Ocaso en las Highlands -12- #2
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-12- #2

Valerie deslizó su cuerpo hacia abajo. Sus cabellos rubios ceniza barrieron el estómago desnudo de Maeve, erizándole el vello. La actriz separó los muslos de la joven utilizando sus propios antebrazos, ganándose un lugar en el centro mismo de la tormenta que acababa de desatar.

Maeve cerró los puños, aferrando la lana de las mantas con tanta fuerza que los nudillos le crujieron, enterrando la nuca en la almohada, incapaz de mirar hacia abajo.

El primer toque no fue de la boca, sino de las yemas de los dedos de Valerie.

Fríos, calculadores y milimétricamente exactos.

Rozaron la piel hiper-sensible de los muslos internos de Maeve, subiendo lentamente, trazando círculos invisibles hasta encontrar el centro de su humedad.

La presión fue firme. Valerie conocía la geografía del deseo a la perfección; no estaba explorando el cuerpo de otra mujer, estaba reclamando un territorio que le pertenecía por derecho de conquista.

Maeve arqueó la espalda con violencia. Un gemido roto, agudo y desesperado escapó de sus labios, rebotando en el dosel oscuro de la cama.

Valerie no se detuvo. Sus dedos comenzaron a moverse rítmicamente, obligando a Maeve a retorcerse en el colchón, a levantar las caderas buscando más fricción, buscando cerrar la distancia que la actriz mantenía deliberadamente.

El hielo de los dedos se calentó rápidamente, sumergido en el fuego líquido que la periodista llevaba días acumulando en silencio.

Entonces, la boca de Valerie descendió.

El calor de los labios y la humedad de la lengua de la actriz chocaron directamente contra su intimidad.

El contraste con las manos frías previas fue devastador para el sistema nervioso de Maeve.

Valerie succionó con fuerza, saboreándola, dominando su cuerpo desde la posición físicamente más sumisa, convirtiendo el acto en la mayor demostración de poder imaginable.

—¡Ah! —Maeve soltó un grito real que desgarró el silencio del ala este.

Las manos de la escritora bajaron ciegamente, buscando enredarse en el cabello rubio de la actriz, intentando dictar el ritmo de alguna manera, pero Valerie levantó la vista una fracción de segundo, le apresó ambas muñecas con una sola de sus manos pálidas y se las fijó contra el colchón por encima de su cabeza.

Estaba inmovilizada. Obligada a sentir. Obligada a desintegrarse bajo la boca de su torturadora.

La lengua de Valerie se movía con una precisión letal, dibujando círculos concéntricos constantes, alternando la suavidad extrema del músculo con la presión leve y agresiva de sus dientes.

Maeve perdió la noción de la arquitectura del castillo.

El frío de la habitación de piedra desapareció por completo.

Solo existía el placer ciego, sordo y abrumador que amenazaba con partirla por la mitad.

Respiraba en ráfagas muy cortas, sollozando de excitación pura. Sus piernas temblaban de forma espasmódica, sin control alguno. La presión implacable que Valerie ejercía sobre sus muñecas le recordaba en cada milisegundo a quién pertenecía.

El clímax no fue una ola; llegó como el impacto de un tren de mercancías.

Maeve se tensó de pies a cabeza, cerrando los ojos con fuerza mientras la explosión de placer irradiaba desde su centro hacia cada extremidad, paralizándole los músculos.

Un grito prolongado, casi animal, se ahogó en el techo oscuro de la habitación.

Su cuerpo se retorció bajo el peso de la actriz, agarrotado en un espasmo de rendición total y absoluta que duró varios segundos interminables, dejándola suspendida en el vacío.

Finalmente, se dejó caer contra el colchón, exhausta, con la respiración silbando en sus pulmones quemados y la piel bañada en una película de sudor frío.

Valerie se incorporó lentamente. El rostro pálido de la diva, apenas visible en la oscuridad de la madrugada, no mostraba alteración alguna.

Su respiración era perfectamente regular.

Había orquestado el clímax con la precisión matemática de un director de orquesta, pero no se había dejado arrastrar por la melodía. Seguía intacta.

Se soltó las muñecas de Maeve.

Valerie se subió sobre el cuerpo de la periodista, reptando hacia arriba hasta que su rostro quedó a escasos centímetros de la joven, que seguía jadeando, con los ojos cerrados.

La actriz apoyó el antebrazo izquierdo en la almohada y deslizó la mano derecha por la clavícula sudorosa de Maeve, hasta posarla suavemente sobre su garganta.

No la apretó. Solo dejó los dedos allí, un collar de hielo marcando el territorio recién conquistado.

—Abre los ojos —exigió Valerie. El ronroneo era implacable.

Maeve obedeció, parpadeando débilmente, ahogada por la resaca del placer.

—El fuego es muy fácil de avivar en alguien que está vacío, Maeve —susurró Valerie.

Sus labios rozaron la mejilla húmeda de la escritora.

La voz carecía de cualquier ternura o complicidad post-coital; era la confirmación fría de una victoria militar planificada al detalle—.

Estás tan rota que te has tragado mi veneno como si fuera el aire que necesitas para vivir.

Valerie retiró la mano de la garganta con brusquedad.

El cambio de atmósfera fue tan rápido que produjo vértigo.

Valerie se levantó del colchón, poniéndose en pie junto a la cama con una agilidad felina.

El calor que había irradiado su cuerpo desapareció al instante, robado por las paredes de piedra.

Se agachó en la oscuridad, recogió la bata de seda escarlata del suelo y se la colocó sobre los hombros, anudando el cordón a su cintura con movimientos rápidos y precisos.

En menos de cinco segundos, la coraza de hielo había vuelto a su sitio.

La mujer ardiente y dominadora de la cama había desaparecido.

—Levántate —ordenó Valerie. Su voz era de acero, inexpresiva, como si acabara de comprobar el estado de un balance contable de la casa.

Maeve parpadeó, completamente aturdida, abrazándose el cuerpo desnudo con ambos brazos.

—¿Qué...?

—Levántate del colchón, Maeve. Ponte los pantalones y busca tu maldito cuaderno. El bolígrafo debe estar por el suelo.