-9- #2
—Cuando terminaba el rodaje y volvía a mi casa en las colinas de Hollywood, apagaba todas las luces —continuó Valerie.
Su mano hizo girar el whisky en el vaso, observando las lágrimas ambarinas resbalar por el cristal—.
Me sentaba en el salón y dejaba que la oscuridad me tragara.
Era la única forma de volver a sentir los límites de mi propio cuerpo.
Durante el día, mi rostro pertenecía a los estudios, al público, a las revistas del corazón.
Pero en la oscuridad, volvía a ser dueña de mi propia existencia.
Maeve dio otro pequeño sorbo. El alcohol comenzaba a adormecer los bordes afilados de su ansiedad.
—Por eso vino a las Highlands. Para huir del ruido.
Valerie esbozó una sonrisa lánguida, carente de humor.
—Vine a Escocia porque los muertos no pueden vivir bajo el sol de California. Se pudren demasiado rápido.
La actriz apoyó el codo sobre el reposabrazos de cuero y descansó la mejilla sobre sus nudillos.
Giró el rostro hacia Maeve. La vulnerabilidad en su expresión descolocó a la escritora.
Las líneas de tensión alrededor de la boca de Valerie se habían suavizado.
Las finas arrugas que enmarcaban sus ojos se hicieron visibles bajo la luz implacable del fuego.
Por un segundo, la coraza de hielo se resquebrajó, revelando a una mujer agotada por el peso de su propia leyenda.
—Tú escribes sobre el poder, Maeve. Crees que el poder es acumular dinero, o someter a los capataces de un puerto.
—Valerie negó con la cabeza lentamente—.
El verdadero poder es convencer a millones de personas de que eres inmortal.
Y el verdadero terror llega cuando te miras al espejo una mañana y descubres que la mentira ha empezado a caducar.
Maeve se inclinó ligeramente hacia adelante, olvidando la quemadura de su pecho, hipnotizada por la cadencia de la confesión.
—Envejecer es un proceso natural. Nadie escapa a él.
—La naturaleza es para los animales de granja, no para los iconos —escupió Valerie, con una amargura repentina que le endureció el rostro—.
Recuerdo a Vivian Hayes. Trabajamos juntas en El Último Vals .
Ella era la reina absoluta de la Paramount.
Diez años mayor que yo. Tenía a los directores comiendo de su mano.
Pero un día, durante una prueba de cámara, el director de fotografía pidió que le pusieran un filtro difusor en el objetivo para los primeros planos.
Valerie hizo una pausa. Sus ojos se oscurecieron ante el recuerdo, reviviendo el terror de aquella anécdota como si hubiera ocurrido la semana anterior y no treinta años atrás.
—Nadie dijo una palabra en voz alta. Nadie mencionó sus arrugas.
Pero Vivian lo supo. Supo que la luz ya no era su aliada, que había empezado a convertirse en su enemiga.
La vi encerrarse en su camerino y destrozar todos los espejos con un frasco de perfume pesado.
Se cortó las manos. Sangró sobre su vestido de seda.
El poder se le escurrió por los dedos en el momento exacto en que la industria decidió que su rostro ya no era rentable.
—Valerie bebió un trago largo, apurando la mitad de su vaso—.
Yo juré que jamás permitiría que me hicieran eso.
Jamás dejaría que un técnico de luces decretara el final de mi reinado.
Me retiré antes de que tuvieran la oportunidad de poner un filtro sucio en mi lente.
La confesión quedó suspendida en el aire, densa y desoladora.
Maeve entendió de golpe la naturaleza de la jaula.
La mansión en las Tierras Altas no era un refugio; era un museo de cera.
Los retratos de juventud en los pasillos, los vestidos de los cincuenta en el vestidor, el aislamiento absoluto.
Valerie había congelado su vida en el punto exacto de su mayor apogeo, negándose a aceptar que el tiempo había seguido avanzando en el exterior.
Su tiranía, sus juegos sádicos con Lachlan, su necesidad de humillar a Oona y a la propia Maeve, no eran más que manotazos de ahogado.
Eran intentos desesperados de confirmar que aún poseía el poder de destruir a los demás, la única droga que le quedaba para no enfrentarse a su propia caducidad.
—Es una prisión muy fría —susurró Maeve, incapaz de frenar la empatía que brotaba en su pecho. El periodismo cínico se había disuelto en el whisky y en la penumbra de la sala.
—Lo es. —Valerie dejó el vaso vacío sobre la mesa. Su mirada volvió a fijarse en la periodista—. Y es una prisión muy solitaria.
La actriz se levantó de la butaca de cuero. Sus movimientos eran lentos, arrastrando una pesadez inusual. Rodeó la pequeña mesa baja y se sentó en el extremo del diván carmesí, a escasos palmos de las piernas de Maeve.
El colchón se hundió bajo su peso, obligando a Maeve a reacomodar su postura para no deslizarse hacia ella. El calor que emanaba del cuerpo de Valerie chocó contra el frío del aire de la habitación.
—Tú eres tan joven —murmuró Valerie. La hostilidad había desaparecido por completo de su voz, sustituida por un tono ronco, casi melancólico—.
Tienes la piel intacta. Tienes la arrogancia de creer que el tiempo te pertenece, de que puedes perderlo escribiendo sobre la miseria de los demás porque a ti nunca te alcanzará.
Maeve apretó los dedos alrededor del cristal de su vaso.
La proximidad de la actriz estaba disparando su pulso de nuevo.
El olor a jazmín se mezcló con el aroma agrio de la leña quemada.
Sabía que estaba entrando en un terreno peligroso.
La racionalidad le advertía que esta vulnerabilidad era tan calculada como el accidente de Oona en el comedor, una nueva táctica de seducción diseñada para anular sus defensas.
Pero el aislamiento, la oscuridad y el alcohol habían mermado su capacidad de resistencia. Quería creerla. Quería creer que debajo de esa armadura de tiranía y crueldad habitaba una mujer aterrada que necesitaba ser salvada.
—No creo ser inmune a nada —respondió Maeve en un hilo de voz. Su respiración se había vuelto corta, rítmica, delatando su nerviosismo.
Valerie alzó la mano derecha. Sus dedos, finos y pálidos, flotaron en el espacio que las separaba antes de descender con una lentitud exasperante.
Se posaron sobre la rodilla izquierda de Maeve.
El contacto fue leve, apenas el roce de la seda del vestido negro de la actriz y la piel fría de sus yemas contra la gruesa pana de los pantalones de la periodista.
Sin embargo, el impacto fue equivalente a una descarga eléctrica.
Un estremecimiento violento recorrió la columna vertebral de Maeve, subiendo desde su coxis hasta la base de su nuca.
Valerie no apartó la mano. Mantuvo la presión, dejando que el calor se acumulara bajo sus dedos. Sus pupilas glaciares se clavaron en los ojos castaños de la joven.