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El repiqueteo metálico de los tipos de plomo contra el rodillo de goma rompió el silencio sepulcral del ala este.
Maeve pulsaba las teclas de la Olivetti con una lentitud mecánica, casi robótica.
La cinta de tinta negra marcaba el papel con una fuerza desmedida, producto de la tensión acumulada en sus tendones.
«...obligarlo a pedirte permiso para caer. Cuando consigues que alguien renuncie a su propia identidad para convertirse en un apéndice de tus caprichos carnales o emocionales, no has ganado una simple batalla. Has borrado una existencia.»
Pulsó la tecla de retorno de carro. El timbre agudo sonó en la habitación helada.
Maeve detuvo las manos sobre el teclado y se quedó mirando el folio en blanco, manchado únicamente por aquel párrafo.
La luz de la mañana que se filtraba por el ventanal era de un blanco nuclear, un resplandor ciego rebotado por el metro y medio de nieve que tapiaba el mundo exterior.
El generador seguía muerto. La temperatura en el dormitorio había descendido tanto que Maeve podía ver el vaho de su propia respiración condensándose frente a sus ojos con cada exhalación.
Físicamente, era un despojo. Le dolía cada músculo del cuerpo.
La quemadura en su pecho latía bajo el ungüento apelmazado, pero el dolor más agudo provenía de las marcas oscuras que poblaban la base de su cuello y sus clavículas.
Los hematomas, pequeños y violáceos, eran el sello de propiedad que Valerie Thorne le había estampado la noche anterior con sus labios y sus dientes.
La orden había sido clara antes de que la actriz abandonara la habitación y la dejara tirada en la cama: debía buscarse una bufanda para tapar el desastre.
Maeve se levantó de la silla de madera, arrastrando los pies entumecidos y cubiertos por unos calcetines gruesos.
Había rebuscado en el fondo de su maleta hasta encontrar un pañuelo ancho de lana gris.
Se lo enrolló alrededor del cuello dando dos vueltas apretadas.
La lana áspera rozó la piel magullada y el borde superior de la quemadura del esternón, arrancándole un siseo de incomodidad, pero el tejido cumplió su función.
Ocultaba la humillación. Ocultaba la prueba física de su sumisión absoluta.
El estómago se contrajo con un rugido hueco.
Llevaba más de veinticuatro horas sin ingerir un solo bocado sólido.
La debilidad comenzaba a enturbiarle la vista; veía pequeñas motas negras flotando en la periferia de su visión cada vez que giraba la cabeza demasiado rápido.
Sabía que Valerie no la llamaría. Sabía que, tras haberla vaciado, la actriz la dejaría pudrirse en el aislamiento para que la abstinencia y la dependencia hicieran su trabajo.
Era el siguiente paso lógico en el manual de demolición que le acababa de dictar.
Tenía que bajar a las cocinas. Necesitaba calorías para que su cerebro no terminara de apagarse.
Abrió la puerta de caoba de su dormitorio y se asomó al pasillo.
La primera planta era una tumba. Las gruesas alfombras granates absorbían cualquier atisbo de sonido.
Maeve avanzó pegada a la pared, apoyando las palmas contra los paneles de madera oscura para mantener el equilibrio.
Pasó por delante de los retratos fosilizados de la diva de Hollywood, pero esta vez no apartó la mirada.
Observó la sonrisa cínica de Valerie en los lienzos al óleo, buscando en esos trazos de pintura la misma crueldad que había saboreado en sus labios horas atrás.
Bajó la gran escalinata. El vestíbulo carecía de las sombras proyectadas por las lámparas eléctricas; en su lugar, una penumbra grisácea y plana lo bañaba todo.
No había rastro de Bramwell. Oona Kincaid, confinada por orden estricta a sus propias dependencias tras el incidente del vino hirviendo, tampoco daba señales de vida.
Maeve cruzó el salón y empujó la puerta batiente forrada de cuero que daba acceso a la zona de servicio.
El cambio térmico fue mínimo, pero el olor la golpeó al instante. La cocina desprendía un aroma metálico a sangre cruda, a lejía y a cebollas asadas. La inmensa estancia de azulejos blancos estaba iluminada por la luz pálida que entraba por unos ventanucos altos cubiertos de escarcha.
En el centro, inclinado sobre la isla de madera maciza, estaba Duncan Boyd.
El cocinero sostenía un cuchillo de carnicero de hoja ancha. Estaba despiezando lo que parecía un cuarto trasero de cordero. Sus manos gigantescas, un mapa de cicatrices blanquecinas, agarraban la carne fría con una fuerza brutal, separando el músculo del hueso con movimientos precisos y secos.
Maeve dio un paso hacia el interior. La suela de sus zapatos frotó el suelo de baldosas.
Duncan detuvo el cuchillo a mitad de un corte.
No se giró de inmediato. Su ancha espalda, cubierta por una camisa de franela desgastada y un delantal manchado, se tensó.
