Ocaso en las Highlands -6- #3
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Valerie deslizó sus yemas por la curvatura de los hombros de Maeve, bajando hacia la espalda, donde la V del escote dejaba la piel completamente expuesta.

—El vestido aún está abierto —susurró Valerie. Su voz no provenía del frente, sino de escasos milímetros detrás de su oreja izquierda. El aliento cálido chocó contra el lóbulo de Maeve, erizándole el vello de la nuca.

Las manos de la actriz buscaron la pequeña cremallera metálica en la base de la espalda. Maeve observaba la escena en el espejo con los ojos muy abiertos, como si fuera la espectadora de su propia perdición. Vio a Valerie inclinarse ligeramente.

El sonido de los dientes metálicos enganchándose fue apenas un clic.

Valerie comenzó a subir el tirador con una lentitud agónica.

Con cada centímetro que la cremallera ascendía, la fricción del metal y de los nudillos fríos de Valerie contra sus vértebras le succionó el aire de los pulmones.

El corpiño se fue ciñendo cada vez más, aprisionándola, encapsulándola dentro de la armadura esmeralda.

Maeve cerró los ojos con fuerza. Las piernas le temblaban de forma espasmódica.

La excitación que había sentido la noche anterior espiando a través de la puerta no era nada comparado con esto.

Estaba siendo dominada de la forma más íntima y devastadora posible, despojada de su identidad y moldeada para encajar en el fetiche de una mujer que solo sabía amar destruyendo.

—Sostenga la respiración —ordenó Valerie, en un ronroneo bajo y vibrante.

Maeve hundió el estómago. La cremallera subió los últimos cinco centímetros, llegando al cierre superior, justo entre los omóplatos.

Las manos de Valerie no se apartaron tras terminar. En lugar de retroceder, la actriz apoyó las palmas planas sobre los omóplatos desnudos de Maeve, empujándola ligeramente hacia adelante para obligarla a mantener la postura militar. Luego, acercó su rostro al lateral del cuello de la periodista.

—Abra los ojos, Maeve. Mírese.

Maeve levantó los párpados. Las pestañas le temblaban.

El reflejo le devolvió la imagen de dos mujeres entrelazadas en un abrazo perverso.

Valerie estaba detrás, envuelta en oscuridad, una sombra de poder absoluto, con las manos posesivamente aferradas a la espalda de la joven.

Y delante, atrapada en satén verde, estaba Maeve.

Sus labios estaban ligeramente separados, buscando aire.

Su pecho subía y bajaba con agitación. Su mirada, cruzada con la de Valerie a través del espejo tríptico, estaba cargada de un ruego silencioso e inconfesable.

—Este es el peso de la armadura —susurró Valerie, deslizando lentamente una de sus manos desde el omóplato hacia la parte frontal, rozando el borde del escote de corazón, a escasos milímetros del pecho de Maeve—.

Te da el poder de destruir a cualquiera que te mire.

Pero, a cambio, requiere que renuncies a tu fragilidad.

Requiere que aceptes que ya no eres una persona, sino un objeto de adoración.

El roce del pulgar de Valerie cerca de su clavícula quemó la piel de Maeve.

La tensión sexual en el aire era tan densa, tan palpable, que se podía cortar con el filo del hacha de Lachlan.

Maeve sabía que la profesionalidad había muerto en el instante en que dejó caer su jersey al suelo.

Ya no existía la periodista. Ya no existía el contrato, ni la agencia, ni el libro.

Solo existía la necesidad abrumadora de que la mano de Valerie no se detuviera.

Maeve dejó escapar un leve suspiro, un sonido roto que rebotó en los espejos del vestidor. Inclinó la cabeza un par de milímetros hacia atrás, buscando inconscientemente el calor del rostro de la actriz, rindiéndose a la gravedad.

Pero Valerie Thorne era una maestra en el arte de la tortura emocional.

En el momento exacto en que percibió la entrega absoluta de la joven, en el segundo en que Maeve se ofreció como sacrificio, las manos frías desaparecieron.

Valerie dio un paso hacia atrás, rompiendo el contacto físico con una brusquedad helada.

Maeve se tambaleó ligeramente hacia adelante ante la repentina falta de apoyo, abriendo los ojos de golpe. El calor desapareció de su piel, sustituido por el frío implacable del vestidor y el azote de la humillación.

—Quítese el vestido y vuelva a ponerse sus harapos —ordenó Valerie, cambiando el tono de voz de un susurro íntimo a una autoridad metálica y distante—. El verde esmeralda no le favorece en absoluto. Resalta su complexión anémica.

Valerie se giró, dando la espalda al espejo, y caminó hacia la cómoda de mármol para recoger su copa de cristal.

Maeve se quedó petrificada frente al tríptico.

La respiración se le atascó en el pecho, convertida en un nudo de lágrimas contenidas y deseo frustrado.

Observó cómo la figura de la diva abandonaba el vestidor arrastrando la seda azul noche, dejándola sola en medio de los armarios, atrapada dentro de un vestido que no podía desabrocharse por sí misma y consumida por un fuego que amenazaba con volverla completamente loca.