Ocho horas CAPÍTULO 1 – AVISO DE TORMENTA #3
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CAPÍTULO 1 – AVISO DE TORMENTA #3

Mientras ella apagaba las luces, Leo volvió a mirar ese rincón con los apuntes, los bolígrafos de colores, las esquinas dobladas. Pensó en todo lo que representaba Marta. Disciplina, entrega, ternura silenciosa. Era su faro. Y él solo quería, algún día, sentirse digno de esa luz. Observó cómo ella recogía con cuidado los subrayadores, alineándolos por color, gesto automático que hacía incluso cuando estaba exhausta. El flexo del salón lanzaba una última llamarada tenue antes de apagarse, dejando la estancia sumida en una penumbra cálida, como si el día se resistiera a morir del todo.

Leo tenía veintisiete años. De pequeño, sus profesores solían decir que tenía una mente brillante, con una capacidad natural para entender estructuras, patrones y conexiones que otros no veían. Era el tipo de niño que desmontaba un despertador solo para entender cómo funcionaba y lograba volverlo a montar sin sobrarle piezas. Una vez, a los ocho años, arregló la radio vieja del abuelo solo con una pinza oxidada y un cable de auriculares. Todos dijeron que sería ingeniero. Él se lo creyó, pero con los años, ese entusiasmo se fue diluyendo. No por falta de talento, sino porque no había nadie que le recordara para qué servía. La muerte de su padre cuando tenía once años lo cambió todo.

Su padre era maestro de obras públicas, encargado de proyectos importantes de infraestructura: puentes, autopistas, túneles. Era un hombre admirado por su visión técnica y su liderazgo en campo. Cada vez que Leo lo veía desplegar planos sobre la mesa del salón, lo observaba con respeto y fascinación, como si esos papeles ocultaran los secretos de la humanidad.

Una mañana, mientras supervisaba una cimentación cerca de un cauce en mal estado, una estructura colapsó. Murió en el acto. Leo recuerda vagamente el sonido del teléfono, el temblor en la voz de su madre, el silencio repentino que se instaló en casa y ya nunca se fue del todo.

Desde entonces, Leo creció demasiado rápido. Aprendió a calentar leche sin derramarla, a preparar la mochila de su hermana antes de que llorara por los deberes olvidados. Se convirtió en un chico eficiente, necesario. Pero dejó de ser el niño curioso que hacía preguntas sin miedo. Ayudó en casa, cuidó de Clara, su hermana siete años menor.

La universidad quedó fuera del alcance económico familiar, pero él siempre había querido estudiar Ingeniería Eléctrica. Era su pasión desde niño: cables, circuitos, energía, estructuras que daban vida a las cosas. Aún lo era, aunque lo había escondido bajo capas de trabajo técnico y excusas prácticas. A veces, cuando se quedaba solo en casa, sacaba del armario un viejo manual de circuitos que su padre le había regalado y lo hojeaba sin rumbo, solo por volver a sentirse cerca de él. Nunca lo había contado a nadie, ni siquiera a Marta.

Ella volvió del pasillo arrastrando las pantuflas con un susurro de tela.

—¿En qué piensas?

Leo alzó la vista.

—En nada. En todo.

Ella se sentó a su lado, ya sin palabras. El cansancio pesaba en sus hombros como una manta mojada. Leo le rozó la mejilla con el dorso de los dedos, apenas un gesto.

—Gracias por estar —dijo él.

—Gracias por seguir —respondió ella.

El silencio se instaló de nuevo. Un silencio de los que no incomodan, sino que envuelven. Afuera, la llovizna persistía con el mismo ritmo tenue que acompaña a las despedidas largas o a las verdades importantes.

El reloj de pared marcaba las 22:47 con un tictac que apenas se oía entre las gotas. La bombilla del pasillo zumbaba con una vibración sorda, como si también estuviera cansada. Marta jugaba con el borde de la servilleta entre los dedos, retorciéndola sin darse cuenta.

—Estoy ahorrando —dijo, casi como una excusa—. Unos meses más y podré inscribirme.

Hablaba sin mirarla del todo, como si las palabras se deshicieran en el vapor del té aún caliente entre sus manos. Su voz tenía ese tono de quien no se cree del todo lo que dice, pero lo necesita decir.

—El verano pasado dijiste lo mismo.

No fue una acusación, sino una constatación suave. Sin enfado. Solo verdad.

Leo bajó la mirada.

—Lo sé. Pero esta vez es distinto. He estado haciendo cuentas. Si no pasa nada raro —si el perro no vuelve a enfermar o no se rompe otra vez la nevera—, para enero ya tendría suficiente.

“Si no pasa nada raro.” Como si lo raro no fuera ya la norma. Como si el azar no hubiera escrito cada línea de su biografía.

Ella no lo interrumpió. Solo lo miró con esa mezcla de paciencia y fatiga que él conocía bien. Un gesto que no juzgaba, pero tampoco alentaba promesas incumplidas.

Había aprendido a distinguir sus entusiasmos de sus compromisos.

—Este fin de semana vamos a comer con mi madre y Clara, por cierto.

