Ocho horas CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #3
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CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #3

—Entonces no tenía que morir.

—Nadie tenía que morir.

El silencio entre los dos fue más duro que una discusión. Iñaki se acercó a la cama y apoyó una mano en la barandilla metálica, sin llegar a tocar a Leo.

—No fue culpa tuya.

Leo miró la mano.

Grande. Cuadrada. Con las uñas comidas. Una mano de jefe de campo, de papeles firmados con prisa, de órdenes dadas sin pensar en la muerte porque la muerte no suele aparecer en los partes de trabajo.

—No lo sabe.

—Sí lo sé.

—No estaba allí.

—He visto el informe preliminar.

—Me da igual el informe.

Iñaki asintió despacio.

Por primera vez desde que lo conocía, Leo no encontró en él una frase brusca, un insulto seco, una salida de mal humor. Solo había cansancio.

—El rayo cayó sobre la pluma. Juan estaba con el mando. Tú estabas apartado. Si hubieras estado más cerca, estaríamos hablando de dos muertos.

Leo tragó saliva.

—No me ayuda.

—Ya. Lo sé.

Iñaki se frotó la cara con ambas manos. Durante un segundo pareció a punto de decir algo más, pero se contuvo.

—Marcos viene de camino.

Leo cerró los ojos.

—No tendría que venir.

—Quiere verte.

—Estaba en el cumpleaños de su hija.

—Lo sé.

—Pues que se quede allí.

—Ya no podía.

Leo no contestó.

Iñaki permaneció unos minutos a su lado, incómodo, fuera de lugar. Era un hombre acostumbrado a mandar, no a acompañar. En el espacio reducido del box parecía sobrarle el cuerpo. Miraba el monitor, la vía, el borde de la sábana. Cualquier cosa menos la cara de Leo durante demasiado tiempo.

—Han intentado llamar a Marta —dijo al fin.

Leo abrió los ojos.

—¿Y?

—No contesta.

—¿Cuántas veces?

—No lo sé. Varias.

—Estará estudiando. O se habrá quedado dormida.

—Puede ser.

—Ella coge el teléfono.

Iñaki no respondió.

Eso bastó para irritarlo.

—Ella coge el teléfono —repitió Leo.

—Leo, ahora mismo igual está trabajando, igual no tiene cobertura, igual…

—No. Estaba en casa.

—Vale.

—Estaba en casa cuando me fui.

—Vale.

Pero no lo dijo como quien acepta una información, sino como quien intenta no empeorar algo. Leo lo notó y le molestó. Todo el mundo hablaba igual desde el accidente. Con frases blandas, con cuidado, como si la verdad fuera un vaso lleno hasta el borde.

—Déjame un móvil —pidió.

Iñaki sacó el suyo sin discutir y se lo entregó.

Leo marcó el número. Los dedos le temblaban tanto que falló dos veces. Al tercer intento, consiguió llamar. Se llevó el teléfono al oído. Un tono. Dos. Tres. Cuatro. Después la voz automática informando de que el teléfono no estaba disponible.

No apagado.

No comunicando.

No disponible.

Aquello le produjo una inquietud distinta, más fina.

Volvió a llamar.

Lo mismo.

—No tiene sentido —murmuró.

Iñaki recogió el móvil cuando Leo se lo devolvió.

—Puede tenerlo en silencio.

—No es eso.

—Leo…

—No es eso.

El nombre de Marta empezó a ocupar más espacio que el de Juan, y eso hizo que Leo se sintiera culpable de otra manera. Como si no pudiera dedicarle a un muerto ni siquiera la totalidad de su dolor porque el miedo por ella ya estaba entrando por una rendija.

La cortina se abrió.

Su madre apareció al otro lado.

Llevaba el abrigo mal abrochado, el pelo recogido con una pinza y una bolsa de tela colgada del hombro. No venía vestida de enfermera, pero aun así parecía traer el hospital con ella. Esa forma de mirar primero el monitor, luego la vía, luego la cara. Esa manera de medir la gravedad antes de permitirse sentirla.

