Ocaso en las Highlands -10-
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El regreso a su propia habitación había sido humillante.

Al alba, Oona Kincaid había entrado en los aposentos privados de la diva sin hacer ruido, arrojándole a Maeve un jersey grueso sobre el diván carmesí y exigiéndole con un siseo áspero que regresara al ala este antes de que el señor Bramwell comenzara sus rondas.

Maeve había cruzado la casa tiritando, despojada de su dignidad, como una intrusa expulsada a plena luz del día.

Ahora, el trazo de tinta azul se desviaba hacia el margen derecho del papel con una inclinación errática, casi frenética.

Maeve Gallagher mantenía el bolígrafo apretado entre el índice y el pulgar con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto de un tono amarillento, desprovistos de sangre.

La punta de metal rasgaba la celulosa del cuaderno de espiral, amenazando con perforar la hoja y marcar la página inferior.

No estaba tecleando en la Olivetti. La máquina de escribir descansaba a su izquierda, inútil y helada, con el carro vacío.

Maeve bajó la vista hacia el bloc de notas que reposaba sobre sus muslos cruzados.

Estaba sentada en el suelo de su habitación, en el ala este, con la espalda apoyada contra el radiador de hierro fundido que no emitía ni un solo grado de calor.

El generador principal seguía muerto. La casa entera había sido devorada por un silencio sordo y sepulcral, una quietud tan absoluta que el pitido agudo de su propio sistema nervioso parecía el único sonido vivo en kilómetros a la redonda.

La luz que entraba por el ventanal no ayudaba a mitigar el frío.

Era un resplandor blanco, nuclear y cegador, producto del sol invisible rebotando contra el metro y medio de nieve que bloqueaba el exterior del castillo.

Esa claridad quirúrgica iluminaba cada rincón del dormitorio, exponiendo el vaho que escapaba de los labios de la periodista con cada exhalación.

Llevaba puesto un jersey de lana marrón, áspero y pesado, que Oona Kincaid había dejado doblado sobre los pies de su cama a primera hora de la mañana, sin mediar palabra.

La prenda olía a naftalina y a humedad antigua.

El tejido burdo le rascaba el cuello y rozaba la zona del esternón, donde la quemadura del vino caliente latía con un ritmo sordo bajo la capa de ungüento endurecido.

Cada fricción era un recordatorio físico de la humillación.

Pero el dolor físico era irrelevante comparado con la gangrena que se había instalado en su cerebro.

Maeve repasó con la mirada las frases inconexas que llenaban la página de su libreta.

Se suponía que debía estar estructurando el primer capítulo de las memorias de Valerie Thorne.

Se suponía que debía estar redactando esa disertación sobre el poder en Hollywood que la actriz le había exigido la noche anterior.

Sin embargo, las palabras escritas con caligrafía puntiaguda no hablaban de la RKO, ni de contratos millonarios, ni de la paranoia de los estudios cinematográficos.

«El pulgar izquierdo tiene una levísima imperfección en la uña.

Su respiración cambia de ritmo cuando ladea la cabeza.

Jazmín. Pólvora. El frío de su boca a dos centímetros de la mía.

El silencio antes del rechazo. Sabe a malta y a humo.

Controla el oxígeno de la habitación. Quiero que vuelva a tocarme. »

Maeve cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás hasta que el cráneo chocó contra las barras heladas del radiador.

Estaba perdiendo la cabeza.

El rechazo de la noche anterior en el diván carmesí la había fracturado de una manera que ni siquiera su propio ego herido podía procesar.

Había bajado todas sus defensas. Se había entregado, ofreciendo sus labios, su voluntad y su dignidad a una mujer que la odiaba, o que, peor aún, la consideraba un simple pasatiempo de invierno.

Y Valerie la había dejado caer al vacío con la frialdad de un verdugo que se aburre a mitad de la ejecución.

Lo lógico, lo humano, lo que habría dictado su instinto de supervivencia en Londres, habría sido sentir repulsión. Debería estar empaquetando sus cosas, dispuesta a caminar sobre la nieve si fuera necesario, con tal de alejarse de aquella sociópata.

Pero al abrir los ojos y mirar de nuevo su propia letra, la verdad la abofeteó con crueldad.

No había asco en esas notas. Había una adoración retorcida.

Una disección enfermiza de cada gesto de Valerie.

Maeve había dejado de ser una periodista para convertirse en una acólita, una devota que registraba los movimientos de su deidad con la esperanza de encontrar la fórmula para volver a complacerla.

La quemadura en su pecho escoció. Maeve se llevó la mano libre al cuello del jersey y tiró de la lana hacia adelante, intentando separar el tejido áspero de su piel enrojecida.

Necesitaba distraerse. Necesitaba anclar su mente a algo racional, a algo mecánico que no implicara revivir la humillación del diván.

