CAPÍTULO 2 – NOCHE DE TORMENTA
La humedad amaneció pegada a los cristales. Leo abrió la ventana del salón y el aire le dio en la cara como si alguien hubiera dejado el secador en modo lento. Se acercó a la cafetera, la encendió sin pensar y, al tocar el borde metálico, sintió la descarga.
—Me cago en... —murmuró, sacudiéndose la mano.
No fue un calambrazo fuerte, pero le dejó una vibración sorda en el brazo, como si se le hubiera conectado algo por dentro. Parpadeó. Nada. El zumbido desapareció tan rápido como llegó. Sirvió el café y lo dejó reposar en la encimera, todavía rascándose los dedos. Aún con la mano húmeda, caminó hacia el baño. Encendió la luz con un clic sordo. El espejo estaba algo empañado de la ducha de la noche anterior. Se lavó la cara, se cepilló los dientes con movimientos lentos, como si aún no se hubiera activado del todo. Al terminar, se miró al espejo. Hizo un gesto leve, casi imperceptible: frunció los labios y asintió con una mueca que decía "un día más, uno menos". Uno menos para alcanzar lo suyo. Lo que aún no sabía cómo definir, pero que lo empujaba igual.
Volvió a la cocina, abrió el armario del perro. El saco de pienso estaba en las últimas.
—Genial —murmuró—. Añádelo a la lista.
Nerón se le acercó, moviendo la cola medio dormido. Leo le echó las últimas raciones con cuidado y lo acarició por la espalda. El perro comió con calma, ajeno a las cuentas mentales de su dueño.
Al cerrar la nevera, vio la nota pegada con un imán en forma de casita:
“Compra pan, cielo. Te quiero. Marta.”
Su letra —inclinada, directa— seguía ahí, como una pequeña ancla en la rutina. Leo se quedó un momento mirando el papel, como si pudiera reconstruir su voz a partir de esas tres palabras.
Marta se había ido temprano. No la escuchó salir, pero el lado de la cama estaba frío al despertar. Turno de noche. No volvería antes de las ocho y media.
A veces le costaba recordar si se despidieron la noche anterior o si simplemente se quedaron dormidos sin más. Últimamente, el cansancio dejaba huecos en la memoria, y la línea entre el día y la noche era cada vez más borrosa.
Alisó la nota con un dedo. Sonrió sin pensar. Quizás esa tarde pasaría por la panadería, si la lluvia lo dejaba.
Él se preparó el bocadillo con lo que quedaba del pan del día anterior: jamón cocido y una loncha de queso que resistía aún su última oportunidad de ser útil.
Se sentó un minuto en la mesa con el bocadillo envuelto en papel y la mochila lista a un lado. Miró el reloj. El mismo ritual, cada día.
Al salir, saludó al vecino del tercero que barría la acera en bata y zapatillas.
—Egun on, Leo.
—Egun on, Gutiérrez.
Y echó a andar hacia el trabajo, bajo un cielo sombrío que empezaba a tramar algo.
En el depósito, el ambiente olía a grasa vieja y goma quemada. Sentado estaba Iñaki, bajo, cuadrado y con barriga de jefe veterano. Repartía partes desde su escritorio como quien entrega multas, con las gafas caladas en la punta de la nariz y la voz lista para soltar lo de siempre.
—Hoy volvéis tú y Marcos al teatro a dejar eso como Dios manda. Me llamó la secretaria del alcalde para preguntar si así era como dejábamos las cosas. ¿Así lo habéis dejado? ¡Menuda mierda! Sabéis que no tolero chapuzas. Vais, revisáis, y lo dejáis tan bien que hasta las luces aplaudan solas. ¿Estamos?
—Entendido —respondió Leo, sin ocultar el fastidio.
Marcos apareció por detrás, estirando los hombros y sujetando el termo como si fuera una extensión de su brazo. Era más bajo que Leo, de complexión robusta, brazos anchos como si hubiera nacido con el destornillador en la mano, y una barriga que no era de oficina, sino de bocadillos entre turnos. Tenía el pelo rizado, oscuro, con canas en las sienes que él decía que eran “de tratar con inútiles”.
—Otra vez al teatro… vamos a acabar con camerino propio.
—“Revisión eléctrica y otros milagros”, protagonizada por dos pringados con sueño —añadió Leo, hojeando el parte.
—Y dirigida por el mismísimo rey del buen humor —dijo Marcos, lanzando una mirada de reojo a Iñaki.
—Como lo dejéis a medias otra vez, vais directos a los cuartos técnicos del centro logístico. Cuarenta grados, sin cobertura, y yo dando por culo cada media hora para que no se os pase ni una derivación mal cerrada. A ver si ahí afináis.
Marcos se encogió de hombros con media sonrisa.
—Bueno… al menos ahí no llueve.
Leo asintió, repasando el parte con una mirada rápida antes de doblarlo y guardarlo, y añadió:
—Tranquilo, Iñaki. Hoy queda todo limpio. Ya lo sabes: si nos toca, lo sacamos.
La furgoneta se puso en marcha con ese gruñido mecánico de siempre. Marcos conducía con una mano mientras con la otra intentaba no quemarse con el café.
—Si vuelve a fallar el voltaje, estoy casi seguro que es el cable de acometida. Está hecho polvo. ¿Te acuerdas?
—Sí —dijo Leo, moviendo la cabeza con resignación—. Pero como todo va por presupuesto cerrado, prefieren parches antes que cambiar lo que jode de verdad.
—Y luego sueltan que fue error humano. ¡Y una leche!
