Ocho horas CAPÍTULO 1 – AVISO DE TORMENTA #2
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CAPÍTULO 1 – AVISO DE TORMENTA #2

Dejando atrás al hombre, siguieron calle abajo hasta una caja de registro anclada a la pared de una antigua panadería cerrada por reformas. Marcos colocó los conos con desgana. Leo, en cuclillas, retiró la tapa metálica oxidada. El interior estaba empapado, y uno de los fusibles presentaba una quemadura parcial en el aislante.

—Aquí sí hay trabajo —murmuró, limpiando el contacto con un trapo empapado en alcohol isopropílico.

Las farolas parpadearon justo encima de ellos. Un destello breve, como si el sistema los mirara.

—Toma plano de distribución —dijo Marcos, entregándole la hoja plastificada—. Pero no me hagas mirar mucho, que me sangran los ojos con estas instalaciones.

Leo ya pensaba en el café que vendría después.

A las tres de la tarde, con la tormenta aún al acecho, cerraron el último panel. Leo guardó guantes, destornilladores y polímetro en su maletín. Marcos le dio un codazo de complicidad:

—Mañana volvemos y rematamos. Café en el bar de siempre. Y me debes uno por aguantar tus malas caras.

—Será mejor —asintió Leo, con el ceño aún fruncido—. Pero tú pagas el pincho.

—Eso no estaba en el acuerdo.

Arrancaron hacia el depósito mientras Bilbao, bajo su gris melancólico, respiraba la promesa de una tormenta que apenas comenzaba.

Regresó a casa empapado, con las botas llenas de barro que goteaba en manchas oscuras sobre el suelo de madera. Al pisar el vestíbulo, dejó caer la mochila con un sonido sordo, como si el día entero le pesara en los hombros. Se frotó el cuello empapado con el dorso de la mano y, al quitarse las botas, notó el frío del barro reseco en los dedos.

Vivía con Marta en un pequeño piso alquilado en el barrio de Santutxu. Un dormitorio, un baño estrecho y una cocina-comedor que hacía las veces de todo: despacho, sala de estar y campo de batalla emocional. El sofá, cubierto con una manta que parecía de otra época, y la bicicleta estática en la esquina llevaba semanas acumulando polvo, excepto por los pedaleos intermitentes de Marta, que insistía en mantenerse activa, aunque su cuerpo pidiera descanso.

Sobre la mesa del comedor, un cuaderno de apuntes yacía abierto en “Bases inmunológicas de las enfermedades autoinmunes”, las hojas mugrientas de café y subrayadas en rojo. Leo rozó las páginas con el dedo, imaginándose el tacto áspero del papel y el aroma tenue del rotulador al deslizarse sobre él. En un post-it amarillo pegado al margen, Marta había escrito: “Repasar linfocitos T antes del lunes”.

Sonrió con cariño y pena al recordar cómo ella caía de sueño cada noche antes de las seis, repasando términos que él apenas entendía. Nerón, inquieto, dejó su manta y se acercó olisqueando las zapatillas de Leo, su pelaje emitiendo un murmullo suave al rozar la manta. La casa estaba en silencio; Marta dormía en el dormitorio, pero Nerón ya estaba inquieto, Leo abrió el bote de pomada y le frotó con cuidado la panza irritada, sintiendo cómo Nerón cerraba los ojos en un gesto de confianza.

Desde la cocina, el eco de una gota insistente en el fregadero marcaba el ritmo de la tarde. Las tablas de madera susurraron bajo sus pasos cuando recogió la taza sucia, alisando con el trapo las manchas que quedaban en la esquina de la encimera. La pared junto a la ventana mostraba heridas viejas: capas de pintura agrietada que el tiempo y la humedad del río y la lluvia deshacían en silencio.

Cuando Marta salió del dormitorio, se asomó al marco de la puerta con el pijama de cuadros aún arrugado por la siesta, en silencio, como si la casa la hubiera devuelto lentamente al mundo. Su respiración, lenta y profunda, se escuchaba en el cuello de Leo después de abrazarlo por la espalda. Él se sirvió un plato de arroz templado que aún chisporroteaba, y ella estiró el brazo para dejar el pañuelo sobre la pila de pañuelos desechables.

—¿Paseaste al idiota? —preguntó Leo, secándose las manos con un paño deshilachado.

—Media hora por el parque. Se revolcó en el barro y luego se me hizo el digno. Lo tuve que lavar con agua fría. Me miraba como si lo estuviera torturando.

Nerón, tumbado ahora sobre su manta, soltó un suspiro largo, casi humano.

—¿Y se rascó mucho hoy?

—Menos. Le di la pastilla a mediodía. Aunque me preocupa ese sarpullido en la panza.

Se sentaron frente a frente. Marta recogió el tenedor del suelo con un gesto mecánico, casi sin mirarlo, y lo dejó sobre una servilleta doblada. Luego tomó otro limpio del cajón y empezó a comer en silencio, notó un ligero temblor en la mano y respiró hondo antes de morder. Cada bocado era un refugio momentáneo. Leo, al verla tragar despacio, apartó la mirada hacia el cuaderno: los márgenes repletos de garabatos, flechas y recordatorios, la lámpara alumbraba con ese tono amarillento justo encima de las páginas.

