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El frío había dejado de ser una simple temperatura para convertirse en una entidad viva, un depredador silencioso que reptaba por los pasillos del castillo buscando los cuerpos de sus habitantes.
La ausencia del zumbido del generador eléctrico amplificaba cada sonido: el crujido de la madera centenaria contrayéndose, el golpeteo incesante de la ventisca contra la piedra y la propia respiración de Maeve, que formaba densas nubes de vapor en el aire viciado de su dormitorio.
Llevaba horas sentada en el suelo, pero la revelación que había sufrido frente al ventanal escarchado del salón la había vaciado de cualquier atisbo de miedo.
La paranoia por el robo de las cintas y el odio hacia Oona Kincaid se habían disuelto, arrastrados por la corriente de una verdad mucho más pesada.
Quería quedarse. Quería consumirse en el juego de Valerie Thorne.
Se levantó con lentitud, apoyando las manos en el escritorio de roble para no perder el equilibrio.
Las articulaciones le dolían y el estómago le exigía alimento con contracciones dolorosas, pero la mente operaba con una claridad aterradora.
Ya no era una periodista buscando una historia. Era una adicta buscando su dosis.
Salió de la habitación sin molestarse en entornar la puerta.
El pasillo del ala este estaba sumido en las sombras de la tarde, iluminado únicamente por la palidez lechosa que la nieve reflejaba a través de los ventanales.
Caminó hacia la escalinata principal. El silencio de la casa era tan denso que la presión le zumbaba en los oídos.
Descendió al vestíbulo. El olor a humo de leña la guio, como un faro en medio de un océano oscuro, directamente hacia las puertas dobles de la biblioteca.
No estaban cerradas. Estaban abiertas de par en par.
La inmensa sala circular estaba iluminada por una hoguera colosal que Bramwell debía haber alimentado recientemente. Las llamas trepaban por la piedra negra de la chimenea, escupiendo un calor intenso que chocaba contra el muro de aire helado del resto de la casa.
Maeve se detuvo en el umbral. Sus ojos tardaron un par de segundos en adaptarse al resplandor anaranjado.
Valerie estaba sentada en su sillón orejero de cuero marrón.
No llevaba el vestido de terciopelo ni la bata de seda azul.
Vestía unos pantalones anchos de lana gris y un suéter de cachemira negra que se ceñía a su torso, dándole un aspecto felino, ágil y descansado.
Sostenía un libro abierto sobre su regazo, leyendo a la luz de las llamas con una calma que resultaba obscena en medio del caos del aislamiento.
Pero no estaba sola.
De pie, a escasos dos metros del sillón, se encontraba Lachlan Muir.
El jardinero no llevaba su ropa de trabajo habitual.
Se había puesto un jersey grueso de lana trenzada y unos vaqueros limpios, aunque sus manos seguían siendo las mismas, grandes, curtidas y manchadas de tierra en los nudillos.
Su postura no era la del animal de carga que destrozaba troncos de roble en el jardín, ni la del esclavo sumiso que Maeve había espiado por la rendija.
Estaba rígido, con los hombros en tensión, los puños apretados a los costados y la mandíbula temblando levemente.
Maeve se pegó al marco de caoba de la puerta, fundiéndose con las sombras. Nadie notó su presencia. La densidad emocional que atrapaba a las dos personas frente al fuego era un campo de fuerza impenetrable.
—No puedes hacerme esto ahora —dijo Lachlan. Su voz era ronca, áspera, y se quebró en la última sílaba. Era el sonido de un hombre al que acaban de arrancarle el suelo bajo los pies.
Valerie no levantó la vista del libro. Con una lentitud exasperante, humedeció la yema de su dedo índice pálido y pasó la página. El roce del papel sonó como un latigazo.
—Te he dicho que recojas tus cosas de las dependencias del servicio y te instales en el cobertizo viejo que linda con la carretera —respondió la actriz.
Su tono era plano, desprovisto de cualquier inflexión, como si estuviera leyendo en voz alta la lista de la compra—.
Bramwell te dejará un saco de dormir extra y un hornillo de queroseno.
Cuando la máquina quitanieves despeje el acceso, te irás. Y no volverás a pisar mis tierras.
—¡No voy a sobrevivir en ese cobertizo con este temporal! —El jardinero dio un paso al frente, rompiendo la distancia de seguridad. La desesperación le inyectó volumen en la voz—. ¡El techo está podrido! ¡Me voy a congelar!
Valerie cerró el libro de golpe. El sonido seco resonó en la cúpula de la biblioteca. Levantó el rostro. La expresión de sus ojos azules era la de un glaciar milenario, fría, inmensa e implacable.
—Tu supervivencia no es un asunto que me concierna, Lachlan. Mi única preocupación en este momento es que tu presencia en mi campo de visión me resulta insoportablemente aburrida.
Lachlan se quedó sin aire, como si le hubieran asestado un puñetazo en la boca del estómago. Su rostro, rudo y enrojecido por el viento de las Highlands, se contrajo en una mueca de dolor puro, animal.
—¿Aburrida? —repitió, arrastrando las sílabas, sin dar crédito a lo que escuchaba—. Llevo seis meses viniendo a tu cama cada vez que chasqueas los dedos. He hecho todo lo que me has pedido. Me he arrodillado. He dejado que me trates como a un perro. ¡Te lo he dado todo!
—Y yo lo he tomado —replicó Valerie, apoyando el libro cerrado sobre la pequeña mesa auxiliar—.
No te confundas, muchacho. No había ningún contrato de lealtad entre nosotros.
Eras un entretenimiento. Una distracción puramente física.
Y ahora, la distracción se ha vuelto monótona.
Tus jadeos suenan siempre igual. Tus manos no han aprendido nada nuevo.
