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El pequeño reloj de pulsera con correa de cuero negro, abandonado sobre la superficie del escritorio de roble, marcaba la una y veinticuatro minutos de la madrugada.
El tictac metálico y constante del segundero era el único sonido que competía con el gemido sordo del viento en el exterior.
La ventisca había perdido la furia homicida del día anterior; ya no golpeaba la piedra con la intención de derribarla, sino que se arrastraba por las cornisas con un lamento largo y agotado.
Maeve Gallagher estaba sentada en el borde del colchón, vestida con el mismo pantalón de pana oscura y el jersey áspero de lana marrón.
Había colocado el grueso pañuelo gris alrededor de su cuello, asegurándose de que la tela cubriera por completo los hematomas violáceos que adornaban sus clavículas y protegiera la quemadura del esternón.
A sus pies, iluminada por el resplandor mortecino que la nieve reflejaba a través del ventanal, descansaba la maleta de cuero sintético. Estaba cerrada.
Maeve introdujo la mano derecha en el bolsillo de su pantalón.
Sus dedos, fríos y rígidos, envolvieron el manojo de llaves que Duncan Boyd le había entregado en la cocina.
El metal oxidado de la anilla se le clavó en la palma.
Pesaba. Era un peso físico, denso, la promesa tangible de la supervivencia.
Faltaban poco más de treinta minutos para que el viejo cocinero abriera el candado del cobertizo en la cara norte de la ladera.
Si se levantaba en ese instante, si caminaba de puntillas por la escalera de servicio y se subía al Land Rover, podría escapar.
Podría conducir a través de la pista forestal, derrapando en la nieve hasta alcanzar el valle, y dejar atrás el laberinto de pesadilla en el que se había convertido el castillo.
Esa era la opción lógica. La opción humana.
Sin embargo, sus piernas se negaban a moverse.
El relato de Duncan seguía repitiéndose en su cerebro en un bucle infinito, mezclándose con el recuerdo táctil de las manos de Valerie Thorne.
Sarah. La asistente de Edimburgo. La joven brillante que había acabado arañando las puertas de caoba hasta sangrar por las uñas, suplicando atención antes de terminar encerrada en un hospital psiquiátrico de Inverness.
Valerie la había seducido, la había aislado del mundo y luego, simplemente, la había apagado como se apaga un interruptor.
Maeve sacó la mano del bolsillo. La disonancia cognitiva la estaba destrozando.
Una mitad de su cerebro le gritaba que corriera para salvar su vida; la otra, la que había sido infectada por el veneno de la dueña de la casa, le exigía una excusa para quedarse.
Necesitaba saber si el cocinero le había mentido.
Necesitaba aferrarse a la remota posibilidad de que Duncan, asustado y amargado por décadas de encierro, hubiera exagerado la historia para forzarla a huir.
Si Valerie le negaba la historia de Sarah, si le demostraba que Duncan mentía, Maeve podría justificar su propia adicción. Podría quedarse.
Pero si era verdad... Si la leyenda caída admitía haber destruido a una mujer por puro aburrimiento, la periodista tendría el impulso definitivo que necesitaba para agarrar la maleta y no mirar atrás jamás.
Se puso en pie. No cogió el equipaje. Salió de la habitación con las manos vacías y la respiración contenida.
El pasillo del ala este estaba sumido en una oscuridad casi absoluta, apenas alterada por la luz pálida de la madrugada invernal.
Maeve avanzó rozando la pared con las yemas de los dedos, guiándose por el tacto del papel pintado para no tropezar.
Bajó la gran escalinata de roble conteniendo el aliento cada vez que la madera antigua protestaba bajo su peso.
Cruzó el vestíbulo principal, un abismo helado donde las sombras de las armaduras parecían guardianes petrificados, y se adentró en la galería oeste.
El silencio en aquella zona de la casa tenía una textura diferente. Era más denso, cargado con el olor residual del incienso caro y el jazmín nocturno.
Llegó frente a la puerta de doble hoja de los aposentos privados de la actriz.
No había luz filtrándose por debajo del umbral.
Maeve apoyó la palma de la mano contra la madera de caoba.
El corazón le latía con tanta violencia que sentía las pulsaciones en la base de la garganta, justo debajo del nudo de la bufanda.
No llamó a la puerta. No pidió permiso. Giró el pomo de bronce macizo y empujó la hoja izquierda.
El interior de la habitación conservaba un calor residual y asfixiante, aunque la inmensa chimenea de piedra negra se había reducido a un lecho de brasas palpitantes, cubiertas por una gruesa capa de ceniza gris. El resplandor rojizo apenas alcanzaba a iluminar los contornos de los muebles.
Valerie Thorne no estaba en la cama con dosel.
Estaba sentada en la butaca de cuero oscuro, frente a las ascuas agonizantes.
Llevaba la misma bata de seda escarlata de la noche anterior, cruzada con negligencia sobre el cuerpo.
