Ocaso en las Highlands -12-
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Las horas que siguieron al descarte de Lachlan Muir en la biblioteca fueron una tortura de lentitud agónica. Maeve no recordaba haber cenado, aunque recordaba vagamente a Bramwell retirando un plato de porcelana con la comida intacta frente a ella en el inmenso comedor sumido en la penumbra.

A las once de la noche, el castillo era un témpano de piedra muerta.

El temporal había vuelto a cobrar fuerza, bramando contra los cristales con furia ciega, arrojando puñados de nieve helada contra las ventanas del ala este.

Maeve estaba en su habitación. No había encendido el candil de queroseno que el mayordomo le había dejado sobre el escritorio.

Solo la luz pálida, casi radiactiva, que la nieve del exterior reflejaba hacia adentro, penetraba por el ventanal, tiñendo los muebles de caoba de un gris fantasmal.

Estaba de pie, exactamente en el centro de la alfombra oriental, esperando.

Se había quitado el áspero jersey de lana marrón.

La orden de Valerie había sido clara y no admitía interpretaciones.

Solo llevaba la falda recta negra, desabrochada en la cintura por pura asfixia nerviosa, y el sencillo sujetador de algodón blanco.

La quemadura en su pecho, oscura e irregular, palpitaba con cada latido desbocado de su corazón, pero ya no le importaba el dolor.

Le importaba la anticipación. La tensión en la habitación era tan alta que el aire, gélido y estancado, parecía chisporrotear rozándole los brazos desnudos.

El sonido de unos pasos lentos, medidos y decididos, se acercó por el pasillo. No había sigilo. Eran los pasos de quien es dueña absoluta de cada centímetro de madera de aquella propiedad.

El pomo de bronce labrado giró con un clic metálico.

La pesada hoja de caoba se abrió hacia dentro, empujando la oscuridad.

Valerie Thorne se recortó en el umbral. Llevaba una bata de seda escarlata que caía pesadamente hasta el suelo, anudada a la cintura por un cordón grueso.

La penumbra ocultaba los detalles finos de su rostro, pero el azul inconfundible de sus ojos brillaba como dos esquirlas de hielo en la noche.

Valerie entró. Cerró la puerta a sus espaldas con un golpe sordo, definitivo. El ruido de la ventisca se amortiguó al instante, dejando a las dos mujeres encerradas en un silencio denso y expectante.

La actriz no habló. No había necesidad de juegos de palabras poéticos ni de retórica sobre Hollywood. La guerra intelectual había terminado en el preciso instante en que Maeve decidió no poner el pestillo a su propia moralidad.

Avanzó hacia el centro de la habitación.

Los mocasines de cuero de Valerie no emitieron ningún sonido sobre el tejido de la alfombra.

Maeve no retrocedió. Sus pies descalzos parecían clavados al suelo.

El corazón le golpeaba el pecho con tanta violencia que temió que la propia actriz pudiera escuchar la percusión de su terror y su deseo.

Valerie se detuvo a medio palmo de distancia.

El calor que irradiaba el cuerpo de la diva bajo la seda cruzó la barrera del frío cortante del dormitorio, impactando contra la piel expuesta de Maeve.

La mano derecha de Valerie, extremadamente pálida y con las uñas esmaltadas de rojo oscuro, se alzó en el silencio.

Sus yemas rozaron la piel enrojecida y sensible de la quemadura en el esternón de Maeve.

El contacto fue leve, puramente eléctrico, un choque brutal entre el frío extremo de los dedos de la actriz y la fiebre que ardía en la carne de la joven.

Maeve cerró los ojos, dejando escapar un gemido ahogado por la nariz.

Su espalda se combó ligeramente hacia adelante de forma instintiva, ofreciendo el pecho al tacto, rindiéndose a la primera embestida.

—Has estado conteniendo la respiración desde que cruzaste la verja de esta casa, Maeve —susurró Valerie. La voz, oscura, rasposa y densa, rozó la comisura del oído de la periodista—. Llevas días asfixiándote en tu propia armadura de decencia.

Los dedos de Valerie descendieron desde la herida hacia el puente de algodón barato del sujetador.

Con un movimiento rápido y preciso, carente de cualquier atisbo de duda, la mano fría se introdujo bajo el tejido, buscando la calidez del pecho de Maeve.

La piel de la escritora se erizó de inmediato, estallando en miles de terminaciones nerviosas.

—Quítate esto —ordenó Valerie, liberando el cierre trasero del sujetador con una habilidad pasmosa.

La prenda de algodón cayó al suelo de madera, emitiendo un leve susurro blanco que desapareció en la oscuridad. Maeve quedó con el torso completamente desnudo. Sus senos, endurecidos por el descenso de temperatura y la excitación desmedida, subían y bajaban de forma errática.

Valerie bajó la mirada, deleitándose en el espectáculo de la vulnerabilidad física.

Su mano izquierda subió hacia el cuello de Maeve, enredando los dedos largos en el cabello castaño de la nuca.

