Ocho horas
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CAPÍTULO 1 – AVISO DE TORMENTA
La puerta se deslizó con un murmullo amortiguado por la moqueta del recibidor. La bata de Marta rozó la pared al entrar, su uniforme le colgaba como un suspiro de tela cargada de cansancio. Eran las 05:37 de la madrugada cuando dejó las llaves junto a un bote de crema de manos y un dispensador de gel medio vacío. Se descalzó de un salto, notando la calidez y la rugosidad del suelo de madera bajo la planta de los pies. Al inclinarse, el sudor de la nuca dejó una huella húmeda bajo el pelo, y la marca del reloj apretaba su muñeca, recordatorio preciso de una guardia que aún no acababa de soltarse de su piel.
Nerón —su labrador negro de ojos azules y piel sensible— gruñó suavemente al rozar su manta y salió corriendo a husmear sus zapatillas. El pelaje del labrador vibró como un motor ronroneante al apoyarse contra la manta, tenía la piel delicada desde cachorro y sufría constantes brotes alérgicos; ella rebuscó en la mesita el bote de pomada, examinó con mimo la panza irritada y le frotó suavemente la crema hasta que Nerón, con los ojos entrecerrados, se acomodó de nuevo.
Avanzó por el pasillo: las tablas de madera crujieron apenas, despertando a la casa. La pintura junto al radiador se descascarillaba en finas láminas grises que caían al paso. Un viejo reloj de pared marcó las cinco campanadas, y en el salón la bombilla parpadeó con un leve titilar. Fotos familiares enmarcadas, cables colgando tras los muebles, y tazas con restos de café manchaban la decoración. El eco de una gota persistente en el fregadero la acompañó hasta el baño.
Encendió la luz con un clic sordo. El agua caliente inundó sus manos, llevándose un poco de la tensión; luego abrió el grifo frío para despejar el resto del cansancio. El vapor empañó el espejo, y ella se cepilló los dientes despacio, pensando en el paciente que no pudo salvar y en el llanto de su familia en urgencias. Sin mirarse, murmuró al reflejo: “Mañana será otro día.”
Volvió al dormitorio con paso titubeante. La madera de la cama cedió con un chasquido apenas audible. Leo fingía dormir, pero su respiración cambió. Abrió un ojo, la arropó con ternura y ella suspiró, apoyando la mejilla en su pecho.
—Gracias por esperarme —murmuró apenas audible.
Él deslizó la mano por su hombro y cerró los ojos. El despertador vibraría en menos de una hora.
El despertador se activó a las 06:15 con un zumbido seco que sacudió la madera. Marta posó un pie en el suelo y dudó antes de silenciarlo. Leo dio un respingo al sentir la vibración bajo la almohada y aspiró el aire fresco que entraba por la ventana entreabierta.
—Cinco minutos más, no te vayas aún —murmuró ella.
—Aprovecha tú —respondió él, desperezándose y envolviéndola con un brazo.
Bajaron al salón: el café de filtro exhalaba un aroma amargo y el molinillo resonaba bajo la manta escocesa del sofá. Nerón meneó la cola en señal de buenos días; Marta, desde el marco de la escalera, lo acarició al pasar y besó a Leo en la nuca antes de volver a meterse en la cama. Él salió rumbo al baño para vestirse.
Desde la ventana del baño, Leo vio al viejo Gutiérrez, en bata y zapatillas, barriendo la acera con meticulosa paciencia. Más allá, la señora Amparo abría la puerta de su tienda, colocaba las latas en estantes y salpicaba con agua las baldosas para limpiarlas. Bilbao en otoño tenía algo de ritual cotidiano, un murmullo de lluvia y charcos que nadie cuestiona.
Con el uniforme gris de la empresa colgado en la silla, Leo se vistió con calma. Al salir al pasillo notó el eco de sus pasos en el suelo de madera y, al pasar junto al salón, el temblor de la bombilla anunciaba el fin de la noche.
Llegó la hora; Leo se despidió de Marta con un beso suave en la frente y bajó solo al portal.
El cielo encapotado dejaba caer un telón de gotas finas que se colaban por los cuellos de los abrigos. Abrió el paraguas con un chasquido torpe y echó a andar por la calle Ortutxueta, descendiendo entre fachadas gastadas y locales aún cerrados, con persianas metálicas cubiertas de grafitis y carteles medio arrancados.
El aire olía a pan húmedo y al vapor tibio que escapaba de las pastelerías madrugadoras. Un coche pasó salpicando un charco sin frenar, y un repartidor en bici lo esquivó por centímetros.
Las aceras brillaban como espejos bajo la luz de las farolas, y las hojas mojadas se pegaban a la suela de sus botas.
Después de unos cinco minutos de caminata silenciosa, Leo descendió las escaleras de la estación de metro. El convoy surgió con un quejido metálico desde el túnel y el aliento tibio del andén le acarició la cara, como si la ciudad respirara por debajo de sí misma. Al subir, Leo sorteó mochilas y paraguas, buscando un hueco junto al cristal empañado, el reflejo en la ventana lo recibió con la crudeza habitual de los días grises.
