-13- #2
—Pero Oona Kincaid no soporta a las intrusas —continuó Duncan, escupiendo el nombre del ama de llaves con asco—.
Empezaron las humillaciones. Oona le escondía los documentos, le estropeaba la ropa en la lavandería, le hacía la vida imposible.
Y la señora Thorne, en lugar de frenarlo, lo alimentaba.
Defendía a Sarah en público para hacerla sentir protegida, pero en privado le exigía cosas cada vez más degradantes para probar su lealtad.
La aisló por completo. La convenció de que nadie más en el mundo la valoraba, salvo ella.
El dolor en el pecho de Maeve se intensificó. Ese es su juego. Te defiende para que creas que le perteneces. La advertencia susurrada en el pasillo ayer cobró un sentido monumental y aplastante.
—¿Y qué pasó con ella? —logró articular Maeve, sintiendo que el oxígeno de la cocina se había esfumado.
Duncan clavó sus ojos oscuros en los de ella. La pesadumbre en su rostro era absoluta.
—Que la señora Thorne se aburrió. —La palabra cayó como una losa de granito—.
Un día, simplemente, dejó de mirarla. Dejó de dirigirle la palabra.
No la despidió, eso habría sido demasiado fácil.
La dejó quedarse en la casa, pero la borró de su existencia.
Pasaba a su lado como si fuera un mueble.
Si Sarah hablaba, Valerie miraba a través de ella.
El jardinero. Lachlan arrodillado en la biblioteca. La previsibilidad como el pecado más imperdonable. La maquinaria de la dueña del castillo no improvisaba; repetía un patrón patológico de demolición.
—Sarah se volvió completamente loca —murmuró Duncan, pasándose una mano enorme por la cabeza rapada y gris—.
Literalmente. Dejó de comer. Se pasaba las madrugadas vagando por la galería oeste, arañando la puerta doble de los aposentos de la señora hasta sangrar por los dedos.
Lloraba, suplicaba a gritos que le dijera qué había hecho mal.
Se arrastraba por las alfombras pidiendo perdón por un error que no existía. El descarte la partió en dos.
Maeve se tapó la boca con ambas manos. El horror le subió por la garganta como bilis. Estaba escuchando la profecía exacta de su propio futuro. Estaba viendo el precipicio por el que acababa de decidir tirarse la noche anterior.
—Al final, la chica sufrió un brote psicótico en medio de una cena.
Intentó cortarse las venas con un cuchillo de carne de este mismo cajón.
—Duncan señaló el bloque de madera de la isla—.
El señor Bramwell tuvo que sedarla a la fuerza.
Llamaron a una ambulancia. Se la llevaron en plena noche a un hospital psiquiátrico en Inverness.
Oona metió todas sus cosas en bolsas de basura y las quemó en la hoguera del jardín trasero. Jamás volvimos a hablar de ella.
El silencio que siguió al relato fue denso, viscoso y asfixiante. Maeve bajó las manos lentamente. La bufanda de lana gris ya no le parecía un escudo, sino una correa anudada al cuello, lista para que Valerie pegara el tirón final.
—Soy una imbécil —sollozó Maeve, incapaz de retener un par de lágrimas que resbalaron por sus pómulos pálidos—. Soy una estúpida.
—No es estúpida. Es presa de un monstruo que sabe cómo cazar. —Duncan se apartó de la isla y caminó hacia un extremo de la cocina, donde había un armario despensero cerrado con candado.
El cocinero sacó una pequeña llave de su bolsillo, abrió la hoja de madera y extrajo algo de la balda inferior. Se dio la vuelta y caminó de nuevo hacia Maeve.
El sonido metálico de un objeto pesado golpeando el azulejo de la isla cortó el llanto de la periodista.
Maeve bajó la vista. Sobre la mesa, manchadas con una ligera pátina de óxido, descansaban tres llaves unidas por un llavero de cuero desgastado.
—El Land Rover de la finca —informó Duncan, con la voz desprovista de cualquier vacilación—.
Está aparcado en el viejo cobertizo de chapa que hay detrás del invernadero, en la cara norte de la ladera.
El señor Bramwell cree que el motor está bloqueado y las ruedas podridas desde hace tres inviernos.
Maeve miró las llaves y luego el rostro del anciano. La confusión le frenó el llanto.
—Usted dijo que nadie podía salir. Que el camino principal estaba enterrado en nieve.
—El camino principal, sí —asintió Duncan—.
Pero la pista forestal que utilizan los guardas madereros en verano baja directamente por la cara este hacia el valle.
He estado revisándola esta madrugada por la puerta de servicio.
El bosque la ha protegido de la peor parte de la ventisca.