Apretó el puño, sin llegar a arrancar el pelo pero ejerciendo una presión firme, tirando de la cabeza de la joven hacia atrás para obligarla a exponer la garganta y a alzar el rostro.

—Mírame cuando me entrego a tu ruina.

Maeve abrió los ojos. Las pupilas de Valerie la taladraban, exigiendo atención absoluta mientras sus labios se acercaban peligrosamente.

La boca de la leyenda reclamó la suya.

No hubo suavidad. No hubo ningún intento de preliminares románticos o consuelo.

Fue un beso voraz, destructivo, que sabía a whisky de malta añejo, a dominación absoluta y al veneno que Maeve había estado anhelando beber durante días.

Valerie invadió su boca, chocando los dientes, saboreando el miedo y el deseo reprimido con una intensidad animal que borró cualquier rastro de la mujer sofisticada de la biblioteca.

Maeve respondió con la misma fiereza ciega.

Levantó los brazos y se aferró a los hombros cubiertos de seda escarlata de la actriz, clavando las uñas en el tejido resbaladizo, intentando anclarse para no perder el equilibrio.

El sabor metálico de la sangre asomó en su lengua cuando los dientes de Valerie apresaron su labio inferior en un mordisco calculado, un dolor agudo que, en lugar de repelerla, solo avivó las llamas que le devoraban el bajo vientre.

La mano libre de Valerie bajó por la curvatura de la espalda de Maeve hasta llegar a la cremallera abierta de la falda negra.

Tiró de la tela de lana hacia abajo con brusquedad, empujándola sobre las caderas de la joven.

La falda resbaló por sus muslos y cayó, formando otro charco informe en el suelo.

Maeve, vestida únicamente con una fina braga oscura, tembló bajo el asedio.

Valerie rompió el beso con un sonido húmedo. Respiraba de forma controlada por la nariz, mientras Maeve jadeaba ruidosamente en busca de oxígeno.

—Eres tan frágil —murmuró la actriz, bajando los labios hacia la garganta expuesta de la periodista.

Su aliento chocó contra la piel pálida, enviando una descarga eléctrica directa al centro neurálgico del cuerpo de Maeve—.

Estás hecha de moralidad de clase media y complejos, pero ardes con una facilidad que resulta insultante.

Los labios rojos de Valerie besaron la base del cuello, succionando levemente la piel, dejando la promesa de un hematoma. Sus manos rodearon la cintura desnuda de Maeve, aferrándose a los huesos de las caderas, y la empujaron hacia atrás con paso firme.

Maeve retrocedió a trompicones, cediendo ante la fuerza invasiva de la actriz, sin oponer resistencia, hasta que la parte posterior de sus rodillas chocó contra el borde del colchón antiguo. Cayó de espaldas sobre las pesadas y heladas mantas de terciopelo verde musgo.

La habitación dio vueltas a su alrededor por el vértigo, pero el ancla visual de la periodista seguía siendo la sombra majestuosa de Valerie.

La diva se desató el cordón de la bata escarlata con un solo movimiento fluido de la muñeca.

La seda se abrió, deslizándose por sus hombros inmaculados hasta caer a los pies de la cama con un siseo pesado.

Valerie estaba completamente desnuda. Su cuerpo, conservado mediante una estricta y cruel disciplina a lo largo de las décadas, era una obra de arte de la anatomía, pálido, firme y bañado por la escasa luz de la nieve.

La edad no había mermado su presencia; había endurecido los bordes de su belleza, despojándola de la ingenuidad de la juventud y otorgándole un aspecto de diosa pagana inquebrantable.

Valerie subió a la cama a gatas, hundiendo las rodillas en el colchón viejo, posicionándose directamente sobre el cuerpo rendido de Maeve.

La piel fría de la actriz chocó contra la fiebre abrasadora de la periodista.

El contraste térmico le arrancó un grito sordo a Maeve.

Sus pechos rozaron, la piel suave de Valerie presionando directamente contra la zona quemada del esternón.

El dolor punzante y el placer extremo se fundieron en una sola señal eléctrica que saturó el cerebro de Maeve, bloqueando cualquier pensamiento racional.

Las rodillas de Valerie se posaron a ambos lados de las caderas de Maeve, apresándola contra el colchón, inmovilizándola bajo su peso.

—No te muevas —susurró Valerie. La orden fue tajante.

Las manos de la actriz descendieron por el abdomen plano y tenso de Maeve.

Los dedos gélidos trazaron la línea del elástico de la braga oscura.

Engancharon la tela por los laterales y la retiraron con una lentitud que resultaba espantosamente tortuosa, empujándola por las piernas de la joven hasta desecharla fuera de la cama.

Maeve estaba completamente expuesta, abierta y a merced de su captora. El aire gélido de la habitación chocó contra la humedad evidente de su propia excitación, una reacción física que le resultaba humillante y, al mismo tiempo, la prueba definitiva de su rendición.