Sostenía un vaso bajo de cristal tallado en la mano derecha, apoyada en el reposabrazos.
No se sobresaltó cuando Maeve entró. Ni siquiera giró el rostro.
Su perfil perfecto se recortaba contra la poca luz de la chimenea, inmóvil como una esfinge.
—Has tardado más de lo que esperaba —murmuró Valerie.
Su voz era un ronroneo grave y rasposo, cargado de una soberbia que erizó el vello de los brazos de la periodista—.
Empezaba a pensar que el viejo Duncan había conseguido asustarte lo suficiente como para convencerte de caminar por la nieve hasta congelarte.
Maeve cerró la puerta a sus espaldas. El clic del mecanismo resonó como un disparo en la quietud de la sala.
—Lo sabe —dijo Maeve. No era una pregunta. Avanzó dos pasos hacia el centro de la habitación, deteniéndose a una distancia prudencial de la butaca—. Sabe que me ha dado las llaves del coche.
Valerie le dio un pequeño sorbo a su vaso. El olor a malta y turba se mezcló con la atmósfera viciada.
—En esta casa no se mueve una sola mota de polvo sin que yo lo perciba, señorita Gallagher.
Bramwell lleva meses informándome de las pequeñas excursiones clandestinas de nuestro cocinero al cobertizo trasero para cargar la batería de ese trasto oxidado.
Es un hombre predecible, lleno de una culpa que no le pertenece.
Y la culpa hace a la gente terriblemente aburrida.
Maeve apretó los puños a los costados. La confirmación de que Valerie tenía el control absoluto de cada pieza del tablero la mareó.
—Él me ha contado lo de Sarah —soltó la periodista de golpe, sin anestesia, arrojando el nombre al aire como si fuera un vaso de agua helada—. Me ha contado lo que le hizo hace doce años. Cómo la aisló. Cómo dejó de mirarla hasta volverla loca y mandarla a un psiquiátrico.
Valerie dejó el vaso sobre la mesa auxiliar de marquetería. El cristal chocó contra la madera con un golpe seco. La actriz giró lentamente el rostro hacia Maeve. A la luz mortecina de las brasas, sus ojos azules carecían por completo de humanidad; eran dos pozos de agua congelada.
—¿Y vienes a exigir explicaciones? —preguntó Valerie, enarcando levemente una ceja perfecta—. ¿Vienes buscando que te mienta, que te diga que el viejo miente por resentimiento, para poder quedarte en mi cama con la conciencia tranquila?
El golpe fue tan certero, tan asquerosamente preciso, que Maeve sintió que le faltaba el aire. Valerie acababa de desnudar su motivación más oculta.
—Solo quiero saber si es verdad. Si es usted el monstruo que él dice que es.
Una sonrisa lenta, letal y desprovista de cualquier calidez curvó los labios pintados de la diva.
—Oh, Maeve. Por supuesto que es verdad.
La confesión cayó en la habitación, aplastando cualquier esperanza de redención.
—Sarah era una criatura patética —continuó Valerie, acomodándose en el cuero de la butaca, cruzando una pierna sobre la otra con la elegancia de un depredador satisfecho—.
Llegó aquí creyendo que su título en literatura le daba derecho a comprenderme.
Me divertí con ella un par de meses. Jugaba a ser su confidente.
Le permitía usar mi ropa. Pero su necesidad de aprobación se volvió asfixiante.
Quería amor. Quería promesas. Y yo no fabrico promesas.
Cuando le quité la atención, se desmoronó como un castillo de naipes empapado. Su mente era débil.
—Usted la empujó a la locura. La destrozó por diversión.
—La destrocé porque me lo pidió a gritos —escupió Valerie, alzando la voz apenas un tono, pero logrando que el sonido cortara el aire—. Nadie cae en la locura si no tiene ya el abismo dentro. Sarah quería ser mártir. Yo solo le proporcioné el escenario. Igual que he hecho contigo.
Maeve dio un paso atrás, chocando mentalmente contra la pared de la realidad. El dolor que le causaban esas palabras era físico, un desgarro en el centro de su orgullo.
—Yo no soy como ella. No me voy a arrastrar por los pasillos por usted.
—¿Ah, no? —Valerie apoyó los codos sobre sus rodillas y entrelazó los dedos, inclinándose hacia adelante, devorando a Maeve con la mirada—.
Mírate bien. Tienes las llaves de un coche en el bolsillo.
Podrías haber salido por la puerta trasera hace una hora.
Podrías estar lejos de aquí. Pero has venido a mi habitación.
Has cruzado el pasillo a oscuras buscando mi validación.
Te he dictado un libro que expone tu propia humillación y lo has copiado con lágrimas en los ojos.
No te engañes, pequeña periodista. Eres idéntica a ella.
Estás dispuesta a quemarte viva solo para sentir el calor de mis manos.