Ocho horas CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA?
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CAPÍTULO 3 – HOLA, ¿ALGUIEN EN CASA?

La luz era blanca y sin forma.

No venía de ningún sitio concreto. No era la luz de una farola, ni la de un relámpago, ni la de los fluorescentes viejos del depósito. Era una claridad espesa, casi sólida, metida detrás de los párpados, como si alguien le hubiera apoyado una linterna directamente contra los ojos.

Leo intentó respirar.

Al principio no pudo.

El aire entró tarde, con un tirón áspero, lleno de sabor metálico. Le quemó la garganta. Tosió una vez, pero el cuerpo no respondió entero. Algo le pesaba sobre el pecho. No era un objeto. Era presión. Una fuerza invisible apretándole desde dentro, hundiéndole las costillas como si el mundo hubiese decidido cerrarse alrededor de él.

Después llegó el sonido.

Primero, un zumbido.

Agudo.

Constante.

Luego, muy por detrás, como si estuviera escuchando desde el fondo de una piscina, la lluvia. Agua cayendo sobre chapa, sobre barro, sobre hormigón, sobre algo que crujía todavía con un calor apagado. Y entre la lluvia, voces. Varias voces. Distintas. Rotas por la distancia.

—¡Eh! ¡Eh, tú! ¿Me oyes?

Leo abrió los ojos.

La noche estaba encima de él, enorme, negra y rota por destellos azules. Durante unos segundos no entendió nada. Vio una sombra inclinada sobre su cara, una capucha empapada, una linterna que le atravesó la pupila y lo obligó a cerrar un ojo. Quiso apartar la cabeza, pero el cuello le respondió con una punzada seca.

—No te muevas —dijo alguien—. Quédate quieto.

Leo obedeció sin saber por qué. El cuerpo no parecía suyo. Tenía los brazos abiertos sobre el suelo, las manos hundidas en una mezcla de agua y barro frío. Notaba los guantes pesados, empapados, pegados a los dedos. La espalda le dolía en una franja ancha, como si lo hubieran arrastrado por una superficie áspera. Al intentar mover las piernas, sintió que las botas raspaban el asfalto.

Miró hacia arriba.

El brazo de la grúa seguía levantado, inmóvil, recortado contra el cielo. Parecía un animal herido, una estructura demasiado grande para estar en mitad de aquella calle estrecha. La lluvia corría por el metal en hilos brillantes. Cada gota reflejaba por un instante los destellos de un vehículo de emergencias que Leo no recordaba haber visto llegar.

A su derecha, el transformador viejo seguía suspendido apenas unos centímetros sobre la base. Oscilaba suavemente, con un balanceo casi imperceptible, como si aún no hubiera decidido si caer o quedarse colgado para siempre. El olor a cobre quemado era tan fuerte que le revolvió el estómago.

Entonces recordó.

El perno.

La eslinga.

Juan en la cabina.

El fogonazo.

Leo giró la cabeza de golpe, demasiado rápido. El dolor le subió desde la nuca hasta la frente como una corriente caliente.

—Juan —murmuró.

La persona inclinada sobre él no respondió.

—Juan —repitió, más claro—. ¿Dónde está Juan?

Hasta ese momento, Juan había sido casi una presencia lateral en la noche: una voz tranquila, unas manos viejas sobre los mandos, el modo paciente de quien ya no necesita demostrar nada. Pero, al decir su nombre, Leo recordó de golpe detalles mínimos que antes no habían importado.

El paquete de caramelos de eucalipto en el hueco de la puerta del camión.

La foto doblada de la niña con coletas, protegiéndose del sol con una mano.

La broma sobre jubilarse.

La forma en que Juan había limpiado el vaho del parabrisas sin prisas, como si aquella noche fuera una más entre miles y no la última puerta que iba a cruzar.

La alianza gastada, tan fina ya que parecía parte del dedo.

La forma en que había limpiado el vaho del parabrisas con la manga, sin quejarse.

—Mi mujer decía que las tormentas huelen antes de llegar —había soltado en algún momento del trayecto, casi para sí—. Yo nunca lo olía. Ahora sí. Será que uno se hace viejo para todo, hasta para tener razón tarde.

Leo no le había respondido gran cosa.

Quizá un sonido. Quizá una media sonrisa.

Ahora aquel comentario absurdo, pequeño, doméstico, le pareció insoportable.

El hombre de la capucha miró por encima del hombro. Esa mirada bastó para que algo se hundiera en Leo antes de que nadie dijera nada.

Detrás, junto al camión, había movimiento. Dos sanitarios, un policía municipal, el hombre del chubasquero que les había abierto el panel, y otra figura con casco que hablaba por un walkie. Las luces azules salpicaban los charcos, deformando las siluetas. La cabina del camión estaba cerrada. El cristal lateral se veía oscuro, casi negro, con una marca irregular en el borde superior, como si alguien hubiera pasado una mano de hollín por dentro.

—Juan estaba ahí —dijo Leo, intentando incorporarse.

—Quieto, joder —ordenó el hombre—. Te ha pegado una descarga. No te levantes.

—Tengo que ver si está bien.

—No te muevas.

Leo se apoyó sobre un codo. El mundo giró. Un golpe de náusea le subió por el estómago. La calle se inclinó hacia un lado y luego volvió a su sitio. Un pitido seco le ocupó los oídos durante unos segundos, tapándolo todo. Cuando volvió a enfocar, vio que uno de los sanitarios cerraba lentamente la puerta de la cabina.

No lo hacía con prisa.

No gritaba.

No pedía nada.

Solo la cerraba.

