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El metal de la cremallera trasera estaba completamente encasquillado.
Maeve retorció el brazo izquierdo por encima del hombro y el derecho por la zona lumbar, intentando pellizcar el minúsculo tirador con las yemas de los dedos sudorosos.
La fricción le raspaba la piel de las escápulas.
El satén verde esmeralda, que minutos antes había parecido una segunda piel esculpida para ella, ahora se comportaba como una trampa de asfixia.
Tiró con fuerza, desesperada. Escuchó el leve sonido de un hilo de seda rasgándose bajo la presión, un chasquido casi imperceptible que la paralizó de terror.
Si rompía una de las prendas de la colección de Valerie Thorne, el precio a pagar superaría con creces el saldo negativo de su cuenta bancaria.
Aflojó la tensión de los dedos, obligándose a respirar hondo.
El aire del vestidor estaba viciado, espeso por el aroma a cedro, polvo de maquillaje antiguo y el rastro fantasmagórico del perfume de la actriz.
Volvió a tantear el metal, moviéndolo milímetro a milímetro, hasta que los dientes de la cremallera cedieron.
El corpiño se abrió. Maeve soltó un jadeo sordo mientras sus pulmones volvían a expandirse con normalidad.
Se quitó el vestido dejándolo caer por sus caderas hasta formar un charco brillante a sus pies desnudos.
Inmediatamente, el frío del inmenso cuarto sin ventanas se abalanzó sobre su piel húmeda.
Recogió su jersey de lana gris del suelo. Al meter la cabeza por el cuello vuelto, la textura áspera y barata de la prenda chocó contra su cuerpo, recordándole su lugar en la cadena alimenticia de aquella casa. Se abrochó los pantalones de pana con dedos torpes y se calzó los zapatos.
No dejó el vestido tirado. A pesar del temblor que le sacudía las rodillas, se agachó, recogió el pesado tejido de alta costura, lo alisó con reverencia y lo colgó en la percha forrada de raso negro.
Lo devolvió al armario de cristal, cerrando las puertas biseladas para borrar cualquier evidencia de la humillación que acababa de sufrir frente al espejo tríptico.
Cuando cruzó el pasillo de caoba y llegó al vestíbulo principal, notó el cambio en la presión atmosférica antes siquiera de asomarse a los ventanales.
El rugido del océano contra el acantilado había sido sepultado por un sonido diferente, un silbido agudo y constante que hacía vibrar los pesados marcos de madera de la fachada principal.
Maeve se acercó al cristal. Ya no era lluvia.
La temperatura se había desplomado drásticamente durante la última hora.
Copos de nieve del tamaño de monedas caían en tromba, arrastrados por ráfagas de viento huracanado que los estrellaban contra los vidrios, formando una costra de hielo opaco que borraba por completo el exterior.
El temporal había mutado en una ventisca furiosa, devorando el camino de grava, la verja de hierro y cualquier rastro de la civilización.
—No intente buscar la carretera, señorita Gallagher. Ya no existe.
La voz rasposa la sobresaltó. Maeve giró sobre los talones.
Bramwell estaba de pie en el umbral que conectaba el vestíbulo con la zona de servicio. Llevaba el mismo traje oscuro e inmaculado, pero en su mano derecha sostenía un pesado auricular de baquelita negra, del que colgaba un cable rizado y cortado de cuajo en su extremo.
El mayordomo caminó hacia ella con pasos mesurados y le tendió el aparato.
Maeve lo cogió instintivamente. Se llevó el auricular a la oreja. No había tono de marcación. Ni siquiera había el clásico siseo de la estática. Era un silencio absoluto, hueco, muerto.
—El peso del hielo ha colapsado el tendido de cobre a unos tres kilómetros de aquí, cerca del cruce del valle —informó Bramwell, cruzando las manos a la espalda con una tranquilidad que rozaba lo funerario—.
Los postes de madera son viejos. Suele ocurrir todos los inviernos cuando la temperatura baja de menos cinco grados.
—¿Cuánto tardarán en arreglarlo? —preguntó Maeve. Su voz sonó más débil de lo que pretendía. Dejó el auricular inútil sobre una mesita auxiliar de mármol.
—Días. Quizás más de una semana, si la nieve bloquea los accesos al valle y los camiones de reparación del condado no pueden subir.
Estamos aislados. Nadie puede entrar, y nadie puede salir.
La señora Thorne ha ordenado que se racione el carbón de las estufas secundarias y que nos concentremos en mantener el fuego en las estancias principales.
Le sugiero que coja mantas extra del armario de su pasillo.
Bramwell no esperó respuesta. Recogió el auricular roto y desapareció por el pasillo envuelto en sombras.
Aislados. El concepto se asentó en el cerebro de Maeve como una piedra cayendo en un estanque.
Ya no era una cuestión de no tener un coche o de que el mayordomo le negara la llave del teléfono.
