Ocaso en las Highlands -8- #3
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Maeve obedeció mecánicamente. Las palabras de Duncan repetían su eco en su cabeza como un mantra venenoso.

Te defiende para que creas que le perteneces .

Analizó la situación con una claridad repentina.

La furia de Valerie contra Oona no había nacido de la preocupación por la quemadura de Maeve.

Había nacido del hecho de que Oona había dañado uno de los juguetes privados de la dueña de la casa.

Valerie no toleraba que nadie más ejerciera violencia o control sobre sus pertenencias.

Y ahora, al curarla, estaba cerrando la trampa de acero.

Valerie se acercó. Se detuvo justo entre las rodillas separadas de Maeve. La proximidad física era abrumadora. El perfume a jazmín y pólvora quemada borró por completo el olor a vino caliente y especias.

—Quítate la blusa.

Maeve alzó la vista. Los ojos azules de la leyenda caída la observaban desde una altura superior, carentes de urgencia médica. Había una intensidad oscura en su mirada, un hambre disfrazada de cuidados.

Los dedos de Maeve, torpes y manchados de vino, buscaron los pequeños botones de nácar de su pecho. Abrió el primero. El segundo. El tejido estaba pegado a la piel roja e irritada de su esternón. Cuando intentó despegar la seda del borde de su sujetador, dejó escapar un siseo de dolor.

—Quita las manos. Eres tosca hasta para tu propio sufrimiento —murmuró Valerie.

La actriz se inclinó hacia adelante. Sus dedos largos y pálidos apartaron las manos de Maeve con firmeza.

Valerie agarró los bordes de la blusa de seda empapada y tiró suavemente hacia los lados, despegando el tejido arruinado de la carne viva con una precisión milimétrica, evitando arrancar la piel superficial.

Maeve dejó caer los brazos a los lados. La blusa abierta colgaba de sus hombros, dejando al descubierto su pecho enrojecido, sujetado únicamente por el sujetador de algodón barato.

La quemadura abarcaba una mancha irregular desde la base del cuello hasta el valle entre sus senos, latiendo con un calor febril que contrastaba con el aire de la habitación.

Valerie destapó el frasco de cristal. Un olor penetrante a eucalipto, aloe y algo químico, agudo y antiséptico, llenó el espacio. La actriz vertió una cantidad generosa de un ungüento translúcido sobre el paño de lino blanco.

—Va a escocer —advirtió, sin esperar confirmación.

Valerie aplicó el paño directamente sobre el nacimiento de los senos de Maeve.

El contraste del ungüento gélido contra la quemadura caliente le arrancó un gemido involuntario a la periodista. Maeve arqueó la espalda, impulsando su pecho hacia adelante, buscando instintivamente la presión fría de la mano de Valerie para aliviar el dolor.

La actriz no retiró la mano. Comenzó a extender la pomada con movimientos lentos, circulares. Las yemas de sus dedos rozaban el borde de encaje del sujetador, invadiendo el espacio más íntimo de Maeve bajo la excusa perfecta del tratamiento médico.

Maeve cerró los ojos. La respiración se le volvió irregular, pesada.

El dolor de la quemadura se mezclaba con una excitación sucia y prohibida.

Sentía el roce de la seda del vestido de terciopelo negro de Valerie rozando sus rodillas descubiertas.

Sentía el poder absoluto de esa mujer fluyendo a través de sus dedos manchados de ungüento.

Valerie estaba usando la misma técnica que había utilizado con Lachlan la noche anterior. La estaba domesticando a través de la piel.

—Oona es una criatura resentida —susurró Valerie.

Su rostro estaba tan cerca que Maeve podía sentir el calor de su aliento contra la zona quemada—.

Lleva décadas viéndome devorar a otros mientras ella se conforma con recoger las sobras y limpiar la sangre.

Se creyó importante porque le permití frotar mis suelos.

El pulgar de Valerie trazó la línea de la clavícula de Maeve, aplicando una ligera presión, un masaje que disolvió la tensión muscular de la joven, rindiéndola a la voluntad de sus manos.

—Pero tú eres diferente, Maeve —continuó la actriz, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una vibración grave que resonó en el pecho de la periodista—.

Tú no has venido aquí a frotar suelos. Has venido a robar mi fuego.

Y Oona se ha dado cuenta de que, en lugar de repelerte, estoy empezando a dejar que te acerques a las llamas.

Maeve abrió los ojos lentamente. Las pupilas azules de Valerie la observaban con una intensidad insoportable. Estaban a escasos centímetros de distancia. No había espacio para la moralidad de clase media. No había espacio para el periodismo de investigación.

Te defiende para que creas que le perteneces , gritaba la voz de Duncan en su mente.

Pero mientras Valerie retiraba el paño de lino y sus dedos desnudos sustituían a la tela, acariciando la piel aliviada del pecho de Maeve con un tacto hipnótico, la periodista comprendió la aterradora verdad.

No importaba si era un juego. No importaba si era una manipulación sádica diseñada para destruirla. Mientras estuviera encerrada en aquella habitación, bajo la mirada absorbente de la leyenda y el toque de sus manos de hielo, Maeve estaba dispuesta a pertenecerle por completo.

El fuego devorador había dejado de ser una amenaza exterior. Se había instalado en su propia sangre, y estaba ardiendo con una fuerza imposible de apagar.