Ocaso en las Highlands -8- #2
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La dueña de la casa no gritó. No corrió a auxiliar a la periodista.

Se quedó de pie en la cabecera de la mesa, con la postura de un monarca que acaba de presenciar una ejecución mal ejecutada.

El silencio que se hizo en el comedor fue más espeso y aterrador que el rugido de la tormenta en el exterior.

Los ojos azules de Valerie se clavaron en Oona. El hielo en esa mirada tenía la capacidad de detener el corazón de un hombre adulto.

El ama de llaves tragó saliva de forma audible. La falsa sonrisa desapareció de su rostro, sustituida por un pálido velo de pánico. Sabía que había cruzado una línea, pero en su ceguera provocada por los celos, había subestimado el alcance de la furia de su patrona.

—Deja la jarra en el carrito, Oona —susurró Valerie. La voz rasgó la quietud de la sala con la precisión de un bisturí sobre piel desnuda.

Las manos de Oona temblaban tanto que la jarra tintineó violentamente contra la madera del carrito al soltarla.

—Señora, le juro que ha sido un accidente. El peso del líquido... la muñeca me ha fallado. Ya sabe que la humedad de estos días me afecta a las articulaciones y...

—Mírate —la interrumpió Valerie, dando un paso lento, rodeando la mesa, acercándose a su empleada—. Estás babeando excusas como una perra asustada. Me insulta tu falta de inteligencia, Oona. Pero lo que realmente me repugna es tu patética y evidente desesperación.

Oona encogió los hombros, pareciendo perder cinco centímetros de altura en un segundo.

—Yo solo quería servirle a la señorita su vino...

—Querías castigarla. —Valerie se detuvo a menos de medio metro de la mujer mayor.

No levantó la voz, manteniendo ese ronroneo bajo y vibrante que obligaba a todos en la sala a contener la respiración—.

Querías marcar su piel porque no soportas que yo la mire a ella en lugar de mirar al trapo viejo y seco que eres tú.

Un sollozo ahogado escapó de los labios de Oona.

Sus pequeños ojos se llenaron de lágrimas de humillación absoluta.

Maeve, a pesar del ardor punzante que le quemaba el pecho bajo la seda manchada, se quedó paralizada, aterrorizada por la crudeza de la disección.

Valerie no estaba simplemente regañando a una empleada; estaba aniquilando la poca dignidad que le quedaba al ama de llaves.

—Has derramado vino hirviendo sobre mi invitada en mi propio comedor —continuó Valerie, inclinando la cabeza ligeramente hacia un lado, observando las lágrimas de Oona resbalar por las arrugas de sus mejillas—.

Has arruinado la única prenda decente que posee porque crees, en esa mente enana y marchita tuya, que tienes algún derecho sobre mí.

Que tus décadas de limpiar mi polvo te otorgan algún tipo de exclusividad.

—Señora, por favor... —suplicó Oona, cayendo sobre sus propias rodillas en un gesto de sumisión desesperada. La tela de su vestido rígido rozó la alfombra—. Usted es toda mi vida. Yo solo quería proteger su casa de esta arribista.

Valerie miró a la mujer arrodillada a sus pies con una mezcla de aburrimiento y asco profundo. No había compasión. No había piedad.

—Tú no proteges mi casa, Oona. Tú eres parte del mobiliario.

Eres útil hasta que dejas de funcionar correctamente.

Y los muebles defectuosos que causan molestias a mis juguetes se arrojan al fuego.

—Valerie dio medio paso hacia atrás, apartando la mirada del ama de llaves como si la sola visión la ensuciara—.

Desaparece de mi vista. No quiero verte en el ala este ni en los salones principales durante el resto de la semana.

Bramwell se encargará de tus tareas. Si vuelves a acercarte a ella, te haré caminar descalza sobre la nieve hasta el fondo del acantilado. Lárgate.

Oona se levantó con torpeza, ahogando un llanto patético. No se atrevió a mirar a Maeve. Dio media vuelta y huyó hacia las puertas batientes de la cocina, empujándolas con fuerza, desapareciendo en el pasillo de servicio.

El golpe de la madera al cerrarse resonó en el comedor.

Valerie giró su cuerpo lentamente hacia Maeve. La furia demoníaca que había exhibido frente al ama de llaves se esfumó en el aire, sustituida por una calma casi maternal, perversa y calculada.

Maeve seguía agarrándose la camisa por la parte inferior, manteniendo la seda mojada separada de su pecho.

La piel le ardía horriblemente. La quemadura no era de tercer grado, pero la zona del esternón palpitaba con un rojo intenso que asomaba a través del profundo escote manchado de vino.

Temblaba por el dolor y por el impacto de la violencia psicológica que acababa de presenciar.

Valerie cruzó el espacio que las separaba. No le pidió permiso. Posó una mano firme y fría en la base de la espalda de la periodista.

—Vamos —dijo la actriz, guiándola hacia las puertas principales del comedor.

—Estoy bien. Solo necesito agua fría —murmuró Maeve, intentando zafarse débilmente del agarre, pero sus piernas respondían con torpeza.

—Tienes la piel abrasada y la seda se está pegando a la quemadura. Cállate y camina.

Atravesaron el vestíbulo principal a paso rápido. La tormenta exterior seguía martilleando los cristales, pero el interior del castillo parecía haber contenido el aliento tras el estallido. Giraron hacia la galería oeste.

Justo en la esquina, saliendo de uno de los pasillos de servicio con una bandeja de plata vacía bajo el brazo, apareció Duncan Boyd.

El viejo cocinero se detuvo en seco al verlas acercarse. Su corpulencia bloqueó la mitad del pasillo. Valerie, sin soltar la espalda de Maeve, le lanzó una mirada cortante.

—Apártate del camino, Duncan. Y dile a Bramwell que limpie el desastre del comedor. Oona está indispuesta.

Duncan asintió, bajando la cabeza, y se hizo a un lado, pegando la espalda contra los paneles de caoba para dejarlas pasar.

Valerie avanzó primero. Maeve la siguió, aún sosteniendo la tela de su blusa. Al pasar a escasos centímetros del cocinero, el hombre inmenso no levantó la vista, pero su mano, curtida y llena de cicatrices de quemaduras antiguas, se movió imperceptiblemente, rozando el brazo izquierdo de Maeve.

Fue un contacto de medio segundo.

La voz grave y áspera de Duncan vibró en el aire, un susurro tan bajo que apenas superó el ruido del viento en el exterior, pero perfectamente inteligible para los oídos de la periodista.

— Ese es su juego. —El aliento del anciano chocó contra la oreja de Maeve—. Te defiende para que creas que le perteneces.

Maeve dio un pequeño traspié. El impacto de las palabras del cocinero fue más profundo que la quemadura del vino.

Levantó la vista, buscando los ojos de Duncan, pero el hombre ya se había alejado por el pasillo, arrastrando sus zapatos pesados, envuelto de nuevo en su manto de silencio y servidumbre.

—¿Ocurre algo? —preguntó Valerie, deteniéndose frente a la puerta de doble hoja de sus aposentos privados. La actriz la miraba por encima del hombro, con el pomo de bronce ya girado.

—No. Nada. Un mareo por el dolor.

Valerie empujó la puerta.

El calor de la habitación privada volvió a asfixiar a Maeve.

La chimenea devoraba gruesos troncos, iluminando el diván carmesí y los espejos envejecidos.

Valerie soltó su espalda, caminó hacia un pequeño tocador de madera de nogal y abrió uno de los cajones.

Extrajo un frasco de cristal opaco y un paño de lino blanco inmaculado.

—Siéntate en el borde del diván —ordenó la actriz.