Ocho horas CAPÍTULO 2 – NOCHE DE TORMENTA #3
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CAPÍTULO 2 – NOCHE DE TORMENTA #3

Marta se levantó, cruzó al salón y encendió la televisión en silencio. Subió apenas el volumen para disimular que no quería oírle, pero aún alcanzaba a escuchar parte de la conversación.

Del otro lado, la voz de Iñaki sonó tensa, pero más amable que de costumbre.

—Leo, perdona que te moleste a esta hora. El de guardia esta noche se nos ha caído con fiebre y no hay a quién tirar. Te llamaba para ver si podías cubrirlo.

Leo no respondió enseguida. Miró hacia el salón. Marta había cruzado las piernas y sostenía el mando con una mano. En la pantalla, una presentadora hablaba sobre un frente frío que había entrado por Galicia, con imágenes de ramas volando en una carretera mojada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Leo al fin.

—Una avería jodida. Reventó un transformador en el polígono y hay que cambiarlo esta noche sí o sí. Iba a llamar a Marcos, pero me acordé de lo de su hija.

—¿Voy solo?

—No, no. Vas con Juan. Él ya estuvo en ese sector, sabe por dónde va la cosa.

Leo respiró hondo y colgó sin decir nada más. Apoyó el móvil sobre la mesa, al lado de la copa a medio llenar. Marta bajó el volumen de la televisión, pero no lo apagó del todo. En la pantalla, la lluvia seguía cayendo sobre un mapa rojo y naranja.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, sin volverse del todo.

—Se rompió un transformador. Quieren cambiarlo esta noche.

Ella asintió despacio.

—¿Vas a ir tú?

—Sí. El de guardia está enfermo. Iñaki pensó en Marcos, como siempre, pero se acordó de lo de su hija. Me llamó a mí, me pidió el favor. Estas guardias normalmente las hace él… por la pasta.

Marta se giró hacia él, con una expresión tranquila, aunque levemente desencajada.

—¿Y tienes que salir ya?

Leo dudó un segundo. Luego asintió.

—En cuanto me cambie.

Ella se levantó sin decir nada y empezó a recoger los platos con cuidado. No había reproche en su gesto, solo esa eficiencia silenciosa que aparece cuando no vale la pena enfadarse.

Leo la miró desde la mesa, con la servilleta aún en la mano.

—Lo siento —dijo, casi sin voz.

—Lo sé —respondió ella, sin mirarlo.

Siguió recogiendo los platos. Luego, en voz muy baja:

—Siempre hay algo.

Se cruzaron en la cocina. Marta le tocó apenas el brazo al pasar, como si con ese roce le perdonara la noche. Leo fue a la habitación a cambiarse, mientras en la televisión una reportera hablaba de ráfagas de viento que llegarían antes del amanecer.

En el dormitorio, Leo se puso el uniforme sin prisa, como si retrasar el gesto pudiera aplazar lo inevitable. Escuchaba de fondo el tintinear de los cubiertos, el agua del grifo, el arrastrar suave de un plato sobre la encimera.

Cuando volvió al salón, ella estaba de pie, frente a la ventana. La televisión seguía encendida, pero ya nadie la miraba. Había envuelto su bufanda sobre el cuello, casi sin darse cuenta, como si el cuerpo anticipara el frío.

Leo se detuvo a unos pasos.

—No tardo —murmuró.

Ella asintió, sin girarse.

—Cuidado con la lluvia —dijo, apenas.

Entonces él se acercó. Ella no se movió al principio, pero cuando notó su presencia detrás, giró lentamente el rostro. Se miraron apenas un segundo.

Leo la besó con suavidad, breve, como si no quisiera alterar la quietud de la noche.

Ella cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, ya estaba sonriendo.

—Gracias por la cena —dijo, en voz baja.

—Era para ti —respondió él.

Fue hacia la puerta. Antes de que pudiera girar la cerradura, ella se acercó y lo abrazó, corto, silencioso, con la cabeza apoyada apenas en su hombro.

—Voy a estudiar un rato —murmuró entonces, casi como una forma de dejarlo ir.

Leo asintió y, ya con la mano en la manilla, le dedicó una media sonrisa.

—Agur —dijo.

La puerta se cerró detrás de él con un clic sordo. Afuera, el viento ya empezaba a moverse entre las ramas.

Juan le esperaba en el camión, con el motor encendido, la calefacción alta y el móvil apoyado boca abajo sobre el tablero. Apenas se miraron al saludarse. No eran cercanos; se conocían de partes, turnos compartidos y esa confianza parcial que da trabajar bajo lluvia junto a alguien que sabe dónde poner las manos. Juan tendría más de sesenta, aunque llevaba la edad con una calma que parecía anterior a cualquier prisa. En el hueco de la puerta había un paquete de caramelos de eucalipto, una linterna pequeña, un recibo de farmacia y una foto doblada de una niña con dos coletas. En su dedo anular, la alianza estaba tan gastada que casi parecía parte de la piel.

—Mi nieta —dijo, al ver que Leo miraba la foto—. Me la dejó ahí para que no me olvide de jubilarme.

—¿Y funciona?

—Regular. Pero la intención la tiene.

Leo sonrió apenas y cerró la puerta. El parabrisas se empañó enseguida. Juan limpió una franja con la manga, sin quejarse, y miró el cielo con esa atención de los hombres que han aprendido a leer los días por el olor.

—Va a caer una buena —dijo—. Mi mujer siempre decía que las tormentas huelen antes de llegar.

—¿Y tenía razón?

Juan se metió un caramelo en la boca.

—Siempre. Lo irritante es que casi siempre tenía razón.

—Sí… es como si todo estuviera a punto de romperse —respondió Leo, mirando al cielo, que tenía un tono verde sucio, eléctrico.

La tormenta no tardó en explotar. Relámpagos sin truenos cruzaban el cielo como grietas en una tela invisible. La radio empezó a emitir estática entrecortada y el GPS marcaba mal la ubicación, saltando de calle en calle sin sentido.

—Es aquí —dijo Juan—. En este barrio el alumbrado no aguanta ni media tormenta.