El gesto murió antes de llegar.

Después de que Marcos se marchara, la madrugada no avanzó del todo.

Se quedó ahí, suspendida en los pasillos, pegada al olor de desinfectante y café recalentado, al ruido de las ruedas de las camillas y a las voces bajas que iban y venían detrás de las cortinas. Leo perdió la noción de las horas. A veces cerraba los ojos unos minutos y despertaba con la sensación de haber caído desde muy alto. Otras veces se quedaba mirando el monitor, esperando que el pitido regular le ordenara por dentro algo que él ya no sabía ordenar.

Le repitieron la tensión. Le cambiaron los electrodos del pecho porque uno se había despegado con el sudor. Una enfermera le limpió con suero la herida de la ceja y le preguntó si tenía náuseas. Leo dijo que no, aunque no estaba seguro. Todo en su cuerpo parecía responder tarde: el dolor, el frío, la culpa, incluso el miedo.

Cada cierto tiempo miraba el móvil.

Nada.

El mensaje a Marta seguía sin entregarse.

Volvió a llamar dos veces más. La misma respuesta. Teléfono no disponible. La voz automática empezó a parecerle menos una grabación que una pared. Una pared lisa, blanca, imposible de atravesar.

Su madre y Clara permanecieron cerca, entrando y saliendo del box, trayéndole agua, preguntando poco. Habían aprendido a no llenar el silencio con frases inútiles. Su madre fingía revisar el parte médico con calma, pero Leo la veía mirar el teléfono cada pocos minutos.

Clara, sentada en una silla de plástico, apoyaba la cabeza contra la pared y luchaba contra el sueño con los ojos entreabiertos.

A las siete, el hospital cambió de ritmo.

Llegaron otros pasos, otras voces, otro turno. Las luces parecieron más duras con la claridad gris que empezaba a filtrarse por las ventanas altas del pasillo. Alguien subió una persiana. En algún lugar sonó una máquina de café. La noche, por fin, empezó a retirarse, pero no se llevó nada con ella.

Juan seguía muerto.

Marta seguía sin responder.

Y Leo seguía allí, despierto, con la sensación de que algo dentro de él no había regresado del todo.

Solo entonces, cuando la mañana ya estaba instalada en el hospital y los médicos volvieron a revisar sus constantes, decidieron pasarlo a observación.

La habitación era compartida, separada por una cortina de otro paciente que dormía con la boca abierta y un brazo fuera de la sábana. La ventana daba a un patio interior donde la lluvia caía sobre varias máquinas de aire acondicionado. Todo era gris, húmedo, funcional. Bilbao parecía haberse reducido a ese cuadrado de cemento mojado.

Le repitieron el electro. Le revisaron las pupilas. Le preguntaron otra vez por mareos. Una neuróloga joven le pidió que siguiera su dedo, que sonriera, que apretara ambas manos, que levantara las piernas. Leo obedeció con una docilidad cansada.

—¿Recuerdas qué ocurrió antes del impacto? —preguntó ella.

—Estábamos levantando el transformador.

—¿Y después?

—Me desperté en el suelo.

—¿Nada entre medias?

Leo dudó.

Hubo algo.

No una imagen. Más bien una ausencia con textura. Recordaba blanco. No el blanco de urgencias. Otro blanco. Y silencio.

—No —dijo.

La neuróloga lo observó.

—Es normal tener lagunas después de una descarga y un golpe. También puedes notar confusión, irritabilidad, sensibilidad a la luz, alteraciones del sueño.

—Perfecto.

Ella sonrió con suavidad profesional.

—No deberías quedarte solo esta noche.

Leo pensó en Marta.

—No estaré solo.

—¿Vives con alguien?

—Sí. Con mi pareja.

—Bien. Que esté pendiente de ti. Si tienes dolor torácico, pérdida de conciencia, dificultad para hablar, debilidad en un lado del cuerpo o sensación de arritmia, volvéis a urgencias.

Leo no respondió.

—¿Cuándo puedo irme?

—Vamos a esperar unas horas más. Si todo sigue bien, probablemente esta tarde.

Esta tarde.

La frase abrió un horizonte sencillo. Salir. Volver a casa. Encontrar a Marta. Decirle todo. Dejarse caer en el sofá. Tal vez llorar. Tal vez no. Pero hacerlo allí, en su sitio, no bajo aquella luz que lo convertía todo en trámite.

Su madre volvió con Clara al mediodía. Traían una bolsa con ropa seca, cargador, una botella de agua y un bocadillo envuelto en papel de aluminio. Leo miró el cargador con una gratitud desproporcionada.

—¿Lo has cogido de casa?

—No —dijo su madre—. De la mía. Es compatible.

Conectó el móvil. La pantalla, al principio, no respondió. Luego apareció el símbolo de batería con una línea roja. Leo la miró como si estuviera viendo recuperar el pulso a alguien.

—Tardará un poco —dijo Clara.

—Ya.

Su madre colocó la ropa sobre la silla.

—He hablado con el médico. Dice que si todo sigue bien podrías salir hoy, pero no quiere que estés solo.

—Marta estará en casa.

—No hemos conseguido hablar con ella.

—Estará durmiendo.

—Desde anoche.

—Tiene turnos raros.

Su madre lo miró con cuidado.

—Leo.

—No empieces.

—No he empezado nada.

—Sí.

—Solo digo que, si no conseguimos localizarla, vienes a mi casa.

—No.

—No era una pregunta.

Leo la miró con cansancio.

—Ama, no tengo quince años.

—No. Tienes veintisiete y anoche casi te mata un rayo.

Clara bajó la mirada al suelo para no intervenir.

—Voy a mi casa —dijo Leo—. Necesito estar allí cuando vuelva Marta.

—Podemos ir contigo.

—No.

—Entonces va Clara.

—No.

—Leo.

—Necesito estar solo un rato.

Su madre apretó los labios. Él conocía ese gesto. Era el gesto previo a una discusión larga. Pero esta vez ella se contuvo. Tal vez porque lo veía demasiado pálido. Tal vez porque entendía que cierta clase de dolor no se puede ordenar desde fuera.

—Un rato —dijo ella—. Pero te llamo. Y contestas.

—Vale.

—Y si no aparece Marta, me llamas.

—Vale.

—Y si te mareas, me llamas.

—Vale.

—Y si te duele el pecho…

—Te llamo.

Clara sonrió apenas.

—Déjala. Necesita hacer una lista o explota.