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El temporal había enterrado el castillo bajo un metro y medio de nieve.
La luz del sol no logró atravesar la densa capa de nubes grises en todo el día, sumiendo las Highlands en un crepúsculo perpetuo que desdibujaba las horas.
El viento ya no aullaba; rugía. Golpeaba las fachadas de piedra oscura con la fuerza de un ariete, buscando cualquier grieta en la argamasa centenaria para inyectar su aliento helado en los pasillos interiores.
Maeve Gallagher llevaba veinticuatro horas sin pegar ojo.
Sentada en el borde de su cama con dosel, observaba cómo su propia respiración se condensaba en pequeñas nubes blancas frente a su rostro.
La calefacción central, tal y como había advertido el mayordomo, era incapaz de combatir la caída drástica de las temperaturas.
Los pesados radiadores de hierro fundido apenas emitían un calor tibio que moría a escasos centímetros del metal.
Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos desnudos cubiertos de carne de gallina.
Tenía que prepararse para la cena. La idea de enfrentarse a Valerie Thorne después de lo ocurrido la noche anterior en la sala de archivos le revolvía el estómago.
La actriz no le había dirigido la palabra en todo el día.
No la había convocado a la biblioteca. La había dejado pudrirse en el aislamiento de su cuarto, sabiendo perfectamente que la mente de la periodista estaba siendo devorada por la culpa, la vergüenza y una excitación aberrante que se negaba a desaparecer.
Valerie la había visto mirar. La había hecho cómplice de la degradación del jardinero. Y Maeve, en lugar de huir, se había quedado paralizada, bebiéndose la escena hasta la última gota.
Se levantó con las piernas entumecidas y caminó hacia el armario de caoba.
Su ropa de trabajo, los gruesos jerséis de lana y los pantalones de pana, le parecían ahora disfraces ridículos.
Valerie la había llamado cobarde por esconderse bajo tejidos informes.
La había humillado frente al espejo tríptico, mostrándole el poder de la armadura.
Maeve rebuscó en el fondo de su maleta sintética y extrajo la blusa de seda color crema.
Era la prenda más cara que poseía, a pesar de haberla comprado de segunda mano en el mercadillo de Notting Hill.
La seda era auténtica, suave como el agua, con un ligero escote en pico y una botonadura de nácar que descendía por el pecho.
Se quitó la camiseta de algodón gruesa y se puso la blusa.
El tejido helado la hizo jadear. La tela se adhería a su piel, marcando la rigidez de sus pezones por la temperatura de la habitación y delineando la sutil curva de sus clavículas.
Se puso una falda negra recta y los zapatos planos de cuero, ignorando el frío que le subía por los tobillos.
No lo hacía por coquetería. Lo hacía como un acto de desesperación. Necesitaba recuperar una fracción minúscula de dignidad, demostrarle a Valerie, y a sí misma, que no era un animal acorralado.
Se soltó la trenza, dejando que el cabello castaño le cayera en ondas desordenadas sobre los hombros, y salió al pasillo.
La primera planta estaba sumida en una oscuridad opresiva.
Los apliques eléctricos parpadeaban de forma intermitente, ahogados por las fluctuaciones del generador principal que luchaba contra la tormenta.
Maeve avanzó hacia la escalera de roble.
Cada tabla que crujía bajo sus pies sonaba como un disparo.
El olor a humo de leña, cera y polvo antiguo saturaba sus fosas nasales.
Llegó al comedor. Las dos inmensas chimeneas estaban encendidas, vomitando llamas que proyectaban sombras demoníacas sobre los tapices de caza de las paredes. La mesa de caoba estaba preparada para dos personas.
Valerie ya estaba allí.
La dueña de la casa llevaba un vestido de terciopelo negro de manga larga, con un cuello alto que contrastaba violentamente con la palidez de su rostro. Sostenía una copa de cristal de bohemia en la mano derecha, observando las llamas de la chimenea este con una expresión de tedio absoluto.
Maeve avanzó por la alfombra. El sonido de sus pasos alertó a Bramwell, que emergió de las sombras junto al reloj de nogal para retirarle la pesada silla de brocado.
—Buenas noches —dijo Maeve. Su voz sonó ronca por la falta de uso durante todo el día.
Valerie giró el cuello lentamente. Sus ojos glaciares recorrieron la figura de la escritora.
La mirada se detuvo en el escote en pico de la blusa de seda crema.
No hubo burla en su expresión, ni superioridad inmediata.
Hubo un reconocimiento silencioso. Un depredador evaluando el intento de su presa de mostrar los dientes.
—Seda en medio de una tormenta de nieve. Una elección temeraria, señorita Gallagher —comentó Valerie, dando un pequeño sorbo a su copa—. Casi diría que está intentando enviar un mensaje.
—Es mi ropa. No hay ningún mensaje —respondió Maeve, sentándose y colocando las manos sobre su regazo, intentando que no temblaran. La tela de la falda apenas le proporcionaba calor.
