Ocaso en las Highlands -12- #3
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-12- #3

La transición fue tan violenta que a Maeve se le revolvió el estómago.

Se sentó en el borde de la cama, temblando incontrolablemente por el choque térmico y emocional.

Buscó su ropa en el suelo a tientas. Se puso la braga y los pantalones de pana oscuros, incapaz de encontrar el jersey en la penumbra.

Valerie caminó hacia el escritorio. Encendió un fósforo con un raspido seco y prendió la mecha del pequeño candil de queroseno. La luz amarillenta y temblorosa invadió el rincón de la habitación, proyectando sombras alargadas.

La actriz se apoyó contra el marco del ventanal helado, cruzando los brazos sobre la seda escarlata, mirando a Maeve con una impaciencia profesional y gélida.

—Siéntate en la silla y escribe.

Maeve se acercó al escritorio arrastrando los pies desnudos.

Recogió el cuaderno de espiral y el bolígrafo.

Se dejó caer en la silla de madera. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el cilindro de plástico entre los dedos.

El olor a sexo, sudor y eucalipto llenaba sus propias fosas nasales, un recordatorio grotesco y físico de la intimidad absoluta que acababa de ocurrir hace escasos minutos, mientras ahora se enfrentaba a una ejecutiva que le dictaba órdenes.

Valerie la observó bajo la luz mortecina del candil. No había ni rastro de empatía. Era un bloque de mármol tallado.

—Anota esto para el cierre del primer capítulo. Puntuación exacta, señorita Gallagher. No admito correcciones de estilo en mi narrativa.

Maeve apoyó la punta del bolígrafo sobre el papel. Una gota de sus propias lágrimas, nacidas de la más pura desolación, cayó sobre la celulosa, emborronando la tinta azul.

Valerie comenzó a dictar, paseando la mirada por la habitación oscura, con una cadencia hipnótica, poética y brutalmente sincera.

—«El problema de los que buscan la verdad es que confían ciegamente en que la verdad los hará libres.

Punto y seguido. Ignoran que la libertad es un concepto inventado por los esclavos para soportar el peso de sus cadenas.

Punto. En Hollywood, como en cualquier otro coto de caza, descubrí que la forma más rápida de destruir a un adversario no era atacando sus fortalezas, coma, sino fingiendo un interés devoto en sus vulnerabilidades. »

La voz de Valerie resonaba, impasible. Maeve escribía mecánicamente, forzando a su mano temblorosa a trazar las letras, sintiendo cómo cada palabra dictada se clavaba en su cerebro como un clavo al rojo vivo.

—«El poder absoluto no reside en la violencia física ni en el dinero.

Reside en la capacidad de mirar a un ser humano a los ojos, coma, arrastrarlo hasta el borde de su propio abismo de necesidad, coma, y obligarlo a pedirte permiso para caer.

Punto y aparte. Cuando consigues que alguien renuncie a su propia identidad para convertirse en un apéndice de tus caprichos carnales o emocionales, coma, no has ganado una simple batalla.

Has borrado una existencia. Punto final. »

Valerie se detuvo. El silencio volvió a apoderarse del dormitorio, roto únicamente por el rasgueo errático del bolígrafo de Maeve terminando la última línea.

La escritora miró el texto sobre el papel.

La prosa era impecable. Brillante, cínica, venenosa.

Y era una radiografía exacta, un manual de instrucciones de lo que acababa de suceder en esa cama.

Valerie no había tenido un arranque de pasión incontrolable; había ejecutado un experimento de dominación física para extraer la reflexión perfecta para su libro.

El sexo, la humillación de Lachlan en la biblioteca, el robo de las cintas, todo había sido una maquinaria meticulosamente diseñada para llevar a Maeve a este punto exacto de sumisión.

Incluso su cuerpo, su orgasmo y sus lágrimas, eran solo herramientas de manipulación utilizadas para afinar un texto.

Valerie se apartó del ventanal. Caminó hacia la puerta de la habitación sin dirigirle una segunda mirada a la mujer destruida en la silla.

—Pasa ese borrador a limpio mañana por la mañana en la máquina de escribir —ordenó la actriz, posando la mano sobre el pomo de bronce—. Y búscate un pañuelo o una bufanda de lana. La marca que te he dejado en las clavículas es deprimente a la luz del día.

La puerta se abrió y se cerró en un instante. El clic del mecanismo dejó a Maeve sola en la semioscuridad.

La escritora soltó el bolígrafo. Miró el párrafo perfecto, escrito con su propia caligrafía temblorosa. Valerie Thorne había demostrado que era la deidad intocable de aquel castillo, capaz de destrozar mentes y cuerpos sin despeinarse ni arrugarse la seda.

Y Maeve Gallagher, sentada en la penumbra helada, despojada de su ropa, su orgullo y su identidad, abrazó el cuaderno contra su pecho desnudo y quemado.

Las lágrimas dejaron de brotar. En su lugar, un vacío denso y pegajoso se instaló en su pecho, obligándola a aceptar, con una aterradora sensación de paz, que su papel como el nuevo juguete acababa de ser sellado.

Había sido quemada hasta los cimientos, reducida a cenizas, y el único calor que le quedaba en el mundo era el fuego de su destructora.