-7- #2
El teatro de la crueldad. Las palabras se formaron solas en la mente de la periodista. No era un despiste. Nada en aquella casa obedecía al azar. La rendija era una invitación, un escenario preparado al milímetro para su único miembro del público.
—Hueles a hielo y a sudor.
La voz de Valerie resonó en el otro lado de la madera. Era ese mismo ronroneo bajo, vibrante y letal que Maeve había escuchado la madrugada anterior desde el pasillo.
—Estaba cortando leña extra en la parte trasera. El señor Bramwell dijo que las chimeneas no iban a aguantar si la ventisca bajaba la temperatura otro par de grados.
Era Lachlan. El jardinero. La voz del joven sonaba agotada, áspera, como si hubiera estado horas expuesto a la inclemencia del invierno. Se escuchó el crujido del cuero de uno de los sillones orejeros cediendo bajo el peso de la actriz.
—Quítate el abrigo. Gotea barro sobre el parqué de los bordes.
El sonido de una tela gruesa y mojada cayendo al suelo llenó el silencio.
Maeve no podía apartar la vista de la franja dorada que dividía las puertas.
La tentación tiraba de ella con ganchos invisibles clavados en el centro del estómago.
Sabía que si se acercaba, si miraba a través del hueco, estaría mordiendo el anzuelo.
Estaría dándole a Valerie exactamente lo que buscaba: la sumisión intelectual a través de la degradación moral.
Pero la curiosidad y el fuego oscuro que se había encendido en el vestidor horas antes devoraron cualquier atisbo de lógica periodística.
Maeve se levantó de la silla con tal lentitud que las articulaciones le crujieron.
Avanzó de puntillas, evitando pisar las tablas sueltas que ya había memorizado alrededor del escritorio.
Apoyó la palma de la mano derecha contra el marco de madera de la puerta corredera y acercó el rostro a la rendija.
El campo de visión era limitado, pero perfecto.
La biblioteca principal estaba iluminada únicamente por la gran chimenea y una lámpara de pie situada junto al ventanal.
Valerie estaba reclinada en su sillón habitual.
Llevaba de nuevo la bata de seda azul noche, abierta ligeramente en el escote, mostrando la palidez prístina de su piel.
Sostenía un cigarrillo en una boquilla larga de carey, expulsando un fino hilo de humo gris hacia el techo adornado con cornisas de escayola.
A un par de metros de ella, de pie en el centro de la alfombra oriental, estaba Lachlan.
Llevaba la camisa de franela a cuadros desabrochada y empapada, pegada a los músculos del torso por el esfuerzo físico de haber estado cortando madera bajo la tormenta.
Su pecho subía y bajaba rítmicamente. Tenía el cabello oscuro pegado a la frente, y el agua de la nieve derretida le resbalaba por las sienes, perdiéndose en el cuello de su ropa.
Era la pura encarnación de la fuerza bruta, un animal de trabajo metido en un salón de porcelana.
—Quítate la camisa.
Lachlan no dudó. Sus manos toscas, manchadas de resina y tierra, tiraron de los faldones de la prenda, sacándola de la cinturilla de sus pantalones gruesos, y la arrojó a un lado.
Su torso desnudo quedó expuesto a la luz anaranjada del fuego.
Estaba cubierto de un leve sudor brillante, la piel marcada por cicatrices antiguas y músculos tensos por el frío de la sala inmensa.
—Acércate.
El joven dio dos pasos hacia adelante, parándose justo frente a las rodillas de la actriz, invadiendo su espacio vital.
Maeve contuvo el aliento en la sala contigua. Sus dedos se clavaron en la madera del marco. Podía oír el zumbido de la tormenta golpeando los cristales, pero el mundo exterior había dejado de existir. Solo importaba la coreografía perversa que se desarrollaba a tres metros de sus ojos.
Valerie bajó la mano que sostenía la boquilla y, con la yema del dedo índice de la otra, trazó una línea imaginaria desde el esternón de Lachlan hasta la base de su ombligo.