Detrás asomó Clara, con los ojos muy abiertos y una bufanda enrollada hasta la barbilla. Ya no era la niña a la que Leo preparaba la mochila, pero en ese instante volvió a parecerlo. O quizá él necesitaba verla así para no romperse del todo.

—Leo —dijo su madre.

Se acercó deprisa, pero se detuvo antes de abrazarlo, como si temiera hacerle daño. Le tocó la mejilla con los dedos. Estaban fríos.

—Estoy bien —dijo él automáticamente.

Su madre lo miró con una mezcla de alivio y enfado.

—No digas tonterías.

Clara soltó una risa pequeña que se quebró enseguida. Se acercó por el otro lado y le apretó la mano.

—Menudo susto, idiota.

Leo intentó sonreír, pero no le salió.

—Estoy bien.

—Eso ya lo has dicho —respondió Clara—. Y suena fatal.

Su madre seguía mirándolo como si revisara una herida invisible.

—¿Te duele algo?

—Todo un poco.

—¿Pecho?

—No mucho.

—¿Cabeza?

—Sí.

—¿Visión borrosa?

—Antes.

—¿Te han hecho electro?

Leo suspiró.

—Ama.

Ella calló.

Solo entonces, después de haber comprobado lo que podía comprobar, sus ojos cambiaron. La enfermera retrocedió y apareció la madre. La mujer que había recibido otra llamada años atrás. Otra llamada con accidente. Otra llamada con una frase mal explicada al otro lado de la línea.

Leo vio el recuerdo cruzarle la cara.

—Ama…

Ella se inclinó y lo abrazó con cuidado. No lloró en voz alta. Pero el cuerpo le tembló una vez, apenas una sacudida contenida contra su hombro. Leo cerró los ojos y apoyó la frente en el abrigo húmedo. Olía a lluvia, a jabón limpio y a casa de antes. A la cocina donde ella se quedaba planchando uniformes tarde. A los inviernos de infancia. Al silencio que dejó su padre.

—Estoy aquí —murmuró ella.

Leo no sabía si se lo decía a él o a sí misma.

Clara le acarició la mano con el pulgar.

—¿Qué ha pasado?

Leo abrió los ojos.

Iñaki seguía allí, unos pasos atrás, incómodo ante la escena familiar. Miraba al suelo.

—Un rayo —respondió Leo—. Cayó en la grúa.

Clara palideció.

—Joder.

Su madre se apartó un poco.

—Me han dicho que ibas con otra persona.

Leo miró la sábana.

La palabra tardó en salir.

—Juan.

Su madre entendió antes de que terminara.

Se llevó una mano a la boca.

—No…

Leo asintió muy despacio.

—No han podido hacer nada.

Clara dejó de acariciarle la mano. Sus dedos se quedaron quietos sobre los de él.

Durante unos segundos, el box fue solo respiración. La de Leo, irregular. La de su madre, contenida. La de Clara, rápida, nerviosa.

—No fue culpa tuya —dijo su madre.

Leo soltó una risa seca.

—Qué rápido lo tenéis todos claro.

—Porque es verdad.

—No lo sabes.

—Sé cómo eres.

—Eso no cambia nada.

—Cambia mucho.

Leo la miró. Había algo feroz en sus ojos. No agresivo. Feroz de amor, de miedo, de cansancio acumulado. Su madre había pasado media vida sosteniendo cosas que se caían. Pacientes, turnos, hijos, facturas, ausencias. No tenía paciencia para ciertas mentiras, ni siquiera las que uno se cuenta para castigarse.

—Tu padre tampoco tuvo la culpa de morirse —dijo ella.

La frase cayó entre ellos con una dureza inesperada.

Clara bajó la mirada.

Iñaki se movió incómodo.

Leo se quedó completamente quieto.

Su madre pareció arrepentirse en el mismo instante, pero no retiró la frase. La sostuvo, temblando.

—Perdona —añadió después, más bajo—. No quería decirlo así.

