Ocho horas CAPÍTULO 2 – NOCHE DE TORMENTA #2
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CAPÍTULO 2 – NOCHE DE TORMENTA #2

No tenía nada urgente. Nada pendiente. Solo ese espacio ambiguo entre la jornada terminada y la noche que aún no empezaba. Leo, sin prisa, observó cómo las gotas formaban ríos finos en el asfalto. No tenía apuro en volver a casa. Aún no.

Se terminó lo que le quedaba de cerveza de un sorbo. Dejó el dinero justo sobre la mesa, junto al borde, y se levantó con calma. La silla crujió apenas bajo su peso. Agarró la mochila, se colocó bien la capucha, y echó a andar calle abajo.

Así que cruzó la calle y, sin pensarlo mucho, se desvió hacia el centro. El pan podía esperar unos minutos más.

Primero resolvió lo práctico: entró en una pequeña tienda de animales y compró un saco de pienso para Nerón. El dependiente lo reconoció, le ofreció la misma marca de siempre y le dio un par de muestras para la piel sensible del perro.

—A ver si le va bien este salmón con aloe —dijo, como si hablara de un tratamiento de spa—. Y si no, me lo traes. Sin compromiso.

Leo agradeció el gesto con una sonrisa leve. Salió cargado, pero no molesto. El peso era manejable. Y algo en él, tal vez la tregua momentánea del cielo o el olor tibio del interior del local, lo empujó a ir un paso más allá.

En una floristería de esquina —una que casi nunca miraba— se detuvo al ver un cubo de girasoles recién colocados, con las cabezas grandes y pesadas, inclinadas como si miraran el suelo con dignidad. No eran flores de ocasión ni de las que decoran cenas formales. Eran otra cosa: un fragmento de luz guardado a destiempo.

Entró.

—¿Cuántos? —preguntó la florista, sin dejar de acomodar un ramo.

—Cinco —dijo Leo, sin pensar.

—¿Son para regalo?

Asintió.

Ella envolvió los girasoles con papel kraft y un lazo sencillo. Leo pagó sin mirar el cambio. Salió con el ramo en una mano y el saco de pienso en la otra.

De camino a casa, la lluvia volvió a caer, pero esta vez no le importó. Sentía los pantalones empapados hasta la rodilla, el cuello húmedo, la espalda cargada. Pero algo en él se había aflojado, como una tuerca que por fin encajaba.

Ya en casa, dejó el ramo sobre la mesa, aún envuelto. El papel de la floristería había empezado a humedecerse por la base. Nerón lo recibió con entusiasmo desproporcionado, como si se tratara de una fiesta sorpresa. Se agachó, lo saludó y dejó el pienso nuevo en el armario, junto a las latas alineadas que Marta siempre organizaba por fecha.

—Ya te toca, ¿eh? —le dijo Leo, mientras el perro seguía moviéndose alrededor suyo con ansiedad contenida. Le ató la correa sin quitarse ni los zapatos.

En la puerta de la nevera seguía el imán con forma de casita, solo, vacío. Leo metió la mano en el bolsillo y sacó la nota doblada de esa mañana. La desdobló, la volvió a leer. Después la colocó otra vez en la puerta, bajo el mismo imán. Como si no se hubiera movido nunca.

Salieron a dar un paseo breve, cruzaron el parque bajo una llovizna fina. Nerón se revolcó en la hierba mojada con esa mezcla de torpeza y dignidad que solo los perros grandes conservan. Leo caminaba lento, con el pan bajo el abrigo y una bolsa pequeña con tomates. Los había comprado de paso, pensando en prepararle algo especial a Marta para cenar. En eso pensaba: en la mesa puesta, en una luz suave en la cocina, en la posibilidad —aunque fuera mínima— de que esa noche pudieran sentarse juntos, sin turnos, sin relojes, como si el día les perteneciera por unas horas.

Y entonces se acordó del rioja que había comprado meses atrás, “para una ocasión especial”. Quizás esta, sin avisar, lo fuera.

De vuelta en casa, dejó el pan sobre la encimera y los tomates en una fuente, junto a los girasoles aún envueltos. El ramo seguía húmedo por la base, los tallos estaban intactos y los pétalos no se habían abierto del todo.

Nerón se sacudió el lomo con fuerza al entrar, salpicando gotas y barro por el pasillo. Leo lo detuvo justo antes de que se lanzara sobre la manta.

—Tú y el barro, macho… Eres feliz solo si vuelves lleno de mierda, ¿no?

El perro lo miró con la lengua fuera, jadeando como si no hubiera escuchado una sola queja.

Leo resopló, resignado.

—Vamos, al baño.

Nerón lo siguió arrastrando las patas, como si lo entendiera perfectamente lo que venía. Odiaba que lo bañasen, pero no había otra opción. Leo lo enjabonó con cuidado, intentando no empapar toda la casa. El perro protestó un poco, se revolvió, intentó escabullirse una vez, pero al final se rindió. Cuando terminaron, se sacudió con entusiasmo y, ya medio seco, trotó de vuelta a su manta como si nada hubiera pasado.

Leo se duchó después, largo y sin apuro. El agua caliente, abundante, le relajó los hombros y la espalda, que no había notado tan tensa hasta entonces.

Cuando salió, se sintió extrañamente limpio. Por dentro, incluso.

Puso música baja en la cocina —algo instrumental, suave, casi imperceptible—, ventiló el salón, encendió la lámpara del rincón y recogió un par de papeles sueltos del suelo. Luego barrió sin prisa, limpió la encimera con un trapo húmedo, enderezó un par de cosas en la habitación y puso una lavadora con la ropa del trabajo. Aún faltaban un par de horas para que Marta regresara. Pero la casa, por fin, parecía esperarla.

