CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA? #2
El sanitario apuntó algo en una hoja sujeta a una carpeta. Leo miró el bolígrafo moverse. La punta resbalaba sobre el papel con seguridad. Le molestó aquella normalidad. Que alguien pudiera escribir mientras Juan estaba muerto a pocos metros le pareció una obscenidad.
—Tengo que llamar a Marta —dijo.
El sanitario no levantó la vista.
—Ahora te dejo el móvil. Primero terminamos esto.
—Tengo que llamarla.
—Ahora.
Leo palpó los bolsillos de la chaqueta. El móvil seguía allí, húmedo pero entero. Lo sacó con dificultad. La pantalla estaba rajada desde una esquina hasta el centro, una línea diagonal que le partía el reflejo en dos. Pulsó el botón lateral. Nada. Volvió a pulsarlo. La pantalla parpadeó, mostró el icono de batería un segundo y se apagó.
—No enciende.
—Se habrá mojado.
—No. Estaba bien.
—Luego llamamos desde el hospital.
Leo apretó el móvil en la mano como si fuera culpa suya que no funcionara.
—Marta no sabe nada.
El sanitario lo miró con un gesto breve, casi humano.
—¿Es tu pareja?
Leo asintió.
—La llamaremos.
Pero no era lo mismo.
Nada era lo mismo si no podía decirle él mismo que estaba vivo, que había pasado algo, que no sabía qué hacer con el peso que acababa de caerle encima. Imaginó a Marta en el sofá, con los apuntes abiertos, tal vez dormida sobre una página subrayada. Imaginó la carpeta de inmunología, los girasoles sobre la mesa, el vino abierto, la cena interrumpida. Todo seguía allí, suspendido, como si la puerta que él había cerrado al salir no se hubiera terminado de cerrar nunca.
La ambulancia arrancó.
A través de las puertas traseras, antes de que las cerraran del todo, Leo vio por última vez el camión. El transformador viejo seguía colgando, inmóvil. Parecía absurdo que aquel bloque de metal quemado siguiera existiendo cuando Juan ya no.
Luego las puertas se cerraron.
El mundo quedó reducido al balanceo de la camilla, al pitido del monitor y a la lluvia golpeando el techo.
Durante el trayecto, nadie habló demasiado. El sanitario le hizo preguntas, las mismas de antes con variaciones mínimas. Leo respondió sin pensar. Nombre. Edad. Dolor. Mareo. Náuseas. Alergias. Medicación. Cada respuesta lo alejaba un poco más de la calle y lo metía en otra maquinaria, igual de precisa y ajena. La maquinaria del accidente. Del protocolo. De lo irreversible.
En un semáforo, la ambulancia frenó. Leo vio por la ventana lateral una marquesina vacía, un cartel medio despegado, el reflejo de las luces rojas en el asfalto. Dos jóvenes cruzaban corriendo bajo un paraguas roto. Uno reía. El otro sujetaba una bolsa de supermercado contra el pecho.
Leo los miró con una mezcla extraña de envidia y rabia.
Para ellos, la noche seguía siendo una noche.
Para él, ya tenía una grieta.
En urgencias lo recibieron con rapidez. Demasiada. Puertas automáticas. Luz blanca. Ruedas de camilla. Un celador con voz ronca. Una enfermera que le cortó la camiseta térmica con unas tijeras frías. Leo protestó al notar el tirón de la tela.
—Esa camiseta estaba bien.
La enfermera ni sonrió.
—Ahora no.
Le colocaron electrodos en el pecho. El adhesivo frío le erizó la piel. Vio sus propias costillas subir y bajar, pálidas bajo la luz. En el centro del esternón tenía una marca rojiza, irregular, como una quemadura superficial. No era grande. No parecía suficiente para explicar lo que sentía.
—¿Ha sido impacto directo? —preguntó alguien.
—No. Descarga indirecta por grúa.
—¿Pérdida de conciencia?
—Confuso en escena.
—Electro.
—Analítica.
—Observación.
Las palabras pasaban por encima de él, organizadas, técnicas, limpias. Leo quiso agarrarse a alguna, pero todas resbalaban. Lo movieron a una camilla en un box separado por cortinas. Al otro lado, una mujer tosía. Más lejos, alguien lloraba en voz baja. Un timbre sonó tres veces. Una voz pidió un médico por megafonía.
Leo cerró los ojos.
Volvió a ver la puerta de la cabina.
La abrió en su cabeza mil veces.
En todas, Juan estaba vivo un segundo antes.
En todas, Juan moría igual.
—Leo.
Abrió los ojos.
Un médico de unos cuarenta años estaba a su lado. Tenía ojeras profundas y el pelo húmedo en las sienes, como si hubiera venido de otra urgencia sin tiempo para secarse. Miraba la pantalla del monitor mientras le hablaba.
—Soy el doctor Etxebarria. Has tenido mucha suerte.
Leo lo miró.
Esa frase lo enfureció antes de entenderla.
—No diga eso.
El médico levantó la vista.
—Perdona.
—No diga que he tenido suerte.
El médico tardó un segundo en responder. Bajó la carpeta despacio.
—Entiendo.
—No lo entiende.
No lo dijo con violencia. Lo dijo cansado, con una claridad amarga que le salió de algún lugar desconocido.
El médico no se defendió. Solo asintió.
—Tienes una contusión craneal leve, una posible conmoción y signos de paso de corriente, aunque aparentemente no hay lesiones profundas. El electro inicial no muestra arritmias, pero vamos a dejarte en observación. Quiero repetir pruebas dentro de unas horas.
—¿Y Juan?
El médico respiró hondo.
