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El latido febril de la quemadura en el pecho de Maeve había comenzado a ceder bajo la capa de ungüento alcanforado, dejando en su lugar un frío penetrante que le entumecía las extremidades.
Sentada en el borde del diván carmesí, con los hombros caídos y la respiración aún superficial por la tensión de los minutos previos, observaba cómo Valerie Thorne cerraba el frasco de cristal opaco con una parsimonia insultante.
La habitación privada de la actriz estaba envuelta en un silencio espeso, roto únicamente por el crujido de la madera consumiéndose en la enorme chimenea de piedra y el azote incesante de la ventisca contra los ventanales de la fachada oeste.
Maeve bajó la mirada hacia su propio torso.
La blusa de seda, arruinada y manchada de un color púrpura oscuro que recordaba a la sangre seca, colgaba inútil a los lados de su cintura.
Se cruzó de brazos, intentando cubrirse el sujetador de algodón y la piel enrojecida, de pronto muy consciente de su propia vulnerabilidad física.
Valerie depositó el frasco en el cajón del tocador de nogal. Se giró hacia ella. Su vestido de terciopelo negro absorbía la escasa luz de las lámparas de pared, convirtiéndola en una sombra esbelta y dominante. Iba a hablar. Los labios pintados de un rojo mate se separaron ligeramente.
Y entonces, el zumbido de fondo desapareció.
No fue un apagón progresivo. Fue una muerte súbita. El ligero ronroneo del viejo generador diésel que había estado alimentando la primera planta durante todo el día tosió una sola vez, un sonido ronco y ahogado que vibró a través del suelo de parqué, y se detuvo por completo.
Las lámparas de cristal esmerilado murieron en el acto. La oscuridad se desplomó sobre los aposentos con la fuerza de un bloque de plomo.
Maeve ahogó un grito instintivo, encogiendo las piernas sobre el diván.
La ausencia de luz eléctrica transformó la habitación en un espacio cavernoso y hostil.
Las únicas fuentes de iluminación que sobrevivieron fueron las llamas anaranjadas de la chimenea.
El fuego proyectaba ahora sombras gigantescas y deformes contra las paredes, que se multiplicaban hasta el infinito en los espejos envejecidos que decoraban el cuarto.
—Maldita sea —murmuró Valerie en la penumbra. Fue la primera vez que Maeve escuchó a la actriz pronunciar una queja mundana, desprovista de poesía o veneno.
El sonido de los mocasines de cuero italiano deslizándose sobre la alfombra indicó que Valerie se movía con total seguridad a pesar de la ceguera casi absoluta.
Maeve se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole la base de la garganta.
El frío, libre ahora de la competencia de los radiadores de hierro fundido, comenzó a filtrarse por debajo de las puertas y a través de los cristales helados, reclamando el territorio perdido.
Unos toques secos sonaron en la puerta de doble hoja.
—Señora Thorne.
La voz de Bramwell traspasó la madera. No había urgencia en su tono, solo la cadencia monótona de un hombre acostumbrado a gestionar el caos.
—Pasa, Bramwell.
El mayordomo abrió una de las hojas. Sostenía un pesado candelabro de plata con tres velas gruesas de cera virgen encendidas. La luz amarillenta iluminó su rostro cadavérico desde abajo, acentuando los surcos de sus mejillas y dándole el aspecto de un espectro desenterrado.
—El generador principal ha colapsado, señora —informó, avanzando unos pasos hacia el interior de la habitación—.
El motor se ha congelado y la mezcla de gasoil no hace combustión.
Lachlan está intentando purgar los conductos, pero con esta ventisca dudo que consiga arrancarlo antes del amanecer. La casa entera está a oscuras.
Valerie cruzó los brazos sobre el pecho. Su silueta se recortó contra el resplandor de la chimenea.
—¿Y las calderas?
—Apagadas, me temo. El sistema de bombeo de agua caliente depende de la electricidad. Las tuberías se congelarán si la temperatura baja de los diez grados negativos en el interior. He ordenado que se cierren las llaves de paso de las alas norte y sur para evitar reventones en la piedra.
El mayordomo se acercó a la mesa auxiliar más cercana y depositó el candelabro con un tintineo sordo.
La luz parpadeante iluminó parcialmente el diván donde Maeve seguía encogida, medio desnuda y temblando.
Bramwell no le dedicó ni una sola mirada.
Su disciplina le impedía registrar cualquier anomalía que su patrona no hubiera señalado expresamente.
—Deja las velas —ordenó Valerie, frotándose las sienes con las yemas de los dedos, como si la estupidez del clima le produjera una migraña física—. Y trae la botella de Macallan del mueble bar del comedor. La que está sin descorchar. Y dos vasos.
Bramwell asintió con una leve inclinación de cabeza.
—Enseguida, señora. ¿Desea que acompañe a la señorita Gallagher a sus aposentos con un candil?
