Ocaso en las Highlands -14- #3
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Valerie estaba observando la violencia como si fuera el clímax perfecto de una película que ella misma había escrito y dirigido.

Se deleitaba en la humillación, en la sangre y en el caos absoluto que había sembrado en la mente del ama de llaves y en el cuerpo de la escritora.

Estaba devorando el sufrimiento de ambas.

Oona se arrojó sobre Maeve, dejando caer todo su peso sobre el pecho de la joven. Las rodillas del ama de llaves presionaron exactamente sobre la quemadura del esternón. Maeve aulló, un sonido agudo y roto. El dolor fue tan inmenso que estuvo a punto de perder la consciencia.

El ama de llaves soltó el atizador y agarró a la periodista por el cuello, hundiendo los dedos directamente sobre el pañuelo de lana, apretando la tráquea con una fuerza sobrenatural.

—La voy a limpiar de ti... —murmuraba Oona de forma errática, salpicando el rostro de Maeve con saliva—. Voy a quitarte el aire... voy a protegerla...

La falta de oxígeno se sumó a la agonía.

Maeve golpeó débilmente el costado de la mujer con su mano izquierda, la única que le funcionaba, pero sus fuerzas se estaban desvaneciendo.

La negrura comenzaba a ganar terreno en los bordes de su visión.

Iba a morir allí, asfixiada por los celos de una sirvienta mientras la diva de Hollywood miraba el espectáculo.

De repente, una figura inmensa y oscura apareció en la periferia de la habitación.

No hubo gritos de advertencia. No hubo forcejeo prolongado. La intervención fue de una frialdad y una eficacia clínica y aterradora.

Bramwell agarró a Oona por la nuca. La mano cadavérica del mayordomo se cerró alrededor del moño deshecho y el cuello de la mujer mayor.

Con un tirón seco y brutal hacia atrás, arrancó el cuerpo de Oona de encima de Maeve.

El ama de llaves soltó un alarido de sorpresa y dolor al ser levantada en vilo.

Bramwell no se detuvo ahí. Utilizando el propio impulso de la mujer, giró sobre sí mismo y estrelló la cabeza del ama de llaves contra la pared de caoba más cercana. El golpe sonó a madera rajada.

Oona se desplomó en el suelo como un saco de escombros, completamente inconsciente antes de tocar la alfombra llena de cristales.

El silencio regresó a la habitación con una brusquedad que zumbaba en los oídos. Lo único que se escuchaba era la respiración ahogada de Maeve, que tosía convulsivamente en el suelo, llevándose la mano buena a la garganta magullada, intentando introducir oxígeno en sus pulmones quemados.

El mayordomo se arregló los puños de la chaqueta del traje, sin mirar el cuerpo inerte de su compañera de décadas. Giró la cabeza hacia la dueña de la casa, manteniendo la postura militar intacta.

Valerie se recostó por fin en su butaca. Suspiró profundamente, como alguien que acaba de disfrutar de una función sublime de teatro y lamenta que el telón haya caído.

—Gracias, Bramwell —dijo la actriz. Su voz era de una suavidad perversa y relajada—. Encárgate de Oona. Ha perdido su utilidad. Llévala a las dependencias de servicio y enciérrala bajo llave hasta que decida qué hacer con ella.

Bramwell asintió. Se agachó, agarró a Oona por los sobacos, levantando su cuerpo inerte sin aparente esfuerzo, y comenzó a arrastrarla hacia la puerta. Los talones del ama de llaves marcaron un surco en la alfombra, esquivando los trozos de vidrio brillante.

Maeve seguía en el suelo, entre los cristales rotos y el agua derramada del decantador.

El dolor del brazo derecho era insoportable.

Sentía la sangre caliente empapándole la manga de lana y un hilo escarlata resbalando desde un corte en su mejilla.

Apoyó la mano izquierda en el suelo e intentó incorporarse a duras penas, quedando de rodillas entre los escombros de la habitación.

Levantó la vista.

Valerie Thorne la estaba mirando desde la altura de su butaca de cuero.

Sus ojos glaciares brillaban con la luz de las ascuas y con la satisfacción absoluta de la destrucción.

No había rastro de compasión. No se iba a levantar para curarla, ni iba a ordenar que la atendieran.

La actriz le ofreció una pequeña y enigmática sonrisa, un gesto que confirmaba su victoria total.

Maeve la miró fijamente. Respirando con dificultad, con la sangre goteando sobre los cristales rotos, comprendió la magnitud real del abismo.

Duncan no había exagerado. Valerie era un agujero negro que se alimentaba de la cordura ajena.

La violencia, la humillación, el descarte de Lachlan y el estallido psicótico de Oona... todo era parte de la misma telaraña.

Maeve apretó la mano que tenía en el bolsillo.

Las llaves del Land Rover seguían allí, clavándosele en la piel.

Sabía que esta era la advertencia final.

La muerte de su identidad estaba completada.

La decisión que le quedaba ya no era sobre el periodismo o el libro; era sobre su propia supervivencia biológica.

Y mientras los ojos azules de Valerie la diseccionaban en silencio, Maeve supo, con una certeza helada, que el amanecer traería las cenizas definitivas.