-14- #2
La bilis subió por la garganta de Maeve.
La rabia, pura y volcánica, reemplazó al pánico.
Valerie no negaba su monstruosidad; se deleitaba en ella.
Sentía un orgullo retorcido al ver cómo la escritora sufría por la adicción que ella misma había cultivado.
La sonrisa de superioridad absoluta en el rostro de la actriz fue el detonante.
Maeve metió la mano en el bolsillo del pantalón, agarró el manojo de llaves con fuerza y lo sacó. Estaba a punto de arrojarlo al suelo, a punto de gritar que se marchaba, que la dejaba pudrirse en su museo de hielo y cera.
Un estruendo brutal en la puerta de la habitación cortó el aire antes de que pudiera articular una sílaba.
La hoja de caoba se abrió de golpe, golpeando contra la pared interior con tanta violencia que el pomo de bronce hizo una muesca profunda en la madera.
Oona Kincaid irrumpió en la estancia.
Maeve giró la cabeza, sobresaltada. El ama de llaves estaba irreconocible.
Su habitual uniforme oscuro estaba desaliñado, con varios botones del pecho arrancados.
Su cabello, siempre sujeto en una tirante redecilla militar, caía en mechones grasientos y desordenados sobre su rostro afilado.
Pero lo que realmente congeló la sangre de Maeve fue la mirada de la mujer.
Los ojos de Oona estaban dilatados, inyectados en sangre, moviéndose con una frenética falta de foco. La cordura había abandonado a la empleada por completo. Era el retrato de un brote psicótico desatado por la devoción obsesiva y los celos podridos.
—¡Tú! —gritó Oona, señalando a Maeve con un dedo nudoso que temblaba espasmódicamente—. ¡Zorra asquerosa! ¡Intrusa!
Valerie no se levantó de la butaca. Apenas frunció el ceño ante el ruido, como si la irrupción de Oona fuera un fallo en el guion de una obra que estaba dirigiendo.
—¿Qué significa este escándalo, Oona? —inquirió la actriz, con un tono de hastío mortal—. Te ordené que no salieras de tus dependencias.
El ama de llaves ignoró la voz de su patrona.
Estaba hiperventilando, con la vista clavada exclusivamente en Maeve.
Su pecho subía y bajaba con agitación animal.
Avanzó un paso pesado hacia el interior de la habitación.
Fue entonces cuando Maeve vio lo que Oona llevaba en la mano derecha, parcialmente oculto por los pliegues de su falda oscura.
Era el atizador de la chimenea. Una pesada barra de hierro forjado terminada en una punta de garfio ennegrecida por el hollín.
—Te has metido en su cama... —escupió Oona, con la saliva asomando por la comisura de sus labios finos—.
Hueles a ella. Llevo décadas limpiando el polvo de esta casa, cuidándola, protegiéndola del mundo.
Nadie la conoce como yo. ¡Nadie tiene derecho a tocarla más que yo!
Y llegas tú, una muerta de hambre con los zapatos mojados, y te revuelcas entre sus sábanas.
Maeve retrocedió instintivamente, levantando las manos a la altura del pecho en un gesto de defensa.
—Oona, tranquilízate. Suelta eso. Me marcho. Me iba a marchar ahora mismo.
—¡Mentira! —aulló la mujer mayor, la voz quebrándose en un tono agudo y desquiciado—. ¡No te vas a ir! ¡Te vas a quedar aquí hasta que te pudras, como la otra! ¡Pero primero te voy a quitar esa cara de puta arrogante!
El estallido de violencia fue fulminante.
Oona se abalanzó sobre Maeve con una agilidad sorprendente para su edad. Levantó el atizador de hierro por encima de su cabeza, emitiendo un gruñido gutural.
Maeve apenas tuvo tiempo de reaccionar. Se tiró hacia la izquierda, esquivando el primer golpe por milímetros.
El pesado garfio de hierro impactó contra el borde de una de las mesas de marquetería auxiliares.
El golpe destrozó el mueble. El decantador de agua y varios vasos de cristal tallado cayeron al suelo con un estrépito ensordecedor.
La noche de los cristales rotos había comenzado.
Los fragmentos de vidrio grueso saltaron en todas direcciones sobre la alfombra.
Maeve perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre los restos, sintiendo cómo los bordes afilados perforaban la tela de sus pantalones y le cortaban la piel de las espinillas.
Un grito de dolor se escapó de su garganta.
Oona no se detuvo. Giró sobre sus talones pisando los cristales sin importarle el sonido del vidrio crujiendo bajo sus zapatos. Levantó de nuevo el atizador, con el rostro deformado por un odio homicida.
Maeve alzó el brazo derecho para protegerse la cabeza.
El impacto del hierro golpeó de lleno contra su antebrazo.
El sonido del metal contra el hueso fue sordo y repugnante.
Un dolor cegador le subió desde el codo hasta el hombro, inutilizándole la extremidad en el acto.
Maeve cayó de espaldas, golpeándose la cabeza contra el suelo de parqué, aturdida.
La sangre comenzó a empapar la manga de su jersey áspero.
—¡Oona, basta! —intentó gritar Maeve, pero el aire se le escapó de los pulmones.
A través de la visión borrosa por las lágrimas de dolor, Maeve giró el rostro hacia la chimenea. Buscaba ayuda. Esperaba que Valerie interviniera. Era su casa, era su empleada en pleno ataque psicótico.
La imagen que captó la terminó de destruir por completo.
Valerie Thorne seguía sentada en la butaca de cuero.
No se había levantado. No había llamado al mayordomo.
Estaba ligeramente inclinada hacia adelante, con los codos apoyados en los muslos y el mentón descansando sobre las manos entrelazadas.
La luz de las brasas iluminaba su rostro.
Estaba observando la escena con una atención absoluta, hipnotizada.
Sus labios estaban ligeramente separados, y la expresión de sus ojos azules no reflejaba terror ni preocupación.
Reflejaba placer.