El cristal empañado le devolvió una versión cansada de sí mismo. No se vio exactamente guapo, ni exactamente envejecido, sino resistente: el pelo oscuro vencido por la humedad, la chaqueta técnica pegada al cuello, los nudillos marcados alrededor de la correa del maletín. Tenía las manos grandes, de dedos largos, manos hechas para apretar un cable, sostener una tapa metálica o acariciar algo frágil con más cuidado que destreza.
Se limpió el vaho con el dorso de la mano y la imagen se deformó. La nariz ligeramente desviada, el gesto serio sin proponérselo, los ojos oscuros de quien siempre parecía estar escuchando una avería invisible. Su madre le decía de niño que sus orejas, algo separadas, le ayudarían a oír mejor el mundo. Leo nunca había sabido si aquello era consuelo o diagnóstico.
El tren entró en un tramo más oscuro y su reflejo desapareció durante un segundo. Cuando volvió, allí seguía: el mismo de siempre, con el cansancio honesto de los días buenos y la sensación, cada vez más clara, de estar viviendo una vida que todavía no terminaba de pertenecerle.
En el depósito, el aire olía a hierro y grasa. Iñaki, bajo unos fluorescentes parpadeantes, repartió los partes. Juan, veterano del sector norte, recogió el suyo sin levantar la vista del maletín.
—Hoy, Arriaga primero y luego Casco Viejo. —soltó, sin mirarles—. Y no os durmáis, que hay instalación vieja y previsión de tormenta. Quiero todo revisado, medido y firmado.
Juan no era hombre de llenar los silencios, pero los ocupaba con una presencia tranquila. Llevaba siempre caramelos de eucalipto en el bolsillo superior de la chaqueta y una libreta pequeña donde apuntaba incidencias con letra inclinada, casi escolar. Cuando algún joven dejaba una tapa mal encajada, no gritaba: la señalaba con dos dedos y esperaba. Eso bastaba.
—Una caja eléctrica se cierra como una puerta de casa —decía—. Si la dejas abierta, luego no te quejes de que entre la tormenta.
Leo no había trabajado mucho con él, pero le respetaba. Había técnicos que sabían arreglar cosas. Juan, además, sabía cuándo no tocarlas. Esa diferencia, en el oficio, podía salvar vidas.
Leo se calzó los guantes. Marcos, con su eterno termo de café en la mano, apareció por detrás con media sonrisa:
—¿Preparado para mojarte hasta el alma?
—Vamos tirando —respondió Leo, mientras se colgaba el maletín al hombro.
Salieron del depósito bajo ese mismo cielo plomizo. Marcos arrancó la furgoneta y, mientras atravesaban calles mojadas, dijo, apartando el vaho del cristal con el dorso de la mano:
—¿Te acuerdas de la vez que casi me fulminó un rayo en la Montaña Vieja? Estaba cambiando un foco y vi el fogonazo… si me llega a dar, me convierto en una estatua de sal. Suerte que no, pero quedé tieso igual. Como un gilipollas.
Leo rió con desgana:
—No me lo recuerdes. Pensé que tus cenizas iban a esparcirse por todo Bilbao, encima nos tocó limpiar el puto armario de fusibles después, empapados como idiotas.
—Por eso dejé las instalaciones de alta tensión —bromeó Marcos—. Menos emoción, más cafés. El cableado doméstico no te da sustos. Solo te insulta bajito.
Frente al Teatro Arriaga la lluvia giraba en finas cortinas de plata sobre la piedra. Leo desplegó la escalera con gesto automático. Subió con el polímetro al cuello y, con dedos expertos, retiró la tapa del panel de control. Desmontó tornillos imantados que cantaron al girar bajo las gotas, limpió contactos con un pincel de fibra y midió los voltios.
—Doscientos treinta constantes —murmuró.
Sin embargo, al rozar un terminal, sintió de nuevo esa vibración sutil, un pulso vivo bajo la piel del metal, y un leve olor a ozono ascendió junto al goteo del canalón. Ajustó tornillos, desmontó y montó otra vez, repasó cada cable; todo parecía en orden, pero la inquietud persistía.
—No me convence del todo —dijo, cerrando la tapa con más fuerza de lo normal—. Mejor volvemos mañana con luz de día.
—Pareces mi abuela —rió Marcos—. Pero vale, lo revisamos otra vez. Así me libro de la suegra por unas horas más.
En el Casco Viejo las calles empedradas retumbaban bajo sus botas. Farolas chispeaban pedazos de luz sobre charcos. En un estrecho portal, un anciano encorvado bajo un paraguas raído los detuvo:
—Perdón, joven… ¿es usted hijo de Arrieta, el ingeniero de puentes?
Leo cerró los ojos un segundo y asintió:
—Sí, señor.
El hombre sonrió con nostalgia:
—Lo conocí bien. Revisaba vigas de madrugada para que nadie saliera herido. Gracias a él, clausuraron aquel puente antes de que se viniera abajo. Más de uno cruzó por allí sin saber lo cerca que estuvieron del desastre.
Puso una mano temblorosa en su hombro.
—Siga con ese cuidado hijo. Buenas tardes.
—Gracias —murmuró Leo, sin saber muy bien qué más decir.
Se quedaron un segundo en silencio mientras el anciano se alejaba calle abajo. Marcos soltó en voz baja:
—Joder… qué mal rollo.
—Me jode que me salten con mi aita, así sin avisar —dijo Leo, mirando al frente.
—Ya —asintió Marcos, sin añadir nada más.