Era una imposibilidad física. Estaba encerrada en una caja de piedra junto a una mujer que había empezado a diseccionar su mente con la precisión de un cirujano sociópata, un ama de llaves que la odiaba, un cocinero que le advertía del peligro y un jardinero reducido a animal de compañía.
A la hora de la cena, el ambiente en el inmenso comedor era insoportable.
Las dos chimeneas rugían, pero el calor apenas lograba disipar el frío que irradiaban las gruesas paredes del castillo.
Valerie no hizo mención alguna al episodio del vestidor.
Cenó una pequeña porción de pescado blanco asado en un silencio monacal, ignorando la presencia de Maeve por completo.
La periodista masticó su comida sin saborearla, con la mirada fija en el mantel de hilo, temiendo que cualquier contacto visual reiniciara la tortura verbal de la mañana.
—Su inactividad me resulta tediosa —dijo Valerie de pronto, justo cuando Bramwell retiraba los platos limpios. La actriz se secó las comisuras de los labios con la servilleta de lino—. Se supone que le pago por escribir un libro.
—He intentado transcribir la sesión de esta mañana —respondió Maeve, adoptando un tono defensivo antes de poder frenarse—, pero sus declaraciones no seguían ninguna estructura. Y la entrevista de esta tarde... se canceló.
—No hay excusas para una página en blanco. Usted es escritora fantasma. Invéntese la estructura.
Valerie se levantó, apoyando ambas manos sobre la mesa de caoba.
—No quiero verla vagando por mis pasillos esta noche.
Va a trabajar. Hay una pequeña sala de lectura anexa a la biblioteca principal, donde Bramwell guarda los registros de gastos.
Instálese allí. No saldrá hasta que tenga redactado, al menos, un borrador decente de las primeras diez páginas basado en mis... reflexiones sobre el poder.
—¿Ahora? Son casi las diez de la noche.
—El talento no tiene horario de oficina, Maeve. A menos que prefiera volver a su habitación y seguir escuchando los ruidos de la madera contrayéndose.
La amenaza velada flotó en el aire, pesada y cargada de veneno. Valerie seguía utilizando su voyeurismo nocturno como correa. Maeve asintió, derrotada. Se levantó, recogió su cuaderno y caminó hacia el ala este para buscar la pesada máquina Olivetti.
La sala anexa a la biblioteca era angosta, un mero pasillo ensanchado que servía como archivo de documentos anticuados.
Olía a papel humedecido y a tinta seca. Había un escritorio de roble macizo iluminado por una lámpara de banquero con tulipa de cristal verde.
Las paredes estaban forradas de archivadores metálicos hasta el techo.
La estancia se conectaba con la inmensa biblioteca principal mediante unas puertas dobles correderas, también de roble, adornadas con cristales translúcidos que distorsionaban las formas del otro lado.
Maeve depositó la máquina de escribir sobre la mesa. El peso del metal abolló ligeramente el tapete de cuero verde del escritorio. Colocó dos folios en blanco en el carro, ajustó el rodillo de goma y se sentó en la silla de madera, que crujió de inmediato.
Encendió la pequeña lámpara. La luz verde se proyectó sobre sus manos. El resto de la pequeña sala quedó en penumbra.
Pulsó la primera tecla. El chasquido metálico del brazo golpeando la cinta de tinta y marcando el papel sonó como un disparo.
Era un sonido violento, mecánico, que rompía la quietud de la noche.
Empezó a teclear con lentitud, intentando recordar las frases que Valerie había soltado por la mañana sobre los depredadores de Hollywood y la textura del miedo.
No estaba escribiendo una biografía, estaba redactando un tratado sobre la supervivencia.
A la media hora, un ruido sordo provino de la habitación de al lado.
Las puertas de la biblioteca principal se abrieron y se cerraron con un golpe pesado. Maeve detuvo los dedos sobre el teclado de la Olivetti. El silencio de la sala anexa amplificó de inmediato los sonidos contiguos. Alguien había entrado en el recinto.
Se escucharon pasos sobre la gran alfombra circular. No eran los mocasines silenciosos de Valerie, ni los zapatos duros de Bramwell. Eran botas de goma, pesadas, arrastrando una ligera capa de humedad que chirriaba sutilmente contra las fibras del tejido.
Maeve tragó saliva. La nuez le raspó la garganta. Dirigió la vista hacia las puertas dobles correderas que separaban su minúsculo escritorio de la inmensidad de la biblioteca.
No estaban cerradas del todo.
Había una rendija de unos diez centímetros en el centro, donde ambas hojas debían encajar.
La luz amarilla y cálida de las lámparas de pie de la biblioteca se filtraba por esa fractura, trazando una línea dorada sobre el suelo de la sala de archivo, apuntando directamente hacia la silla de Maeve.
Valerie le había ordenado trabajar allí, pero no había cerrado las puertas correderas al abandonar la estancia tras la cena.