-6-
El olor se había quedado impregnado en la lana.
Maeve estaba sentada en el suelo de su habitación, con la espalda apoyada contra el lateral de la cama y las rodillas recogidas contra el pecho.
Llevaba más de dos horas en la misma posición, con la mirada clavada en el rodillo metálico de su máquina de escribir Olivetti, que descansaba inútil sobre el escritorio.
Había intentado leer sus propias notas. Había intentado transcribir los audios de la entrevista matutina. Todo había sido un fracaso.
Levantó la mano derecha con una lentitud pastosa, como si estuviera sumergida en agua espesa, y acercó el grueso cuello vuelto de su jersey gris a la nariz. Inhaló.
Allí estaba. Jazmín nocturno y pólvora quemada.
El perfume de Valerie Thorne se había aferrado a las fibras de la prenda en el instante exacto en que la actriz le había ajustado el doblez de la tela.
Maeve cerró los ojos, sintiendo un calor denso y culpable acumulándose en la base de su vientre.
Odiaba esa reacción. Repudiaba la debilidad de su propio cuerpo.
Su mente, entrenada para el cinismo y la disección de la realidad, le gritaba que acababa de ser sometida a un abuso psicológico brutal.
Valerie la había humillado, había destrozado su ego profesional utilizando sus propios artículos como munición y la había amenazado con dejarla en la calle.
Era un monstruo manipulador que jugaba con ella por puro aburrimiento.
Pero cuando Maeve volvía a respirar el rastro de aquel perfume, la indignación se evaporaba. Lo único que quedaba era la memoria táctil de aquellos pulgares pálidos y gélidos rozando la arteria de su cuello.
Un golpe seco en la madera de la puerta la sacó de su letargo. Maeve dio un respingo, soltando el cuello del jersey como si quemara, y se apoyó con ambas palmas en el suelo para incorporarse. Las articulaciones de las rodillas protestaron tras tanto tiempo inmovilizadas.
—¿Quién es? —preguntó, alisándose los pantalones de pana oscura con movimientos nerviosos.
—La señora Thorne la requiere de inmediato en la galería oeste.
La voz de Oona Kincaid atravesó la madera con su habitual filo quirúrgico.
Maeve tragó saliva, sintiendo un repentino nudo de ansiedad en la garganta.
Miró el reloj de su muñeca. Las cuatro y cuarto de la tarde.
La luz del exterior ya había comenzado a morir, devorada por las nubes grises y la inminente oscuridad invernal de las Tierras Altas.
—Enseguida salgo —respondió Maeve.
No hubo confirmación. El sonido de los tacones duros del ama de llaves alejándose por la alfombra del pasillo fue la única respuesta.
Maeve caminó hacia el pequeño espejo ovalado del cuarto de baño.
Tenía las mejillas arreboladas y los ojos brillantes, delatando una fiebre interna que nada tenía que ver con la temperatura de la habitación.
Se lavó las manos bajo el grifo de agua cobriza, intentando borrar cualquier rastro de humedad de sus palmas, y se retocó los mechones sueltos de la trenza.
Sabía que debía llevar la libreta y el bolígrafo.
Era su escudo, la excusa que justificaba su presencia en aquel castillo.
Sin embargo, algo en su interior le dictó que, esta vez, el papel y la tinta no le servirían de nada.
Salió al pasillo con las manos vacías.
Atravesó el ala este, bajó la gran escalinata y cruzó el vestíbulo sumido en penumbras.
En lugar de dirigirse a la biblioteca, tomó la bifurcación hacia la galería oeste, adentrándose en el territorio prohibido.
La arquitectura de la casa parecía cambiar a medida que avanzaba.
El papel pintado floral y descolorido daba paso a pesados paneles de caoba pulida.
La alfombra bajo sus pies era más gruesa, silenciando por completo sus pisadas.
Llegó frente a la puerta de doble hoja donde, la noche anterior, había presenciado la sumisión del jardinero.
El recuerdo de los gemidos ahogados de Lachlan y el sonido del cinturón cayendo al suelo le provocó una sacudida en el estómago.
Levantó el puño y golpeó la madera con los nudillos, apenas dos toques tímidos.
—Adelante.
La orden desde el interior fue inmediata. Maeve giró el pomo de bronce macizo y empujó.
La temperatura de la estancia la golpeó como una ola.
A diferencia del resto del castillo, que vivía en una perpetua lucha contra el frío, los aposentos de Valerie Thorne estaban caldeados hasta rozar la asfixia.
Una inmensa chimenea de piedra negra escupía llamas voraces, consumiendo gruesos troncos de roble que crepitaban esparciendo chispas anaranjadas.
La habitación no era un dormitorio convencional.
Era un santuario dedicado a la estética.
Había un diván tapizado en terciopelo carmesí en el centro, flanqueado por mesitas de marquetería repletas de frascos de cristal tallado.
Las paredes estaban cubiertas por espejos envejecidos con marcos dorados que multiplicaban la luz del fuego, creando una ilusión de profundidad infinita.