Ya frente a la nevera, la abrió con algo en mente.

Había recordado una receta italiana que Marta le había enseñado en un reel de un chef: fusilli al limone con burrata e pomodorini confit. Se la había mostrado con los ojos brillantes, como si pudiera saborearla solo de imaginarla. Leo decidió prepararla, y acompañarla con el chuletón al que Marta y él le tenían ganas desde hacía días.

Lo sacó de la nevera —pesado, envuelto aún en su papel de carnicería, con la grasa marmoleada apenas visible—, lo secó bien, lo dejó atemperar sobre una tabla y lo saló con esmero. Mientras tanto, puso a hervir agua con sal para la pasta y empezó a preparar los tomates cherry: los cortó a la mitad, los confitó a fuego bajo en aceite con ajo, un poco de azúcar y ralladura de limón.

Tenía burrata en casa. La sacó del frigorífico con tiempo, la dejó atemperar y la preparó con un poco de nata, ralladura fina de limón, sal y pimienta. Luego la dejó reposar.

Puso a hervir el agua, coció los fusilli y los mezcló con los tomates confitados y el aceite perfumado. Dejó todo preparado, a falta de emplatar. La cocina ya olía a mantequilla tostada, ajo y limón.

La burrata esperaba en un cuenco, la carne sobre la tabla, salada, a temperatura ambiente. El chuletón sería lo último: se haría justo antes de servir.

Sobre la mesa, una botella de crianza Rioja ya descorchada, dos copas limpias, los girasoles al centro. Encendió un par de velas junto a la pared, sin aspavientos. Solo luz suave. Revisó la hora, tomó el móvil y escribió:

—¿Estás en camino?

Marta respondió enseguida:

—Cinco minutos.

Leo dejó el teléfono a un lado y encendió la sartén.

La cerradura giró con ese sonido leve que Leo conocía de memoria. Marta entró, con el moño suelto, la bufanda deshecha y las llaves aún en la mano. Apenas le dio tiempo a cerrar la puerta cuando Leo se acercó, la besó sin decir nada y, con una sonrisa en los labios, le cubrió los ojos.

—¿Qué haces? —preguntó ella, medio riendo, sin resistirse.

—Confía.

Marta aspiró el aire.

—¿Esto huele a… ajo, limón... y romero? ¿Qué has hecho?

Leo no respondió. La condujo con cuidado por el pasillo, guiándola hasta la mesa. Cuando le quitó las manos de los ojos, Marta parpadeó una vez y luego sonrió, con esa mezcla de sorpresa y afecto que no necesita palabras.

—Pero ¿qué es esto?

Los platos estaban ya servidos: los fusilli con burrata y tomates confitados, el chuletón cortado en tiras finas, aún humeante, el vino respirando junto a las copas, las velas encendidas. Los girasoles, al centro, seguían cerrados.

Marta lo besó con fuerza, sin protocolo.

—No me lo creo —dijo al fin—. Te acordaste.

—Buen provecho —dijo Leo, con una media sonrisa mientras se sentaban.

—Gracias —respondió ella, ya con la mirada en el plato—. De verdad.

Leo le sirvió vino. Ella le dio las gracias y probó el primer bocado con una expresión que no necesitaba palabras.

Comieron despacio, hablando bajo. Marta le contó sobre un paciente que había mejorado de forma inesperada, sobre el nuevo residente que se perdía en los pasillos, sobre las máquinas de café estropeadas. Leo la escuchaba con atención, a veces asintiendo, a veces lanzando una pequeña broma para aligerar el cansancio que aún se notaba en sus hombros.

—¿Y tú? —preguntó al fin, ya con la voz más baja—. ¿Fue tranquilo?

Leo asintió.

—Sí. Bastante. Terminé a buena hora.

Ella lo miró un instante, como si reconociera ese gesto en él: hablar poco cuando ha hecho mucho.

El vino ya estaba a la mitad, y los platos casi vacíos, cuando el móvil de Leo vibró sobre la repisa del aparador. Lo ignoró. Marta apenas lo notó, demasiado ocupada cortando el último pedazo de carne. Un segundo después, volvió a vibrar. Esta vez no fue una llamada, sino un mensaje.

Leo lo desbloqueó sin disimulo, esperando algo menor.

Leo, por favor llama cuando puedas. Es urgente.

—Iñaki.

El silencio volvió a ocupar la mesa. Leo se quedó mirando el mensaje unos segundos, sin mover el tenedor. Su mirada se fue perdiendo entre el cristal de la copa y el reflejo de la llama.

—¿Todo bien? —preguntó Marta, con el tono de quien ya intuye que no.

—Es del curro —dijo Leo, sin dejar el móvil—. Dice que es urgente.

Se quedó un momento en silencio.

—Llevo cinco años ahí. Nunca me habían llamado a estas horas.

Marta dejó el cuchillo en el plato con cuidado.

—¿Y no vas a llamar?

Leo se encogió de hombros, como si aún no hubiera tomado una decisión.

—Quería que cenáramos tranquilos.

—Y lo estamos haciendo —respondió ella, mirándolo con calma—. Pero si no llamas, vas a estar pensando en eso toda la noche.

Él la miró un instante. Luego asintió en silencio, se levantó despacio y tomó el móvil del aparador, deslizó el dedo por la pantalla y marcó.

—No tardo —murmuró, más por inercia que por necesidad.