Hay nieve, pero un cuatro por cuatro con las cadenas puestas puede abrirse paso si el conductor no tiene miedo de derrapar.
He mantenido el motor de ese coche a punto y la batería cargada en secreto durante años.
Solo... por si acaso un día mi conciencia pesaba más que mi cobardía.
La huida. El billete de vuelta a la cordura materializado en tres trozos de metal sobre una mesa de cocina. Maeve extendió la mano, rozando la superficie helada de la llave principal.
—No puedo hacerlo —murmuró Maeve, retirando la mano como si el metal quemara—. Si intento arrancar el coche y me quedo atascada, me descubrirán. Si Bramwell se da cuenta de que no estoy en mi cuarto... la matará, Duncan. La señora Thorne destruirá su vida. Lo echará a la calle.
El anciano apoyó sus grandes palmas sobre la mesa y se inclinó hacia ella. Su rostro, iluminado por la claridad de la escarcha, reflejaba una resolución inquebrantable.
—No se preocupe por mí, señorita Gallagher.
Mi vida ya está consumida aquí dentro. Soy parte del mobiliario, y los muebles viejos acaban en la chimenea tarde o temprano.
Yo debí haberle dado estas llaves a Sarah hace doce años, y mi silencio me convirtió en cómplice de lo que le pasó. No voy a llevar dos cruces a la tumba.
Duncan se enderezó y señaló hacia las llaves.
—La ventisca ha aflojado. El viento se ha calmado en la última hora.
He cargado dos garrafas de veinte litros de gasolina en la caja trasera del Land Rover.
Si sale esta noche, después de la cena, cuando la señora Thorne se retire y el señor Bramwell termine de revisar el ala norte, tendrá una ventana de seis horas antes del amanecer.
Si conduce sin parar, llegará a la gasolinera de Fort William antes de que se den cuenta de que su cama está vacía.
Maeve miró las llaves fijamente. Su cerebro lógico, la mujer que había sido capaz de destapar corrupciones sindicales en Londres y que luchaba por sobrevivir a sus deudas, le gritaba que agarrara el manojo de cuero, corriera al cobertizo en ese mismo instante y no mirara atrás jamás.
Era su supervivencia pura y dura. Su única escapatoria del psiquiátrico de Inverness.
Pero en la base de su estómago, el veneno inyectado por Valerie seguía activo.
El recuerdo de los labios de la actriz bajando por su abdomen.
La intensidad de esa mirada azul glaciar exigiéndole que renunciara a su identidad.
La sensación aplastante, retorcida y reconfortante de que ya no tenía que tomar sus propias decisiones, de que otra persona, alguien inalcanzable, se había hecho dueña de su existencia.
Si cruzaba la puerta de ese coche, volvería a la mediocridad de su vida en Camden Town. Volvería a ser un fracaso, una periodista arruinada. Si se quedaba, ardería hasta quedar reducida a cenizas, pero ardería en el centro de la leyenda.
La disonancia cognitiva era un taladro perforándole el cráneo.
—Coja las llaves —ordenó Duncan, rompiendo el trance de la joven.
Maeve levantó la mano temblorosa. Sus dedos envolvieron el metal oxidado. Las aristas de la llave se le clavaron en la palma. Pesaban. Pesaban como una decisión de vida o muerte.
—Haga la maleta en silencio —le indicó el cocinero, alejándose hacia la puerta para descorrer el pestillo—. Baje por la escalera de servicio del ala este, la que lleva a las lavanderías. Estaré esperando en el invernadero a las dos de la madrugada para abrirle el candado del cobertizo.
El pestillo de hierro saltó con un chasquido. Duncan abrió la puerta batiente, permitiendo que el aire gélido del pasillo invadiera la cocina de nuevo.
—Es su última oportunidad, señorita. —Duncan no la miró mientras hablaba, manteniendo la vista fija en el corredor oscuro—. Si amanece y no ha bajado, sabré que ha elegido su propia jaula. Y no volveré a mirarla a los ojos ni a dirigirle la palabra el tiempo que le quede en esta casa.
Maeve se levantó del taburete. Apretó las llaves del Land Rover dentro del puño hasta hacerse daño, escondiendo la mano en el bolsillo de su pantalón de pana. Pasó por delante del cocinero sin articular un solo sonido y se adentró de nuevo en el laberinto de paneles de caoba.
Mientras subía la gran escalinata hacia su habitación, el peso del metal en su bolsillo chocaba contra el escozor de la quemadura en su pecho.
Tenía la supervivencia en una mano, y la adicción en la otra.
Y, a medida que la oscuridad del pasillo la engullía, Maeve Gallagher supo con absoluto terror que no tenía ni la más remota idea de cuál de los dos caminos iba a elegir cuando el reloj de nogal marcara las dos de la madrugada.