Lentamente, el hombre apoyó el filo de acero sobre la madera ensangrentada y se limpió las manos en un trapo sucio que colgaba de su cintura.
—No debería estar aquí abajo, señorita Gallagher —dijo el anciano, girándose para encararla. Su voz era áspera, profunda, el sonido de una montaña a punto de desmoronarse.
—Necesito algo de comer, Duncan. Lo que sea. Un trozo de pan.
El cocinero no se movió hacia las alacenas.
Sus ojos oscuros, hundidos en un rostro surcado por décadas de fatiga y humo, se clavaron en la figura temblorosa de la periodista.
La evaluó con una intensidad clínica. Su mirada viajó desde la palidez mortecina de sus mejillas hasta las ojeras profundas que le hundían la mirada, para detenerse de forma abrupta en el grueso pañuelo de lana gris que le estrangulaba el cuello.
El silencio se alargó durante cinco segundos eternos.
Duncan cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que sonó a derrota absoluta.
—Trabajar, mirar, escuchar y callar —murmuró el anciano, casi para sí mismo—. Esa ha sido mi religión en esta maldita casa. Creí que si agachaba la cabeza, si no me metía en los juegos de la señora, la sangre no me mancharía a mí.
Maeve frunció el ceño, dando un paso vacilante hacia la isla de madera.
—Duncan, no sé de qué...
El cocinero levantó una mano, cortándola en seco. Caminó hacia la puerta batiente por la que Maeve acababa de entrar. Agarró un pestillo de hierro forjado que estaba fijado al marco y lo corrió con un golpe metálico que resonó en los azulejos de la cocina. Los había encerrado a ambos.
Luego, se acercó a un taburete alto de madera y lo empujó hacia ella.
—Siéntese antes de que se caiga.
Maeve obedeció, dejándose caer sobre la madera dura. Las piernas ya no la sostenían.
—No me trate por idiota, señorita Gallagher.
Le dije que no escarbara. Le advertí que todo lo que la señora Thorne hace es una trampa.
Le pasé esa nota con la esperanza de que usted, siendo de ciudad y leída, tuviera el instinto suficiente para coger la maleta y pedirle a Bramwell que llamara a un maldito helicóptero si hacía falta.
—Duncan apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia ella—.
Pero en lugar de huir, usted se ha dejado poner la soga al cuello.
Ese pañuelo que lleva puesto no es para el frío.
Maeve apartó la mirada instintivamente, clavando los ojos en el trozo de carne cruda que sangraba sobre la tabla de cortar. La vergüenza le quemó las entrañas, pero carecía de fuerzas para negarlo.
—Usted no entiende lo que pasa ahí arriba —se defendió Maeve en un hilo de voz, con la garganta reseca—. No sabe cómo manipula. Las cosas que me ha dicho, las cosas que me ha hecho sentir.
—¿Que no lo sé? —Duncan soltó una carcajada lúgubre, carente de cualquier atisbo de humor—.
Llevo cuarenta años en esta casa, señorita.
He visto entrar y salir a actores, directores, maridos, amantes y empleados.
He visto a la señora Thorne jugar al ajedrez con la mente de la gente hasta que los convertía en serrín.
Usted se cree especial. Se cree que ha visto una herida en ella y que usted es la única capaz de comprenderla.
Las palabras de Duncan eran martillazos directos a la línea de flotación de Maeve. Era exactamente lo que ella había pensado anoche.
—¿Se cree usted la primera que termina rendida en esa cama? —prosiguió el cocinero, bajando el tono, llenándolo de una urgencia sombría—. Hace doce años, hubo otra chica.
Maeve levantó la cabeza de golpe. El corazón le dio un vuelco doloroso.
—¿Otra escritora?
—Una asistente personal. Se llamaba Sarah.
Tenía veinticinco años. Venía de Edimburgo, una chica brillante, licenciada en literatura, con una maleta llena de ambiciones y una sonrisa que iluminaba hasta este pasillo de servicio.
—La mirada de Duncan se perdió en el ventanuco escarchado, como si los fantasmas del pasado tomaran forma en la nieve exterior—.
La señora Thorne la eligió personalmente de entre cincuenta candidatas.
Duncan rodeó la isla de madera, acortando la distancia con la periodista. El olor a jabón áspero y a grasa de cordero envolvió a Maeve.
—Al principio, todo era un sueño dorado —narró el anciano, con la voz cargada de un remordimiento insoportable—.
La señora la trataba como a una confidente.
Pasaban horas solas en la biblioteca, leyendo juntas, riendo.
La señora Thorne le regalaba vestidos, le permitía usar su perfume, le contaba secretos de Hollywood que nadie más sabía.
Sarah creyó que había atravesado la coraza de la diva.
Empezó a mirarla con la misma devoción ciega y hambrienta que tiene usted ahora en la cara.
Maeve apretó las manos sobre su regazo. Sus uñas se clavaron en la tela de la pana. El guion era idéntico. La ilusión de exclusividad, la entrega de privilegios, la destrucción de los límites profesionales.