-10- #2
Salió de la habitación dejando la puerta abierta de par en par.
Caminó por el pasillo del ala este con pasos pesados, sin importarle el ruido de sus zapatos planos contra la alfombra. Ya no había necesidad de sigilo. Quería que la escucharan. Quería arrinconar a esa mujer amargada y exigirle que le devolviera sus herramientas de trabajo.
Bajó la escalinata de roble de dos en dos.
El vestíbulo principal, desprovisto de la luz dorada de las lámparas, parecía el interior de una cueva de piedra.
Se dirigió hacia el pasillo que conectaba con la zona de servicio, dispuesta a irrumpir en las cocinas o en la despensa, donde supuso que Oona se estaría refugiando.
Empujó la puerta batiente forrada de cuero.
El corredor de servicio estaba en penumbra. Al fondo, la puerta de la cocina estaba cerrada, pero antes de llegar a ella, la atención de Maeve fue captada por un sonido rítmico, un roce metálico que provenía de una pequeña salita a su derecha.
Se asomó al umbral.
Era el cuarto de la platería y los registros, un habitáculo estrecho lleno de estanterías y una larga mesa de zinc. Allí, iluminado por la luz de una única y gruesa vela blanca, estaba Bramwell.
El mayordomo llevaba un delantal de cuero sobre su chaleco impecable.
Sostenía una pesada bandeja de plata ornamentada y frotaba la superficie con un paño impregnado en una pasta grisácea, puliendo el metal con movimientos circulares lentos y metodológicos.
La caída de la temperatura no parecía afectarle; sus manos, pálidas y nudosas, trabajaban con la precisión de un relojero ciego.
—Señor Bramwell —dijo Maeve. Su tono era cortante, exigiendo atención inmediata.
El mayordomo no detuvo el paño. No levantó la vista de la bandeja. Continuó frotando el borde labrado, como si la voz de la periodista fuera un simple eco del viento golpeando las cañerías.
—Alguien ha entrado en mi habitación —prosiguió Maeve, dando un paso hacia el interior de la sala, invadiendo el espacio del anciano para forzarle a mirarla—.
Han rebuscado en mi equipaje. Todas las cintas de casete de mi grabadora han desaparecido.
Mis medicamentos también. Exijo saber dónde está Oona Kincaid en este momento.
Bramwell redujo la velocidad de los movimientos circulares, pero no levantó la cabeza. La luz oscilante de la vela acentuó las cuencas hundidas de sus ojos grises.
—La señora Thorne fue sumamente clara respecto a la reclusión del personal en sus propias áreas durante el apagón de los generadores —respondió Bramwell.
Su voz era un susurro rasposo y sepulcral que absorbía el oxígeno de la salita—.
Nadie del servicio tiene interés en sus pertenencias, señorita Gallagher.
—No me trate de estúpida. Sé que ha sido ella. He olido el alcanfor de su uniforme en mi ropa. Anoche la humillaron por mi culpa en el comedor y hoy ha entrado en mi cuarto a robarme el material de trabajo como venganza. ¡La puerta no tiene cerradura!
Bramwell dejó el paño manchado de pasta gris sobre la mesa de zinc.
Lentamente, alzó el rostro. Sus ojos acuosos y muertos se clavaron en la figura encogida y agitada de Maeve.
La evaluó de pies a cabeza, deteniéndose en el jersey áspero, en el cabello suelto y desordenado, y en el temblor evidente de su mandíbula.
—El estrés derivado de la altitud y el aislamiento suele causar estragos en la memoria a corto plazo —sentenció el mayordomo, con una condescendencia helada—.
Es muy común en personas de ciudad que no están acostumbradas a la privación sensorial de una tormenta en las Highlands.
Es altamente probable que usted misma haya extraviado esos artículos al deshacer su equipaje o al intentar organizar su espacio de trabajo.
Maeve abrió la boca, atónita ante el descaro de la mentira.
—No he perdido veinticuatro cintas vírgenes. No he arrancado una fotografía de mi propia maleta. Ha sido ella. Oona está intentando sabotear el libro. Y usted lo sabe.
—Lo que yo sé, señorita Gallagher, es que la señora Thorne detesta la histeria —cortó Bramwell, endureciendo la voz lo suficiente para que sonara como un golpe en la mesa—.
Esta casa requiere una convivencia fundamentada en la dignidad y el silencio.
Si usted insiste en propagar acusaciones infundadas contra el personal de confianza, me veré obligado a informarla de que su estado mental no es el adecuado para continuar con sus funciones.