Eres predecible. Y no hay pecado más imperdonable en mi casa que la previsibilidad.
Maeve, oculta en las sombras del umbral, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.
Estaba presenciando el descarte. Valerie no estaba simplemente despidiendo a un empleado; estaba aniquilando a un ser humano frente a sus propios ojos, arrancándole la piel a tiras para dejar el esqueleto expuesto a la intemperie.
Y lo hacía sin alzar la voz, sin alterar su respiración.
Lachlan cayó de rodillas.
Fue un movimiento brusco, pesado. El impacto de sus huesos contra la alfombra oriental levantó una pequeña nube de polvo. El orgullo masculino se había fracturado por completo.
—Valerie, por favor —suplicó el joven, extendiendo las manos de tierra hacia las rodillas de la actriz, sin atreverse a tocar la cachemira negra—. No me eches a la tormenta. Haré lo que quieras. Aprenderé. Dime cómo quieres que sea. Puedo ser mejor.
Valerie lo miró desde arriba. La comisura derecha de sus labios rojos se curvó en una media sonrisa de desprecio tan absoluto que resultó letal.
—No puedes ser mejor, Lachlan. Porque no eres nada.
—La actriz se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre sus propios muslos—.
El problema de las personas como tú es que confundís la utilidad con el afecto.
Te dejé entrar en mis aposentos privados y creíste que eso te otorgaba valor.
Pero sigues oliendo a barro. Sigues siendo un trozo de carne tosca que mastico cuando tengo ansiedad y escupo cuando encuentro algo más interesante con lo que jugar.
El silencio que siguió a esas palabras fue devastador.
Lachlan bajó la cabeza. Sus hombros anchos comenzaron a sacudirse en pequeños espasmos silenciosos.
Estaba llorando. El hombre fuerte que partía troncos de roble con una precisión brutal estaba sollozando en el suelo, reducido a escombros por la retórica de una mujer que le triplicaba la edad.
—Levántate —ordenó Valerie, perdiendo de golpe el interés en la escena—. Recoge tu dignidad del suelo y vete de mi vista. Empiezas a darme lástima, y la lástima es una emoción que me envejece la piel.
Lachlan apoyó las palmas en la alfombra y se puso en pie con lentitud agónica. No volvió a mirarla. Su rostro estaba desencajado, pálido bajo la suciedad. Dio media vuelta y caminó hacia las puertas de la biblioteca arrastrando los pies, como si cargara con cien kilos de plomo sobre la espalda.
Al llegar al umbral, Lachlan levantó la vista y se encontró de bruces con Maeve.
Los ojos del jardinero, hinchados y enrojecidos, se clavaron en la periodista.
Durante un segundo, una chispa de vergüenza atravesó la mirada del joven, pero fue devorada instantáneamente por una advertencia silenciosa, cruda y terrorífica.
Lachlan la miró como un cordero desangrado miraría al siguiente animal en la fila del matadero.
Sabía por qué lo estaban descartando. Sabía que ella era el nuevo entretenimiento.
Maeve no apartó la vista. No sintió piedad. Solo sintió un fuego oscuro y denso quemándole el pecho.
Lachlan agachó la cabeza y desapareció por el pasillo del vestíbulo, perdiéndose en las entrañas heladas del castillo.
El eco de sus pasos se desvaneció. Maeve se quedó de pie en la puerta, con las manos apoyadas en el marco de caoba.
—Ya puedes salir de las sombras, Maeve.
Valerie no se había girado. Seguía mirando las llamas de la chimenea. Sabía que estaba allí. Lo había sabido todo el tiempo. Había ejecutado el descarte del jardinero sabiendo que ella formaba parte del público.
Maeve avanzó. Dejó atrás la oscuridad del vestíbulo y entró en el círculo de luz anaranjada. Llevaba el jersey áspero de lana marrón y los pantalones de pana, con el cabello castaño cayéndole en desorden sobre los hombros. Se detuvo a dos metros del sillón de cuero.
Valerie giró el rostro. La frialdad con la que había destruido a Lachlan desapareció, sustituida por un escrutinio calculador, pesado y asfixiante. Sus ojos glaciares bajaron desde la boca entreabierta de la periodista hasta el bulto del jersey que cubría la zona quemada.
—Has visto lo que le ocurre a las cosas que me aburren —susurró Valerie.
—Lo he visto —respondió Maeve. Su voz no tembló. El terror se había transmutado en una anticipación febril, un deseo de combustión inminente.
Valerie apoyó las manos en los reposabrazos y se levantó. El suéter de cachemira negra se ajustaba a su silueta impecable. Avanzó un paso hacia Maeve. La diferencia de altura era inexistente, pero el peso del aura de la leyenda comprimió el oxígeno a su alrededor.
—Esta noche —dijo Valerie, bajando la voz hasta convertirla en un roce vibrante en el aire—. Después de la cena. Espérame en tu habitación.
No hubo juegos de palabras poéticos. No hubo referencias a Hollywood ni al poder de la armadura. Fue una orden directa, cruda, despojada de cualquier teatralidad.
Maeve sostuvo la mirada de hielo. Sintió el latido furioso de la arteria en su propio cuello.
—La puerta no tiene cerradura —murmuró Maeve, en un último y patético intento de aferrarse a la cordura que estaba abandonando.
La comisura de los labios de Valerie se curvó en una media sonrisa que prometía la más absoluta de las destrucciones.
—Lo sé. Yo mandé que la quitaran.
Valerie no esperó respuesta. Pasó por su lado, rozando el brazo de Maeve con la cachemira negra de su manga.
El perfume a jazmín nocturno y pólvora quedó suspendido en el aire de la biblioteca mientras la actriz abandonaba la sala, dejando a la periodista sola frente al fuego, ardiendo viva desde dentro.