Marta parpadeó, volviendo del hilo de sus pensamientos.

—Vale. Tu hermana me cae bien. Y tu madre... bueno, es como un reloj suizo. Me pone nerviosa, pero me cae bien.

Leo sonrió, agradecido de que el tema virara hacia territorios menos frágiles.

—Mi madre es una institución. Lleva treinta años en el hospital y sigue doblando las sábanas como si fuera el primer día.

—Y no olvida nada.

—Nunca. Es como si llevara la historia de todos los turnos en la cabeza. A veces pienso que es la única que de verdad sabe cómo funciona ese sitio.

Marta rió apenas, esa risa suave que nace sin abrir la boca del todo. Leo apoyó los codos en la mesa, entrelazando las manos, como si lo que iba a decir necesitara anclaje.

—Mi padre solía llevarme a Punta Galea. Jugábamos con una pelota de goma en los acantilados. Él siempre la alcanzaba cuando rodaba demasiado cerca del borde. Me decía que desde allí podías ver el mundo entero si sabías cómo mirar. Yo solo veía agua.

También le había traído una vez un póster antiguo de una obra de Broadway, comprado en un mercadillo durante un viaje de trabajo. Leo apenas recordaba el título; recordaba mejor el papel grueso, los bordes amarillentos y un grupo de mujeres vestidas como si la noche fuera un lugar donde nadie se cansaba nunca. Su padre lo pegó en la pared de su habitación con una seriedad absurda.

—Para que tengas una ventana —le había dicho.

Leo, que entonces solo quería un balón nuevo, no entendió nada. Con los años, el póster quedó tapado por estanterías, cajas y cosas más urgentes. Como tantas otras ventanas, pensó, había aprendido a no mirarla.

Un segundo de silencio. Luego, Marta, con voz baja, como si hablara con el niño que fue:

—Seguro te veía con orgullo.

Leo bajó la mirada al suelo. Apretó los labios un instante.

—Era respetado. Dirigía obras importantes. Tenía una forma de leer los planos como si fueran partituras. Todo el mundo confiaba en él. Hasta que... bueno. Hasta que dejó de estar.

Las palabras se quedaron suspendidas en el aire, vibrando como un diapasón roto. Marta lo miró con ternura. Le acarició la mano con la yema de los dedos, muy despacio, como si recorriera una grieta invisible que solo ella sabía leer.

—Tu padre sigue estando en ti. En cómo te fijas en los detalles, en cómo piensas antes de hablar. No te escondas detrás del miedo a decepcionarlo.

Leo asintió. Sus ojos no se nublaron, pero algo en su pecho se contrajo. Como un cable que hace contacto, un latido de alta tensión bajo el esternón.

Luego miró el reloj.

—¿Pusiste la alarma?

—Sí, a las seis.

Ya acostados, bajo la manta que no combinaba con nada, Marta cerró los ojos. Leo, aún despierto, le habló con voz suave:

—¿Sabes lo que me decía mi padre cuando era pequeño? Que tenía que irme pronto a la cama porque así pillaba los mejores sueños. Decía que los niños que se acostaban tarde solo pescaban pesadillas.

Marta sonrió sin abrir los ojos.

—Entonces esta noche tendremos suerte.

Se abrazaron en la cama. Marta se dio la vuelta, dándole la espalda con confianza. Leo la miró unos segundos, luego se inclinó suavemente para arroparla, acomodando la manta sobre sus hombros. Apagó la luz. Cerró los ojos.

El techo seguía ahí, con esa sombra irregular que se dibujaba cada noche por la farola de la calle. Podía distinguir las respiraciones suaves de Marta, el golpeteo tenue de la lluvia contra el cristal, el ronquido apagado de Nerón desde el pasillo.

Se quedó dormido más rápido de lo habitual. El murmullo de la tormenta se volvió hipnótico, y su cuerpo, agotado, se rindió al colchón sin resistencia.

Soñó algo breve, extraño: una estructura metálica que colapsaba en cámara lenta, como si el tiempo se hubiese desajustado. El sonido era mudo, pero lo sentía en el pecho, vibrando con cada latido. Una figura de espaldas lo llamaba por su nombre desde un pasillo largo, metálico, cubierto por una niebla densa y azulada. No lograba verla bien, pero había algo en su postura, en el modo en que levantaba el brazo, que le resultaba familiar.

El paisaje alrededor parecía un collage entre el parque de su infancia —con su tobogán oxidado, las raíces que levantaban los bancos— y una estación de tren abandonada, con relojes sin manecillas y vagones cubiertos de polvo que parecían llevar siglos sin moverse.

Se despertó de golpe, con el corazón acelerado y la frente húmeda.

Nerón estaba sentado frente a él, mirándolo con los ojos muy abiertos, como si también hubiese soñado algo.

Leo respiró hondo, se incorporó en la oscuridad y se quedó un momento inmóvil, tratando de recordar los detalles. Pero ya se esfumaban, como humo entre los dedos.

No dijo nada. Se volvió a recostar lentamente.

Esa noche, Leo aún no entendía nada. Pero el cielo ya estaba cambiando.