Ese gesto, medido y lento, le atravesó más que el rayo.

—¿Qué pasa? —preguntó Leo.

Nadie contestó.

El hombre de la capucha le puso una mano sobre el hombro, firme, impersonal, de esas manos que no consuelan, sino que impiden que uno haga algo estúpido.

—Quédate tumbado.

—¿Qué pasa con Juan?

La lluvia se volvió más fuerte justo entonces, como si el cielo quisiera llenar el silencio. Gotas gruesas golpearon la cara de Leo. Una le cayó en el ojo izquierdo y se mezcló con algo caliente que le bajaba desde la ceja. Parpadeó. No sabía si era agua o sangre.

El sanitario se acercó por fin. Era joven, con la barba mojada y los guantes de nitrilo brillando bajo la luz. Se agachó a su lado y le habló con una calma demasiado ensayada.

—¿Cómo te llamas?

Leo lo miró sin entender.

—Leo.

—Nombre completo.

—Leo Arrieta.

—¿Sabes dónde estás?

—En… —tragó saliva—. En la avería. En el transformador.

—Bien. ¿Qué día es?

Leo cerró los ojos un segundo. La pregunta le pareció absurda. Sabía la respuesta, pero al buscarla notó una especie de hueco. No un olvido. Más bien una resistencia. Como cuando una palabra conocida se queda al otro lado de la lengua.

—No sé. Martes. Miércoles. No sé.

—No pasa nada.

—Sí pasa —dijo Leo, irritado de pronto—. ¿Qué pasa con Juan?

El sanitario levantó la vista. El hombre de la capucha apartó la mano del hombro de Leo. Nadie dijo nada durante dos segundos que parecieron demasiado largos.

—Vamos a llevarte al hospital —respondió al fin el sanitario.

—No me has contestado.

—Ahora tú no puedes hacer nada por él.

Leo se quedó quieto.

La frase no tenía forma de noticia, pero lo fue.

Ahora tú no puedes hacer nada por él.

El rayo, el golpe, el barro, la grúa, la noche entera se comprimieron dentro de esas ocho palabras. No puedes hacer nada. Por él. Como si Juan ya perteneciera a un sitio donde los verbos cambiaban de tiempo. Como si acabara de cruzar una línea invisible y todos menos Leo lo hubieran entendido.

—No —dijo, casi sin voz.

Intentó levantarse otra vez. Esta vez el cuerpo le respondió con rabia, no con fuerza. Apoyó una mano en el suelo, se impulsó, llegó a sentarse. El mundo se le llenó de puntos negros. El sanitario lo sujetó por el pecho.

—Tranquilo.

—Estaba en la cabina.

—Lo sabemos.

—La descarga fue hacia mí.

—Leo, escúchame.

—¡Fue hacia mí!

Su propia voz sonó rara. Demasiado alta. Demasiado rota. Rebotó en las fachadas mojadas y volvió deformada, como si otro hombre hubiera gritado desde la esquina.

El policía municipal se acercó un par de pasos, pero no intervino. Se limitó a mirar con la expresión incómoda de quien ha visto demasiadas cosas y aun así no sabe dónde poner las manos.

—El rayo cayó en el brazo de la grúa —dijo el sanitario—. La estructura transmitió parte de la descarga. Tú saliste despedido. Él estaba en contacto con el mando.

Leo negó con la cabeza.

No por negar el dato, sino porque su mente no encontraba un lugar donde colocarlo.

Juan.

Más de sesenta años.

El motor encendido.

La calefacción al máximo.

“Va a caer una buena.”

Una frase cualquiera dicha minutos antes de morir. Eso era lo intolerable. Que la muerte no avisara con palabras importantes. Que no hubiera solemnidad ni música ni señales claras. Solo un hombre comentando el tiempo, un limpiaparabrisas moviéndose de izquierda a derecha y una descarga entrando por donde nadie la esperaba.

—No puede ser —dijo Leo.

—Vamos a levantarte despacio.

—No puede ser.

—A la de tres.

Dos manos lo agarraron por debajo de los brazos. Leo sintió que el cuerpo se le separaba del suelo con una torpeza humillante. Las piernas temblaron al recibir el peso. La calle se convirtió durante un instante en una masa de luces mojadas. Uno de los sanitarios le pasó una manta térmica por los hombros. El plástico crujió junto a su oído con un sonido ridículamente limpio.

Miró hacia la cabina.

La puerta seguía cerrada.

Habían bajado la vista. Todos.

Esa fue la confirmación.

No hubo gritos. No hubo una sábana. No hubo una escena clara que su mente pudiera recordar después. Solo la puerta cerrada, las luces azules y varias personas evitando mirar el mismo punto.

Leo dejó de forcejear.

Lo sentaron en el borde de la ambulancia. El interior olía a desinfectante, goma y calefacción encendida. El contraste con la calle le dio una punzada de realidad. Dentro todo era blanco, ordenado, funcional. Fuera, la noche seguía deshaciéndose en barro.

Le tomaron la tensión. Le colocaron un sensor en el dedo. Le abrieron la chaqueta empapada. El sanitario joven le iluminó de nuevo los ojos.

—Sigue la luz.

Leo siguió la luz sin verla de verdad.

—¿Has perdido el conocimiento?

—No sé.

—¿Recuerdas el impacto?

—Luz.

—¿Dolor en el pecho?

—Presión.

—¿Hormigueo?

Leo miró sus manos.

Los dedos le temblaban. No de frío solamente. Había algo más. Una vibración fina, interior, como si debajo de la piel le hubieran dejado un cable conectado a baja intensidad.

—Sí.

—¿Dónde?

—En todas partes.