Ocaso en las Highlands -9- #3
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—¿Qué sentiste anoche, Maeve? —La pregunta fue un susurro afilado, deslizado en el espacio minúsculo que las separaba—. Cuando estabas detrás de la puerta. Cuando viste lo que soy capaz de hacer.

Maeve sintió que el aire abandonaba sus pulmones. El rubor le incendió las mejillas en la penumbra. Intentó apartar la mirada, intentó romper el contacto visual para formular una mentira piadosa, pero estaba hipnotizada.

La mano de Valerie comenzó a deslizarse hacia arriba. Avanzó por el muslo de Maeve, milímetro a milímetro. Era un tacto firme, posesivo, que reclamaba el territorio sin prisa.

—No responda con indignación moral. Esa armadura ya se la he destrozado. Quiero la verdad. —El rostro de Valerie se acercó un poco más. Sus labios estaban a un palmo de distancia—. ¿Sentiste asco? ¿O sentiste envidia?

—Yo... no debí mirar. Fue un error.

—Mentira. —Los dedos de Valerie se detuvieron en la parte superior del muslo de Maeve.

La presión aumentó. El pulgar de la actriz acarició la costura interna de la pana, enviando ondas de calor que se acumularon en el bajo vientre de la escritora—.

Miraste porque tu cuerpo te lo pedía. Porque estás hambrienta de algo que tus reportajes de investigación nunca te darán. Estás hambrienta de rendición.

Maeve cerró los ojos, incapaz de sostener la acusación.

Era verdad. Todo lo que decía era la maldita y asquerosa verdad.

El periodismo no era más que una excusa para observar la vida desde una distancia segura.

Y ahora, Valerie había roto esa distancia.

La había arrastrado al centro del escenario, la había desnudado emocionalmente y la estaba tocando con una intimidad que le quemaba las entrañas.

El cuerpo de Valerie se inclinó aún más.

Maeve sintió el aliento cálido, impregnado de la malta y la turba del whisky, chocando contra sus propios labios.

La actriz levantó su mano libre y acarició la mejilla de la joven.

Los dedos gélidos trazaron la línea de su mandíbula, subiendo para enredarse en su cabello castaño suelto.

La barrera física había desaparecido por completo. El rostro de Valerie estaba a centímetros del suyo. Maeve podía distinguir cada pestaña dorada, cada reflejo del fuego en el azul pálido de sus iris. La respiración de ambas se mezcló en el aire frío de la habitación.

Maeve soltó el vaso de cristal. El objeto cayó al suelo, rodando sobre la alfombra sin romperse, derramando el poco licor que quedaba.

Con un movimiento instintivo, dictado por una necesidad primitiva e incontrolable, Maeve levantó las manos por debajo del mantón de cachemira.

Sus dedos buscaron la cintura del vestido de terciopelo de Valerie, aferrándose a la tela negra como un náufrago a una tabla de salvación.

Acortó los últimos milímetros que separaban sus bocas.

Su pecho ardía, latiendo contra el ungüento, pero el fuego interior lo consumía todo.

Iba a besarla. Iba a cruzar el límite moral, a entregarse por completo a la leyenda caída y a su propia perdición.

Inclinó la cabeza, ofreciendo los labios, rindiendo su voluntad.

Y entonces, el vacío.

Las manos de Valerie desaparecieron de su muslo y de su cabello con una velocidad pasmosa. La actriz se incorporó de golpe, rompiendo la intimidad con una brusquedad que dejó a Maeve desequilibrada, a punto de caer hacia adelante.

Valerie dio dos pasos hacia atrás, alejándose del diván.

El calor se evaporó de inmediato. El hielo regresó a los ojos azules de la diva, congelando la expresión de su rostro.

No había rastro de vulnerabilidad, ni de melancolía, ni de deseo.

Su postura volvió a ser la de una monarca inalcanzable, la estatua de mármol que jamás se dejaría tocar por el fango.

Maeve parpadeó, desorientada, con los labios entreabiertos y las manos vacías en el aire. El rechazo fue físico, un golpe brutal contra el estómago que la dejó sin aliento.

—Es tarde, Maeve —dijo Valerie. Su voz era plana, metálica, desprovista de cualquier textura emocional. Se giró hacia la chimenea, dando la espalda a la periodista—. Puedes dormir en el diván esta noche. Oona traerá ropa limpia por la mañana.

La actriz caminó hacia la inmensa cama de caoba al fondo de la habitación. No se molestó en desvestirse. Se tumbó sobre la colcha oscura, cerró los ojos y se sumió en un silencio absoluto, como si acabara de apagar un interruptor interno, dando la actuación por terminada.

Maeve se quedó sentada en la penumbra, envuelta en el mantón, con el pecho escociendo y la boca seca.

Había caído en la trampa. Valerie había bajado la guardia a propósito, le había mostrado una supuesta grieta en su armadura, la había seducido, y en el instante exacto en que Maeve se rindió, le cortó las cuerdas, dejándola caer al vacío.

La soledad y la desesperación aplastaron a la joven escritora en el silencio de la tormenta. Miró las llamas mortecinas de la chimenea, sabiendo que el apagón eléctrico no era nada comparado con la oscuridad absoluta en la que Valerie Thorne acababa de hundirla.