Ese gesto volvió a darle la noticia.
—No puedo darte detalles de otro paciente.
—No era otro paciente. Estaba conmigo.
—Lo sé.
—Dígame si está muerto.
El médico miró hacia la cortina, como si esperara que alguien lo rescatara de la pregunta.
—Leo…
—Dígamelo.
El sonido de urgencias pareció alejarse. La tos, el llanto, el timbre, las ruedas, todo bajó de volumen. Solo quedó el médico, la luz blanca y el pitido regular del monitor marcando un ritmo que no servía de nada.
—No han podido reanimarlo.
Leo no respondió.
No lloró.
No gritó.
Algo se apagó de una forma mucho más silenciosa.
Se quedó mirando el techo. Había una pequeña mancha junto a una placa de ventilación, una sombra grisácea con forma de isla. La observó como si fuera importante. Como si pudiera concentrarse en ella lo suficiente para no pensar en la cabina, en la mano de Juan sobre la palanca, en el golpe entrando por el metal, en la vida saliendo sin hacer ruido.
—¿Habéis avisado a su familia? —preguntó después.
—Se está gestionando.
—Tiene familia.
—Lo sé.
—No lo sabe. Tiene… no sé. Tendrá hijos. Mujer. No hablaba mucho, pero tendrá alguien.
El médico guardó silencio.
Leo cerró los ojos de nuevo.
La culpa no llegó como un golpe. Llegó como humedad. Primero en los bordes, luego por todas partes. Se metió en los pensamientos, en la boca, en los músculos. Era una culpa sin forma concreta, porque racionalmente no sabía qué había hecho mal. Pero eso la volvía peor. Si hubiera cometido un error claro, podría señalarlo. Si hubiera tocado algo que no debía, si hubiera dado una orden equivocada, si hubiera ignorado una señal, al menos tendría un punto fijo al que odiar.
Pero no había nada.
Solo el azar.
Y Leo odiaba el azar desde niño.
Su padre también había muerto por un accidente de trabajo. Un fallo estructural inesperado. Un punto débil que nadie vio. Palabras frías para una ausencia caliente. Ahora Juan se sumaba a esa misma lista de hombres que salían una noche o una mañana a hacer algo concreto, técnico, medible, y no volvían.
La realidad volvía a repetirse con otra cara.
El médico le tocó suavemente el hombro.
—Voy a pedir que contacten con tu familia.
—Marta —dijo Leo, abriendo los ojos—. Llame a Marta. Es mi pareja.
—Danos el número.
Leo recitó el número de memoria. Lo hizo demasiado rápido. El médico lo apuntó en la hoja.
—¿Quieres que llamemos también a tus padres?
—A mi madre. Mi padre murió.
—Lo siento.
Leo casi se rió. No porque tuviera gracia, sino porque aquella frase, dicha allí, después de todo, sonaba pequeña. Lo siento. Como una tirita sobre una fractura.
Le dio el número de su madre.
Luego esperó.
El tiempo en urgencias no avanzaba como fuera. No tenía forma de reloj, sino de interrupciones. Una enfermera entraba, le miraba la vía, salía. Otra le cambiaba una manta. El médico volvía, preguntaba si le dolía el pecho, se iba. Le sacaron sangre. Le hicieron un electro. Lo llevaron a radiología por un pasillo largo donde las luces del techo pasaban sobre su cara una a una, como estaciones repetidas.
En el pasillo, mientras esperaba, vio a un celador empujar una silla vacía. Las ruedas chirriaban levemente. Al fondo, una máquina expendedora iluminaba un rincón con colores demasiado vivos. Café, chocolatinas, agua. Una normalidad barata dentro del lugar donde la gente recibía las peores noticias de su vida.
Pensó en Marta otra vez.
Tendría que haber cogido el teléfono.
Él tendría que haber llamado antes de subirse al camión, aunque fuera para decirle que ya estaba con Juan. Tendría que haberle escrito desde la calle. Tendría que haber insistido en que aquel trabajo no era seguro. Tendría que haber dejado que Juan o Marcos golpearan los pernos. Tendría que haber hecho cualquier cosa distinta, solo para que el mundo tuviera otro resultado.
Cuando lo devolvieron al box, había alguien esperando junto a la cortina.
Iñaki.
No llevaba el gesto de jefe cabreado. Eso fue lo primero que descolocó a Leo. Iñaki estaba quieto, con la chaqueta puesta sobre el uniforme y el pelo aplastado por la lluvia. Parecía más bajo. Más viejo. Tenía las manos metidas en los bolsillos y la mandíbula tan apretada que se le marcaba una línea dura bajo la piel.
—Joder, Leo —dijo.
Nada más.
Solo eso.
Leo se incorporó un poco.
—¿Es verdad?
Iñaki bajó la vista.
—Sí.
Leo sintió que una parte de sí mismo esperaba aún una corrección. Que alguien dijera que había habido una confusión, que Juan estaba grave, que se lo habían llevado a otro box, que no era definitivo. Pero Iñaki no era un hombre de adornar las cosas. Si no lo negaba, era porque ya no había nada que negar.
—Me dijiste que fuera yo.
Iñaki cerró los ojos un instante.
La frase había salido sola. Leo no sabía si era una acusación, una súplica o simplemente un hecho que necesitaba poner en algún sitio.
—Lo sé.
—Me dijiste que Marcos no podía por lo de su hija.
—Lo sé.
—Juan no tenía que estar allí.
Iñaki levantó la mirada. Tenía los ojos rojos, aunque no parecía haber llorado.
—Juan llevaba treinta años haciendo guardias. Conocía ese sector mejor que nadie.