El contraste entre la uña pintada de rojo carmesí y la piel sucia y curtida del muchacho era hipnótico.
El joven soltó un ligero temblor, una reacción puramente instintiva al frío de la piel de la mujer contra la suya.
—De rodillas.
La orden. Siempre la misma orden.
Lachlan se dejó caer sobre la alfombra. Esta vez, la posición lo dejó exactamente de perfil hacia la rendija de las puertas correderas. Valerie inclinó la cabeza hacia la izquierda, tomando una calada lenta de su cigarrillo.
Y entonces, sucedió.
Valerie no miraba a Lachlan. Sus ojos de un azul glaciar, inconfundibles, afilados e inteligentes, se desviaron lentamente. Atravesaron la penumbra de la inmensa biblioteca, pasaron de largo sobre los archivadores y apuntaron directamente hacia la franja abierta entre las dos hojas de madera.
Se clavaron exactamente en las pupilas de Maeve.
Un latigazo de adrenalina y terror recorrió la columna vertebral de la periodista. El instinto le gritó que retrocediera, que volviera a la máquina de escribir y fingiera que tecleaba sin descanso. Pero sus pies estaban soldados al suelo.
Valerie mantuvo el contacto visual a través de la rendija.
No sonrió. Su rostro era una máscara de absoluta frialdad, pero sus acciones desmintieron esa apatía.
La actriz bajó la mano y entrelazó sus dedos pálidos en el cabello oscuro y rizado de Lachlan.
Tiró de él hacia sí misma con una fuerza repentina, obligándole a hundir el rostro contra la apertura de su bata de seda, directamente sobre sus muslos.
El sonido húmedo del contacto físico llenó la estancia, un contraste violento con el crepitar seco de la madera en la chimenea.
Lachlan soltó un gemido grave, un gruñido ahogado por la seda y la piel, el sonido de un hombre devorado por su propio instinto básico y por la necesidad de complacer a su dueña.
Valerie no le prestó la menor atención al cuerpo que se retorcía a sus pies. Sus ojos seguían fijos en la pequeña franja de luz donde se escondía Maeve.
Era una exhibición.
El golpe de comprensión fue devastador. Maeve se dio cuenta en ese instante de que la dueña del castillo no sentía ninguna excitación por el jardinero.
Lachlan no era un amante, ni siquiera era un esclavo sexual en el sentido estricto.
Era un simple objeto inanimado, un instrumento de carne y hueso que Valerie estaba utilizando para excitarse a través de la reacción de su verdadera presa.
La excitación de Valerie no nacía del roce de los labios del joven, nacía de saber que Maeve estaba al otro lado de la puerta, temblando, mirando, incapaz de apartar los ojos.
La mano de Valerie guio la cabeza del joven con movimientos lentos y rítmicos.
Lachlan respiraba con agitación, emitiendo sonidos roncos, casi suplicantes.
Su espalda ancha y musculosa se tensaba bajo la luz del fuego, sus manos se aferraban a los reposabrazos del sillón de cuero, clavando las uñas, desesperado por un control que jamás tendría.
Y mientras el hombre se deconstruía en el suelo del salón, Maeve comenzó a arder en las sombras del archivo.
El calor se acumuló en su pecho, descendiendo por su abdomen hasta concentrarse en la base de su vientre con una intensidad dolorosa.
Sus muslos rozaron entre sí bajo la pana áspera.
La respiración se le aceleró, atrapada en su garganta, obligándola a separar los labios para coger oxígeno.
La moralidad, el profesionalismo y la dignidad se disolvieron bajo la mirada implacable de aquellos ojos azules que la observaban desde el otro lado de la madera.
Valerie estaba follando con la mente de Maeve usando el cuerpo de Lachlan.
—Demasiado brusco —criticó Valerie, alzando apenas la voz, pero el eco llegó perfecto a la sala anexa—. Tus manos son como lijas. Aparta los dedos de la tela. No quiero que arruines esta seda.