-6- #2
La orden fue pronunciada con una naturalidad que paralizó a Maeve. El pulso se le disparó en la garganta. La sangre golpeó sus sienes con tanta fuerza que escuchó un zumbido agudo en sus oídos.
—¿Qué? —apenas logró articular. Sus manos se aferraron por instinto a la costura lateral de su jersey.
—Ha venido aquí a escribir sobre mi vida.
A entender la textura de la época, ¿no es así?
—El rostro de Valerie permanecía impasible, pero en sus pupilas azules bailaba una llama de dominación absoluta—.
La observación teórica no sirve de nada.
Quiero que sienta el peso de la armadura.
Quítese esa ropa de inmediato y póngase el vestido.
—Señora Thorne, esto es inapropiado. No puedo... no voy a probarme su ropa. Yo soy su biógrafa, no una... no un muñeco de vestuario.
Valerie dio un paso hacia ella. La seda azul de su bata susurró contra el suelo.
—No me obligue a repetir las cosas, Maeve. Mi paciencia se agota con mucha más rapidez de lo que usted cree. Si no es capaz de seguir una instrucción básica, no me sirve para escribir el libro.
El chantaje volvía a estar sobre la mesa, desnudo y afilado. El apartamento en Camden, la deuda con el banco, el fracaso inminente. Valerie lo utilizaba todo para arrinconarla, forzando los límites de su profesionalidad hasta hacerlos saltar por los aires.
Maeve miró el vestido de satén esmeralda y luego los ojos de hielo de la actriz.
El terror y la humillación luchaban en su interior contra algo mucho más oscuro y perturbador.
Una parte de ella, una parte que la asqueaba, deseaba someterse.
Deseaba complacer a aquella mujer. Deseaba entregarle el control absoluto para dejar de cargar con el peso de sus propios fracasos.
Lentamente, con las manos temblando de forma visible, Maeve agarró el dobladillo inferior de su grueso jersey de lana gris. Tiró de él hacia arriba.
El frío del vestidor chocó contra la piel de su abdomen.
Maeve cerró los ojos un instante mientras sacaba la cabeza por el cuello vuelto, dejando que la electricidad estática de la lana le alborotara el cabello recogido.
Dejó caer el jersey al suelo, a los pies de Valerie.
Se quedó en sujetador, una prenda sencilla de algodón blanco que de repente le pareció la cosa más patética y vulgar del mundo bajo aquella iluminación teatral.
Valerie no apartó la mirada. No hubo ningún matiz de lascivia en su inspección.
Sus ojos recorrieron los hombros tensos de Maeve, las clavículas marcadas por la delgadez de los últimos días y el leve temblor de su piel erizada, con la misma frialdad clínica con la que un entomólogo observa un insecto clavado en un corcho.
—Los pantalones también. El corte del satén requiere una caída limpia.
Maeve tragó saliva. Sus dedos, entumecidos, buscaron el botón metálico de la pana oscura.
Lo desabrochó y bajó la cremallera con un sonido áspero.
Se quitó los zapatos, empujándolos con los talones, y dejó que los pantalones cayeran sobre el jersey de lana.
Se quedó en ropa interior, descalza, vulnerable y expuesta, con los brazos cruzados instintivamente sobre el pecho en un intento inútil de protegerse del escrutinio gélido.
—Acerque los brazos —ordenó Valerie, sosteniendo el vestido esmeralda abierto frente a ella.
Maeve dio un paso vacilante. La madera pulida del suelo estaba helada bajo sus plantas. Metió los brazos por los tirantes ocultos del corpiño. El satén frío se deslizó por sus costillas, envolviendo su cintura con un abrazo denso y pesado. La caída de la falda barrió el suelo.
El corpiño estaba estructurado, reforzado con varillas internas que obligaron a Maeve a erguir la espalda de inmediato. La tela se ajustaba a su torso con una precisión casi violenta, cortándole ligeramente la respiración y empujando su pecho hacia arriba.
—Dese la vuelta y mírese en el espejo de tres hojas —indicó Valerie, señalando con la barbilla hacia el fondo del pasillo de armarios.
Maeve se giró. Sus pies descalzos avanzaron arrastrando el tejido de alta costura. Se detuvo frente al inmenso espejo tríptico de marco dorado.
La imagen que le devolvió el cristal la dejó sin aliento.
El contraste era brutal, profundamente perturbador.
La mujer reflejada en el espejo conservaba su rostro pálido, sus ojeras violáceas y su cabello alborotado, pero el cuerpo pertenecía a otra época.
El satén esmeralda se adaptaba a sus formas como una segunda piel, transformando su delgadez enfermiza en una silueta estilizada, elegante y peligrosamente atractiva.
El escote en forma de corazón realzaba su pecho, y la caída fluida de la falda le otorgaba una presencia que nunca había poseído.
No parecía una periodista endeudada; parecía un espejismo de la propia Valerie Thorne.
Por primera vez en su vida, Maeve se vio hermosa. Y esa constatación le dio tanto terror como vértigo.
El susurro de la seda azul la alertó. Valerie había caminado en silencio tras ella. La figura de la actriz apareció en el reflejo del espejo, colocándose justo a la espalda de la joven.
Maeve se quedó paralizada. El calor corporal de Valerie irradiaba a través del frío del vestidor, creando un microclima de tensión estática entre ambas.
La diferencia de altura permitía a la actriz posar la barbilla imaginariamente sobre la coronilla de Maeve, dominando el plano del espejo con su presencia letal.
—Baje los brazos.
Maeve obedeció, dejando caer las extremidades a los lados de la voluminosa falda.
Las manos de Valerie entraron en el encuadre.
Esos dedos largos, pálidos y coronados de rojo se posaron sobre los hombros desnudos de Maeve.
El contraste de temperaturas le arrancó un jadeo involuntario a la periodista.
Las manos de la leyenda estaban gélidas, pero el contacto envió una descarga de fuego líquido directamente a su torrente sanguíneo.