Ocho horas CAPÍTULO 2 – NOCHE DE TORMENTA #4
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CAPÍTULO 2 – NOCHE DE TORMENTA #4

Detuvieron el camión junto a un centro de transformación compacto, una estructura baja de hormigón, con puertas metálicas marcadas por hollín. La tapa superior estaba combada por el estallido. Alrededor, las paredes tenían marcas negras, como si algo hubiera escupido fuego.

Juan apagó el intermitente sin decir nada más.

Leo bajó y echó un vistazo alrededor. Bajo un soportal, un hombre con chubasquero y walkie en mano les hizo una señal.

—¿Sois los de la contrata? —preguntó al acercarse.

Leo bajó la cabeza.

—La llave está en el panel. Avisad si necesitáis cortar tráfico, aunque no suele pasar nadie a estas horas.

Antes de tocar nada, Juan pidió confirmación del corte por radio. No bastaba con que alguien dijera que la línea estaba fuera de servicio; los viejos del oficio no confiaban en las frases, confiaban en las comprobaciones. Leo sacó el detector, revisó ausencia de tensión en la entrada y en los bornes accesibles, y marcó con cinta el punto de trabajo. La instalación estaba muerta. Al menos, debía estarlo. Pero la tormenta era otra cosa. No obedecía a candados, ni a protocolos, ni a hojas de consignación firmadas con bolígrafo azul.

—Gracias —dijo Juan, ya revisando el compartimento lateral del camión.

Leo se acercó al centro. Las puertas metálicas estaban abolladas por dentro, y aún se notaba el calor. El transformador seguía en su sitio, ennegrecido, con parte del recubrimiento reventado y olor a cobre quemado flotando en el aire.

—Primero hay que soltar este —dijo, agachándose.

Juan asintió y fue a por una linterna mientras Leo abría el compartimento inferior. Los cables estaban rígidos, chamuscados, con el aislamiento medio fundido y restos de hollín pegados a los terminales. Se arrodilló frente a la base. El transformador reposaba sobre tres puntos de fijación. Uno de los pernos salió con facilidad, oxidado pero entero. Los otros dos no. Probó con la llave fija. Uno giró apenas un cuarto de vuelta antes de bloquearse por completo. El otro ni se movió. Se quedó mirándolos un momento, en silencio, como si le costara aceptar lo evidente. Sacó el martillo del maletín y apoyó la llave con firmeza sobre el perno. Empezó a golpear.

Al principio fue metódico, buscando el ángulo justo. Golpeaba, ajustaba, volvía a probar. La llave resbalaba con los dedos mojados. El agua se le colaba por las muñecas. Se le llenaron las rodillas de barro.

Pasó media hora así, y el perno apenas se movió. Juan se acercó una vez, con gesto de ofrecer ayuda.

—¿Quieres que lo intente?

—No. Ya casi —respondió Leo, sin levantar la vista.

Pero no era cierto, siguió golpeando. Con más fuerza. El martillo repiqueteaba contra el acero como un metrónomo apagado. Cada impacto le subía por el brazo hasta el hombro. Cambió de postura. Se apoyó mejor. Volvió a intentarlo. Golpeó más bajo. Probó con la barra. Nada.

El segundo perno cedió al cabo de casi una hora. Cayó al suelo con un golpe sordo. Faltaba uno.

El último tardó el doble. No giraba. No temblaba. Era como si formara parte del bloque. Leo se ensañó. Golpeó con rabia, con el cuerpo tenso, la mandíbula apretada. No hablaba. Solo respiraba por la boca, pesada, rítmica, llena de vapor.

La lluvia no había parado en ningún momento.

Cuando el último perno cayó, llevaba hora y media dándole. Se quedó agachado, con la cabeza baja, los guantes empapados y los brazos agarrotados.

—Ahora sí —dijo, con una exhalación larga, casi sonriente. Por fin.

La base estaba libre.

Juan se colocó de nuevo al mando de la grúa. La lluvia seguía golpeando el techo del camión, constante, insistente.

Leo aseguró las eslingas bajo la carcasa ennegrecida del transformador y se apartó un poco. Los guantes le resbalaban. Notaba el brazo derecho dormido.

—Despacio —dijo sin levantar la voz.

Juan activó la pluma.

El brazo hidráulico bajó con un zumbido suave. El gancho descendió, giró unos grados, y se detuvo justo encima del transformador. Leo enganchó los mosquetones, ajustó las correas y levantó la mano en señal.

—Listo.

Juan movió la palanca. El sistema respondió. El peso del bloque viejo crujió al despegarse de la base.

Entonces ocurrió.

Un fogonazo cruzó el cielo, sin aviso. Ni trueno previo, ni parpadeo. Solo luz.

Leo no lo vio: lo sintió. Un estallido seco, un zumbido brutal en los oídos, y de golpe el mundo se quedó sin bordes. El impacto lo levantó del suelo y lo lanzó un par de metros hacia atrás. Cayó de espaldas, con los brazos abiertos, como si alguien lo hubiera empujado con todo el cuerpo.

No había calor, ni dolor. Solo presión. Como si el aire se cerrara sobre él y lo empujara hacia dentro. El pecho se le apretó, la vista se le llenó de puntos. Sintió un silencio denso, opaco, que lo aislaba de todo.

Luego, nada.

Desde la cabina, Juan lo vio claro: el rayo había caído sobre el brazo de la grúa. La estructura entera vibró con violencia, y una chispa pareció saltar hacia Leo justo en el momento en que se apartaba.

No fue un impacto directo. Pero bastó.

Leo alcanzó a girar la cabeza hacia Juan, dispuesto a decir algo, pero sin tiempo.

Todo se volvió blanco.