Frente al Teatro Arriaga, la lluvia había arreciado. Marcos aparcó en batería, bajaron a paso rápido, y Leo desplegó la escalera con gesto automático. Subió con el polímetro al cuello, retiró la tapa del panel con cuidado y repasó las conexiones.
—Todo en orden —murmuró, aunque no sonaba convencido.
Marcos lo miró desde abajo.
—¿Revisamos el registro lateral?
Leo asintió. Bajó la escalera, se sacudió el agua de los brazos y se encaminaron hacia el lateral del edificio, donde una pequeña caja metálica sobresalía de la pared.
Leo se agachó, iluminó con la linterna, y abrió con el destornillador de punta plana. Dentro, el cableado estaba húmedo, con una mancha oscura en una de las conexiones, pero no en mal estado. Aun así, algo le inquietaba. Ese zumbido leve. Ese olor. Esa sensación.
—Está raro, ¿eh? —comentó Marcos.
—Sí. Hay algo… eléctrico en el ambiente. Más de lo normal.
Leo se quedó un momento en silencio. Luego cerró la tapa con más fuerza de la necesaria, como si intentara callar una duda.
—Hay que dejarlo listo hoy. Recuerda lo que dijo Iñaki esta mañana: el teatro tiene que estar operativo para mañana sí o sí.
—Pues venga, al lío —respondió Marcos, sacudiéndose el agua de la chaqueta—. Que no digan luego que los eléctricos somos los lentos.
La lluvia empezó a caer con más fuerza, dificultando la visibilidad y el trabajo en la calle. La tapa del registro no encajaba del todo y uno de los conectores parecía tener holgura. Leo resopló, frustrado, mientras intentaba ajustar una pieza suelta sin éxito.
—Nos falta un borne tipo A —dijo, revisando el compartimento de herramientas—. O lo traemos del depósito o improvisamos algo.
Marcos se rascó la barba con desgana y fue hasta la furgoneta. Rebuscó entre cajas y herramientas sueltas.
—Mira tú por dónde —dijo, levantando una bolsita con la pieza exacta—. Me quedaba uno del curro en el centro cívico. De milagro no lo perdí.
—Nos has salvado —respondió Leo, aliviado—. Así no perdemos media tarde cruzando media ciudad.
—Y evitamos otra bronca de Iñaki —añadió Marcos, volviendo a colocarse bajo la lluvia—. Vamos a dejarlo fino antes de que esto se convierta en piscina.
Cuando terminaron, el reloj marcaba casi las tres y media. Habían dejado todo funcionando, incluso mejor que antes.
Leo guardó sus herramientas, cerró el maletín y miró de reojo el cielo que seguía encapotado, con relámpagos aún lejos, al fondo.
—¿Te tomas una cerveza antes de que me meta al metro? —preguntó, sacudiéndose el agua de las mangas.
Marcos lo miró como quien no necesita pensarlo dos veces.
—Eso no se pregunta, chaval. Con lo que ha llovido, nos la hemos ganado.
Marcos se estiró el cuello de la chaqueta, luego lo miró con atención.
—¿Y tú qué? —preguntó—. Te noto raro últimamente. ¿Va todo bien con la doctora?
Leo hizo un gesto vago con la mano.
—Sí… bueno. Es complicado. Está agotada, siempre corriendo, y yo… no sé. A veces siento que no estoy haciendo suficiente.
—Tío, tú también estás quemado por el curro y la apoyas bastante. Eso ya es más de lo que hacen muchos —dijo Marcos, sincero.
Leo esbozó una sonrisa cansada.
—Gracias. ¿Te tomas otra?
Marcos negó con la cabeza enseguida.
—No puedo. Es el cumple de mi hija. No quiero llegar tarde. Aunque su madre y yo estemos separados, lo que me importa es la nena. Y verla feliz hoy no me lo pierdo por nada.
Marcos sonrió con cierta ternura, y señaló con la cabeza la parte trasera de la furgoneta.
—Le he comprado su juguete favorito, una Rainbow High de esas. Amaya Raine, creo que se llama. Hace semanas me soltó que era la que más le gustaba. Me la curré y la encontré esta mañana de camino al curro.
Leo arqueó una ceja.
—¿Una muñeca con mechas arcoíris?
—Esa misma —rió Marcos—. Si la ves, parece una influencer de otro planeta. Pero a la cría le encanta. Con eso ya tengo media sonrisa asegurada.
Marcos se despidió con un gesto rápido y una sonrisa que no necesitaban explicaciones. Leo lo vio alejarse bajo la lluvia mientras se subía a la furgoneta.
Lo vio marcharse con una mezcla de admiración y afecto callado. Sabía que Marcos había pasado por momentos difíciles: el banco casi le quita la casa el año anterior, y su mujer le había dicho que, si las cosas seguían así, lo mejor sería que cada uno siguiera por su lado. Aun así, ahí estaba, firme. Con el regalo escondido en el maletero, decidido a hacer sonreír a su hija y llegar a tiempo. No todos lo lograban. Y eso —pensó Leo, mientras lo veía desaparecer entre la lluvia— también era una forma de resistir.
Cuando la furgoneta dobló la esquina y el sonido del motor se diluyó entre el chapoteo de las ruedas, Leo se quedó un rato más en su silla, bajo el toldo de la terraza. Sentía el peso del día aún sobre los hombros, pero también una extraña sensación de tregua, como si por fin el reloj le hubiera cedido un hueco.
Se quedó sentado un rato más en la terraza del bar, con la chaqueta empapada por los bordes y el vaso de cerveza a medio terminar. El ruido de la calle era suave, casi amortiguado por la lluvia fina.