-7- #3
Lachlan obedeció de inmediato, soltando el tejido de la bata como si ardiera, manteniendo los brazos rígidos a los costados, con la cabeza aún hundida entre las piernas de la actriz. El gruñido que escapó de su garganta estaba cargado de frustración y desesperación animal.
Maeve cerró los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas de las manos.
La excitación era tan salvaje que le provocaba náuseas.
Se sentía sucia, asqueada de sí misma por estar presenciando aquello, pero la curiosidad mórbida y el poder abrumador que emanaba de la actriz actuaban como un imán gravitacional.
Se imaginó en el lugar de Lachlan. Se imaginó arrodillada sobre esa alfombra, sintiendo los dedos helados de Valerie hundirse en su cabello, recibiendo esas órdenes cortantes y humillantes.
La imagen mental fue tan potente que un leve gemido, apenas un suspiro roto, escapó de los labios de Maeve.
Se llevó ambas manos a la boca, aplastándolas contra sus propios labios para silenciar el sonido, aterrorizada de delatarse a pesar de saber que Valerie era plenamente consciente de su presencia.
El tormento continuó durante unos eternos minutos.
El ritmo de los movimientos de Lachlan se volvió más frenético, sus sonidos más desesperados, mientras Valerie mantenía una calma estoica, exhalando el humo del tabaco hacia el techo, con su mirada azul conectada intermitentemente a los ojos castaños de la periodista a través de la rendija.
Finalmente, Lachlan emitió un último sonido ahogado, un jadeo prolongado y ronco que hizo que todo su cuerpo se tensara como una cuerda a punto de romperse.
Su espalda tembló violentamente, los músculos agarrotados bajo el sudor frío de la sala, y luego se desplomó hacia adelante, apoyando la frente contra las rodillas de la actriz, agotado.
Valerie no alteró su postura. Aplastó el resto del cigarrillo contra un cenicero de cristal de Murano de la mesilla auxiliar.
—Vístete. Hueles a establo —ordenó, con un tono carente de cualquier emoción posterior al clímax. No había afecto, no había gratitud. Solo desprecio tras haber agotado la utilidad de la herramienta.
Lachlan se incorporó despacio. Sus movimientos eran torpes. Agarró su camisa del suelo, se la puso sin abrocharse los botones, y recogió el abrigo empapado de la alfombra. No miró a Valerie a la cara. Mantuvo la cabeza baja, la vergüenza marcando cada una de sus facciones toscas.
—Cierra bien las puertas del servicio al salir. No quiero que entre la ventisca.
El joven asintió en silencio, dio media vuelta y abandonó la biblioteca principal. El eco de sus botas de goma perdiéndose por el pasillo fue el único sonido que acompañó al silbido constante del viento en el exterior.
La gran sala volvió a quedar sumida en la quietud de la tormenta.
Maeve seguía con las manos apretadas contra la boca en la habitación contigua. El pulso le latía con furia en las sienes. Sabía que debía retroceder, volver a la máquina de escribir y hacer ruido, fingir que todo había sido producto del silencio.
Pero antes de que pudiera dar un paso atrás, Valerie se levantó del sillón.
La bata de seda azul noche ocultó cualquier imperfección, cayendo con elegancia alrededor de su figura estilizada. La actriz caminó despacio, con pasos de depredador, rodeando la pesada mesa de lectura. Avanzó directamente hacia las puertas dobles correderas, hacia la pequeña franja de luz dorada.
Maeve no pudo moverse. El pánico la inmovilizó como el veneno de una araña.
Valerie se detuvo al otro lado del cristal traslúcido.
Estaba tan cerca que Maeve podía ver la textura de la seda de su bata a través de la rendija.
La actriz no abrió las puertas. Ni siquiera tocó la madera.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, acercando sus labios perfectos a escasos milímetros del hueco oscuro.
El perfume a jazmín y pólvora se filtró a través de la apertura, inundando los pulmones de Maeve y mareándola por completo.
—Ponga las manos sobre el teclado, señorita Gallagher —susurró Valerie. La voz rasgó el silencio de la sala anexa con la suavidad de una cuchilla afilada—. Me aburre el sonido de su propia respiración acelerada. Escriba algo.
Valerie se apartó de la puerta y el sonido de sus mocasines alejándose por la alfombra marcó el final de la función.
Maeve retrocedió a trompicones, golpeándose la cadera contra el archivador metálico.
El dolor agudo fue lo único que la devolvió a la realidad física.
Se dejó caer sobre la silla de madera frente a la Olivetti.
Miró la página en blanco enganchada en el rodillo de goma, las teclas metálicas frías e inertes.
Levantó las manos temblorosas y las apoyó sobre las letras, pero no tenía palabras.
Su cerebro estaba vacío, devorado por la imagen de los ojos azules mirándola a través del abismo.
El muro de su propia dignidad se había derrumbado por completo; la tormenta ya no estaba solo en las Highlands, ahora aullaba dentro de sus propias venas.