La amenaza flotó en el aire, densa y asfixiante.
El mayordomo no estaba simplemente encubriendo al ama de llaves; estaba construyendo un relato.
Estaba tejiendo una red en la que Maeve era la forastera inestable, la mujer endeudada que empezaba a perder el juicio por la presión.
Si seguía protestando, si acudía a Valerie con aquella queja, le darían la vuelta.
La llamarían histérica. La acusarían de inventarse complots para justificar su propia incapacidad para escribir una sola línea decente del libro.
El gaslighting era de manual, pero ejecutado con una maestría institucional aterradora.
Bramwell recogió el paño y volvió a aplicar pasta sobre la plata.
—Le sugiero que regrese a su habitación y tome un té caliente para calmar los nervios. El frío nubla el raciocinio.
Maeve dio un paso atrás, chocando contra el marco de la puerta de servicio.
El pecho le ardía debajo del jersey. La furia había sido aniquilada por un sentimiento de indefensión absoluto.
Estaba sola. Nadie iba a defenderla, nadie iba a escucharla.
Era un juguete atrapado en un laberinto diseñado por mentes que llevaban décadas perfeccionando el arte de la destrucción psicológica.
Dio media vuelta y salió de la zona de servicio como un autómata.
Cruzó el vestíbulo principal, alejándose de las escaleras que llevaban a su habitación en el ala este. No quería volver a ese cuarto helado y violado por Oona. Sus pies la llevaron, casi por instinto, hacia las pesadas puertas de madera del salón principal que daba a la fachada frontal.
Entró en el salón. Estaba completamente a oscuras, vacío y gélido. Caminó hacia el inmenso ventanal central.
El cristal estaba congelado en sus bordes, cubierto por intrincadas formas de escarcha que recordaban a telas de araña afiladas. Maeve apoyó las yemas de los dedos contra el vidrio. El contacto le provocó un dolor agudo por el frío, pero no apartó la mano.
Afuera, la blancura era absoluta. La tormenta no amainaba. El mundo había sido borrado bajo toneladas de nieve impulsadas por el viento. No se veía el camino, no se veía la verja de hierro, no se veía el precipicio que daba al océano. Solo existía un caos blanco, letal e implacable.
Bramwell tenía razón. Nadie podía salir de allí. Estaba físicamente atrapada.
Pero mientras Maeve miraba la pared de nieve, una revelación se abrió paso a través de su propia paranoia, una verdad mucho más monstruosa y paralizante que el robo de unas cintas de casete o la crueldad de un ama de llaves.
Apoyó la frente contra el cristal helado y cerró los ojos.
La puerta de su habitación no tenía cerradura. Oona podía entrar cuando quisiera. Bramwell la trataba como a una demente. Y Valerie Thorne la había masticado y escupido tras haberla humillado en el vestidor y haberla utilizado como parte de un macabro espectáculo sexual.
Su vida en aquel castillo era un infierno de manipulación y vejación.
Sin embargo, en el fondo oscuro y viscoso de su propio cerebro, Maeve sabía que la tormenta no era su mayor problema. La verdadera jaula no estaba hecha de piedra, ni de nieve, ni de cables telefónicos cortados.
La jaula estaba en su interior.
Porque mientras temblaba de frío en aquel salón oscuro, con la dignidad pisoteada y el trabajo arruinado, Maeve admitió, con un terror visceral, que si en ese preciso instante un quitanieves abriera el camino y un coche apareciera en el pórtico para rescatarla y llevarla de vuelta a Londres...
Ella no se subiría.
No quería irse.
No quería volver a su pequeño piso endeudado, ni a su vida insulsa en la redacción, ni a las respuestas vacías de los hombres grises.
Quería quedarse. Quería descifrar a Valerie.
Quería volver a sentir el terror y el vértigo de esa mirada azul glaciar diseccionándola.
Quería que la volviera a tocar, incluso si ese tacto estaba diseñado para destruirla lentamente.
La obsesión había echado raíces profundas, alimentándose de su vulnerabilidad, y ya era más fuerte que su instinto de supervivencia.
Maeve apartó la frente del cristal y abrió los ojos.
Miró su propio reflejo desdibujado en el vidrio nocturno.
Ya no veía a la brillante periodista de investigación que había llegado en aquel taxi.
Veía a una adicta. A una mujer rota que acababa de aceptar, en la más absoluta soledad, que estaba dispuesta a dejarse devorar por las llamas de aquel castillo con tal de seguir cerca del fuego.
La jaula se había cerrado para siempre, y ella misma acababa de tragar la llave.