Maeve sintió que el estómago se le caía a los pies. Volver a su habitación significaba enfrentarse a la oscuridad absoluta en solitario, al frío polar y a una cama con sábanas heladas, con el dolor de la quemadura latiendo en su piel. Pero no tenía voz para suplicar quedarse.
—La señorita Gallagher no va a ninguna parte. La temperatura en el ala este debe estar rozando la congelación ahora mismo. Se quedará aquí. Trae lo que te he pedido y luego retírate a tus dependencias. No quiero que nadie merodee por los pasillos esta noche.
—Comprendido.
El mayordomo desapareció por la puerta, cerrándola a sus espaldas con su habitual eficacia insonora.
Maeve dejó escapar el aire que no sabía que estaba reteniendo. El alivio por no ser expulsada al pasillo helado fue tan grande que casi eclipsó el pánico de quedarse a solas, en la penumbra, con la mujer que llevaba dos días destrozándole los nervios.
Valerie caminó hacia uno de los inmensos armarios empotrados que flanqueaban la entrada a su vestidor. Abrió la hoja de caoba tallada y extrajo una prenda oscura y pesada. Se acercó al diván y, sin mediar palabra, la dejó caer sobre los hombros desnudos de Maeve.
Era un mantón de cachemira forrado en seda negra. El tejido era denso, extremadamente cálido, y desprendía el mismo aroma a jazmín nocturno que saturaba la habitación.
—Cúbrete. Tienes los labios morados —murmuró Valerie.
Maeve se envolvió en el mantón, ocultando su pecho vendado con el ungüento y su sujetador barato. La seda acarició la piel ilesa de su cuello y su espalda. El calor retenido en las fibras del tejido comenzó a aplacar los temblores espasmódicos de su mandíbula.
—Gracias.
Valerie no respondió. Se acercó a la chimenea y agarró un atizador de hierro forjado. Golpeó los troncos de roble con una violencia medida, rompiendo la corteza carbonizada para que las llamas devoraran el corazón vivo de la madera. Una lluvia de chispas se elevó por el tiro de piedra negra.
Bramwell regresó menos de cinco minutos después.
Traía una bandeja de plata esterlina que contenía una botella de whisky cristalina, un decantador de agua y dos vasos bajos de cristal tallado.
Lo dejó todo sobre la mesa baja que separaba el diván de la chimenea.
Se retiró en silencio absoluto, dejando a las dos mujeres aisladas del resto del mundo.
La oscuridad fuera de los confines de la habitación era ahora un ente físico. El castillo, sin su latido eléctrico, se había convertido en una tumba de piedra expuesta a la furia de los elementos.
Valerie se sentó en la butaca de cuero oscuro situada frente al diván de Maeve.
Destapó la botella de Macallan. El chasquido del corcho liberó un aroma potente a turba, humo y madera añeja que se mezcló con el olor antiséptico de la pomada que cubría la piel de la periodista.
La actriz sirvió tres dedos de líquido ámbar en cada vaso.
Se inclinó hacia adelante y deslizó uno de los vasos por la superficie de la mesa baja hasta que chocó suavemente contra el borde, cerca de las rodillas de Maeve.
—Bebe. Ayudará a dilatar los vasos sanguíneos y a que entres en calor.
Maeve sacó una mano de debajo del mantón de cachemira.
Sus dedos rozaron el cristal tallado, apreciando la densidad de la copa.
Se lo llevó a los labios y dio un sorbo.
El líquido era denso, aceitoso, y le quemó la garganta con un fuego áspero que bajó directamente hasta su estómago, creando un foco de calor interno que chocó contra el latido de la quemadura externa. Tosió levemente, apartando el vaso.
Valerie le dio un trago largo a su copa, sin apartar la mirada de las llamas. El resplandor anaranjado del fuego bailaba sobre la superficie de sus pupilas glaciares, dándole a su rostro una cualidad casi mística, como si fuera una estatua pagana cobrando vida en la penumbra.
El silencio se alargó. Era un silencio diferente al de las sesiones en la biblioteca. No estaba cargado de trampas intelectuales ni de exigencias. Era pesado, introspectivo, forjado por el aislamiento absoluto de la tormenta.
—Odiaba el ruido de los platós —dijo Valerie de pronto.
Su voz era un susurro grave que apenas superaba el crepitar de la madera.
No miraba a Maeve; le hablaba al fuego—.
La gente cree que hacer cine es un proceso artístico.
Mienten. Es pura industria pesada. Hay gritos constantes, focos que te abrasan la piel hasta fundirte el maquillaje, técnicos moviendo cables gruesos como serpientes por el suelo.
No hay espacio para el silencio. Te roban el oxígeno.
Maeve la observó, manteniendo el vaso apoyado sobre su regazo. El periodista en su interior le gritó que la memoria de la actriz estaba bajando la guardia, que este era el material que necesitaba para el libro. Pero no había libretas. No había grabadoras. Solo estaban ellas dos y la penumbra.