Valerie no estaba sentada en el diván. Se encontraba de pie junto a un arco de madera labrada en el lado izquierdo de la habitación, sosteniendo una copa de cristal fino con un líquido ambarino.
Había cambiado su severo vestido de lana burdeos por una bata de seda azul noche, cruzada a la cintura, que fluía a su alrededor como agua oscura.
—Cierre la puerta, Maeve. Ha tardado casi cinco minutos en cruzar la casa. La puntualidad es la única virtud que le exijo a quienes trabajan para mí.
Maeve cerró la doble hoja a sus espaldas, asegurándose de empujar hasta que el pestillo hizo un clic definitivo.
—Lo siento. Estaba revisando mis notas de la mañana —mintió, odiando la forma en que su voz sonaba aguda y falta de aire en aquella habitación—. Oona me dijo que me requería. ¿Desea que retome la entrevista ahora? No he traído la grabadora, pero puedo ir a por ella si...
—No quiero hablar a un micrófono —la interrumpió Valerie, dándole un sorbo lento a su copa—.
Los micrófonos registran la frecuencia, pero son incapaces de capturar el contexto.
Y usted necesita contexto desesperadamente.
Su incapacidad para entender la naturaleza del poder en Hollywood radica en que no comprende cómo se construía la armadura.
Valerie dio media vuelta y caminó hacia el arco de madera.
—Sígame.
Maeve avanzó, sintiendo el calor del fuego a su derecha. Cruzó el arco y se adentró en una estancia contigua que carecía de ventanas. Era un espacio inmenso, iluminado por una serie de lámparas de techo con tulipas de cristal esmerilado que proyectaban una luz suave, casi teatral.
El aire allí dentro tenía una textura diferente. Olía a madera de cedro, a alcanfor, a rosas secas y al polvo metálico de la pedrería antigua.
Era el vestidor.
Maeve detuvo sus pasos en seco, sobrecogida por la magnitud del lugar.
Filas y filas de armarios hechos a medida forraban las paredes, sus puertas de cristal biselado revelando el interior.
No eran simples prendas de ropa; era un archivo histórico, un mausoleo de seda, tafetán, terciopelo y tul.
Había abrigos de visón y zorro ártico guardados en fundas de lino, decenas de cajas de sombreros apiladas en las repisas superiores y filas interminables de zapatos de tacón alineados con precisión militar.
Valerie caminaba entre los expositores acariciando los cristales con las yemas de los dedos libres, deslizando la mirada sobre los tejidos con una mezcla de posesión y aburrimiento.
—Mírese, Maeve —dijo la actriz, deteniéndose frente a un armario doble y girándose hacia ella—. Se esconde debajo de prendas informes. Lana gruesa, pana, colores que absorben la luz. Viste como alguien que pide disculpas por ocupar espacio en el mundo.
Maeve bajó la mirada instintivamente hacia su propio jersey.
—Es ropa de trabajo. Práctica para el clima de aquí. No pretendía ofender su sentido de la estética.
—No me ofende su falta de gusto, me ofende su cobardía —replicó Valerie, depositando la copa de cristal sobre una cómoda central de mármol veteado—.
En mi época, un vestido no era tela cosida para protegerse del frío.
Era una declaración de guerra. Cuando entrabas en una sala llena de directivos de la RKO o de la Paramount, no importaba si habías memorizado el guion.
Importaba la arquitectura de tu silueta.
El sonido de la seda al rozar tus caderas.
El corte del escote que obligaba a los hombres a mirarte, a desearte y, al mismo tiempo, a sentirse diminutos e inadecuados.
Valerie abrió las puertas de cristal del armario doble con un tirón fluido. El olor a cedro se intensificó.
—Usted me pregunta en sus entrevistas cómo doblegaba a esos hombres.
Cómo imponía mi voluntad. —Valerie introdujo ambas manos en el armario, apartando varios vestidos de día para llegar al fondo—.
La respuesta es que nunca les permití verme como a un ser humano.
Me convertí en un icono inalcanzable. Y la ropa fue mi principal arma de asedio.
La actriz extrajo una percha forrada en raso negro. Colgando de ella, protegido por el peso de su propia caída, había un vestido de noche.
Era una pieza maestra de la alta costura de finales de los cincuenta.
Estaba confeccionado en satén de un color esmeralda profundo, tan oscuro que casi parecía negro en los pliegues, con un cuerpo encorsetado que se ceñía a la cintura de forma imposible antes de abrirse en una falda fluida.
El escote tenía forma de corazón, y la espalda descendía en una V profunda, bordeada por un sutil hilo de pedrería oscura que brillaba como esquirlas de cristal roto bajo la luz esmerilada del vestidor.
Valerie sostuvo el vestido frente a su propio cuerpo durante un segundo, examinándolo con frialdad, como si evaluara la letalidad de un arma de fuego. Luego, lo extendió hacia Maeve.
—Quítese eso que lleva puesto.