Leo tragó saliva. El nombre de su padre no había sido pronunciado, pero estaba allí, sentado con ellos en el borde de la cama.

—Da igual.

—No da igual.

—Ahora no.

Su madre asintió. Le tocó el pelo con una ternura que él no supo rechazar.

—Vale. Ahora no.

Clara intentó recomponer algo.

—¿Y Marta?

Leo miró hacia la cortina.

—No contesta.

—¿La han llamado?

—Sí.

—Igual está dormida.

—Sí.

Pero esta vez ni él mismo lo creyó del todo.

Su madre frunció el ceño.

—¿No estaba en casa?

—Cuando me fui, sí.

—¿Y no sabe nada?

—No.

—Voy a intentar llamarla yo.

Sacó el móvil del bolso. Leo observó sus dedos moverse con precisión. Su madre siempre llamaba así: seria, recta, como si cada llamada fuera una gestión importante. Esperó. El tono pareció durar demasiado. Luego separó el móvil del oído.

—No disponible.

—Otra vez —dijo Leo.

Ella volvió a llamar.

Nada.

Clara sacó también el suyo.

—Le escribo.

—No —dijo Leo.

Clara lo miró.

—¿Por qué?

No supo responder. Porque escribirlo lo convertía en algo real. Porque no quería que Marta leyera “accidente” en una pantalla fría. Porque él tenía que decírselo. Porque ya había demasiadas cosas ocurriendo sin que pudiera tocarlas.

—Déjalo —murmuró.

Clara guardó el móvil despacio.

Al cabo de un rato, Iñaki se marchó para hablar con la policía y con la empresa. Su madre se quedó sentada junto a la cama. Clara fue a buscar café a la máquina y volvió con tres vasos de plástico que sabían a quemado. Leo dio un sorbo y lo dejó sobre la mesa auxiliar.

El tiempo siguió pasando sin avanzar.

A las cinco y algo de la mañana, Marcos llegó.

Leo lo oyó antes de verlo. Reconoció su voz en el pasillo, más baja de lo habitual, hablando con alguien, preguntando por el box. Luego la cortina se abrió y apareció con el pelo mojado, la chaqueta mal puesta y la cara desencajada.

No traía su termo.

Eso fue lo primero que pensó Leo, de una forma absurda.

Marcos sin termo parecía otro hombre.

Se miraron.

Ninguno supo qué decir.

Marcos se acercó lentamente. Tenía los ojos hinchados y una mancha de lluvia en el hombro derecho. Se detuvo al pie de la cama y se pasó la mano por la barba.

—Tío…

La palabra se deshizo.

Leo apartó la mirada.

—No tenías que venir.

—No digas gilipolleces.

—Era el cumpleaños de tu hija.

Marcos cerró los ojos.

—Ya.

—Tenías que estar allí.

—Estuve.

—Pues tenías que haberte quedado en casa.

Marcos soltó aire por la nariz, pero no fue una risa.

—Estaba en casa, Leo. La cría se quedó dormida con la muñeca en la mano. Su madre recogió los vasos, yo ayudé a quitar la mesa y por un momento pensé que la noche, al menos esa noche, había terminado bien.

Leo bajó la mirada.

—Entonces no tenías que venir.

—Me llamó Iñaki de madrugada —respondió Marcos, con la voz más baja—. Y cuando alguien te llama a esas horas, ya sabes que no es para preguntar si sobró tarta.

Clara se levantó.

—Vamos a por agua, ama.

Su madre entendió. Dudó un segundo, luego se inclinó hacia Leo.

—Estamos fuera.

Leo asintió.

Cuando se quedaron solos, Marcos se acercó a la silla y se sentó pesadamente. Apoyó los codos en las rodillas, las manos juntas, la cabeza baja.

—Me llamó Iñaki —dijo—. Pensé que era por alguna pieza. Ya sabes, que si el recambio no encajaba, que si había que volver al depósito. Lo primero que pensé fue: “me van a joder la noche”. Eso pensé, Leo.

Leo lo miró.

Marcos levantó la vista. Los ojos le brillaban.