Marta se apartó un mechón rubio de la cara con el dorso de la muñeca, sin darse cuenta de que tenía una mancha mínima de café en el puño del pijama. El pelo, recogido de cualquier manera, se le había soltado por un lado y le caía sobre la mejilla con esa naturalidad que a Leo siempre le desarmaba más que cualquier gesto preparado. Sus ojos claros cambiaban con la luz amarilla de la lámpara: a veces azules, a veces verdes, siempre demasiado despiertos para el cansancio que llevaba encima.

Había en ella una elegancia que no dependía de estar arreglada. Estaba en la forma de sostener el tenedor, aunque le temblara un poco la mano, en cómo fruncía la nariz antes de corregir una frase de sus apuntes, en esa sonrisa amplia que aparecía de pronto y hacía que la cocina pareciera menos estrecha. Leo no la admiraba porque fuese perfecta. La admiraba porque incluso agotada seguía intentando estar entera.

—¿Cómo fue tu día? —preguntó ella, sin levantar la vista del plato.

—Bien —respondió Leo, tras una breve pausa. Ni una queja, ni un detalle. Sólo esa palabra suspendida entre los dos, como si no hiciera falta más.

—¿Fue muy duro anoche? —preguntó él, con la voz apenas alzada sobre el murmullo de la lluvia contra las ventanas.

Marta apoyó la servilleta en la mesa, arrugándola hasta convertirla en un ovillo. Sus ojos, hundidos en las ojeras, parecían sostener el peso de cada familia que había consolado. —Murió un niño —dijo al fin, arrastrando esa confesión como un hierro candente—. Falla multiorgánica, entró con fiebre alta y dificultad respiratoria. Tenía seis años. Tuve que explicarles a sus padres, mirándolos a los ojos, que habíamos hecho todo lo posible... pero no fue suficiente. Nunca me acostumbraré a dar esas noticias.

Un silencio espeso se tendió entre ellos. Leo dejó el tenedor sobre el plato y exhaló el aire contenido. Nerón se acomodó a sus pies, rozando la pantorrilla de Leo con su pata, recordándole con ternura que aún tenía hambre.

—¿Qué turnos tienes esta semana? —inquirió Leo, levantándose para buscar un vaso de agua.

Marta se sirvió ella misma del fregadero mientras el eco de la gota resonaba otra vez. —Tres mañanas, dos noches y guardia el sábado. Refuerzo el domingo. Y… repaso para el examen de primavera.

Leo se sentó con el vaso entre las manos. —Siento que te vas a derrumbar, ¿lo sabes?

—Lo sé —admitió ella, levantando el rostro—. Si paro ahora, me quedaré estancada. Mis amigas ya están en otros hospitales, con mejores sueldos, mejores horarios… y tiempo para viajar, para vivir. Sus parejas les ayudan a planear escapadas de fin de semana, a compartir responsabilidades… Yo… yo no.

Leo dejó el vaso y se inclinó, rozando la mano de ella con delicadeza. —Admiro tu fuerza.

Marta desvió la mirada al suelo. Su cuerpo exhaló un suspiro. —A veces me pregunto si valdrá la pena.

Callaron un instante, hasta que Nerón suspiró y alzó la cabeza. Marta sonrió con tristeza y apoyó la mejilla en su mano. —Gracias, Leo.

Él le devolvió la sonrisa en silencio. Después, comenzó a recoger los apuntes dispersos: subrayadores, hojas arrugadas, tazas manchadas. Nerón los siguió con pasos suaves, moviendo la cola con calma. Mientras Leo guardaba la carátula del libro, Marta se levantó con cuidado, frotando la sien.

—Voy a repasar un rato más en el sofá —anunció—. No te quedes despierto por mí.

Leo asintió, y la vio caminar al salón: sintió el murmullo de la madera, la bombilla parpadeó con ese vibrar cansado, y el viejo reloj de pared dio un leve “tic” que llenó de nostalgia la estancia. Nerón se acomodó a su lado, y Marta desplegó una carpeta llena de esquemas inmunológicos. Leo la observó desde la cocina un rato más, con esa ternura culpable que nacía de admirar su entrega y saber cuán lejos se encontraban de sus propios sueños.

Con la cocina recogida y el eco del fregadero amortiguado, Leo sacó del refrigerador un pequeño táper con trocitos de pechuga de pollo que había guardado del almuerzo. Al olerlo, Nerón apareció con las orejas alzadas, olfateando el aire, con ese instinto que ya sabía que no era solo pienso. Leo llenó el cuenco con el alimento seco, que tintineó al caer, como un pequeño cascabeleo sobre el metal. Después añadió el pollo, repartiéndolo con los dedos entre los granos.

—Hoy tienes premio —le dijo, mientras le daba un par de palmaditas suaves en el lomo.

El labrador se acercó con gratitud y devoró el alimento en pocos bocados, después apoyó la cabeza en su regazo, satisfecho. Leo apagó la luz y se detuvo en el umbral. La casa se sumió en un susurro de vigilia atenta: la lluvia, el crujir del suelo, el latido suave de ambos dormidos y despiertos. Entonces, por primera vez esa noche, Leo, permitiéndose sentir, se deslizó al sofá junto a Marta y Nerón, preparándose para compartir el silencio antes de que el sueño reclamara su parte.

—Ven, ya está bien por hoy —le dijo—. No vas a rendir más con los ojos rojos.

—Solo media hora más.

—Media hora menos de sueño. Anda, ven.

Ella lo miró un instante, luego cerró el libro con un suspiro y asintió. Se levantó y dejó la carpeta sobre la mesa baja.