—Siempre hay un mensaje. —Valerie apoyó la copa sobre el mantel—. La ropa nunca miente. Habla de nuestras carencias. Usted se ha puesto esa blusa porque se siente desarmada. Porque sabe que anoche, en el archivo, se dejó arrastrar al barro y ahora necesita fingir que pertenece al cristal.
El impacto fue directo. Valerie no iba a dejarlo pasar. No iba a ignorar el voyeurismo. Lo estaba poniendo sobre la mesa, sirviéndolo como el primer plato de la cena.
Maeve apretó los puños bajo la mesa. El calor le subió a las mejillas.
—Usted dejó las puertas abiertas a propósito.
—Yo siempre dejo las puertas como deben estar —replicó Valerie con una suavidad letal—. Usted fue la que decidió mirar por la rendija. Usted fue la que se quedó sin aliento. No intente culpar a mi arquitectura de sus propios instintos reprimidos.
Antes de que Maeve pudiera articular una defensa que no sonara patética, la puerta batiente de la zona de servicio se abrió.
Oona Kincaid entró en el comedor. El ama de llaves empujaba un carrito de madera y bronce con ruedas de goma.
Su rostro era una máscara de tensión, los labios apretados hasta formar una línea blanca y exangüe.
Sus ojos, pequeños y oscuros, se clavaron en Maeve durante una fracción de segundo antes de desviarse hacia Valerie con una devoción casi canina.
El carrito desprendía un olor penetrante, dulce y especiado. Olía a canela, a clavo, a cáscara de naranja quemada y a alcohol denso.
—He preparado el vino caliente, señora Thorne —anunció Oona, deteniendo el carrito junto a la cabecera de la mesa—. Tal y como ordenó para combatir la humedad de la piedra.
—Sírvelo, Oona. Y asegúrate de que esté hirviendo. Odio las bebidas tibias.
El ama de llaves tomó una jarra de plata maciza con asa forrada en cuero.
El metal estaba empañado por el vapor que emanaba del líquido oscuro del interior.
Oona se acercó primero a Valerie, llenando una copa de cristal grueso con extrema delicadeza, sin derramar una sola gota sobre el inmaculado mantel de hilo.
Luego, rodeó la mesa de caoba y se acercó a la posición de Maeve.
La periodista observó las manos del ama de llaves. Los nudillos de Oona estaban blancos por la fuerza con la que aferraba el asa de cuero. Su respiración era corta, rítmica, como la de alguien que está a punto de cometer un acto violento.
Oona se detuvo a la izquierda de Maeve. Levantó la pesada jarra de plata. El vapor especiado chocó contra el rostro de la escritora, empañándole la visión por un segundo. El ama de llaves comenzó a verter el vino caliente en la copa vacía.
Y entonces, los ojos de Oona bajaron hacia la blusa de seda crema.
Maeve vio el cambio en la expresión de la mujer.
Fue un espasmo microscópico, una contracción de la mandíbula que denotaba un odio visceral, puro y destructivo.
Oona odiaba la juventud de Maeve. Odiaba la atención que Valerie le prestaba, los juegos mentales, las puertas abiertas.
Odiaba que una intrusa endeudada estuviera sentada a la mesa mientras ella, que había entregado su vida y su alma a la actriz, seguía sirviendo la comida.
La muñeca de Oona giró. No fue un tropiezo. No hubo ningún enganchón con la alfombra ni un falso movimiento. Fue un giro deliberado, calculado y cruel.
La jarra de plata se inclinó bruscamente hacia la derecha.
El torrente de vino caliente especiado, oscuro como la sangre coagulada, falló la copa por diez centímetros y cayó directamente sobre el pecho de Maeve.
El líquido hirviendo impactó contra la seda crema, empapando el tejido en una fracción de segundo y pegándolo a la piel sensible de su clavícula, su esternón y el nacimiento de sus senos.
El dolor fue inmediato, abrasador. Un latigazo de fuego líquido que le arrancó el aire de los pulmones.
Maeve soltó un grito sordo y saltó de la silla, empujándola hacia atrás con tanta fuerza que la madera golpeó el suelo de parqué con un estruendo brutal. Se llevó las manos al pecho, intentando separar la seda hirviendo de su piel, pero el tejido mojado se había adherido como una ventosa ardiente.
—¡Dios mío! —jadeó Maeve, retrocediendo a trompicones, con los ojos llenos de lágrimas de dolor repentino. La mancha oscura se expandía por la prenda, arruinando la seda para siempre, dejando un rastro rojo púrpura sobre el blanco roto.
Oona retrocedió un paso, sosteniendo la jarra con ambas manos contra su estómago.
—Oh, lo lamento muchísimo, señorita Gallagher —dijo el ama de llaves.
Su tono era plano, ensayado, sin una sola gota de remordimiento real.
Las comisuras de sus labios temblaban en un esfuerzo monumental por contener una sonrisa de pura satisfacción—.
El asa de cuero estaba resbaladiza por el vapor.
Qué torpeza la mía. Permítame traerle un trapo.
Bramwell dio un paso al frente desde la sombra, pero una mano alzada cortó su avance.
Valerie Thorne se había levantado de su silla.