Dejó el cuaderno en el suelo y se puso en pie, apoyándose en el alféizar de la ventana para recuperar el equilibrio. Las rodillas le temblaban por la falta de calorías y el frío penetrante. Caminó hacia el escritorio. La grabadora Sony estaba allí, exactamente donde la había dejado.

Iba a escuchar las entrevistas. Iba a obligarse a transcribir palabra por palabra, con la neutralidad de una mecanógrafa ciega, para forzar a su cerebro a volver a los cauces del trabajo profesional.

Presionó el botón de expulsión de la pletina. La tapa de plástico negro saltó hacia arriba con un chasquido suave.

Estaba vacía.

Maeve frunció el ceño. Recordaba perfectamente haber rebobinado la cinta TDK de noventa minutos tras su primer fracaso en la biblioteca, pero quizás, con el caos de la tormenta y el episodio del vino caliente, la había sacado y la había guardado para evitar que se estropeara con la humedad.

Se giró hacia el lado izquierdo del escritorio, donde había colocado la caja de cartón rectangular que contenía sus municiones de trabajo. La caja de las cintas vírgenes y las grabadas.

Abrió las solapas de cartón ablandado por la humedad del viaje inicial. Metió la mano.

Sus dedos rasparon el fondo liso.

Maeve apartó la caja, levantándola para mirar debajo, convencida de que su vista le estaba jugando una mala pasada por la fatiga. Pero no había nada. Volcó la caja de cartón sobre la madera del escritorio. Un par de pelusas de polvo cayeron sobre la superficie de roble.

Las veinticuatro cintas de casete habían desaparecido.

El corazón dio un vuelco en el interior de su caja torácica, un latigazo sordo que le bombeó sangre fría a las extremidades. La confusión inicial duró apenas dos segundos antes de mutar en una alarma estridente.

—No, no, no... —murmuró, con la voz quebrada.

Se agachó de inmediato, tirándose sobre la alfombra oriental.

Palpó el suelo alrededor de las patas del escritorio, buscando bajo la estructura de madera.

Levantó el faldón de terciopelo verde musgo de su cama con dosel y se arrastró sobre el estómago para mirar debajo del somier.

Solo encontró oscuridad, polvo asentado y el suelo de tablas de madera heladas.

Se incorporó a trompicones, golpeándose la cadera contra el poste de la cama. Corrió hacia el armario de caoba. Abrió las pesadas puertas. Su maleta de cuero sintético estaba allí, apoyada en el fondo. Maeve la agarró por el asa y tiró de ella hacia el centro de la habitación.

La cremallera metálica estaba cerrada, pero no en la posición exacta en la que ella solía dejar los dos tiradores enfrentados. Estaban desplazados hacia un lateral.

Abrió la maleta con un movimiento brusco.

Su ropa interior, sus camisetas de algodón y sus faldas estaban revueltas.

No era un desorden salvaje, no era la obra de un ladrón apresurado.

Era un caos metódico. Alguien había deslizado las manos entre sus prendas, apartándolas, buscando algo concreto, y luego había intentado devolverlas a su posición original sin molestarse en alisarlas del todo.

Faltaban cosas.

El bote de aspirinas que guardaba en el bolsillo lateral de la maleta ya no estaba.

Sus dos bolígrafos de repuesto, desaparecidos.

Y lo más perturbador de todo: la única fotografía que llevaba consigo, una pequeña instantánea polaroid de ella misma en la puerta de la redacción de The Observer celebrando un ascenso tres años atrás, había sido arrancada del bolsillo interior.

Maeve se dejó caer de rodillas junto a la maleta destripada. La respiración se le volvió corta, superficial, incapaz de llenar sus pulmones.

El olor a alcanfor.

De repente lo percibió. Era sutil, casi imperceptible, enmascarado por la humedad de la habitación, pero estaba ahí, flotando sobre el tejido de sus faldas revueltas. El mismo olor rancio y almidonado que desprendía el uniforme oscuro de Oona Kincaid.

El ama de llaves había estado en su cuarto.

A pesar de las órdenes estrictas de Valerie la noche anterior, a pesar de que le había prohibido pisar el ala este tras el incidente del vino, Oona había cruzado el pasillo, había empujado la puerta sin cerradura y había violado el único reducto de privacidad que le quedaba a la escritora.

Maeve se llevó las manos al rostro, apretando las palmas contra sus sienes, intentando frenar el torbellino de paranoia que amenazaba con devorar su cordura.

No le habían robado objetos de valor porque no los tenía.

Le habían robado su capacidad de trabajar.

Sin las cintas, no podía grabar a Valerie.

Sin los audios, no podía justificar su presencia en el castillo frente a la agencia literaria.

Oona estaba desmantelando su coartada profesional para acelerar su expulsión o, peor aún, para provocar que Maeve cometiera un error fatal ante la dueña de la casa.

Un ataque de rabia ciega, puramente animal, sustituyó al miedo. La indignación de la violación de su intimidad la impulsó a ponerse en pie.